martes, 3 de mayo de 2016

Rozando el caos

Hay un momento crítico, en todo Festival de Primavera que se precie, en el que todo puede tener al caos.

Al principio, todo es muy fácil y bonito: llegas, te instalas en tu camarote y tienes todo perfectamente ordenadito y colocado. La ropa limpia para trabajar, la ropa para después del trabajo, las cosas del baño, los papeles, los elementos de ocio que te acompañan… Todo tiene su sitio y su lugar y, cada vez que coges algo, lo devuelves a su sitio.

Al cabo de un tiempo variable, las cosas se empiezan a desmadrar. Igual es porque pasas poco tiempo en el camarote porque estás a otros menesteres (o sea, trabajando) pero te das cuenta de que las cosas empiezan a NO estar en su sitio. Un papel que dejas donde no toca, el mp3 que no recuerdas dónde lo pusiste, las botellas de agua vacía que se acumulan porque nunca te acuerdas de sacarlas de allí, esa camiseta que ni está limpia ni está sucia y que no sabes qué hacer con ella.

Y entonces llega el momento clave.

El point of no return que cantaría el Fantasma de la Ópera.

El punto más crucial.

En ese momento en el que te paras un segundo a pensar, respiras hondo e intentas volver a situar cada cosa en su sitio. Pero entonces te das cuenta de que ya no te acuerdas si habías decidido que los papeles debían estar en el segundo o tercer cajón, si la crema de manos va en la estantería de la derecha o de la izquierda o si es mejor tener el libro en la cabecera de la cama o sobre el escritorio. Así que tienes que hacer un esfuerzo extra, buscar un hueco entre muestreos, correcciones y trabajos pendientes y tratar de poner orden al pequeño caos que se apodera de tu entorno. Porque es el momento clave, a partir de ahora, o consigues controlar el caos, o el caos te controla aquí.

Y creo que pasa un poco lo mismo con la mente. No es que reine el caos, pero en el ir y venir, en el trabajar y trabajar, en el tener parte de la mente en tierra y parte aquí, vuelve todo un poco caótico. Y toca también para y organizar la mente. Para que el caos no lo domine todo y pueda contigo.

Acabamos de llegar a puerto. Será raro tocar tierra después de diez días en el mar. Pero es un buen momento para tomar las riendas en este punto tan crucial y evitar que el caos te acompañe el resto de días de Festival.

En la foto, mis botellas vacías esperando a ser llevadas al contenedor de plásticos. Hoy lo hago. Veréis como sí.

martes, 26 de abril de 2016

De esto que... (XII)

De esto que te despiertas a las 2 de la mañana en la litera de arriba de un camarote de estribor en un buque científico, con dolor de ovarios y haces lo que tenías que haber hecho cuatro horas antes: tomarte un antiinflamatorio. Y mientras esperas que haga efecto, fantaseas con una bolsita de agua caliente que apacigüe el martilleo de esos diablillos que te pisotean los ovarios cada mes (las prostaglandinas, esas malvadas). Así que al día siguiente, cuando ves que las muy cabroncetas van a seguir martilleando tus ovarios, le pides al oficial encargado del botiquín una bolsa de agua caliente “o algo así, que de calor”, hablando de tus ovarios con él como quien habla del tiempo con un vecino (lo que hace la confianza). “No es urgente, me basta para por la noche”. Pero pasa el día entero, él se olvida, tú te olvidas y, tras retrasar al máximo tomar otro antiinflamatorio (molaría dormir toda la noche del tirón) decides que necesitas la bolsita de agua caliente. Así que te vas dos cubiertas más arriba, buscando al oficial del botiquín, no lo encuentras y subes otra cubierta, a contarle la historia de tus ovarios al capitán. Al final, él localiza al oficial de guardia, quedáis en la enfermería, dos cubiertas más abajo, te da la bolsa de agua caliente y os reís porque se deja la luz de la enfermería encendida (aquí ya nos reímos por todo). Así que te vas hacia el comedor, una cubierta más abajo, te encuentras con media tripulación que sale de ver el fútbol y se quedan mirando la bolsa de agua caliente que llevas en la mano. “Anda que vas a tener los pies bien calientes”, dice alguien. “Si fuera para los pies…”, contestas al aire. Finalmente te enfrentas a la máquina de café, que nunca usas porque no te gusta el café, e intentas llenar la botella con el agua hirviendo que sale por uno de los chorros. Afortunadamente, lo consigues a la primera y no te quemas. Y te vuelves al camarote, una cubierta por encima y aún te cruzas con más gente que mira tu bolsa de agua caliente que ahora agarras fuertecito contra tu tripa y les sonríes, evitando dar explicaciones.

Al fin en tu litera superior, mirando tierra firme a través del ojo de buey, eres consciente de que probablemente medio barco ya sepa lo de tus ovarios y tu bolsa de agua caliente. Pero oye, qué más da.

Delfines a proa

Llevo ya dos días en el mar (hoy es el tercero) y mi vida loca de los últimos tiempos me ha impedido sentarme a reflejar adecuadamente lo que ha pasado desde mi viaje a la isla del viento. Visita relámpago a Roma (ah, de eso tengo que escribir), fiestón de cumpleaños de una bloguera-oveja-rizosa en Torremolinos y hacia el mar.

Y, curiosamente, repaso las entradas del blog de los últimos años y, glups, igual no cuento nada porque ya lo he contado todo. O mejor dicho, lo que estoy viviendo ya lo he contado.

Por ejemplo, quería haber contado que me iba al Primer Festival de Primavera de la temporada (y ya estoy en él). Gone fishing. Pero eso ya lo conté. Hace exactamente dos años y dos días.

Y ayer (antes de quedarme sin cobertura) quería haber contado que era el segundo día en el mar y que los delfines nos habían sorprendido en la proa, al atardecer. Pero eso ya lo conté también. Hace exactamente un año y dos días. No hemos tenido niebla, ni huevos al nido para cenar. Pero algunas cosas se repiten, hasta tengo los mismos turnos de comida que el año pasado.

Fue un poco confuso, descubrir esta repetición de situaciones, de recuerdos. Estaba yo tan emocionada después de ver delfines saltando a nuestro alrededor durante un atardecer espectacular (lo son siempre, los atardeceres en el mar) que esta repetición en mi vida me desinfló un poco.

Pero no nos desilusionemos. Las situaciones se repiten, pero no son iguales. No tengo el mismo camarote, no dedico mi tiempo libre a las mismas cosas y hasta tenemos un par de acuarios en los que disfrutar de las maravillas marinas desde otro punto de vista. Como la de la foto, Alcyonum palmatum, la mano de muerto, un cnidario que no solemos ver así, en todo su esplendor.

Esperemos que continúe la buena mar. Y los avistamientos de delfines.

martes, 12 de abril de 2016

La isla del viento

Conozco Menorca mejor desde el mar que desde tierra firme. Es una verdad de la que fui consciente el otro día, abandonando la isla en barco, después de pasar en ella una semana intentando, en parte, compensar ese desequilibrio. No en vano, llevo quince años pasando unos días al año circunnavegándola. Quince años, se dice pronto. El mismo tiempo hace que la pisé por primera vez. Ciutadella y Maó fue lo primero que conocí de ella, lo único durante bastante tiempo. Luego fui más allá de estos puertos, de estas ciudades, la he ido recorriendo y descubriendo más. Es de esos lugares a los que, cuanto más voy, más aprecio.

Hace unos años escribí que Menorca es perfecta, o casi. Escribí que es el complemento elegante, silencioso, tranquilo y sutil de una isla más espectacular, ruidosa, montañosa y bulliciosa como es Mallorca. Tan cercanas, tan lejanas, tan iguales, tan diferentes.

Poco más puedo añadir. Sigo suscribiendo todas y cada una de esas palabras.

Menorca es el verde de sus campos, el azul de sus aguas y cielos, el blanco de sus casas, el amarillo de sus flores que colorean los campos en primavera. Menorca es las vacas, las carreteras tranquilas, los puertos naturales que ha colonizado el hombre, el viento que azota sus campos desde cualquier dirección, los faros que recuerdan a los navegantes que ahí, entre aguas turbulentas, hay tierra firme.

La isla blanca, la isla del viento, la isla de los campos, la isla plana.

El otro día, dejé Menorca echando de menos la época en la que viví allí, lo que no deja de ser curioso, porque yo nunca he vivido en esa isla.

Las fotos son de estos días en Menorca. Con el móvil, con la compacta y con la réflex. De todo.












 


lunes, 4 de abril de 2016

Entre islas

Estoy tejiendo en un barco a punto de zarpar hacia una isla que me encanta. Estoy en la cubierta superior, en el exterior, en un lugar casi idílico, si no fuera por los ensordecedores ruidos de las chimeneas que tengo a ambos lados. Supongo que por eso estoy sola, no hay casi pasajeros en el barco y, los pocos que hay, se resguardan del ruido y del viento en el interior. Los barcos son ruidosos, muy ruidosos, qué os voy a contar yo. No veo a nadie. Podría haber habido un apocalipsis zombi en el rato que llevo a bordo y ni me habría enterado.

Zarpamos. Meto las agujas en la mochila y bajo a la cubierta inferior, pero aún sigo fuera. Apenas hay media docena de personas, si llegan, pululando por esa cubierta. Miro cómo quitan las amarras y cómo el barco se aleja despacito del muelle. “Hélices laterales”, pienso para mí. El viento sigue soplando y levanta algunas pequeñas olas. Son muy bajitas, pero aún no hemos salido del puerto. La previsión eran olas de medio metro, minucias marinas, pero hace muchas horas que miré el último parte. Y el mar es imprevisible. Una lancha juguetea con el barco como un ratón con un gato: se queda parada en su camino, se aleja a toda velocidad, se acerca con curiosidad, nos rodea… Pero se mantiene siempre a una distancia prudente.

Miro la costa, el horizonte. En seguida distingo, en la lejanía, una boya. Mi instinto pescador me lleva a buscar su compañera, o sus compañeras. Están muy lejos, pero las veo bien. Según nos acercamos, las veo claramente: hay redes caladas. Es instintivo: salgo al mar y busco boyas. En dos meses me pasaré muchas horas buscando boyas, no vaya a ser que volvamos a liarla, como hace dos años en el Festival de Primavera. Cerca de las olas, un grupo de windsurfistas aprovecha el viento haciendo piruetas. Uno atraviesa la estela que deja una lancha motora que se dirige hacia el puerto a buena velocidad y pega un buen salto. Debe molar hacer windsurf con este viento. Si tienes equilibrio, claro.

Entonces me pregunto cómo debe ser el puente de este barco. He pasado muchas horas en puentes de mando. Son lugares fascinantes. Algunos incluso tienen una rueda de timón de madera, aunque apenas se usa. Capitanear un barco de este tamaño tiene muy poco de romántico. Todo son botones, pantallas y alarmas que no paran de sonar. Bueno, al menos los que yo conozco. Me ponto a buscar el camino hacia el puente, por curiosidad, y encuentro una reja cerrada con un candado y, detrás, una escalera. Ja. Por ahí se debe subir. Pierdo la oportunidad de lloriquear por una visita al puente cuando un marinero se me acerca y me aparto para dejarlo pasar. Otra vez será.

Es hora de buscar flota amiga. Cuando estoy en el mar, a veces me da por utilizar lenguaje pirata. No tardo en distinguir un barco, en la lejanía. Es uno de los arrastreros que se dirigen al puerto del que hemos partido, después de su jornada de trabajo. Fuerzo la vista para ver quién es, pero necesito la ayuda del zoom de la cámara para identificar el barco. Luego veo otro, más lejos. De nuevo, la cámara me permite ver quién es y cómo se dirige a un puerto vecino. Y allá, a lo lejos, un tercer barco. Esta vez sí, esta vez el objetivo me devuelve la imagen que quiero. Cojo el móvil y marco el nombre de un barco que ya no se llama así pero no me importa, para mí siempre llevará el nombre antiguo. Después de un par de tonos, contesta una voz familiar al otro lado de la línea. “Hola, guapa”. ¿Veis? Flota amiga. Nos intentamos poner al día, hace mucho que no nos vemos ni hablamos, pero se corta tres veces (problemas de cobertura; recordad, estamos en el mar), así que colgamos, tras prometer que pasaré un día de visita. Claro que lo haré.

Ahora sí, ahora voy al interior. Me dirijo al salón de proa; me gusta más, aunque con un barco en movimiento, éste se nota menos en la popa. Y mejor en la parte central. Ahí, viviendo peligrosamente, a proa. No me cuesta encontrar un sitio con mesa para sentarme, en estribor. Qué vacío está el barco, qué vacío. Entonces me doy cuenta de que nadie me ha pedido la tarjeta de embarque, ni la mía ni la de mi coche rojo que va en la bodega. En estos tiempos de seguridad máxima, parece casi imposible que algo así pase. Pero aún hay rincones en la tierra así de tranquilos.

Estoy escribiendo a bordo de un barco, navegando entre dos islas. Miro el mar, notando el suave balanceo que provoca en el barco. Hay dos tipos de movimiento, el balance y el… vaya, no me acuerdo. Es igual. El barco se balancea ligeramente. El mar está algo picado y trato de averiguar a qué escala corresponde. Algunas olas rompen, se ve espuma. ¿Marejadilla o marejada? Si estuviera en el puente seguramente discutiría con el capitán sobre esto: él diría marejadilla, yo marejada. La gente de mar siempre es más tolerante que los que somos marinos ocasionales. Escucho mis canciones favoritas en modo aleatorio. En una tele, dan una peli, creo que es Maléfica, porque he visto a la Jolie con unos cuernos. No me interesa.

Estoy leyendo a bordo de un barco desde el que no atisbo tierra. El día está nublado y una neblina reduce mucho la visibilidad. Continúa el balance y me pregunto por qué me reí cuando alguien me insinuó que me llevara biodramina. Ah, ya lo sé, porque nunca me ha hecho efecto. El balance me provoca un ligero dolor de cabeza, aunque tal vez es por el viento que he aguantado fuera durante más de una hora. Sí me provoca somnolencia, aunque igual es porque me he levantado a las seis. Leo un relato que me hace lloriquear y me recuesto en mi asiento para seguir leyendo.

Estar aquí, en mitad de ninguna parte, me hace feliz.

Si alguna vez me pierdo, buscadme en el mar.

En la foto, dejando mi isla atrás.

jueves, 31 de marzo de 2016

"Lo contrario de la soledad" de Marina Keegan

Si no estoy equivocada, compré este libro el Día del Libro del año pasado: salí a la calle con ganas de comprarme dos libros, de los que no recordaba ni el título ni el autor. Y los encontré. Éste fue uno de ellos. Había oído hablar de Marina Keegan, una joven autora estadounidense muerta en accidente de tráfico a los veintidós años, nada más acabar la universidad. Este libro recoge prácticamente todo lo que había escrito hasta entonces, tanto ficción como no ficción, incluyendo el discurso que leyó en su graduación y que da nombre al libro.

Me ha gustado mucho, tanto las historias de ficción como los ensayos. Tanto unas como otras reflejan pensamientos que creo que todos hemos tenido de jóvenes, la futilidad de la vida, la preocupación por el futuro, la necesidad de encontrar nuestro lugar en el mundo. Algunas historias me han gustado mucho, mucho, otras bastante, alguna no demasiado y una hasta me pareció terrorífica (no de mala, sino del vértigo que me dio). Es un libro corto, lo leí en un par de días, a principios de mes, básicamente yendo y viniendo de Bruselas. Es muy recomendable. Realmente, Marina Keegan tenía talento y escribía bien. Sé que, si hubiera podido vivir más para seguir escribiendo, habría leído más cosas suyas.

martes, 29 de marzo de 2016

En primavera

Estamos en primavera. Y mis plantas lo saben.

Lo sabe el miniclavel, que sorprendentemente ha revivido después de mucho tiempo.

Lo saben las buganvillas, que llenan mis días de flores brillantes que se desperdigan por el balcón. (Nota: es absurdo barrer las flores de buganvilla del balcón en un día ventoso).

Lo saben los guisantes, que siguen saliendo como locos en la única planta que sembré este año.

Lo saben las fresas y los ajos, que crecen felizmente, unas junto a los otros.

Lo saben las fucsias, que están en plena explosión floral.

Lo saben los narcisos, aunque sólo he tenido una flor, que se abrió ayer. De momento.

Lo saben las tomateras y pimientos, que crecen aún protegidos por un invernadero lleno de polen de olivo. La albahaca aún no lo sabe y por eso aún no ha germinado.

Lo saben las zanahorias, aunque han salido menos de las que pensaba. Y hasta lo saben los puerros, que finalmente parece que alguno ha enraizado.

Y lo saben, sobre todo, mis gingkos. Como siempre, casi sin previo aviso, han empezado a crear hojas y hojas, con esa pasión y espontaneidad que les caracteriza.

Y esto sólo es el principio.