sábado, 31 de diciembre de 2022

2022

Siempre me cuesta hacer el resumen del año. Doce meses es mucho tiempo y hay cosas que nunca recuerdo o que no tengo claro si han pasado este año o el anterior. Así, a bote pronto, si pienso en qué ha pasado en 2022 me vienen inmediatamente a la mente dos cosas: he vuelto al mar, he vuelto a Roma. Luego, pensándolo algo más, recuerdo que he pasado el covid, sé que he leído un montón de libros y que he disfrutado mucho del mar y que la gente que quiero está bien. Y creo que ya.
 

No, ya no, claro que no. Porque han pasado otras muchas cosas. Porque 365 días dan para mucho. He viajado más que en los dos años anteriores, la mayoría viajes nacionales exprés, pero que me han permitido conocer lugares en los que, hasta ahora, solo había estado en el aeropuerto (como Bilbao o Sevilla) y, por fin, he vuelto a viajar al extranjero. Curiosamente primero a Bruselas y luego sí, por fin y del tirón, a Roma. Estar el mismo día en una de mis ciudades menos favoritas a mi ciudad favorita del mundo fue un pequeño shock. Bruselas fue gris y frío, fue noche laboral en vela, fue moverme de nuevo entre altas esferas (qué fuera de lugar me siento así). Y Roma fue… Fue Roma. Caos, suciedad, una gripe que logré esquivar aún no sé bien cómo y bueno, en fin, qué voy a decir de Roma que no haya dicho ya. Que, supongo que inexplicablemente, me sigue apasionando.
 

Laboralmente, ha sido un año tan agotador o más que el anterior. Es que no sabría ni por dónde empezar. Hay gente contenta con lo que hago, hay gente enfadada con lo que hago. Trato de ser consecuente con las cosas que pienso y trato de hacer mi trabajo lo mejor que puedo, dándolo. A veces, no sé de dónde saco las fuerzas, pero las acabo sacando. Un día se acabarán, supongo. O no, quién sabe. Un día, igual todo es más fácil.
 

Volver al mar, por partida doble. Qué momento más esperado. Qué mezcla de sensaciones de todo tipo. Qué bonito seguir sintiendo esa chispa de inseguridad, de ilusión, de alegría para hacer esa parte de mi trabajo que siempre me ha parecido tan especial.
 

He descubierto cosas nuevas que me gusta hacer: punto de cruz y montar Legos. JAJAJA. He probado también lo del lettering. Es que dicho así todo suena absurdo, pero cada vez valoro más esos momentos que utilizo para mí, para mis hobbies, mis lanas, mis hilos, mis libros, el club de lectura, la peña cosista de Twitter en diciembre.
 

Lo he dejado casi para el final, porque no se me ha ocurrido al principio y bueno, casi me sorprende que haya sido así: he escrito una novela. No está publicada y quién sabe si algún día lo estará, pero lo he hecho, en un proceso más divertido que difícil, más de terapia personal pandémica que aspiración a excelencia literaria. Pero lo conseguí. Y, a partir de ahí, mi ritmo escritor ha bajado mucho. Aunque ahí están, varias otras cosas en marcha, que espero seguir avanzando según avance el nuevo año.
 

Y la gente. Siempre la gente. Tengo alrededor a gente bonita que quiero y que me quiere. Las relaciones con el tiempo cambian, se modifican. Algunas han desaparecido y, aunque me da pena, hay que dejar que las cosas fluyas. Pero otras que parecían dañadas, se han recompuesto, aunque hayan sido necesarias conversaciones incómodas para llegar al punto de partida, o a otro punto nuevo que nos permita, a todos, evolucionar.
 

Como punto final, estos días, me he dado cuenta de dos cosas. Una es que hay cosas que ya no me afectan como antes, buenas y malas. Supongo que cuando algunas cosas te duelen, intentas relativizarlas cada vez más, supongo que con el paso de los años te das cuenta de que tampoco hay que tomarse según qué cosas demasiado en serio. La otra es que no tengo ni idea de cómo he llegado aquí, a ser quién soy, los planes no me suelen salir bien, así que me dejo llevar, fluir. Por eso, sigue habiendo cosas de este año que me han sorprendido y, a partir de mañana, sé que van a pasar cosas de las que ahora no tengo ni idea.
 

Adiós, 2022.
 

En la foto, ginkgos romanos hace un par de semanas. Ha sido bonito volver a verlos, tres años después.
 

miércoles, 14 de diciembre de 2022

Roma

He vuelto a Roma casi tres años después.

Venía ligeramente preocupada, ¿qué pasaría si no volvía ese amor absoluto que siento por esta ciudad? ¿Y si se había roto nuestro romance como en una película mala? Y digo que mi preocupación era ligera, porque justo antes tenía que ir a Bruselas y, bueno, el resumen es que lo de Bruselas era más importante que el análisis profundo de mis sentimientos.

Así que ayer volví a Roma. Directamente desde Bruselas, menudo giro inesperado de los acontecimientos, yo que pensaba que mi primer viaje internacional post-pandemia sería a mi amada Roma y no, Bruselas se interpuso en nuestra historia. Y Bruselas precisamente, una ciudad que no me gusta especialmente, por decirlo de manera suave. Estar el mismo día en Bruselas y Roma podía ser un impacto emocional bien fuerte.

Llegué a Roma después de una noche laboral en vela, con lo que creo que no fui realmente consciente de que venía aquí hasta que pisé el aeropuerto y me di cuenta de que sí, de que estaba en Roma, por fin. Era ya de noche y, de camino al hotel, después de haber dormido algo más de una hora en el avión, pero con la adrenalina aún alta después de una noche sin dormir, empecé a plantearme esas preocupaciones un poco más seriamente. Y entonces, miré a través de la ventana y, más allá de esa lluvia fina que caía, vi una tienda que me resultó ligeramente familiar. «Aquí delante a la derecha debe estar la estación Roma Ostiense». Y miré a la derecha y ahí estaba estación Roma Ostiense y mi corazón hizo PUM. «Entonces, ahí a la izquierda estará el cementerio acatólico, con su pirámide». Y ahí estaba, el cementerio y la pirámide, que casi brillaba en la oscuridad de la noche. Y mi corazón hizo PUM PUM. «Ah, por aquí se va a…». Y bueno, así continuó el viaje, Circo Massimo, los Foros, la Bocca de la Verittà, el Teatro Marcello, el Altar de la Patria, Piazza Venezia,…, sabiendo en cada momento por dónde íbamos, qué emplazamiento turístico aparecería en cada esquina uno detrás de otro, PUM PUM PUM. Y también lugares en los que he comido o cenado, tiendas en las que he entrado, sitios donde los que tomé algo, calles que hay que tomar para ir a un lugar determinado… Y no solo eso, PUM PUM PUM PUM, me venían a la mente recuerdos de esas calles, esas tiendas, esos restaurantes, esos edificios en los que he vivido muchas cosas, recuerdos cercanos de hace tres años y recuerdos más lejanos de hace cinco, diez, quince años que hace ya (o más) que conozco esta ciudad. Y traté de contar las veces que he venido, pero he perdido la cuenta, deben ser más de una docena. Y ahí seguían las calles y los recuerdos y PUM PUM PUM PUM PUM. Casi bajo del taxi llorando de pura felicidad.

Hay pocos, muy pocos lugares en los que, al volver, me explota el corazón de felicidad. Y Roma es uno de ellos.

O sea que sí, mi amor por Roma sigue intacto.