
Mi primera experiencia fue en algún momento en el colegio, cuando en alguna asignatura de esas de manualidades (o como diantres se llamara) nos hicieron hacer una bufanda. Fue un infierno. Era incapaz de darle la presión adecuada y por unos lados los nudos estaban muy apretados y por otros sueltos. No recuerdo como acabó aquella desastrosa bufanda. Tal vez mi madre me la acabó para intentar que al menos no me suspendieran, aunque la verdad es que no lo recuerdo.
Y de repente, el pasado septiembre, sentí la necesidad de tejer. Así que cogí unas agujas de mi madre y una lana vieja de color gris que estaba por su casa y me puse a ello. Después de algunas pruebas, hasta que me decidí por el punto que quería (tampoco sé muchos: al derecho, al revés y sus combinaciones), empecé a hacer una bufanda. Al principio con terror: creía que volvería a hacer una cosa penosa como la de mi adolescencia, pero yo misma me sorprendí viendo que aquello tomaba forma. Así que le empecé a dedicar tiempo, poco, un rato después de cenar, para relajarme después de un día de trabajo y antes de ponerme a rematar la presentación de la tesis, que me tuvo ocupada muchas noches de finales de verano.
En las fotos, mi bufanda gris, en pleno proceso, y el hilo verde croata (que en realidad es turco, pero es mi recuerdo de Croacia).
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