miércoles, 26 de marzo de 2014

Aeropuerto

Anteayer empecé a escribir esta entrada pero luego la borré, porque no tenía muy claro si la opinión que tenía en ese momento me iba a perdurar en el tiempo. La decisión de ponerle el nombre de Adolfo Suárez al aeropuerto de Barajas me pareció un calentón de nuestros gobernantes, un “ostras, hay que rendirle un súper homenaje, súper, súper, súper grande”. Luego lo pensé mejor y me planteé si ya lo tenían pensado, si era una decisión premeditada, un homenaje programado y no un calentón espontáneo. Creo que leí en algún sitio que la idea ya se planteó hace algunos años. Pero ya se sabe, los homenajes mejor a los muertos, no vaya a ser que disfruten en vida del reconocimiento general.

No voy a decir yo aquí nada sobre Adolfo Suárez que no se haya dicho ya, porque además yo lo sé de él es porque me lo han contado. Nací a finales de los setenta, así que para mí Suárez es alguien que aparecía en los libros de textos y de quien me contaban cosas, pero alguien a quién yo he visto en acción más bien poco. Así que no voy a decir nada más sobre él, está todo dicho y tampoco creo que pueda aportar nada. Pero lo de darle su nombre a un aeropuerto… eso sí que lo he vivido y puedo opinar.

Mi primera reacción fue la risa. ¿Por qué? ¿Para qué? Sí, como homenaje es fascinante pero ¿sabéis el follón que es cambiar el nombre a un aeropuerto? No, yo tampoco lo sé, pero sí que sé que trabajo para un organismo del Estado que cambia de Ministerio con una facilidad apabullante. Y sí que sé el follón que supone cada vez que nos cambian de Ministerio. Hay que cambiar la firma de los correos y el logo de todos los documentos que hacemos. Eso es sencillo, es electrónico y ya está. Simplemente hay que recordar cada vez a qué ministerio pertenecemos e intentar no meter la pata. Lo que ya es más difícil, tedioso y costoso es cambiar el nombre en los lugares físicos: las placas de los edificios, el logo en los buques, el de los coches oficiales y de más sitios en los que debe aparecer y no recuerdo. Hay que reutilizar los sobres con logos de ministerios que ya no existen a base de pegatinas y más pegatinas. Y multitud de papeles oficiales en blanco ya sólo sirven como hojas en sucio. Y así hasta el infinito. Si cambiar de Ministerio da todo este trabajo y tiene un importante coste económico, ¿cuánto costará cambiar el nombre a un aeropuerto? Pues por lo visto muchos euros.

Además, a la gente le costará acostumbrarse, eso es lo que pensé. Pero luego recordé algo que pasó en mi Universidad siendo yo estudiante. Cuando empecé a estudiar, el edificio de Biología se llamaba Darwin (un nombre muy apropiado, por otra parte), pero decidieron rebautizarlo con el nombre de un geólogo mallorquín, Guillem Colom Casasnovas. Al principio, nadie lo llamaba así. El edificio Darwin era el Darwin. Y punto. Pero con los años, la gente empezó a olvidar ese nombre y, de hecho, los nuevos estudiantes ya lo conocían como Guillem Colom. Y estoy segura que hoy en día muy pocos estudiantes conocen que ese edificio se llamaba antes Darwin. Así que después de recordar esto, he pensado que lo de cambiarle el nombre al aeropuerto no es tan mala idea. Para muchos de nosotros será un poco difícil acostumbrarnos, pero para las nuevas generaciones será su nombre desde el principio, así que no les extrañará. Y mejor aún, se preguntarán quién era Adolfo Suárez y tal vez así se acerquen un poco más a la figura del Presidente. Sólo por eso, el cambio de nombre ya vale la pena.

Pero (siempre hay un “pero”), pero sigo teniendo reticencias en lo de gastar tanto dinero (nuestro) en algo así. ¿No sería mejor invertir ese dinero en otras cosas? Por ejemplo, ¿en investigación de la enfermedad que acabó con Suárez, el Alzheimer? Circula ya una petición por ahí para usar ese dinero en eso, en investigación. No servirá para nada, esta vez ya es tarde, pero hubiera sido una maravilla, un homenaje sublime, crear una beca, un contrato, un premio, un algo de investigación sobre el Alzheimer con el nombre de Adolfo Suárez. Hubiera sido tan bonito como fue en su día la creación de un premio de fomento a la investigación con el nombre de la que fue rectora de mi Universidad, la Dra. Montserrat Casas. A mí, este tipo de homenajes me parecen más bonitos, más útiles, pero probablemente no tan mediáticos.

En la foto, el aeropuerto de Frankfurt, que juraría que se llama simplemente así, aeropuerto de Frankfurt.

lunes, 24 de marzo de 2014

"Balla, balla, balla" de Haruki Murakami

Murakami me da pereza. Lo digo así de claro. Me da pereza empezar sus libros, me da pereza leerlos, pero cuando los acabo, me dejan un buen sabor de boca. Ya me lo dijo alguien (no recuerdo quién) cuando estaba leyendo “Tokio Blues. Norwegian Wood” y, aunque entonces no me lo creí, es totalmente cierto: cuando los acabo, me dejan una sensación muy agradable.

Después de leer “Tokio Blues”, no tenía muy claro si me leería otro libro de Murakami, al menos no a corto plazo. Pero recibí “Baila, baila, baila” (la versión en catalán) como regalo cuando defendí la tesis (hace ya ¡casi año y medio!), así que tenía que leérmelo. Y me lo he leído ahora. Bueno, he tardado bastante, lo he alternado con otros libros. Murakami se me hace demasiado denso, demasiado pesado, demasiado confuso. No es que sea difícil leerlo, no es eso, pero me resulta confuso, como si una niebla cubriera la historia y hubiera que dedicarle más tiempo de lo habitual para dejarte llevar con ella.

Con “Baila, baila, baila” me ha pasado lo que comentaba al principio. Me dio pereza empezarlo, a ratos me daba pereza leerlo, pero al mismo tiempo tenía ganas de hacerlo. Y cuando lo acabé me dio incluso un poco de pena. Es difícil contar de qué va este libro, para eso me parece que Murakami es un genio. Tal vez un genio de la confusión, rozando los límites de ser pretencioso (que igual sí que lo es), pero un genio. En la historia, en la que todo está conectado, se entremezclan un redactor freelance, un misterioso hotel, un actor famoso, prostitutas de lujo, una adolescente sensible, sus extraños padres y un personaje, el Hombre Carnero, tan inquietante como sabio en sus consejos: hay que moverse, hay que bailar, bailar, bailar sin parar, para que todo siga rodando, para que todo siga su camino.

No sé si recomendaría este libro o no, tampoco sé si recomendaría a Murakami en general. Creo que es un autor que si te gusta, te puede gustar mucho, pero si no te gusta, es insufrible. Yo sigo sin saber si me gusta o no me gusta. Me da pereza, me perturba un poco leerlo, pero cuando cierro el libro, me gusta la sensación que me deja. Así que, al menos, hay que darle a Murakami una oportunidad. Yo leeré alguno más en el futuro, pero esperaré un tiempo para hacerlo.

domingo, 23 de marzo de 2014

Walbis Bay

Aunque ya hace más de una semana que volví de Namibia, aún tengo algunas cosas que contar del viaje. Hoy toca una excursión que hice a Walbis Bay hace hoy dos semanas.

Walbis Bay es una ciudad (y un importante puerto pesquero) situada a unos 30 km al sur de Swakopmund, con una historia interesante (fue colonia inglesa y perteneció a Sudáfrica hasta 4 años después de que Namibia se constituyese como país, anexionándose a éste finalmente en 1994). Pero Walbis Bay es también el nombre de la bahía que se encuentra junto a la ciudad y allí fui yo en una excursión organizada, a dar un paseo en barco por la bahía. Sí, a hacer de turista, claro.

Fue un día frío y nuboso, con la niebla típica de esta zona del país. No fue una excursión espectacular, pero estuvo bien cambiar un poco de aires, salir al mar y ver los leones marinos que me impresionaron tanto el año pasado en Cape Cross, aunque en cantidades más pequeñas. Leones marinos y pelícanos fueron los protagonistas del día. También vimos (casi intuimos) un par de delfines, vimos los cultivos de ostras y las probamos. Y poco más.

No sé si es que me estoy volviendo muy crítica, pero no me gustó mucho la guía que llevábamos. No me gustó su tendencia a humanizar a los animales: habló de leones marinos “buenos” (los que subían al barco y se dejaban acariciar) y “malos” (los que había que echar del barco porque podían ser peligrosos), cuando todos son animales salvajes o llamaba a los pelícanos con nombres como “Lady Gaga”. Tampoco me gustó su falta de precisión científica, dijo que el cultivo de ostras era muy exitoso en la zona porque el agua allí es “de muy buena calidad”, que no sé muy bien qué quiere decir. No sé si lo he contado alguna vez por aquí, pero el mar en Namibia, el océano, allí no es azul, el marrón, verdoso, reflejo de un ecosistema muy rico en nutrientes, que viene determinado por la corriente de Benguela y que convierte sus aguas en unas de las más productivas del planeta. Vale, igual esto no es fácil de explicar a un grupo de turistas. O sí. Creo que Einstein dijo algo así como “Si no lo puedes explicar de manera sencilla es que no lo has entendido bien”. Pues eso. Tampoco me gustó cómo habló de las colonias de leones marinos: según ella, la de Walbis Bay es la única “natural” porque tiene una población controlada, mientras que otras como la de Cape Cross tienen una población excesiva y eso (según ella) no es natural y es malo, porque puede haber infecciones que maten a los leones marinos. ¿Eh? Una población natural se auto-regula y de hecho, si hay infecciones periódicas que matan gran cantidad de individuos, es un proceso totalmente natural en las poblaciones, sobre todo si no tienen depredadores que las regulen. Ecología básica. Ah, y dijo que en aquella zona no hay ni tiburones ni ballenas. Y sí que hay.

En resumen, volví bastante hostilizada de la excursión. Me faltó cierto rigor científico, más explicación del ecosistema, de las especies, de lo que estamos viendo. Aquello parecía más una película de Disney, un zoo con leones marinos abrazando a turistas que un intento de explicar la naturaleza de la zona. Repito, igual soy muy crítica o igual es que como bióloga exijo más que el turista medio, pero aunque lo que vi me gustó, cómo me lo contaron me decepcionó bastante.

Detalle curioso: la bahía está limitada por una lengua de arena y en su punta, Pelican Point, se hallaba un faro. Y digo se hallaba porque la lengua de arena sigue creciendo y ahora el faro ya no se usa como tal, porque no indica la entrada de la bahía. Ahora en el faro hay un hotel. Ahí, en mitad de la arena, junto a la colonia de leones marinos. Impresionante.













viernes, 21 de marzo de 2014

¡Hola, primavera!

Quería escribir esta entrada anoche, pero tuve un pequeño incidente con la tostadora (quemé el pan) y otro con una olla (quemé las palomitas) y decidí que no tenía el alma para dar la bienvenida a la primavera.

Pero hoy sí.

Primavera, viernes y de día libre.

Ah, nublado y bajando las temperaturas pero, ¿qué más da?

A lo que iba, es primavera. Y mi huerto urbano está feliz, muy feliz. Me ha recibido en todo su esplendor a mi vuelta de Namibia.

Las zanahorias están empezando a crecer (¡esta vez sí!).

Hay guisantes, muchos guisantes por todas partes.

Mi fresal ya no sólo da flores, ahora las flores se están convirtiendo en fresas.

La flor del aloe empieza a crecer.

Unas tímidas florecillas se asoman en una planta que muchos daban por muerta y creo recordar que eran mini-claveles.

Y el bosque de ginkgos… ay, ¡el bosque de ginkgos! Decenas de sus preciosas hojas están creciendo como locas a lo largo de sus ramas.

Ya es primavera, ¿no lo notáis?







miércoles, 19 de marzo de 2014

"Catching Fire" de Suzanne Collins

Ésta es la segunda parte de la trilogía de los Juegos del Hambre. Es bastante difícil hablar de él sin spoilear la primera parte de la historia, así que ALERTA SPOILERS.

En este segundo libro, la rebelión que se intuía en la primera parte cobra mayor protagonismo, con una Katniss totalmente consciente de su papel incitador en la misma, que parece extenderse a los distintos distritos. Aunque su vida ahora es mucho más cómoda y fácil, las cosas se complican con una edición especial de los Juegos, en los que tiene que volver a competir, volver a luchar por su supervivencia contra otros ganadores de anteriores juegos.

Estoy enganchada a la trilogía, lo admito. El primer libro me gustó muchísimo, este segundo es una estupenda continuación, aunque lo de volver a los juegos no me entusiasmó al principio, al final me resultó muy interesante y nada repetitivo. Pero me gusta mucho, me engancha y me divierte. Como el primero, me gusta mucho el punto de vista totalmente personal de Katniss, le da una frescura especial.

Un libro muy chulo, aún no he visto la película, pero caerá cualquier día.

martes, 18 de marzo de 2014

Ritmos africanos

Estando en Namibia, estuve en un concierto de música africana. Ya había estado en un concierto allí en Septiembre, un concierto que me encantó, en el que hubo un poco de todo, desde música africana a música clásica, pasando por corales de varios tipos. Aquel concierto fue en una escuela de primaria que me pilla de camino al curro, así que un día de esa semana pasé por allí a ver si había algo esos días. ¡Bingo! Vi este cartel de ese concierto y decidí que iría a verlo.


El mismo día del concierto, volví a pasar para confirmar la hora y entonces me di cuenta de que yo conocía al chico que sale en la foto, J., el de en medio. No me sorprendió mucho, era el profesor de percusión de la colega española que estaba por aquí hasta hace poco (yo misma fui a una clase con él) y además ya lo había visto cantar y tocar en el concierto del año pasado. Está metido en todos los berenjenales, musicalmente hablando. Así que allí me fui yo, un viernes por la noche, de concierto en Swakopmund.

Me encantó, me lo pasé muy bien, salvo en el momento en el que me sacaron a bailar allí en medio. Pero bueno, incluso entonces me reí mucho y me regalaron una pulsera, así que no me quejo, jejeje. Y reencontrarme con J. fue estupendo. Su cara de alucine fue maravillosa, qué divertido.

Ésta es parte de una de las canciones que tocaron, geniales todas.


A la mañana siguiente, mientras paseaba por el centro comprando algunas cositas, me sorprendió un grupo de chavales tocando marimbas y otros instrumentos de percusión. Me quedé allí clavada un buen rato, escuchándolos. Daba gusto oírlos tocar.


Así es Namibia. En cualquier momento, en cualquier lugar, puedes deleitarte con sus ritmos, con sus músicas. Namibia, un país en el que se saca música hasta de las piedras. Que sí.


África es pura música.

viernes, 14 de marzo de 2014

Horario guiri

En los últimos meses, se ha oído bastante hablar sobre el tema de los horarios, de lo poco europeos que son y de cómo afectan al rendimiento laboral. Cualquiera que se haya movido un poco fuera del país, se habrá dado cuenta de que en España comemos y cenamos a horas mucho más tardías que el resto del mundo, lo que hace que las noches se alarguen más de lo que parece sano y nuestras horas de sueño sean menos.

Durante mucho tiempo, yo estaba convencida de que el resto del mundo estaba equivocado y que nuestros horarios eran estupendos. No sé si es porque ahora he viajado más que cuando pensaba eso o porque me estoy haciendo mayor, pero creo que nuestros horarios son pura bazofia y cada vez más me gustaría ser europea, en cuanto a horarios, me refiero.

Me parece una barbaridad, por ejemplo, que las series del prime time empiecen después de las 10:30 de la noche y acaben pasada la medianoche. Siempre me pregunto si yo soy la única en el país que madruga. Yo tengo un horario de entrada al trabajo bastante flexible, entre las 7:30 y las 9:00, pero me gusta llegar sobre las 8. Y no me gusta levantarme y salir corriendo al trabajo, me gusta desayunar tranquilamente leyendo un rato y escuchando la radio. Así, mi hora buena para levantarme serían las 6:30. Si viera las series o películas del prime time, dormiría apenas 6 horas, que a mí no me bastan. Hace bastante que dejé de ver cosas en la tele que empiezan a la hora que me estoy planteando ya meterme en la cama. Si quiero ver alguna serie, las sigo por internet. Me niego a pasar sueño en el trabajo por los horarios despóticos de la tele. Aunque admito que a veces me engancho y mis horarios no son todo lo regulares que desearía.

Cuando yo era pequeña, los telediarios empezaban como ahora, a las 9. Pero acababan a las 9:30, en dos minutos daban el tiempo y luego hacían algo que durara media hora o menos (creo recordar) y ya a las 10 empezaba la película. Sigo pensando que las 10 es muy tarde para empezar a ver cualquier cosa, pero había esos programas de media hora (sitcoms americanas, creo recordar) que te entretenían un rato y luego ya te ibas a dormir. Ahora todo empieza tarde. Hasta los programas protagonizados por niños empiezan a las tantas. Y parece que acaban sólo un ratito antes de que suene el despertador.

Lo del horario europeo lo he disfrutado especialmente estos días en Namibia (vale, no es muy adecuado llamarlo “horario europeo” estando en África, pero de alguna manera lo tenía que llamar. Venga, horario guiri.). Me levanto antes de las 7, trabajo de 8 a 1 y de 2 a 5 y me voy al hotel. Paseo un rato, voy al súper, lo que sea. Ceno cuando tengo hambre, sean las 7 o las 8, a las 9 y pico ya he hecho casi todo lo que tenía que hacer y antes de las 10 suelo meterme en la cama a leer o ver alguna serie. Duermo 8 horas de sobra, a veces me despierto incluso antes de que suene el despertador, porque he dormido como una bendita y he descansado estupendamente.

Lo de las comidas es otra barbaridad. Aquí desayuno a las 7 y pico y como de 1 a 2. Perfecto. En casa, yo no me puedo ir de mi oficina antes de las 2.30 (es decir, tengo que estar obligatoriamente en la oficina de 9 a 2:30 y cubrir el resto de horas entre las 7:30 de la mañana y las 7 de la tarde, menos los viernes, que por algún motivo que desconozco, no me cuentan las horas si trabajo después de las 3.30). Lo que decía. Yo desayuno sobre las 7 y no suelo comer hasta casi las 3. Aunque en medio tomo una merienda (sí, en Mallorca llamamos merienda también a lo que tomamos a media mañana), suelo llegar a comer desesperada de hambre. ¿Por qué no puedo ir a comer a la 1.30 que es lo que me pide el cuerpo? No tengo un trabajo de atención al público, así que me resulta difícil explicar la tiranía horaria. Igual que me resulta difícil explicar por qué no puedo trabajar un viernes un rato por la tarde, que suelen ser días que mi nivel de concentración es bastante alto.

He oído por ahí que se estaban planteando atrasar una hora los horarios, para corregir esto. ¿QUÉ? Atrasar los horarios no nos llevará a modificar los hábitos. Y viviendo en la comunidad autónoma más oriental del país, os aseguro que si se hace, me dará algo. En Baleares, en invierno a las 5.30 ya es noche cerrada. Pero totalmente cerrada. ¿Os imagináis vivir en un sitio en el que fuera de noche a las 4.:30? Yo sí, porque ya lo he vivido. Cuando estuve en Creta, viví 3 semanas en el horario de invierno y me quería morir. A las 4 era ya casi de noche y a las 4.30 ya era noche cerradísima. Claro, amanecía prontísimo pero, ¿para qué?

No, el cambio de hábitos no implica un cambio de huso horario, implica un cambio en las costumbres. ¿Qué sentido tiene trabajar hasta las 7, las 8, las 9 de la tarde? ¿Qué sentido tiene cuando los horarios escolares acaban antes de las 2 de la tarde (al menos en mi comunidad)? ¿Para qué queremos tener tiendas abiertas hasta más allá de las 9 de la noche? ¿Gimnasios hasta las 10? Vale, no voto porque las tiendas cierren a las 5, como aquí en Swakopmund, que a las 6 ya no hay nadie por la calle y a las 7 da hasta miedo salir. Tampoco que los gimnasios abran a las 5 de la mañana como aquí. Pero si los horarios laborales acabaran antes, las tiendas podrían cerrar antes (también abrir) y las teles podrían emitir sus programas a una hora más decente. Y, ¿qué ganaríamos con eso? Calidad de vida, calidad de sueño, más tiempo con los nuestros. En resumen, más felicidad. Al menos yo.

Sinceramente, no creo que se produzca ningún cambio. Yo intento adecuar mis hábitos a los horarios que me resultan cómodos, aunque vaya un poco a contracorriente y acabe viendo las series de las que todo el mundo habla con semanas de retraso. Viva el horario guiri.

En la foto, puesta de sol desde mi balcón namibio. En un par de horas, me voy al aeropuerto para empezar mi odisea de regreso. Mañana a mediodía, en casa.