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miércoles, 22 de agosto de 2018

Cádiz

Por motivos diversos, llevo viajando los tres últimos años a Cádiz en las mismas fechas, finales de julio. Del primero de esos viajes, hablé aquí. El segundo, ni lo mencioné. Algún día tendría que saldar esa deuda de no haber escrito casi sobre mis viajes del año pasado. En cualquier caso, ha sido curiosa la manera en que, a lo tonto, estoy convirtiendo ese viaje en una tradición. En realidad no llega a tradición, en realidad todo ha sido fruto de la casualidad. De varias casualidades. De un montón de constelaciones que se han alineado para que sea así. De un montón. Ni os lo podéis imaginar. Pero ha sido así y no me importaría repetir el año que viene y convertir estos viajes en eso, en tradicionales.

Este ha sido un viaje bonito pero también extraño y complejo. He ido por varios motivos, que se entrelazaban entre ellos y que me han hecho difícil contestar a la pregunta que me hacía la gente: “¿A qué vas?”. “A muchas cosas”, contestaba yo.

De los días en Cádiz me llevo varios momentos, reflexiones y recuerdos memorables. Un montón. He paseado por la ciudad, que me encanta. He trabajado, como era necesario. Y he pasado mucho tiempo con mucha gente, gente variada, amigos nuevos, amigos antiguos, colegas que hacía mucho que no veía, otros que vi hace poco, gente con la que he reído, gente con la que he charlado, hasta gente con la que me he enfadado un poquito y gente con la que he compartido tintos de verano, cerveza, atún, chocos, cazón y salmorejo.

Y también he tenido tiempo de pasear, sola, y pensar y darle vueltas a muchas cosas, sobre algunas decisiones e, incluso, de volver a ver el gingko que hay en el Parque Genovés. Qué bonito es.

Cádiz me encanta, con ganas de más me he quedado, claro.

Debería volver el año que viene. Claro que sí. No debería olvidar que, en estos momentos, yo podría estar viviendo allí.

Las fotos, con el móvil. La réflex, ni me la llevé. Y las pocas que hice con la compacta, ni las he descargado aún.











domingo, 8 de julio de 2018

Dos semanas

He estado dos semanas sin cerrar puertas con llave, sin pensar en cogerlas al salir de casa. He estado dos semanas sin decidir qué cocinar y sin preocuparme de hacer la compra, en las que mi mayor decisión culinaria ha sido qué como hoy de lo que ofrecen. He estado dos semanas sin apenas decidir qué me ponía, con una selección de ropa tan limitada como adecuada a las circunstancias. He estado dos semanas sin llevar falda, ni ropa bonita. He estado dos semanas pendiente del parte meteorológico, de los vientos y de las olas, preocupada porque no siempre (o mejor dicho, casi nunca) acertaba. He estado dos semanas cubriendo con una bolsa de basura un portillo en mi camarote, porque amanece muy pronto y siempre se colaba un rayo de luz por una rendija que dejaba el estor. He estado dos semanas encendiendo el ordenador a las siete de la mañana, buscando boyas y comprobando dónde estaba pescando la flota antes de desayunar, a eso de las siete y veinte. He estado dos semanas poniéndome el casco, las botas de seguridad, y el chaleco salvavidas entre dos y cinco veces al día, antes de bajar a popa, a mi rincón favorito del barco, para ver cómo se recuperaba el arte muestreador, comprobar que no se había dañado y echar un primer vistazo a la captura. He estado dos semanas intentando rascarme la cabeza con el casco puesto y solo conseguirlo la única vez que olvidé ponérmelo. He estado dos semanas sin distinguir martes de sábado. Bueno, sí, distinguía los fines de semana porque no recibía casi correos electrónicos. Y porque los domingos había cruasán o donuts. Algún día de esas dos semanas, he flipado con el cielo estrellado. Y con una tortuga marina. Y con delfines. Y con la tormenta que nos despidió saliendo de puerto la primera noche. He estado dos semanas con un molesto tic bajo el ojo derecho, en la ojera; bueno, no las dos semanas pero sí de manera continua los primeros días y mucho más esporádica los últimos. He estado dos semanas compartiendo trabajo, comidas y horas de ocio con las mismas cuarenta personas. Y no nos hemos peleado, aunque con algunos sí nos hemos abrazado. He estado dos semanas sin conducir un coche, sin wifi, sin Netflix, sin leer por ocio, sin tejer, sin bailar swing. He estado dos semanas buscando compañeros para poner lavadoras, robando horas al sueño para charlar un rato con viejos y nuevos colegas y amigos, repartiendo galletas, chocolate y patatillas. He estado dos semanas planificando y replanificando, organizando y reorganizando, pensando en lo que estaba haciendo en ese momento, lo que íbamos a hacer en un rato, lo que íbamos hacer al día siguiente y, a veces, incluso lo que íbamos a hacer dos días después. He estado dos semanas flipando con la riqueza de nuestros hábitats, con la diversidad de especies; flipando por seguir flipando después de tantos y tantos años dedicándome a esto. He estado dos semanas intentando no volverme supersticiosa, como siempre me vuelve el mar, y apenas conseguirlo (“hoy me pongo otra vez estos pendientes porque ayer todo fue bien”; “no apuntes el número de los muestreos de mañana antes de hacerlos porque da mala suerte”; “ay, no he apuntado aquí la fecha cuando siempre lo hago, a ver si va a pasar algo”). He estado dos semanas con toda mi vida concentrada en un barco en mitad del mar, aislada de tierra firme, solo entrando a puerto una vez, en Maó (Menorca), para disfrutar de otra noche loca y memorable y de unas primeras horas de la mañana en las que estaba sorprendentemente lúcida. He estado dos semanas currando a destajo, riéndome por tonterías, poniéndome firme cuando tocaba y rezando a los dioses marinos para que fueran benévolos con nosotros.

He estado dos semanas en el mar.

Y ha sido maravilloso.

Ya hace dos semanas de esas dos semanas.

Las fotos son de esos días.

















viernes, 29 de junio de 2018

Amanecer

Hoy ha sido el primero de veinte días en el que no he puesto el despertador. Veinte días. Casi tres semanas. Y, claro, he dormido fatal. Me he despertado cada dos horas, por culpa de las malditas prostaglandinas: a las dos, a las cuatro, a las seis. Las dos primeras veces, he conseguido dormir. La tercera ya no. Me sentía despierta, sin sueño y me he quedado en la cama un rato, tranquilamente, escuchando el silencio de primera hora de la mañana, interrumpido por los truenos. Sí, los truenos. Ha estado tronando, igual que anoche.

Tumbada en la cama, trataba de recordar los sueños de la noche. En los últimos días, sueño cosas relacionadas con el mar, con el último Festival de Primavera del que volví no hace aún una semana. Estos días me pasa siempre lo mismo: sé que he soñado con los días de mar, pero no recuerdo qué he soñado exactamente. Y así, tumbada, pensando en los sueños, en el mar y en los truenos, me ha parecido que estos marcaban el punto y final de los días de mar. Cuando embarcamos, hace veinte días, el día fue lluvioso, tormentoso. Salimos de puerto viendo relámpagos por todas partes, oyendo truenos en la lejanía. Por eso hoy, al volver a escuchar truenos, he vuelto a ese primer día y me ha parecido que, ahora sí, se cerraba el Festival de Primavera.

Luego me he dado cuenta de que ya estaba amaneciendo y me he asomado para ver si las nubes de tormenta estaban cerca o lejos, para intentar averiguar si después de los truenos vendría la lluvia. Y me he encontrado con un amanecer espectacular, con nubes negras, con el sol saliendo y con un arcoíris ahí, justo enfrente de mis narices. Y no he podido evitarlo, no he podido evitar pensar “Este amanecer, en el mar, sería la bomba”. Sí, debe haber sido la bomba, claro. He estado un rato contemplándolo. Y luego he corrido primero a por el móvil y luego, igual ya un poco tarde, a por la réflex, para intentar capturar esa luz, esa magia, ese momento único matutino que me he encontrado por casualidad. Y he descubierto que, en esta época del año, el sol sale exactamente por el principio de mi calle y roza, lateralmente, mi balcón durante un instante a primera hora de la mañana, para esconderse después detrás de un edificio y volver a pegar, ya con toda su fuerza, cuando está más alto. Y me he puesto a observar lo que me rodeaba. He visto texturas que ni sabía que existían. He descubierto que han pintado los cuartos de ascensores del edificio de enfrente. He oído varios despertadores sonar en pisos diferentes. He aceptado que las persianas están (mucho) más sucias de lo que me creía. He visto a una vecina salir con el pelo envuelto en una toalla a ver si la ropa tendida se había secado. Y he visto como, finalmente, el arcoíris, poco a poco se iba diluyendo.

Y he pensado que claro, que en el mar, esto hubiera sido maravilloso. Pero en mi balcón, bueno, en el fondo mi balcón no es más que la banda del barco que es mi casa, que lo que vivo es lo que hay de la barandilla para adentro y lo que hay más allá, sean casas, sea mar, sea el cielo matutino, está para contemplarlo.

Después de eso, me he tomado un antiinflamatorio y he conseguido dormir unas horas más. Cuando me he levantado, he decidido que era el momento, hoy sí, de cerrar el ciclo del mar. He vaciado por fin la mochila. He puesto lavadoras. He limpiado las botas de seguridad que ya necesitan ser reemplazadas. He recogido todas las cosas que me llevé al mar. Y he cerrado el ciclo. Hasta la próxima.

El otro día leí una frase, parece ser que de Leonardo Da Vinci que decía “Una vez que hayas probado el vuelo, siempre caminarás por la tierra con la vista mirando al cielo, porque ya has estado allí y allí siempre desearás volver”. Con el mar pasa lo mismo.

Exactamente.

Yo acabo de llegar y ya estoy deseando volver.

Las fotos, de ese ratito en el balcón, con la réflex.




 




domingo, 22 de abril de 2018

Madrid

En el último mes y pico, he hecho dos viajes a Madrid, dos viajes por placer a Madrid, en claro contraste a los cuatro viajes por oposiciones que hice en esta época el año pasado.

Madrid es maravillosa.

Tiene muchas pegas también, claro. Muchas. Para mí las más importantes probablemente sean que hay mucha gente, está muy lejos del mar y el clima es tan, tan seco que yo lo noto en los labios y en la piel a las pocas horas de llegar. Y a mi vuelta, sigo teniendo los labios secos durante días, a pesar de todo el bálsamo que me ponga.

Pero también tiene un montón de cosas buenas. Y bonitas.

Tiene tuiteras guays, con las que no me he visto en este último viaje, pero sí en casi todos los anteriores.

Tiene mil opciones de ocio, de restauración y de todo.

Tiene historia, cultura, diversión y un montón de sitios verdes donde perderte.

Madrid es esa ciudad en la que una noche, haciendo una visita nocturna guiada, mientras un guía cuenta una historia de un fantasma que se aparece en un antiguo palacio que ahora es sede del Ministerio de Educación, los cinco que formáis el grupo (más el guía) veis unas luces extrañas y totalmente fuera de lugar en el palacio. Y os miráis unos a otros buscando una explicación racional a eso que acabáis de ver y pensando que, oye, igual el fantasma sigue ahí, por qué no.

Madrid es esa ciudad en la que puede estar lloviendo tres o cuatro días seguidos, como nos pasó hace mes y pico, y que aún así encuentras mil cosas para hacer, llámalo teatro (Billy Elliot es maravillosa), museos (por ejemplo, el Museo Arqueológico Nacional), exposiciones (la de Auswitch es tan dura como imprescindible) o simplemente de tiendas. O que puede alternar nubes y claros y pasarte el día quitándote y poniendo chaquetas, mirando por la ventana antes de salir del apartamento y echando a suertes cuanto te vas a abrigar ese día, como nos ha pasado esta semana.

Madrid es esa ciudad en la que se juegan finales de Copa del Rey y te pasas el día cruzándote con afición de uno u otro equipo, con sus camisetas, bufandas, cánticos, alegría y ganas de victoria, con un ambiente tan único, multitudinario y eufórico que te dan ganas de cantar y saltar con ellos, sean de tu equipo o no. Y aunque no tengas equipo.

Madrid es esa ciudad en la que un camarero te habla valenciano porque ha oído una charla mallorquina-valenciana en tu mesa.

Madrid es esa ciudad en la que un día, después de pasarlo pateándola, aprendiendo su historia, viendo tiendas, comiendo y bebiendo bien, estás volviendo al apartamento pero acabas en un local de cerveza artesana que te han recomendado varias veces. Y allí conoces a un grupo de chavales entre los que está uno cuyo hermano vive en tu isla. Qué digo en tu isla, en tu ciudad. Qué digo en tu ciudad, en tu barrio. Qué digo en tu barrio, en la calle de al lado. Y al final el grupo de tres se convierte en un grupo de seis y os pasáis horas charlando y buscando locales abiertos para tomar la última. Y cuando por fin decidís que sí, que esa era la última, acabas en una chocolatería que abre las 24 horas del día, llena de fotos de famosos en sus paredes y a la que entra un travesti con tipazo y peluca rosa fosforito.

Madrid es la bomba.

Viajar con gente bonita es genial.

Aunque en las dos noches que he pasado ahora allí haya dormido tanto (o tan poco) como esta primera noche en casa.

A veces, pasar sueño merece la pena.

En la foto, el templo egipcio de Debob, durante una visita guidada (y muy recomendable) que hicimos.. Me encanta.

viernes, 23 de marzo de 2018

Pisa es cuqui

Pisa es cuqui.

Eso es lo primero que pensé después de pasar un par de horas paseando por la ciudad cuando llegué la primera tarde, en el viaje de trabajo que me llevó allí hace ya dos meses. No había planeado nada para esa tarde: tenía una conexión corta en Roma entre dos de los tres vuelos que me llevaron allí y no confiaba demasiado en llegar a la hora prevista. Pero sí, llegué. Y como el aeropuerto es pequeño y está cerca de la ciudad, llegué incluso antes de lo que creía. Pisa es cuqui hasta en eso.

Así que después de pasar un momento por el hotel, me dirigí a la plaza de los Milagros, que aparentemente estaba cerca. Lo estaba. Llegué en un momento perfecto, con el sol ya cayendo, con esa luz tan especial que precede al atardecer. La plaza de los Milagros es maravillosa y, al atardecer, más. El baptisterio, el camposanto (del que ya hablé aquí), la catedral y, cómo no, la famosa torre inclinada de Pisa que no es más que el campanario de la catedral, sorprendentemente alejado de ésta, maravillosamente inclinado. Esa tarde, paseé por las calles peatonales del centro, me crucé con multitud de estudiantes que entraban y salían de las numerosas facultades que hay en la ciudad, caminé por las orillas del río Arno y llegué hasta la pequeña Iglesia de Santa Maria della Spina. Recorrí Pisa en un ratito, porque Pisa es cuqui.

Al día siguiente, antes de la reunión, volví a la plaza de los Milagros y ya visité todos los edificios tranquilamente, subida a la torre de Pisa incluida. Por supuesto. Me mareé al entrar, flipé cuando me balanceaba mientras subía su escalera de caracol (y como yo, miles antes, como se ve perfectamente en las marcas que nuestros pasos han ido dejando) y di tantas vueltas en la terraza circular superior que pensé que me acabarían echando. Pero no, porque Pisa es cuqui y de los sitios cuquis no te echan.

Esa noche, después de la cena de grupo, acabamos de nuevo a los pies de la torre de Pisa. Aún volvería varias veces al día siguiente, antes y después de recorrer de nuevo la ciudad, atravesar el río Arno por el Ponte di Mezzo, donde una bandera con los colores del arco iris y la inscripción “PISA PEACE” ondeaba alegremente y flipar un poco más con esta ciudad pequeña, plana, universitaria, viva y alegre.

Pisa es muy cuqui, de verdad. Y fue genial empezar el año laboral viajero yendo allí.

Las fotos son del móvil, de la cámara compacta y de la réflex; hacía mucho tiempo que no la llevaba de viaje.
















domingo, 18 de marzo de 2018

Chania

Gatos por todas partes. Casas habitadas a medio construir. Comida deliciosa. Camareros extremadamente calmados. Aguas cristalinas. Montañas nevadas. Una tranquilidad extraña e inexplicable, la sensación de estar en casa, la frustración de no poder pasar más tiempo allí, la gratitud extrema de haber vuelto.

Volver a Creta ha sido un regalo, volver a Chania (La Canea), una maravilla. Como puse el otro día en instagram, si esa es la ciudad más bonita de Creta, se dice y ya está. Y si me explota el corazón de felicidad por estar de nuevo en esa isla, se dice y ya está.

Porque eso es ni más ni menos lo que sentí al volver a Creta, una explosión de felicidad.

Casi diez años de mi primera visita, los cuatro meses que pasé en el verano y otoño de 2008. Casi ocho años de mi segunda visita, unos días de reunión en Heraklion que completé con una visita a la zona donde vivía y una excursión (épica) a la garganta de Samaria, al magnífico sur. Y más de seis años después de mi última visita, en la que volví a estar en Chania y en la que aproveché para recorrer algunas partes de la parte occidental de la isla con unos colegas. Es la primera vez que estoy en Creta y no le dedico tiempo a disfrutarla. Y estoy sumamente arrepentida de no haberlo hecho.

Pero centrémonos en lo positivo. En la felicidad de ver un diminuto coche amarillo en mitad de Chania y pensar “uno como ese conducía yo por estas calles”. En la sorpresa por la temperatura suave de un día a las siete de la mañana, para pasear hasta el puerto veneciano. En volver a beber cerveza Mythos. En poder soltar alegremente las cuatro palabras que aún recuerdo de griego y que me confundan con autóctona. En deambular por el caso antiguo de la ciudad, lleno de obras, despertándose poco a poco del invierno, preparándose para la temporada turística. En sonreír al ver que el edificio abandonado que estaba junto al hotel en el que nos alojamos la última vez, hace más de seis años, sigue igual. En recordar la locura de algunas construcciones griegas. En la familiaridad de reconocer la hamburguesería donde comimos hace casi diez años S, MM y yo, cuando me fueron a visitar. En las risas de una noche de cervezas, ouzo, vino y raki. En encargar más comida de la que podríamos comer, pero intentarlo, claro que sí, de tan deliciosa que estaba. En las aguas transparentes del antiguo puerto veneciano, a las que daba ganas tirarse, incluso en la noche oscura. En reconocer el Museo Marítimo que en su día me sorprendió tan positivamente. En ver las montañas nevadas allí en la lejanía y soñar con pisarlas. En comprar una novela sobre Grecia de una autora que descubrí allí hace casi diez años, las galletas con relleno de color rosa nuclear y el pan de aceite que comía cuando vivía allí. Y en lo bien que nos lo hemos pasado incluso en las intensas horas de trabajo.

Lo dicho, volver a Creta me ha hecho explotar el corazón de auténtica felicidad. Lo digo y ya está.

Lástima que haya durado tan poco.

Prometo volver.

Las fotos están hechas con el móvil, aunque también hay una con la compacta.