Mostrando entradas con la etiqueta reflexionando. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reflexionando. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de noviembre de 2017

Una estrella

Vi una estrella fugaz surcando el firmamento. Me pareció sorprendente e increíble: allí estaba yo, en mitad de una ciudad enorme, profusamente iluminaba y era capaz de contemplar perfectamente aquella estrella. No era una normal, debió ser un meteorito grande, porque la vi durante un largo rato, resplandeciente.

Al día siguiente, indagué por internet, intentando averiguar si alguien más había sido testigo de aquel fenómeno. Quería asegurarme que no lo había imaginado. Por lo visto, esos días había lluvia de Leónidas, así que sí, probablemente lo que vi no lo imaginé.

Vi una estrella fugaz surcando el firmamento, junto al Coliseo romano. Había quedado para cenar, había salido con mucho tiempo por miedo a llegar tarde y, al final, me daba miedo llegar demasiado pronto. No me apetecía nada esperar fuera del restaurante; ya iba bastante nerviosa como para aumentar los nervios con la espera. Así que deambulaba alrededor del Coliseo, haciendo tiempo, observando a la gente que iba y venía, en esa hora temprana pero oscura de la tarde que ya era noche. En una de esas, miré al cielo y fue cuando vi la estrella fugaz.

Se me olvidó pedir un deseo. Mentira. Lo pedí, pero tardé más de la cuenta. Supongo que por eso no se cumplió, o se cumplió sólo a medias. Igual con los nervios de la noche y al ser consciente de que había perdido la oportunidad de pedir un deseo inmediatamente, mi mente no lo formuló bien. Sí, debió ser eso. Incapacidad de formular un deseo de manera clara.

Se me olvidó pedir un deseo porque lo primero que pensé fue que aquello era una señal. Ay, las malditas señales. Quise pensar que era una señal, claro que sí, una señal de que la noche sería perfecta. Qué bien quedan las señales en las películas. Pero lo que confundí con una señal era una roca chocando contra la atmósfera del planeta, nada más simple y banal que eso.

Y, a pesar de que la señal era en realidad un trozo de piedra, la noche fue estupenda, claro que sí. Cervezas, buena comida, gente maja, charla y risas. Y un paseo plácido y agradable de vuelta al hotel. De verdad que no se me ocurre una manera mejor de pasar una última noche en Roma.

En la foto, la inscripción que hay en el Coliseo y que hice en ese ratito en el que deambulaba por sus alrededores, cuando la estrella me pilló por sorpresa. Qué vértigo da pensar el tiempo que lleva construido, qué ridículos parecen nuestros problemas ante su grandeza y qué cortas son nuestras vidas en comparación a las de estas piedras.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Una hoja

Cerca del hotel en el que me alojo en Roma hay un Gingko biloba. O al menos eso creo. Lo intuyo porque el día que llegué, vi una hoja de este árbol en el suelo del patio del palazzo en el que se encuentra este hotel. He intentado buscarlo, al gingko, estos días, pero no lo he encontrado. Igual es que por las mañanas no estoy para paseos, pendiente de llegar a la reunión en la que estoy y por la tarde, cuando vuelvo, ya es noche cerrada y, aunque mire hacia arriba, no soy capaz de distinguir ningún árbol.

Así que estoy intrigada, sin saber de dónde vino esa hoja que, por cierto, no he vuelto a ver, ni ninguna parecida. Hay muchos árboles en esta zona, una colina de casas señoriales y pisos tranquilos, con muchos árboles; una zona residencial tranquila y agradable. Pero lo poco que he recorrido de sus calles ha sido en la oscuridad, volviendo de cenar y, como decía, no detecto fácilmente gingkos de noche. De día, un poco mejor.

Tal vez la hoja llegara desde el gingko que sí conozco, el que está en la entrada de la sede central de la FAO, a apenas 500 metros de aquí. No sé si el viento que hacía el domingo fue el responsable de traer esa hoja hasta aquí, no lo sé. Descubrí aquel gingko hace ahora un año, cuando también descubrí una hoja en el suelo, subiendo las escaleras de la entrada. Cuando la vi, miré hacia arriba y allí estaba, un gingko grande y bonito, en medio de dos pinos y que ilustra esa foto. Lo he visto así estos días, de lejos; a ver si mañana llego cinco minutos antes y me acerco un poco más.

Entrar en la sede central de la FAO es como ir al aeropuerto: hay que dejar lo que llevas en unas cintas que pasan un control y luego te metes en un cilindro de cristal, para pasar tú también el control. Hay gente de todas las nacionalidades, entrando y saliendo todo el día, subiendo y bajando los ocho pisos que forman el edificio, con varios bloques. Algunos, se pierden por ellos, nos perdemos por ellos, quería decir. Comemos en la cafetería del ático, con vistas impresionantes a esta ciudad que esta vez sólo veo así, desde el aire, oyendo hablar tal cantidad de idiomas que algunos no soy ni capaz de identificar. Salimos un rato a la terraza, a tomar un poco de aire frío otoñal, esquivamos las gotas de lluvia, intentamos distinguir el sol entre las nubes y nos reímos con el tipo que hace los cafés cuando empieza hablar de entrenadores y jugadores de la liga de fútbol española, a la vez que hace una recolecta para los pobres jugadores de la selección italiana que no van a ir al mundial. Cuando volvemos a la sala, a la reunión, nos perdemos casi siempre. Esto es un auténtico laberinto.

Y así pasan los días aquí, horas y horas encerrados en salas sin ventanas y con luz artificial, con nombres de reyes orientales o de países exóticos, hablando, discutiendo, aprendiendo, tratando de comprender nuestros mares, tratando de protegerlos. Los días se hacen largos, mucho. Ayer bromeábamos que parecía que llevábamos ya dos semanas aquí. Menos mal que aún tenemos humor para unas risas. Y para algo de pasta. O para una pizza. E incluso para algo de vino o alguna cerveza.

Menos mal.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Uno de Noviembre

El 1 de Noviembre de 2016, media España estaba discutiendo si entre Bisbal y Chenoa había habido o no una cobra en el concierto del reencuentro de Operación Triunfo 1 celebrado la noche antes.

El 1 de Noviembre de 2015, fui al teatro a ver a un actor que me encanta desde muchos años, Abel Folk, y después viví un momento de fan total, en el que fui incapaz de decirle nada mientras nos hacíamos una foto.

El 1 de Noviembre de 2014, mi ginkgo tenía ya muchas de sus hojas amarillas, preparándose para perderlas como buen representante de los árboles de hoja caduca.

El 1 de Noviembre de 2013, estaba en un congreso en Marsella (Francia), cabreándome con los diputados que salieron espantados el día de antes para aprovechar el día libre, justo antes de reconciliarme de una ciudad que antes no me había entusiasmado.

El 1 de Noviembre de 2012, hice el cambio de armario, adiós ropa colorida de verano, hola ropa triste de invierno.

El 1 de Noviembre de 2011, acababa de volver de una reunión en Creta, donde pasamos un día, o tal vez dos, recorriendo la parte más occidental y sur de la isla.

El 1 de Noviembre de 2009, estaba cocinando cuscús.

El 1 de Noviembre de 2008, estuve nadando en Elafonissi, una playa maravillosa al suroeste de Creta, a la que volví casi tres años después.

Hoy, 1 de Noviembre de 2017, he pasado el día currando con una colega francesa, en su casa con espectaculares vistas al Mediterráneo, mientras su marido hacía arreglos en la casa y cocinaba para nosotras, su hijo mayor jugaba con un amigo y el pequeño estaba en casa de unos amigos. A primera hora, soplaba un viento frío que me ha obligado a ajustarme la cazadora y taparme bien la garganta, cuando iba caminando hacia su casa, colina arriba, intentando no resfriarme más de lo que ya estoy. Cuando he salido de allí, en esa oscuridad tan temprana a la que me cuesta tanto acostumbrarme, el viento había calmado y hacía una noche agradable, pero me he vuelto al hotel, porque el centro de esta ciudad está demasiado lejano para ir a pie y me ha dado pereza coger el coche. Ha sido un día largo, cansado, ligeramente frustrante pero bonito, porque no hemos conseguido acabar de hacer todo lo que teníamos previsto, pero hemos trabajado, duro, bien y, además de colegas, somos amigas, por lo que además de números y gráficas, ha habido risas y confidencias. Ha sido un día largo y cansado, decía, que he rematado con conversaciones alegres por whatsapp con gente querida y lejana, antes de preparar la maleta para volver mañana a casa.


Digan lo que digan de las tecnologías modernas, es bonito usarlas para recordar cosas que no quieres olvidar.

En la foto, el atardecer hoy sobre el Golfo de León, ay, mi querido Mediterráneo.

domingo, 23 de julio de 2017

Dos semanas en el mar

Hace más de un mes que volví a tierra después de dos semanas en el mar. Así que ya va siendo hora de resumir el Festival de Primavera de este año. Como siempre, es difícil recapitular todo lo que se vive, se trabaja y se siente en este tiempo. Como siempre, necesito dejar constancia de lo que recuerdo porque con el tiempo, los recuerdos del mar se difuminan, hasta acabar confundiendo unos festivales con otros, hasta acabar olvidando cosas bonitas y especiales. Lo malo ya lo he olvidado, también como siempre. Este año he hecho pocas fotos o, al menos, menos que otras veces. Pero no es algo exclusivo del mar: llevo bastante tiempo haciendo pocas fotos.

Este año, se me han pasado las dos semanas de mar rápido, muy rápido. Tal vez porque vayan a ser las dos únicas semanas que pase este año en el mar y tenía muchas ganas de que llegaran. Tal vez porque después de unos meses duros, esas semanas fueron el punto y aparte, el parar para seguir. El paréntesis marítimo que trato de resumir aquí.

El incidente de las birras en mi maleta nueva, algo de lo que no volveremos a hablar nunca. Otro casi incidente que al final ni lo fue del que mejor tampoco hablamos. Barrer algas en popa (he barrido más esa cubierta que mi propia casa). El tiburón que liberamos vivo. La banda sonora del puente. Nino Bravo. Coldplay. Abba. Guns N’Roses. Mike Oldfield. Buscar boyas en el horizonte cantando “Knockin’ on Heaven’s Doors”. Si suena Abba, en el puente se baila. La alarma de incendios saltando por error a horas intempestivas. Dos días. “Recóllense tapóns para a axuda a Cristiano Ronaldo”. Trabajar descalzos en el puente. La felicidad de sentir la fuerza del viento de Tramontana en la cara, mientras navegamos a 10 nudos proa al viento, al sur de Menorca. Los egipcios pidiendo una brújula para orientarse para rezar. Recordar a media mañana el trozo de tarta de chocolate de cumpleaños que guardaste en la nevera el día de antes. Los donuts o cruasanes de los domingos. Bocata de salchichón con mantequilla para desayunar. Garbanzos con callos a las 12 del mediodía. La hora del café y del té en el puente, por la tarde, con galletitas o chocolate. Un amanecer de mar en calma, en la costa Norte, con la luna sobre Dragonera. La luz del amanecer que me despertaba los primeros días. Y el apaño con bolsas de basura y cinta americana para solucionarlo. La luna al atardecer sobre Cabrera. La luna roja en una noche profusamente estrellada sobre Menorca. El cielo infinito estrellado. Estrellas fugaces. Ver el mar desde el camarote, ver tierra desde el camarote. El atardecer más espectacular de todos aunque, en realidad todos y cada uno de ellos lo son, todos y cada uno a su manera. Zafarrancho de limpieza semanal. Las conversaciones plurilingües y multiculturales en el puente. Llegar a la semifinal del Jran Torneo de Furbolín (“¡¡equipo rosa!!”). El lance ‘extranviotico’, en palabras del capitán. Cinco langostas en una pesca, cinco. La noche en Maó. Maó da resaca. Llegar al barco con las primeras luces del amanecer. En Maó. Y en Palma. Mi recién descubierto amor por el ibuprofeno. Las conversaciones locas después de una noche en tierra (“Aquello que te conté ayer”, “No me lo contaste”, “¿No? A ver si no te acuerdas”, “Puede ser”). Salir del puerto de Maó con una sensación tan, tan diferente de la del año pasado cuando salimos de allí. Entonces lloré de rabia y frustración por no haber aprobado unas oposiciones. Esta vez, sonreía. La divulgación científica: tele y radio, un festival muy mediático éste. Mi zapatilla croc que salió volando por la banda y acabó en el mar, imposible de recuperar, en pleno Canal de Menorca. Ahí, contribuyendo involuntariamente a la contaminación marina por plásticos, en martes y 13. Gestionar trabajo, gestionar personas, observar quién gestiona personas de manera alucinante y tratar de imitarle. La vuelta a tierra. Las visitas al barco. La recepción por el décimo aniversario, todos guapos. Los discursos de científicos en los que se aclara lo que no debería hacer falta aclarar porque es obvio: los festivales no los hacen los barcos, los hacen las personas, la gente que trabaja en ellos, los tripulantes, los científicos. Todos, cada uno a su manera, hacen de este trabajo algo muy especial. Porque la gente bonita que me rodeó esos días ha hecho posible que todo saliera bien, que todo se hiciera como estaba previsto, que todo el mundo (o eso espero) acabara con un buen recuerdo de los días de mar. Porque, no me canso de decirlo, la gente, al final eso es lo importante, siempre la gente. La gente con la que compartes horas de trabajo, de ocio, de risas, de bromas, de discusiones, de cabreos, de frustraciones. Porque todo eso está ahí siempre, condensado en pocos metros cuadrados, en pocos días.

Y también la gente que está en tierra, con la que mantienes contacto esporádico desde el barco, a la que echas más o menos de menos, que te dice: “Sólo te quedan tantos días para volver, ¡qué bien!”. Y tú piensas qué sí, que qué bien volver a tierra pero, pero… Porque en tierra soy muy feliz, claro que sí. Pero en el mar, ay, en el mar también. El mar es mágico e increíble y lo que se vive en él, lo bueno y lo malo, a veces es difícil de describir e incluso de recordar con nitidez. A veces es difícil de explicar a la gente que está en tierra, casi imposible. Por eso a veces es suficiente estar ahí, vivirlo, sentirlo y recordarlo.

Las fotos son de esos días, un poco locas, escogidas casi al azar y sin un criterio claro.

 















martes, 27 de junio de 2017

Vínculos

Una cosa común en todos los festivales en el mar son los vínculos que se establecen entre las personas que participan. Lo hemos hablado mucho con gente que participa en ellos de manera más o menos habitual: pasar una, dos, tres o cuatro semanas en un barco con la misma gente es un Gran Hermano en toda regla. Desayunas, trabajas, comes, trabajas, cenas y compartes tu tiempo de ocio con la misma gente, todos y cada uno de los días, sin posibilidad de estar con otros y con una cierta limitación para aislarte de los que te rodean. En estas circunstancias, es inevitable la comparativa con Gran Hermano o con un campamento de verano. Obviamente cada vez es diferente, las relaciones que se establecen varían y los vínculos son más o menos robustos y aguantan mejor o peor el paso del tiempo. Pero están ahí y son obvios.

Me hace mucha gracia ver las reacciones de los nuevos, de la gente que participa por primera vez en un festival los últimos días en el mar. No quieren que acabe. No se quieren ir. No quieren dejar atrás a los nuevos amigos que han hecho a bordo. No quieren volver a tierra para enfrentarse a la realidad que allí tienen. Me hace gracia porque aunque hago como que no, en realidad siento y vivo exactamente lo mismo que ellos, después de tantos años, después de tantos festivales a mis espaldas. La única diferencia es que yo lo relativizo. No es que intente evitar esos vínculos, son vínculos naturales que se establecen con la gente con la que más congenias. Es cierto que la mayor parte de mi trabajo no se lleva a cabo codo con codo con el resto del personal científico y posiblemente sea yo la que establezca vínculos menos robustos con los demás, pero así y todo, existen. Por eso siempre observo con gracia y cierta sabiduría que sólo el tiempo da las despedidas entre ellos, entre nosotros. Las lágrimas que a veces se derraman. Las promesas de viajes juntos o visitas a sus respectivos lugares de origen. La seguridad de volver a encontrarse aquí, de nuevo, en el mismo barco, en las mismas circunstancias dentro de un año. Y digo que lo veo con cierta sabiduría porque yo también lo he vivido, lo vivo, lo he visto cada año y sé lo que pasa. ¿Qué pasa? Pasa de todo. Algunos de esos vínculos se irán diluyendo con el paso del tiempo, después de unos días (o semanas en el peor de los casos) de tristeza y melancolía, cada uno volverá a su rutina, a su normalidad, a su vida en tierra que no es que sea mejor o peor que la de a bordo, es simplemente otra. Otros vínculos durarán semanas, meses, seguirá el contacto más o menos esporádico, sobre todo hoy en día que es mucho más fácil con redes sociales y móviles con los que es posible estar hiperconectados. En otros casos, los menos, sí que habrá viajes conjuntos, quedadas, reencuentros que pueden ser estupendos e inolvidables, pero también extraños, porque en el barco, todos estamos juntos y navegamos hacia el mismo rumbo pero, en tierra, la gente se dispersa y vuelve a ser lo que era. Por eso a veces relativizo o racionalizo los vínculos y las relaciones, los sentimientos y las promesas de que el año que viene todos volverán. Porque, ya os lo digo, no todos vuelven. De hecho, casi ninguno vuelve. Porque según vayan pasando las semanas, los meses, la vida nos mueve en una u otra dirección. Las cosas cambian mucho, muchísimo en un año. Los que prometieron volver porque harían este trabajo siempre, no lo hacen por mil y un motivos, laborales, personales, familiares, económicos. Incluso algunos de los que se juraron amistad infinita tendrán que revisar en su lista de contactos cómo se llamaba aquella persona con la que se llevaba tan bien hace un año pero de la que hace meses que no sabe nada. Llamadme cínica, pero a veces soy escéptica ante esas declaraciones de amistad eterna y promesas de reencuentros habituales. Porque se suelen quedar en eso, en promesas.

Y aún así… Ay, aún así, a veces se forman unos vínculos inquebrantables entre la gente con la que coincides en el mar. A veces es gente que conoces una vez y ya pasa a formar parte de tu vida. A veces es gente que conoces de hace tiempo pero de repente, en un momento dado, esa difusa vinculación se vuelve más sólida y se convierte en una amistad chulísima. Y, ¿sabéis qué? Nunca sabes cuándo va a pasar. Nunca sabes cuándo alguien se va a convertir en importante en tu vida. Nunca sabes cuándo ni, sobre todo, quién. Nunca sabes si esas horas de trabajo compartido, esa caña que os estáis tomando en tierra, esa despedida hasta el año que viene van a ser las últimas que os unan o las primeras de muchas más que quedan por venir. Y ésa es la gracia de todo esto que llamamos vida, disfrutar de todos y cada uno de esos momentos, disfrutar de esos vínculos, sean efímeros o eternos, disfrutar de las risas conjuntas, del trabajo bien hecho, de las bromas y hasta de las discusiones y desencuentros. Disfrutar del aquí y del ahora, de lo que estamos haciendo, de lo que estamos viviendo, de lo que estamos sintiendo, de con quién lo estamos compartiendo. Sea lo que sea. De estar en tierra o estar en el mar o estar trabajando o estar riendo o estar durmiendo o estar alegres o estar pensativos o estar acompañados o, incluso, estar solos. Lo que hemos vivido está ahí y ya forma parte de nosotros. Lo que va a venir, no lo sabemos. Pero esto, este aquí, este ahora, estos vínculos que nos unen en estos momentos son únicos e irrepetibles. Y hay que saborearlos, hay que vivirlos porque quién sabe dónde estaremos y quiénes seremos dentro de un año.

La foto, de hace unos días, en el mar, desde mi lugar favorito del barco. He hecho pocas fotos este año, pero alguna más publicaré por aquí.

martes, 6 de junio de 2017

Etapas

Estos días acaba una etapa en mi vida, por fin. Acaba una etapa que empezó hace más de medio año, cuando me apunté primero a unas oposiciones que acabaron hace menos de una semana y después a otras oposiciones que acabé hace ya algunas semanas más.

Han sido unos meses largos, duros, diferentes y enriquecedores. Han sido meses de mucho estudio, de muchos sacrificios, de renunciar temporalmente a mi vida laboral y parcialmente a mi vida personal. De anteponer el futuro al presente, de intentar convencerme a mí misma de que todo esto valía la pena. Han sido meses de retos, de miedos, de nervios, de vértigo cuando empecé a ver que las cosas iban saliendo bien, de frustración al ver cómo se me escapaba el tiempo entre los dedos, encerrada en casa. De aprender mucho, mucho, y no hablo sólo de estudiar.

Y lo más raro de todo es que no tengo ninguna gran lección que explicar de todo esto, no tengo ningún consejo sabio ni ninguna declaración significativa que compartir con vosotros. Porque no siento que lo que he hecho haya sido en absoluto extraordinario. No voy a decir que lo de menos es el resultado, porque mentiría, porque sé que no me sentiría así si mi nivel de éxito no hubiera sido el que ha sido (cien por cien), pero es cierto que lo he hecho y punto. Lo he hecho porque creía que lo tenía que hacer, porque había llegado el momento y vi la oportunidad (vi dos oportunidades), la(s) cogí, dediqué todas mis energías a eso y acerté, igual que en otras ocasiones fallé. Pero no tengo mucho más que decir.

Y como ya dije cuando acabé una etapa anterior (la tesis) y que en su día copié de otro sitio, cuando no sabes qué decir, di gracias. Y eso sí que creo que es importante. Porque ha habido un montón de gente que ha estado ahí en todos estos meses, mi familia y amigos, mis biogossip girls, mis chungos, mis incombustibles, mis tejedoras, amigos a los que he robado un montón de tiempo por estudiar y prepararme; mis compañeros de trabajo que asumieron mis funciones en mi ausencia sin dudarlo; mis superiores que entendieron que necesitara desaparecer temporalmente para conseguir mi objetivo; la gente de mi vida 2.0 que me ha apoyado desde el otro lado de las pantallas y me ha acompañado físicamente en mis cuatro viajes a Madrid (no sabéis lo que me ha ayudado encontrar el lado lúdico a esos viajes opositores); los que me han retado, los que me han pedido más, los que me han asegurado que sí que podía cuando casi no me quedaba energía. Madre mía, la de gente que ha estado ahí, apoyándome de una y mil maneras diferentes. No os podéis hacer a la idea, de verdad que no.

Así que ya está, gracias a todos. Una etapa ha acabado. Y lo que tengo delante es, simplemente, fascinante. Y espero que todos sigáis ahí. No sé lo que va a venir, no sé lo que va a pasar, ni siquiera sé lo que haré. Pero ya llegará el momento de saberlo, de descubrirlo, de decidirlo. De momento, mañana me voy al mar. Vuelvo al mar, por fin, casi un año después. Con las baterías a medias, con el respeto que siempre me impone el mar, con la emoción que siempre siento en el mar.

Me voy al Festival de Primavera. Gone fishing. Toca paréntesis marino.

La foto no tiene nada que ver, pero qué bueno estaba.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Conexiones y desconexiones

Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia no tan lejana, escribí una entrada en otro blog y en otro idioma sobre las conexiones, sobre esos momentos a veces puntuales y efímeros, a veces más duraderos y casi eternos que te unen con otras personas; a menudo, son conexiones que te pillan por sorpresa y no sabes explicar demasiado bien. Poco después, escribí también sobre las desconexiones, sobre esos momentos en el que esa conexión desaparece, a veces de manera tan abrupta que te sorprende y duele, que no aceptas e intentas recuperar esa conexión perdida, incluso es cuando la pierdes cuando te das cuenta de que ahí existía una de esas misteriosas conexiones.

Tiempo después, escribí también sobre hilos invisibles, una manera tal vez un poco cursi de referirme a esas conexiones, a ese no sé qué que te une a la gente que conoces. Escribí sobre el punto en que esa conexión, ese hilo, se convierte en algo más, en una amistad o incluso en un enamoramiento, en lo fuerte que pueden ser los hilos invisibles que nos unen a los demás, sin ni siquiera pretenderlo. No hace tanto, por este mismo blog, escribí sobre gente que pasa de ser importante a convertirse simplemente en ‘alguien a quien solías conocer’, esa gente a la que te une algo, una conexión, un hilo invisible, una amistad o un enamoramiento y, de repente, un día, te das cuenta de que no significa ya nada en tu vida.

A todo esto le he estado dando vueltas hoy, porque he tenido la sensación de que alguien con quien me une algún tipo de conexión, algún sutil hilo invisible, se está diluyendo de mi vida. Es curioso y hasta absurdo, porque es alguien a quien apenas conozco, a quien he visto muy pocas veces, pero con quien me une una complicidad que no sé muy bien de dónde sale y hoy, de repente, he sentido que ese débil hilo que nos une se está rompiendo. Y me ha dado pena, mucha pena. Porque es alguien a quien aprecio mucho pero que creo que se está alejando de mí. Aunque pensarlo así es absurdo, porque nunca ha estado cerca de mí, apenas hace un año que nos conocemos y lo de alejarse es absurdo porque no forma parte de mi vida ni de mi día a día, incluso vive a varios cientos de quilómetros de mí. Pero creo que esa conexión se está diluyendo, ese hilo invisible se está rompiendo.

He acabado en twitter (no sé si cuna de la sabiduría moderna pero interesante foro de reflexión y discusión) dándole vueltas a este asunto y han salido algunas ideas interesantes. La primera es que sí, en estas circunstancias, te invade la tristeza, la sensación de pérdida, pero quien desaparece de tu vida es porque no tiene que estar ahí. La segunda que en realidad ese proceso de conectar-desconectar es natural y sano. Y la tercera que esa tristeza, ese dolor, se puede controlar y evitar, simplemente aceptando que las cosas son así porque tienen que ser y, si pasan, es por algo y simplemente hay que aceptarlo.

Y no sé si después de todo esto me siento mejor o peor, porque es cierto que cuando alguien acaba convirtiéndose sólo en ‘alguien a quien solías conocer’ ya no duele nada, pero el proceso de pérdida a veces es doloroso, aunque sea ligeramente. Lo fascinante es que no sabes quién acabará siendo sólo eso, alguien de tu pasado, o se convertirá en alguien imprescindible en tu vida y hasta cuándo será así. Y, en el fondo, eso es también algo interesante de esta vida, la incertidumbre, el no saber qué te deparará el futuro, quién estará y quién no y cómo. Supongo que eso es bonito y fascinante.

Sí, supongo.

En la foto, la Rosaleda del Parque del Oeste de Madrid, la semana pasada. Madrid se ha convertido en el destino único y exclusivo de mis viajes en este 2017. De momento. La foto es con el móvil, que aunque ha mejorado (el móvil y su cámara), eché mucho de menos una cámara en este viaje. Ni la compacta ni la réflex me llevé. Ains.

domingo, 14 de mayo de 2017

Sal en la piel

Hoy me voy a dormir con sal en la piel, la sal del primer baño de la temporada.

Sí, lo sé, debería haberme duchado después de este primer baño pero son las once de la noche y por fin he acabado de hacer todo lo que quería hacer esta tarde (una maleta para un viaje, acabar de preparar unas presentaciones para unas oposiciones de la semana que empieza mañana). Es cierto que una siesta inesperada me ha robado parte de la tarde, pero ha sido una siesta tan inesperada como necesaria.

La cuestión es que hoy, a pesar de todo, me he dado por fin, el primer baño de la temporada.

Hoy, el día que debería estar viajando a Menorca para una semana de vacaciones que he cambiado por una semana en Madrid de oposiciones.

Al polen de las gramíneas les gusta esto. Me van a hacer sufrir esta semana, ya lo veréis.

Lo que decía, la cuestión es que hoy he vuelto al mar, he nadado un rato, más de lo que pensaba, en aguas cristalinas, no tan frías como creía, cuando todo, todo, todo, parecía indicar que no era el día más propicio para liarme la manta a la cabeza, o mejor, para coger la toalla y el bikini, e ir a la playa.

Pero lo he hecho, claro que sí. Porque entre las semanas que he dejado atrás y las que vienen por delante, necesitaba recargar pilar, cargarme de energía y enfrentarme a todo lo que está por llegar. Que ojalá sea mejor que lo que los augurios indican.

En la foto, cuando abandonaba ya la playa, después del primer baño. Lo he disfrutado tanto, tanto, que ni he recordado hacer una foto antes.

Ah, qué delicia de agua. De verdad.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Ya tengo ganas

Ya tengo ganas de que acabe este período autoimpuesto de retiro laboral y social, este período de encierro voluntario en el que toda mi vida gira en torno a estudiar. Ya tengo ganas de volver a la rutina laboral, a sentirme sobrepasada de correos, llamadas y trabajos pendientes. Ya tengo ganas de poner mi dedo en el reloj de fichar, de ver cómo la máquina da los buenos días y de hacer cálculos mentales al comprobar que no me cuadran las horas porque en algún momento me he olvidado de fichar. Ya tengo ganas de ponerme a analizar un montón de datos interesantes que están ahí, esperándome, de cerrar cosas que dejé a medias, de retomar trabajos que a veces me resultan tediosos pero ahora, en la distancia, me apetecen mucho. Ya tengo ganas de que me convoquen a reuniones en lugares donde no he estado nunca y en los lugares de siempre (Roma, ¡ah, Roma!), de volver a hacer y deshacer maletas, de planear viajes e itinerarios y ver qué visitar en los sitios a los que voy por si encuentro un ratillo libre. Ya tengo ganas de que cuando alguien me proponga un plan mi respuesta no sea “No puedo: tengo que estudiar”, de quedar con amigos sin contar las horas que he pasado con ellos en forma de “temas que me podría haber estudiado”. Ya tengo ganas de volver a sentir lo que es la felicidad de un viernes, de saber que si es fin de semana no sonará el despertador (o viceversa) y de sentir ese vacío extraño de un domingo por la tarde en el que no sabes qué hacer porque lo quieres hacer todo. Ya tengo ganas de volver a pensar en los días libres y en las vacaciones como días para hacer algo divertido, interesante o totalmente inútil en vez de ponerme a estudiar.

Todo eso pienso después de mes y medio de excedencia y ante la perspectiva de no volver a mi rutina laboral hasta dentro de otro mes. Pero luego respiro hondo y veo todo lo que me están regalando estas semanas, todo lo que estoy viviendo y veo que habrá muchas cosas que echaré de menos cuando vuelva.

Porque echaré de menos el no tener que preocuparme de quitarme el pijama hasta el mediodía. Echaré de menos el estar delante del ordenador con el ceño fruncido porque el sol me pega en la cara en las mañanas soleadas. Echaré de menos las llamadas a mi madre a las 10 en punto de la mañana y cómo espero cada día su respuesta absurda y cada vez menos inesperada (“Digui, digui”, “Primavera, la espera…”, “Ya no sé qué decir”,…). Echaré de menos parar a media mañana para descansar y hacer algo que me apetezca: leer un rato, jugar con la tablet, hacer un poco de yoga, tumbarme un rato en el sofá. Echaré de menos saber irme a las 8 de la mañana a la piscina sin cronometrar el tiempo para llegar a mi hora a la oficina. Echaré de menos la tranquilidad de estar en mi zona de confort, de no tener que hacer y deshacer maletas para ir a lugares que igual ni me apetecen. Echaré de menos interrumpir en el momento menos pensado lo que estoy haciendo porque se me ocurre algo y poder ponerme a escribir, porque sí, porque me apetece. Echaré de menos poder estar varias horas sin hablar con nadie hasta que me he despertado del todo. Echaré de menos las largas conversaciones culinarias con mi padre, programando la cena del día y la comida del día siguiente. Echaré de menos que el despertador suene el domingo antes de las 7 de la mañana, no porque me guste madrugar en domingo, sino por la luz especial, el ambiente único, el silencio tranquilo que hay los domingos a primera hora de la mañana. Echaré de menos ese primer sorbo de cerveza, de vino o aunque sea de agua con los amigos, después de días de encierro sin socializarme, disfrutando al máximo esos pequeños ratitos de ocio que por escasos son tan, tan valiosos ahora mismo. Echaré de menos estas semanas de ritmo pausado, rutinario, tranquilo, sosegado, a ratos hasta aburrido, que por un lado son duras, claro que sí, pero que me han ayudado a reconciliarme con cosas que había olvidado que me gustaban y a disfrutar de las cosas más simples y habituales.

En la foto, mi bosque de ginkgos a punto de su estallido primaveral anual. Ya tengo ganas de que llegue el momento de ver los arbolitos llenos de hojas. Pero echaré de menos estos días previos en los que miro todos y cada uno de los nudos de los árboles en busca de un ápice de verdor. Está bien pensar en las cosas buenas que tenemos por delante, pero al fin y al cabo, el aquí y el ahora es lo que estamos viviendo. Y también hay que disfrutarlo.

martes, 14 de febrero de 2017

Dale otra oportunidad al amor

Dale una oportunidad al amor, o como quieras llamarlo.

Dale una oportunidad a las mariposas en el estómago, a las miradas sonrientes, a las bromas escurridizas.

Dale una oportunidad a la complicidad evidente, a la conexión que va a más, a las sonrisas cómplices.

Olvida mariposas heridas, miradas nocivas y bromas insultantes.

Olvida complicidades hirientes, conexiones rotas y sonrisas dañinas

Dale una oportunidad al desfile de violines, a las caricias sinceras, a la llamada de la piel.

Olvida el sonido de las armas, las falsas caricias, el miedo a sufrir.

Dale una oportunidad a caballos desbocados, a alegrías inmensas, a despertares compartidos.

Olvida la calma aburrida, la tristeza vacía, las mañanas en soledad.

Dale una oportunidad al amor, o como quieras llamarlo. Dale una oportunidad, dátela.

O tal vez no.

Tal vez es mejor ignorar esas miradas, evitar esas sonrisas, destrozar esos hilos invisibles que se están formando casi sin querer.

Tal vez es mejor encerrarte en tu mundo, bloquear tu espacio, amurallar un corazón que no para de menguar.

Tal vez es mejor la seguridad de la soledad, la tranquilidad de lo conocido, la ignorancia de la verdad.

Tal vez es mejor matar mariposas, destrozar violines y asesinar alegrías

Tal vez es mejor borrar sonrisas, calmar la magia y desviar la mirada.

Dale una oportunidad al amor, o como quieras llamarlo. Dale una oportunidad, cree en esa remota posibilidad, déjate llevar y soñar. Una vez más.

O tal vez no.

viernes, 10 de febrero de 2017

Mil planetas

Yo entonces le quería.

Ahora lo puedo decir, entonces no.

“No te creas que estoy enamorada de ti ni nada parecido”, le dije incluso.

Porque, claro, yo no quería que él supiera que le quería. Por si acaso el amor no era correspondido.

Y no lo era, claro.

Nevaba. Era extraño ver nieve en una ciudad como aquélla; la ciudad del amor, la llaman.

Nevaba y tal vez no exista en el mundo una ciudad más triste bajo la nieve. O así la recuerdo yo.

Y hubo algún momento, uno o dos, varios instantes en los que creí que, aunque dijera lo contrario, él también me quería.

El abrazo que me dio el día que nos reencontramos. Pocos abrazos así he recibido.

La caricia que recibí en el cuello, caminando junto al río, con el frío de la nieve ya calado hasta los huesos y sus dedos, ahí, inesperados, enfriando un diminuto hueco que quedaba libre en mi nuca, entre la bufanda y el abrigo.

Y ya, creo que no recuerdo ningún momento más.

Una vez escribí que siempre estuvo a mil océanos de mí. Según pasa el tiempo, creo que no eran mil océanos lo que nos separaban, eran mil planetas.

Y aún así, yo creo que aquello fue amor. En algún momento, en algún instante, tal vez solo en los segundos que duró aquella caricia, fue amor.

viernes, 3 de febrero de 2017

Saludo al sol

Hace un montón de tiempo, durante años sucesivos, fui a clases de yoga y de pilates. El criterio para ir a unas clases u otras era fundamentalmente el horario del centro cultural que entonces existía en mi barrio y que acabó desapareciendo. Luego me apunté a un casal de barrio, pero también acabé dejándolo porque me cambiaron el horario. Me gustaron tanto unas como otras y, además, tuve varias profesoras, cada una con su estilo que me gustaron más o menos. Hace más de un año que no hago ni yoga ni pilates, así que ahora que estoy en una nueva fase temporal de mi vida, de encierro casero voluntario, de no viajar, de no hacer (casi) nada más con mi vida que estudiar, he vuelto a hacer algo de yoga. Y con “algo de yoga” me refiero a hacer unos cuantos saludos al sol.

Me costó empezar, porque necesitaba encontrar el momento y el ambiente adecuado. Así que recordé una canción que nos ponía una de las profesoras que tuve, una canción que sabía tararear pero no tenía ni idea de dónde era ni dónde encontrarla. Sólo tenía una pista: recordaba que aparecía al final de un capítulo de “Doctor en Alaska”, como descubrí en una de las veces que revisé esta (maravillosa) serie. Creía que había apuntando qué capítulo era en algún lugar de mi ordenador y, lo busqué y… efectivamente, ahí estaba: un archivo llamado “Doctor en Alaska” en el que se leía textualmente “Música Yoga. Cap. 4.11”. De ahí a buscar el capítulo en el disco duro donde tengo almacenada la serie, poner la parte final, enchufar el Shazam (ah, esa mágica aplicación) y descubrir qué canción era, pasaron sólo unos minutos.

La canción es ésta:
 
 

La canción se llama “Tango to Evora” y es de Loreena McKennitt. Me sorprendió cuando el primer vídeo que me salió con esta canción, éste, con imágenes de “Mr. And Mrs. Smith”. ¿Sale en su banda sonora? Ni idea, no la he visto. Pero bueno, la cuestión es que descubrí la canción, así que la agregué a mis favoritos en mi Spotify (o spofiti, como le llamo yo) y ya estaba lista para empezar con mi nueva rutina diaria.

Así que cada día (bueno, me he saltado unos cuantos, por motivos ajenos a mi voluntad), a eso de media mañana, en mi descanso para tomar un tentempié, aparto la mesita que hay entre mis sofás naranjas, me pongo el Tango de Evora en la tableta que me trajeron los reyes magos y empiezo a hacer unos cuantos saludos al sol sobre mi alfombra verde. Literalmente. Porque los días que hace sol (algunos, ni mucho menos todos), éste me baña el rostro mientras estoy haciéndolos. Y es un gustazo. A veces hago muchos, a veces pocos, según el ritmo que me apetezca llevar ese día.

He aprendido varias cosas desde que hago unos cuantos saludos al sol cada día.

La primera, que la alfombra estaba sucia.

La segunda, que se pueden tener agujetas en los abdominales haciendo saludos al sol.

La tercera, que mola tener pequeñas momentos de desconexión del estudio, pequeñas excusas para parar de ejercitar la mente y escuchar un poco el cuerpo, procrastinar con un buen fin.

Y la cuarta, que si tu padre se ofrece a pasar el aspirador a la alfombra mientras tú sales a hacer unos recados, tienes que decirle que no. Porque igual cuando vuelves te ha desmontado el desagüe del lavabo, no lo ha sabido volver a montar y tienes que lavarte los dientes en el fregadero de la cocina.

Todo son lecciones.

En la foto, Bob, el inquilino que tengo por casa estos días, flipando cuando me ha visto ponerme a hacer cosas rara sobre la alfombra.

lunes, 23 de enero de 2017

Por qué me gusta hablar de lucha

Nos estamos volviendo tontos.

Muere una tía joven, con mogollón de años de vida teórica por delante y nos enzarzamos en discusiones de por qué su tío le desea un buen viaje si es ateo (“¿viaje a dónde? Si no crees en un Cielo”) o por qué se habla de lucha contra una enfermedad, cuando no es una lucha, sino que es eso, una maldita enfermedad la que ha acabado con ella.

Llamadlo como queráis.

Como leí el otro día, dejad que la gente coma lo que quiera y se folle a quien quiera.

A mí me gusta hablar de lucha, de batalla. Ya escribí sobre eso hace dos años, en tiempos más oscuros. Y me (auto)cito textualmente (redoble de tambores, por favor): “La vida es, ni más ni menos, una lucha continua contra la muerte. Podemos ganar algunas batallas y, por supuesto, celebrarlas, pero no deberíamos olvidar que la batalla final, la definitiva, la tenemos perdida. Desde el principio”.

Desde un punto de vista estrictamente biológico, la vida siempre, siempre se intenta abrir paso. En todas las situaciones, en todo momento, el objetivo del ser vivo (cualquier ser vivo, desde un virus hasta una secuoya) es sobrevivir y, a ser posible, procrear para perpetuar la especie y los genes propios. Por eso crecen hierbecillas entre las aceras de las ciudades, por eso los leones matan a las cebras para poder alimentar a sus crías, por eso las cebras intentan proteger a sus crías de los leones, por eso hasta en época de guerra los humanos se siguen enamorando y teniendo niños. La vida (al menos como la conocemos en este planeta) lucha continuamente por mantenerse con vida, por no morir.

Esa misma característica propia de la vida (sobrevivir, mantenerse con vida) es la responsable del cáncer. El cáncer no es una enfermedad única, el cáncer no es un bicho, no es un virus, ni una bacteria, no. Un cáncer es un crecimiento incontrolado de nuestras células del cuerpo. Las células cancerígenas, en primera instancia, son células normales, de nuestro cuerpo, que tratan de sobrevivir. Una célula normal se forma (a partir de otras células, pero no entraremos en detalla), crece y, cuando le llega el momento, cuando se hace vieja y deja de cumplir su función, muere. Una célula cancerígena se olvida de morir. Algo en ella, no sé sabe qué, algún mecanismo más o menos desconocido (cada vez se sabe más, cada vez se conoce más) se estropea y hace que crezca y crezca sin parar, que se divida en nuevas células que son como ella, que también se han olvidado de morir. A veces crecen tanto, que acaban cambiando de sitio en el cuerpo, no caben donde están, su micromundo es demasiado pequeño y viajan por el torrente sanguíneo a otra parte del cuerpo. Esa es la metástasis.

Todos sufrimos incontables “cánceres” a lo largo de nuestra vida. Todos. E incontables. Yo cuando me enteré de esto en la universidad, flipé. Pero es así y nuestro cuerpo está preparado para eso, tenemos un sistema inmunológico que es la defensa (ejem, ya estamos con la terminología militar) natural del cuerpo contra las cosas que no van bien (como el virus de la gripe o esas células locas que se han olvidado de morir). El cuerpo combate (ya estamos con las guerras) y destruye organismos infecciosos (o cualquier cosa que detecte como “esto no debería estar aquí”). Así, en la gran mayoría de los casos, nuestro sistema inmune detecta esas células inmortales y acaba con ellas. Pero en algunos casos, no. ¿Por qué a veces sí, a veces no? Como siempre, se sigue estudiando.

Cuando esas células inmortales siguen creciendo sin que el cuerpo acabe con ellas (porque no sabe cómo hacerlo, porque no tiene fuerzas para hacerlo o porque no las detecta como malas) hablamos de un cáncer. De nuevo aquí, la vida intenta abrirse paso y por eso los humanos han desarrollado tratamientos para eliminar esas células inmortales. Hablamos de quimioterapia, hablamos de radioterapia, hablamos de inmunoterapia. El objetivo es matar, matar, matar. Como cualquier historia de supervivencia natural, la muerte de unos (en este caso, unas células inmortales) es la vida de otros (en este caso, un humano).

La cuestión es que estas terapias no siempre funcionan igual, no dan los mismos resultados en todos los pacientes. ¿Por qué? Ni idea. Aquí es cuando los puretas del buenrollismo hablarán de la actitud, de ser positivo, de blablablá. En fin, dejémonos de cursiladas y no nos olvidemos del sistema inmunológico: el cuerpo está intentando eliminar también esas células malignas. Es decir, el sistema inmunológico del cuerpo está luchando, o intentando luchar contra eso que no debería estar allí. De hecho, hay terapias anticáncer que lo que hacen es incrementar la actividad del sistema inmunológico para conseguir que sea el cuerpo el que elimine del todo esas células inmortales, la inmunoterapia (por ejemplo, la terapia del bacilo de Calmette-Guérin, BCG).

Así que mi conclusión es que me gusta hablar de “lucha” y de “batalla” no porque me imagine a una persona con cáncer dándose de hostias con el mundo, ni porque si un enfermo sonríe crea que se va a curar, ni que porque alguien vaya con un pañuelito rosa tenga más posibilidades de curación que alguien a quien le repugna el rosa. Me gusta hablar de lucha y de batalla porque pienso en sus glóbulos blancos atacando a esas células inmortales, que a su vez son atacadas por sustancias químicas o radiaciones que han llegado sorprendentemente desde el exterior. Me imagino a los glóbulos blancos ahí, luchando encarnizadamente contra esas células que se han vuelto malas (¡antes eran amigas!) y sorprenderse al ver llegar refuerzos (esas sustancias químicas extrañas, esas radiaciones) en plan película de guerra (“¡¡llegan los refuerzos!!”). A veces, entre las células del sistema inmune y los refuerzos permiten eliminar las células malignas. A veces, ni con refuerzos se acaba con ellas y se pierde la batalla.

Por eso me gusta hablar de lucha y de batalla. Porque mi formación biológica me hace pensar a nivel celular, me hace conocer qué pasa (y si no lo sé, me pongo a buscarlo para enterarme) y me hace creer que nuestro sistema de defensa está ahí para eso, para defender, para luchar, para ganar batallas.

O es que capítulos como este de “Erase una vez la vida” me marcaron demasiado.

Pero igual no me tenéis que hacer caso porque yo estoy muy para allá. Qué sabré yo. Hasta hablé de “batalla cruenta” a una tontería que pasó en las macetas de mi casa.

Así que venga, no os enfadéis. Abrazad a la persona que tengáis más cerca (y os apetezca abrazar), decid lo mucho que queréis a quien queréis mucho y disfrutad de la vida. Que esto es muy cortito y aquí hemos venido a ser felices.

Y acabo con música, claro que sí, con esta canción que tanto, tanto, tanto me hace vibrar.

viernes, 20 de enero de 2017

Fuego y agua

La noche del 19 de Enero, las calles de mi ciudad se llenan de gente, de fuego, de humo, de olor a embutidos asados, de luz, de música, de fiesta.

Es una noche fría, siempre, y lluviosa casi siempre. Pero no importa, ni el frío ni la lluvia impide a los llonguets, a los palmesanos, llenar el centro de la ciudad, convertido por una noche en peatonal, en un gran escenario al aire libre en el que se mezcla lo social, lo cultural, lo gastronómico y lo tradicional. Es una noche de patear la ciudad, de ir de aquí allá, de desear desdoblarse para ir a varios conciertos que se solapan, de bailar en una plaza, de improvisar dónde cenar, de ver a la gente de siempre, de ver a gente que casi nunca ves, de tomar unas herbes aquí y una caña allá, de acercarte a las hogueras para disfrutar de la luz y del calor del fuego, de bailar en un hueco diminuto en los bajos de un bar, de disfrutar de las luces de Navidad que iluminan la ciudad recordando que ya, en cualquier momento, desaparecerán, de cantar hasta quedarte sin voz, de hablar hasta que te duele la garganta, de reír hasta olvidar qué te ha hecho reír, de pasearte con un paraguas bajo el brazo, de cruzar los dedos para que esas gotas que caen no vayan a más, de volver a casa a pie, cansada, pensando que ya está, que ya ha pasado otra revetla y que, una vez más, ha sido única e irrepetible.

Y después de esa noche mágica, llega la mañana fría y lluviosa, de truenos y rayos, de lluvia y granizo, y poco a poco toda la luz, toda la alegría, todo el fuego de la noche anterior se va difuminando, va desapareciendo dejando un poso dulce y alegre; la lluvia apaga el fuego, las hogueras, las llamas, pero queda ese poso, las brasas que, aunque parecen dormidas, están ahí e sobrevivirán hasta el año que viene, hasta el próximo 19 de Enero en el que, de nuevo, el fuego gobernará.

Y así, un año más, anoche fue fuego. Y hoy, agua.

Visca Sant Sebastià!

En la foto, el fogueró, la hoguera, de la Plaza Mayor.

domingo, 1 de enero de 2017

Uno de enero

Año Nuevo, agenda nueva.

El 1 de Enero es un día maravilloso. Dormir hasta tarde, el concierto de Año Nuevo y pollo a l’ast. Si no haces nada de provecho en todo el día, no pasa nada. Como máximo, el 1 de Enero puedes empezar a planear, organizar o desear cómo será tu año. Porque, a estas alturas, el año que empieza, los 365 días que tenemos por delante, puede ser cualquier cosa. Y, aunque sólo dependa de uno mismo en parte, hay que intentar que ese “cualquier cosa” sea maravilloso.

Pero yo había venido aquí a hablar de mi agenda.

Uno de Enero, cambio de agenda, agenda nueva.

Y yo, que soy muy de quedarme en mi zona de confort, repito agenda: pequeña, semana vista en la página izquierda y hoja a rayas en la página derecha, que utilizo para hacer listas de cosas pendientes, en plan bullet journal. Es una agenda Moleskine. La del año pasado la compré en el aeropuerto de Roma. La de este año la encontré en el aeropuerto de Hamburgo, cuando aún ni me había planteado cómo quería mi agenda de 2017. Pero la vi y decidí que la quería, me gustaba mucho tener “El Principito” en la portada de mi agenda 2016 y me parecía una buena idea volver a tenerlo de nuevo en 2017. Además, esta vez la portada lleva una frase de la dedicatoria del libro que me encanta, “Todas las personas mayores han sido primero niños. Pero pocos lo recuerdan”. Y creo que no está mal para recordarla cada día, por si algún día durante este 2017 se me olvida.

Así que allá vamos, 2017, con agenda nueva y energías nuevas, a por todas. Que 365 días pueden dar para mucho.

En la foto, mi agenda de 2016 (izquierda) y la de 2017 (derecha). Fabulosas ambas.

sábado, 31 de diciembre de 2016

2016

Lo voy a decir desde el principio, para que nadie se sorprenda más adelante: 2016 ha sido un buen año para mí.

Lo confieso, sí, ha sido un buen año. Igual exagero, igual sólo debería decir que 2016 NO ha sido un mal año. Así, de memoria, ésa es la sensación que tengo, que no ha estado mal. No ha sido alucinante, no ha sido terrorífico. Estaría en algún punto intermedio pero tendiendo hacia lo bueno. Bastante bueno, diría yo. Al menos es como lo siento. Y no creo equivocarme.

De hecho, tengo pruebas.

A principios de 2016, alguien compartió en algún sitio (no recuerdo quién ni dónde, aunque creo que fue en facebook) una iniciativa/idea/propuesta que me llamó la atención: se trataba de apuntar en papelitos las cosas buenas que te iban pasando a lo largo del año y guardarlas en un tarro de cristal. Así, al final de año, podrías repasar todo lo bueno que te había ocurrido. Me pareció una idea maravillosa y decidí hacerlo, sustituyendo el tarro de cristal por una caja metálica que tengo y que nunca había usado porque en la parte superior tiene una raja, en plan hucha. Es decir, era perfecta para el propósito de la propuesta.

Y eso he ido haciendo a lo largo del año: apuntar en un papel momentos en los que he sido feliz, con su fecha correspondiente. Sé que no está todo lo que me ha hecho feliz, lo sé porque ha habido veces que no he recordado la existencia de la caja metálica y han pasado semanas enteras sin que apuntara nada. Es decir, hay cosas que no están y deberían estar, pero lo importante es que todo lo que está es porque debe estar.

Así que hoy, 31 de Diciembre, he abierto la caja y revisado los papeles. Para ser precisos, debería haberlo hecho mañana: hoy aún es 2016 y aún hoy pueden pasar cosas maravillosas. Pero es mi manera de dar por concluido el año, de cerrar este 2016 tan curioso. Y, ¿sabéis lo que me he encontrado? Esto:


Un total de 134 papelitos (bueno, alguno más, porque me he encontrado recuerdos repetidos) de todo tipo: papelitos de colores, papelitos blancos, papelitos a cuadros, trozos de papel de algún anuncio o de cualquier cosa en los están escritas una fecha y algunas palabras que me han recordado un momento feliz. Los he desdoblado cuidadosamente, los he leído tal y como iban apareciendo y los he ordenado por meses. Luego los he vuelto a leer, por orden, y a numerar.

Y, ¿sabéis que me he encontrado? Un montón de recuerdos bonitos. He encontrado momentos que me han hecho sonreír, momentos que me han hecho decir eso de “Ah, ¿pero eso pasó este año?”, momentos que no recordaba (pocos, pero alguno ha aparecido). Hay recuerdos de todo tipo:

Hay conversaciones con amigas (23/01:“Me gusta uno bajito”. “Ahora se llevan los bajitos”).

Hay escenas costumbristas (24/01 “Conduciendo de Campos a Palma, con el calor del sol y una canción chula en la radio”; 20/02: Subir a las 10 a casa de los papis porque el fijo no va y tienen el móvil apagado y descubrirlos con cara de pillos comiendo churros con chocolate”).

Hay mucho baile, mucho swing (19/02: “Bailar, bailar, bailar. Con parejas nuevas o con leaders con los que bailaría siempre.”; 2/10: “Bailando ‘In the sunny side of the street’”; 30/10: “Bailando, bailando, bailando!").

Hay incluso recuerdos que ahora me ponen un poco triste (01/03: “La Grand Place de Bruselas a las 7:45 y -2ºC”, mi último viaje a Bruselas, poco antes de los atentados).

Hay recuerdos de viajes (10/04: “Far de Cavalleria. Menorca. Un lugar al que volver siempre”; 15/09:”Kiel. Waiting for the bus to the airport. By the fjiord, with sun and perfect wind, listening to a great song. Absolutely happy” -Sí, hay cosas en inglés también. Y hasta en gallego; 20/9: “Hondarribia. Pintxos. Sidra. Txacolí. Pacharán”; Octubre: “Ponza + Palmarola Aguas cristalinas. Buena comida. Y aquel baño loco en el mar, a medianoche, después de una opulante cena”.

Hay momentos gastronómicos (6/1: “Roscón de Reyes casero!”; 6/5: “El cocido gallego del MO”; 07/09: “Parrillada de marisco y merluza a la cazuela. Qué felicidad”).

Hay hasta momentos materialistas (11/12: "Mi Lamy edición especial. Y mi libreta HP; Noviembre: “Mi edredón italinao, descubierto en Alemania, comprado online”).

Hay momentos que inevitablemente me hacen feliz (10/04: “¡Primer baño de la temporada! Cala en Forcat. Menorca”; Noviembre: “Roma. SIEMPRE”).

Hay recuerdos sencillos con amigos (7/05: “Tomando colacao y cruasán de jamón y queso a las 2 de la mañana”; 10/5: “Jacques Coustau, Felix Rodríguez de la Fuente”; 13/08: “Cumple de J”; 19/9: “Una hora al teléfono, hablando de lo divino y humano”; 2/10: “Aeropuerto de Roma. Un mensaje de I. No ha cogido su vuelo. Nos tomamos algo juntos y charlamos”; 20/12: “De cervezas y vinos con X, MJ y B”).

Y hay mar, mucho mar, muchísimo, muchísimo mar. Hay tanto mar que lo resumiré con un único recuerdo: 14/06: “Volver al mar después de Madrid. El mar me calma. El mar me salva”.

Y hay gente, bastante gente. Gente nueva, gente de siempre, gente que sólo aparece una vez, gente que aparece de manera bastante recurrente (en algunos casos, de manera casi preocupantemente recurrente), que es la gente que más quiero, está claro.

Y luego está todo lo que falta, todo lo que no recordé apuntar en su momento, todo lo que sigue aún en mi cabeza y todo lo que he olvidado.

Sí, este 2016 ha sido un buen año. Esperemos que 2017 sea, como mínimo, igual.

PD: Después de ordenar todos los recuerdos, los he metido en un sobre (sí, me he equivocado, iba a escribir “21..” y por eso el 0 es tan feo. Bueno, los demás números tampoco son muy bonitos, pero bah) que cerraré en las próximas horas (¿quién sabe? Aún puedo ser feliz de aquí a medianoche). Y ahí quedarán, hasta que algún día me apetezca volver a recordarlos.

PD2: No tengo ni idea si durante 2017 volveré a hacer lo de los papelitos. Tal vez sí. Tal vez no. Dejemos que 2017 nos guíe. Lo decidiré mañana. 

 

jueves, 29 de diciembre de 2016

Es así

Hoy me he ido llorando del curro.

Literalmente.

Me he ido llorando de dolor y rabia, tras pasar apenas dos horas en la oficina. Mi ataque mensual de prostaglandinas (o sea, la regla) ha podido conmigo.

Llevaba despierta desde las seis de la mañana, me había tomado un antiinflamatorio a las 7 y dos antifibrinolíticos a las 8 y eran casi las 10 y seguía con muchos dolores, mal, incómoda y totalmente improductiva. Era la segunda noche que apenas dormía de dolor, estaba cansada, agotada, dolorida y enfurecida. Así que me he ido a administración, me he pedido el día libre y me he ido a mi casa. “Te apunto que estás enferma y ya está, así no pierdes un día libre”, me han dicho en administración. Y me he negado, por noséqué estúpida tendencia que tengo de no considerar esto como una enfermedad (no lo es) y porque el número de días que podemos faltar por enfermedad al año está limitado y no quiero gastarlos (estupidez suprema porque MAÑANA acaba el año laboral y no he perdido ni un solo día por enfermedad en todo este año). He perdido la cuenta de los días libres que me he cogido este año cada vez que me han atacado las malditas prostaglandinas, de verdad, pero han sido un montón.

Me daba rabia irme, porque había quedado con mi jefe para trabajar en un informe, pero no podía más. Como él no había llegado, le he mandado un whatsapp diciéndole que me iba. Pero justo cuando cogía el coche para irme, ha aparcado junto a mí. Así que he vuelto a salir del coche para contarle que me iba porque estaba mal. “No hay problema, no te preocupes. ¿Qué te pasa?”. Me he encogido de hombros y he soltado algunas palabras inconexas entre las que se incluía “ovarios” y me ha entendido perfectamente. “¿Te llevo yo? ¿Estás bien para conducir?”. “Sí, sí, puedo conducir, sin problema”. “¿Seguro?”. “Que sí, que sí”. Y me he ido. Creo que sin ni siquiera darle las gracias.

Y me he puesto a llorar.

Igual es por las hormonas, ésas que se nos alteran tanto en estos días. Igual era por el dolor, ése que tenía en el vientre, en la espalda, en las piernas y que parecía incapaz de abandonarme. Pero yo creo que era más por la rabia, por el cabreo que siento cuando estoy así, por tener que parar mi vida por culpa de algo que es natural, normal y que le pasa cada día a millones de mujeres en el mundo. Me considero una mujer fuerte, luchadora e independiente. Soy la princesa Leia de Star Wars (Ay, Carrie Fisher). Soy Maggie O’Connell de Doctor en Alaska. Pero cuando me viene la regla, soy un ser débil, frágil, inestable e incapaz de llevar su vida con normalidad. Años y años, siglos mejor dicho de lucha por la igualdad entre géneros, por conseguir los mismos derechos, los mismos reconocimientos laborales y yo, que tengo la suerte de llevar una vida que me encanta, de trabajar en algo que me gusta y donde nunca (o tal vez una vez) me he sentido discriminada por ser mujer, siento que lo que me limita dar el 100% de mí misma, lo que me hace no ser igual que mis compañeros masculinos no es la discriminación, ni el machismo, ni nada de esas lacras deplorables, sino algo que es 100% femenino: la regla. Y ¿qué queréis que os diga? Me joroba, mucho. Porque sí, es algo natural y todo eso. Pero estoy k.o. como mínimo dos días de cada ciclo que, multiplicados por mis trece ciclos anuales, hacen la friolera de 26 días. Casi un mes al año en el que no soy yo, porque la damisela indefensa que soy en estos días, no soy yo. Es así.

Así que ahora, dos años después de dejar mi antigua terapia hormonal y abrazar el mundo alternativo (sólo me ha faltado probar la homeopatía y visitar un chamán y va a ser que no), doy por concluido mi periodo experimental y voy a volver a abrazar las hormonas de la felicidad. Porque, qué queréis que os diga, para algunas de nosotras, unos cuantos días al mes, esto de ser mujer es una auténtica putada.

domingo, 20 de noviembre de 2016

En el aeropuerto de Frankfurt

Tengo la sensación de que el amanecer me ha perseguido durante varias horas. Es lo que tiene viajar hacia el oeste a primera hora de la mañana. Aunque lo correcto sería decir noroeste. Tengo que apresurarme para bajar del avión: entre que me he despistado leyendo y que el chaval que está sentado en mi fila sigue dormido, bajo del avión casi la última. Acabamos de aterrizar en el aeropuerto de Frankfurt, un aeropuerto de los que yo califico como “no me gusta”. Son casi las nueve de la mañana según mi reloj, casi las ocho en realidad aquí. Y ya llevo casi cinco horas despierta.

Miro en las pantallas por si aparece mi vuelo, pero es una tontería, quedan más de cinco horas para que salga. Luego recuerdo que llevo ya la tarjeta de embarque y compruebo que sí, efectivamente, ya aparece en él mi puerta de embarque. Por una vez, no tengo que cambiar de letra, ni recorrer esos largos pasillos subterráneos que tan poco me gustan de este aeropuerto. Llego al control de pasaportes y pierdo de vista al búlgaro interesante con un tic en un ojo con el que he compartido vuelo. Me dirijo a la zona en la que es un control automático, donde mantengo una absurda conversación sobre la necesidad (o no) de llevar pasaporte si me estoy moviendo por Europa. Al final, acepto que si quiero pasar por la máquina, tengo que sacar el pasaporte que llevo en la mochila. La máquina lo escanea, me deja pasar pero una pantalla me detiene para hacerme una foto. Sonrío absurdamente, tanto por la gracia que me hace que me hagan una foto en el aeropuerto como porque, en las fotos, me veo mejor sonriendo.

Cambio la hora del reloj y empiezo a pensar en qué hacer en las cinco horas que me quedan. Podría salir del aeropuerto e ir hasta la ciudad, pero ya lo hice una vez. Estuvo bien, pero entre el sueño y las cuatro horas de ayer en coche (en parte conducido por el chófer que se dormía, en parte por la colega italiana que se percató del tema y exigió conducir ella) no me apetece demasiado moverme de aquí. Y la pereza que me da volver a pasar el control de seguridad. Paseo por alguna tienda, buscando las salchichas que más tarde compraré para llevar a casa y descubro una tienda en la que venden Lamys.

Camino durante un buen rato, primero por la zona de las tiendas, luego en sentido contrario a mi puerta de embarque y decido que tal vez debería cambiar mi calificación de este aeropuerto. Hoy un “me gusta” me parce más adecuado. Observo a mi alrededor, la gente, las tiendas, los lugares, tratando de decidir qué quiero hacer. Creo reconocer una cafetería en la que una vez compré algo. Debería encontrar un lugar para cambiar la moneda búlgara que aún llevo en el bolsillo. He gastado poquísimo en este viaje. Es lo que tiene pasarte el día encerrada en un hotel trabajando, durmiendo, comiendo y hasta nadando. Cambio de sentido y voy hacia la zona de mi puerta de embarque y la paso de largo. Recuerdo que una vez me crucé con Ángela Molina en un aeropuerto alemán, juraría que en éste. Al cabo de un rato reconozco la zona en la que me crucé con ella: sí, era este aeropuerto.

Descubro una zona prometedora: asientos de esos en los que puedes estirar las piernas y enchufes. Pero quiero un asiento junto a la ventana y junto a los enchufes… anda, hay uno. Me siento, enchufo el móvil, enciendo el portátil y busco wifi gratis. Ahora hay wifi gratis por todo, incluso en la tienda-gasolinera en la que nos paramos anoche, a medio camino entre Burgas y Sofía, cuando pedimos al conductor que parara porque no queríamos seguir arriesgándonos a que se durmiera al volante. El sol ya está alto, a ratos aparece entre las nubes, todo un lujo después de una semana casi sin verlo.

Aún no tengo muy claro en qué voy a matar las horas que me quedan. Podría dormir. Podría leer. Podría actualizar mi currículo para las opos. Podría estudiar para las opos. Podría revisar un artículo que tengo a medio revisar. Podría ponerme al día leyendo blogs que hace semanas que no leo. Podría, simplemente, observar a la gente. Pero de momento no quiero hacer nada de eso, sólo dejar pasar el tiempo, las horas, en este paréntesis que es hoy mi vida, que es siempre el día del viaje, de la vuelta, acabando de digerir lo vivido en la última semana, los viajes de las dos últimas semanas; preparándome para volver a la normalidad a partir de mañana. Estoy en el descanso de un partido, esa es la sensación que tengo. En un impasse. Ayer no importa, mañana tampoco. Así que escribo, porque eso es lo que me apetece hacer en este momento intermedio.

En un rato me levantaré, caminaré otro rato, pasearé por las tiendas, pensaré en historias que podrían estar pasando en este aeropuerto que hoy me ha resultado sorprendentemente inspirador. Tomaré algo en alguna cafetería, leeré un rato, cambiaré las levas búlgaras que aún llevo encima y buscaré otro rincón donde sentarme un rato antes de comer algo y subir al avión que me llevará a casa.

Pero ahora sólo estoy aquí, sentada, mirando por la ventana, cargando el móvil y escribiendo.

En la foto, el amanecer persiguiéndome poco antes de aterrizar en el aeropuerto de Frankfurt.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Personajes

Tengo un pequeño (y ligeramente absurdo) conflicto creativo-personal. Hace un tiempo, conocí a alguien, a un tipo, que me inspiró un personaje, llamémosle X. X se convirtió en el coprotagonista de una historia de ficción con otro personaje, llamémosle A. Digamos también que A se basaba en cierto modo en mí; era, al menos en parte, mi alter ego. No era yo, pero comparte algunas cosas conmigo, aunque difiere también en muchas otras. La historia protagonizada por X y A iba avanzando, tomaba forma, pero no me acababa de convencer, le faltaba algo. Y entonces, conocí a otro tipo, llamémosle Z, que casi automáticamente se convirtió en un nuevo personaje. Así, ya tenía tres personajes, X, Z y A. Y, claro, como en toda ficción que se precie, pasaban cosas. La historia cobró mejor forma, una forma más clara, más en mi cabeza que sobre el papel, pero ahí iba, avanzando poco a poco. De hecho ahí sigue, avanzando, creciendo, entretejiendo las relaciones entre esos personajes.

Y, ¿dónde está el conflicto?, os preguntaréis. Bueno, yo lo sé todo de los personajes, X, Z y A. Absolutamente todo. Sé lo que piensan, sé lo que sienten, sé lo que quieren hacer con sus vidas, sé a quién aman, sé por lo que sufren. Pero no sé todo eso de los X, Z y A reales en los que se basan, qué va. Encima, es una historia que tiene saltos en el tiempo, en la que su presente es nuestro futuro y su pasado, nuestro presente. No sé si me explico. Su presente se desarrolla dentro de unos quince años y nuestro presente son recuerdos de su pasado. Así, sé perfectamente lo que va a pasar con X, Z y A personajes, pero no tengo ni idea, en ningún caso, de qué les (nos) pasará a X, Z y A en ese futuro, no sé cómo serán (seremos), ni si seguiremos en contactó. Y ahí está, en parte, mi conflicto. Las cosas que pasan, las cosas que viven, las cosas que vivimos, los X, Z y A reales, las comparo con lo que los personajes X, Z y A han vivido. Lo que voy sabiendo de X y Z según pasa el tiempo e incluso lo que yo voy viviendo, lo comparo con lo que mi cabeza se ha inventado. Y me sorprendo a mí misma comparándolos y estableciendo paralelismos y hasta semejanzas. Cuanto más los conozco, más comparo a esas personas reales con las ficticias que creé en mi mente al poco tiempo de conocerlos. Y no sólo eso. A veces, cuando a alguno de los reales le pasa algo o se dan algunas interacciones entre ellos (incluso entre nosotros), encuentro la manera de incorporar ese lo que sea a la historia. Convenientemente adaptado, convenientemente disfrazado y adecuado a la ficción claramente diferente a la realidad. Pero ahí están. Y esos X, Z y A ficticios iniciales se van modificando un poco, van evolucionando también, adquiriendo características y hasta vivencias de los X, Z y A reales.

Y, a veces, me pregunto si no se me estará yendo de las manos esto de volver más reales a esos personajes ficticios; si esos X, Z y A ficticios acaben siendo los X, Z y A reales, aunque sus vivencias no tengan, en realidad, nada que ver. Y es totalmente absurdo, lo sé, eso de comparar realidad y ficción y eso de preocuparme de la relación entre realidad y ficción. Pero no puedo evitar hacerlo. Porque en realidad los personajes X, Z y A se parecen poco o bastante poco a los reales, al menos lo que sé (poco o mucho) de ellos. Pero cuanto más voy avanzando con ellos, con los personajes y cuanto más conozco a los reales, más siento este absurdo conflicto, como si los personajes ficticios adquirieran cada vez más vida propia, como si las personas reales cada vez estuvieran más reflejadas en la ficción. Y a veces temo, o casi temo, que unos y otros se acaben confundiendo, que yo misma no sepa dónde acaba la ficción y empieza la realidad, dónde están los límites y si un recuerdo que tengo es en realidad eso, un recuerdo, o sólo una invención.

Y hasta aquí mi pequeño (y ligeramente absurdo) conflicto creativo-personal.

La foto, que no tiene nada que ver con el texto (o igual sí, yo qué sé), soy yo en el agua, en el océano. Nunca está de más una foto con los pies en el agua.

domingo, 11 de septiembre de 2016

11-S

Hacía más o menos un mes que había empezado a trabajar, mi primer trabajo relacionado con mis estudios, en un centro de investigación marina. Faltaba menos de un mes para empezar mi último año de universidad. Y estaba emocionada porque en unos días participaría en una campaña oceanográfica, mi primer Festival (no de Primavera), ¡iría en un barco en mitad del mar! Y al día siguiente me iban a enseñar a muestrear peces.

Había ido a trabajar y comíamos en casa los cuatro: mis padres, mi hermana y yo. Después de comer, mi hermana y yo ayudábamos a nuestra madre a recoger y nuestro padre se fue al comedor, a ver la televisión. Oh, qué mal, si cogía él el mando a distancia seguro que ponía las noticias, qué rollo, en vez de “Friends” que era lo que queríamos ver nosotras. Íbamos y veníamos, recogíamos cosas, nos lavábamos los dientes, hablábamos y reíamos.

Y fue cuando nuestro padre dijo: “Ha pasado algo grave, muy, muy grave, pero no sé el qué ni dónde”. Y los cuatro nos juntamos delante de la televisión. Sorpresa, estupor, incredulidad. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué era aquello? ¿Cómo podía ser?

El resto es historia.

¿Quién no se acuerda de lo que estaba haciendo tal día como hoy hace quince años?

Se ha dicho mucho sobre el 11-S, se ha hablado mucho. Creo que, en general, lo que a mucha gente nos hace reflexionar es por qué se le da tanta publicidad, tanta importancia a un hecho que no ha sido el más grave en la Historia de la Humanidad, ni mucho menos. Ha habido hechos muy peores, antes y después y los continúa habiendo. Pero lo que creo que marca la diferencia entre todo y el 11-S es que, por primera vez, nos dimos cuenta (como comprobaríamos después) que aquello nos podía pasar a nosotros. Nuestro día a día, en nuestro entorno, hay muchas cosas malas (accidentes, asesinatos), pero las grandes catástrofes (guerras, desastres naturales, atentados) pasaban muy lejos de nosotros, mucho, y a gente con la que no nos identificábamos. Pero cualquiera de nosotros podría haber estado allí. Quien más quien menos coge aviones de tanto en tanto, vive en grandes ciudades o viaja a grandes ciudades como NY. Y no era sólo eso: lo estábamos viendo en directo, por la tele. Ahora, estas dos cosas ya no son tan excepcionales. Por desgracia.

Han pasado quince años. Aún trabajo en el mismo centro de investigación marina. He hecho una tesis doctoral. He participado en muchas campañas más y, de hecho, ahora soy yo la que lidera la continuación de aquélla en la que estaba a punto de participar hace quince años. De los científicos con los que compartí aquella campaña, uno murió, otro se ha jubilado pero el resto siguen en activo y, con la mayoría, sigo en contacto. Peces he muestreado muchos. Y otros muchos bichos. De vez en cuando, aún comemos los cuatro, pero casi nunca simultáneamente. Ahora es nuestro padre el que recoge la mesa y nuestra madre la que va al comedor a ver la tele. Ahora, en las pocas veces que coincidimos a esa hora en casa de mis padres los cuatro, todos aceptamos ver las noticias. Y hace mucho tiempo que “Friends” acabó.

Publiqué una versión de este texto hace cinco años en otro lugar, en otro idioma. Entonces escribí también que no sabía si el mundo había cambiado aquel 11-S, pero ahora estoy convencida de que sí, mucho. Demasiado. Hay cosas que no cambian, claro. La gente sigue naciendo y muriendo cada día, la gente sigue enamorándose. Hay catástrofes naturales y acciones terribles de gente maliciosa. Pero el mundo continúa y continuará girando, no sé si siempre, pero sí de momento.