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domingo, 22 de abril de 2018

Madrid

En el último mes y pico, he hecho dos viajes a Madrid, dos viajes por placer a Madrid, en claro contraste a los cuatro viajes por oposiciones que hice en esta época el año pasado.

Madrid es maravillosa.

Tiene muchas pegas también, claro. Muchas. Para mí las más importantes probablemente sean que hay mucha gente, está muy lejos del mar y el clima es tan, tan seco que yo lo noto en los labios y en la piel a las pocas horas de llegar. Y a mi vuelta, sigo teniendo los labios secos durante días, a pesar de todo el bálsamo que me ponga.

Pero también tiene un montón de cosas buenas. Y bonitas.

Tiene tuiteras guays, con las que no me he visto en este último viaje, pero sí en casi todos los anteriores.

Tiene mil opciones de ocio, de restauración y de todo.

Tiene historia, cultura, diversión y un montón de sitios verdes donde perderte.

Madrid es esa ciudad en la que una noche, haciendo una visita nocturna guiada, mientras un guía cuenta una historia de un fantasma que se aparece en un antiguo palacio que ahora es sede del Ministerio de Educación, los cinco que formáis el grupo (más el guía) veis unas luces extrañas y totalmente fuera de lugar en el palacio. Y os miráis unos a otros buscando una explicación racional a eso que acabáis de ver y pensando que, oye, igual el fantasma sigue ahí, por qué no.

Madrid es esa ciudad en la que puede estar lloviendo tres o cuatro días seguidos, como nos pasó hace mes y pico, y que aún así encuentras mil cosas para hacer, llámalo teatro (Billy Elliot es maravillosa), museos (por ejemplo, el Museo Arqueológico Nacional), exposiciones (la de Auswitch es tan dura como imprescindible) o simplemente de tiendas. O que puede alternar nubes y claros y pasarte el día quitándote y poniendo chaquetas, mirando por la ventana antes de salir del apartamento y echando a suertes cuanto te vas a abrigar ese día, como nos ha pasado esta semana.

Madrid es esa ciudad en la que se juegan finales de Copa del Rey y te pasas el día cruzándote con afición de uno u otro equipo, con sus camisetas, bufandas, cánticos, alegría y ganas de victoria, con un ambiente tan único, multitudinario y eufórico que te dan ganas de cantar y saltar con ellos, sean de tu equipo o no. Y aunque no tengas equipo.

Madrid es esa ciudad en la que un camarero te habla valenciano porque ha oído una charla mallorquina-valenciana en tu mesa.

Madrid es esa ciudad en la que un día, después de pasarlo pateándola, aprendiendo su historia, viendo tiendas, comiendo y bebiendo bien, estás volviendo al apartamento pero acabas en un local de cerveza artesana que te han recomendado varias veces. Y allí conoces a un grupo de chavales entre los que está uno cuyo hermano vive en tu isla. Qué digo en tu isla, en tu ciudad. Qué digo en tu ciudad, en tu barrio. Qué digo en tu barrio, en la calle de al lado. Y al final el grupo de tres se convierte en un grupo de seis y os pasáis horas charlando y buscando locales abiertos para tomar la última. Y cuando por fin decidís que sí, que esa era la última, acabas en una chocolatería que abre las 24 horas del día, llena de fotos de famosos en sus paredes y a la que entra un travesti con tipazo y peluca rosa fosforito.

Madrid es la bomba.

Viajar con gente bonita es genial.

Aunque en las dos noches que he pasado ahora allí haya dormido tanto (o tan poco) como esta primera noche en casa.

A veces, pasar sueño merece la pena.

En la foto, el templo egipcio de Debob, durante una visita guidada (y muy recomendable) que hicimos.. Me encanta.

viernes, 23 de marzo de 2018

Pisa es cuqui

Pisa es cuqui.

Eso es lo primero que pensé después de pasar un par de horas paseando por la ciudad cuando llegué la primera tarde, en el viaje de trabajo que me llevó allí hace ya dos meses. No había planeado nada para esa tarde: tenía una conexión corta en Roma entre dos de los tres vuelos que me llevaron allí y no confiaba demasiado en llegar a la hora prevista. Pero sí, llegué. Y como el aeropuerto es pequeño y está cerca de la ciudad, llegué incluso antes de lo que creía. Pisa es cuqui hasta en eso.

Así que después de pasar un momento por el hotel, me dirigí a la plaza de los Milagros, que aparentemente estaba cerca. Lo estaba. Llegué en un momento perfecto, con el sol ya cayendo, con esa luz tan especial que precede al atardecer. La plaza de los Milagros es maravillosa y, al atardecer, más. El baptisterio, el camposanto (del que ya hablé aquí), la catedral y, cómo no, la famosa torre inclinada de Pisa que no es más que el campanario de la catedral, sorprendentemente alejado de ésta, maravillosamente inclinado. Esa tarde, paseé por las calles peatonales del centro, me crucé con multitud de estudiantes que entraban y salían de las numerosas facultades que hay en la ciudad, caminé por las orillas del río Arno y llegué hasta la pequeña Iglesia de Santa Maria della Spina. Recorrí Pisa en un ratito, porque Pisa es cuqui.

Al día siguiente, antes de la reunión, volví a la plaza de los Milagros y ya visité todos los edificios tranquilamente, subida a la torre de Pisa incluida. Por supuesto. Me mareé al entrar, flipé cuando me balanceaba mientras subía su escalera de caracol (y como yo, miles antes, como se ve perfectamente en las marcas que nuestros pasos han ido dejando) y di tantas vueltas en la terraza circular superior que pensé que me acabarían echando. Pero no, porque Pisa es cuqui y de los sitios cuquis no te echan.

Esa noche, después de la cena de grupo, acabamos de nuevo a los pies de la torre de Pisa. Aún volvería varias veces al día siguiente, antes y después de recorrer de nuevo la ciudad, atravesar el río Arno por el Ponte di Mezzo, donde una bandera con los colores del arco iris y la inscripción “PISA PEACE” ondeaba alegremente y flipar un poco más con esta ciudad pequeña, plana, universitaria, viva y alegre.

Pisa es muy cuqui, de verdad. Y fue genial empezar el año laboral viajero yendo allí.

Las fotos son del móvil, de la cámara compacta y de la réflex; hacía mucho tiempo que no la llevaba de viaje.
















domingo, 18 de marzo de 2018

Chania

Gatos por todas partes. Casas habitadas a medio construir. Comida deliciosa. Camareros extremadamente calmados. Aguas cristalinas. Montañas nevadas. Una tranquilidad extraña e inexplicable, la sensación de estar en casa, la frustración de no poder pasar más tiempo allí, la gratitud extrema de haber vuelto.

Volver a Creta ha sido un regalo, volver a Chania (La Canea), una maravilla. Como puse el otro día en instagram, si esa es la ciudad más bonita de Creta, se dice y ya está. Y si me explota el corazón de felicidad por estar de nuevo en esa isla, se dice y ya está.

Porque eso es ni más ni menos lo que sentí al volver a Creta, una explosión de felicidad.

Casi diez años de mi primera visita, los cuatro meses que pasé en el verano y otoño de 2008. Casi ocho años de mi segunda visita, unos días de reunión en Heraklion que completé con una visita a la zona donde vivía y una excursión (épica) a la garganta de Samaria, al magnífico sur. Y más de seis años después de mi última visita, en la que volví a estar en Chania y en la que aproveché para recorrer algunas partes de la parte occidental de la isla con unos colegas. Es la primera vez que estoy en Creta y no le dedico tiempo a disfrutarla. Y estoy sumamente arrepentida de no haberlo hecho.

Pero centrémonos en lo positivo. En la felicidad de ver un diminuto coche amarillo en mitad de Chania y pensar “uno como ese conducía yo por estas calles”. En la sorpresa por la temperatura suave de un día a las siete de la mañana, para pasear hasta el puerto veneciano. En volver a beber cerveza Mythos. En poder soltar alegremente las cuatro palabras que aún recuerdo de griego y que me confundan con autóctona. En deambular por el caso antiguo de la ciudad, lleno de obras, despertándose poco a poco del invierno, preparándose para la temporada turística. En sonreír al ver que el edificio abandonado que estaba junto al hotel en el que nos alojamos la última vez, hace más de seis años, sigue igual. En recordar la locura de algunas construcciones griegas. En la familiaridad de reconocer la hamburguesería donde comimos hace casi diez años S, MM y yo, cuando me fueron a visitar. En las risas de una noche de cervezas, ouzo, vino y raki. En encargar más comida de la que podríamos comer, pero intentarlo, claro que sí, de tan deliciosa que estaba. En las aguas transparentes del antiguo puerto veneciano, a las que daba ganas tirarse, incluso en la noche oscura. En reconocer el Museo Marítimo que en su día me sorprendió tan positivamente. En ver las montañas nevadas allí en la lejanía y soñar con pisarlas. En comprar una novela sobre Grecia de una autora que descubrí allí hace casi diez años, las galletas con relleno de color rosa nuclear y el pan de aceite que comía cuando vivía allí. Y en lo bien que nos lo hemos pasado incluso en las intensas horas de trabajo.

Lo dicho, volver a Creta me ha hecho explotar el corazón de auténtica felicidad. Lo digo y ya está.

Lástima que haya durado tan poco.

Prometo volver.

Las fotos están hechas con el móvil, aunque también hay una con la compacta.
















sábado, 27 de enero de 2018

De huesos y semillas

No sé qué opináis de las reliquias, es decir, de esos trocitos de santos u otra gente que se meten en urnas y los fieles los contemplan con devoción. A mí me dan grima, mucha grima. Hace dos días acabé accidentalmente en una capilla con un montón de reliquias de un montón de santos. Bueno, accidentalmente... me voy a un camposanto y ¿qué espero encontrar allí? Pues no sé, la verdad, pero ¿trocitos de santos? No, definitivamente no. Vaya por delante que me parece estupendo meter en una urna transparente un trozo de la cruz o una espina de la corona de Jesús, pero ¿un hueso?, ¿una mandíbula?, ¿un cráneo? Menudo susto cuando el otro día me acerqué a ver "qué había en esas cajitas". Total, que ahí estaba yo accidentalmente mirando trocitos de santos, que uno era San Potito, que no sé ni qué trocito de los que había era San Potito, porque encima tenían trocitos de varios santos juntos en la misma urna, ¡¡trocitos de varios santos en una misma urna!! ¿Solo a mi me escandaliza? Mal rollo total, no disfruté del paseo por el camposanto ese nada de nada. El camposanto de Pisa, debería mencionar. Éste.


Porque he estado en Pisa. Y encima, qué frío. Que llevaba desde antes de las 9 pateando la ciudad y, de repente, qué frío tenía a eso de las once y pico de la mañana. Que ya, es enero y tal, pero yo qué sé. Que antes de las 9 estaba yo haciendo fotos a unas tumbas a través de unas barreras y no tenía ni frío ni mal rollo ni nada. Fotos como ésta.


Pero claro, no estaba viendo trocitos de gente. Dios, no me quito de la cabeza una mandíbula sin dientes. Para compensar el mal rollo de los huesitos, decidí ir a un sitio al que no pensaba ir ese día, en todo caso igual iba a ir ayer, si tenía tiempo: el jardín botánico. ¿Qué hay más lleno de vida que un jardín botánico? Pues eso. Pero claro, ESTAMOS EN ENERO. Árboles sin hojas, plantas sin hojas ni flores... vamos, que al entrar y ver ahí todo sin hojas, pensé "¿soy idiota o qué?". De ver huesos de santos a ver árboles desnudos, aparentemente muertos. Ahí, todos pelados, los pobres.


Pero no, a pesar de la impresión inicial y contra todo pronóstico FUE MARAVILLOSO.

No nos engañemos, yo iba allí a ver un ginkgo, que ya me había informado yo de que había un ginkgo, pero jo, QUÉ GUAY. Empecé dando vueltas ahí entre plantas dormidas y árboles sin hojas. Y pensé que no reconocería un ginkgo sin hojas. JA. A quién voy a engañar. Porque iba paseando tranquilamente y pensando en qué bien está este jardín botánico, cómo se nota que tiene fines didácticos más que económicos (forma parte de la Universidad de Pisa) y dónde estará el ginkgo y si seré capaz de reconocerlo cuando PUM, uy, esos dos de ahí parecen ginkgos. BINGO. Dos ginkgos abrazándose, o uno que se separó en dos muy cerca de la tierra, aún no lo tengo claro.


Estuve un rato haciendo el tonto bajo los ginkgos, fotos, jijiji a ver si puedo abrazarlos sin que nadie me vea, uy que no tengo que llegar tarde a la reunión, blablabla. Perdí un buen rato bajo ellos, luego fui al Museo Botánico que está dentro del parque donde, entre otras cosas, tienen un cuadro de un señor bizco, y seguí mi camino, mirando de vez en cuando hacia atrás, hacia los ginkgos que se abrazaban sin saber yo que lo mejor estaba por llegar. Encontré otro, EL ginkgo, uno sembrado en 1811, ¡¡¡¡1811!!!! Más de 200 años... Casi lloro de emoción, de verdad, qué maravilla de árbol, qué tronco más grueso, qué altura, QUÉ BELLEZÓN. Bajo ese ginkgo está la placa que explica el árbol, muy chulas estas placas, por cierto. Y he seguido ahí, más fotos, paseos por debajo, golpecitos al tronco para saludarlo, descartando un abrazo porque su tronco centenario era tan ancho que no había quién lo abrazara sin llamar ostentosamente la atención.



Total, que me estaba liando y aún tenía que ver más cosas. Fui a uno de los varios invernaderos que se pueden visitar, uno de plantas suculentas, cactus, vamos, que son preciosos. Un invernadero así de mono.


Y viendo catcus me he llevé otra sorpresa: tres ejemplares pequeñajos de Welwitschia mirabilis, una planta de esas extrañas, que no es que sea especialmente llamativa ni bonita, pero es fascinante y muy curiosa. Una planta que en su día vi en su hábitat natural, el desierto de Namibia, como conté aquí. Me emocioné tanto, tanto, tanto que empecé a dar grititos, menos mal que no había nadie en el invernadero, ventajas de hacer de guiri en pleno enero, oye.


Por cierto, qué genial lo de hacer turismo en ciudades en enero, de verdad. Total, que ya se me echaba el tiempo encima (no olvidemos que yo estaba allí por una reunión de trabajo, aunque no lo parezca), así que me fui a visitar en plan rápido la parte más nueva del jardín, una zona chulísima en la que hubiera pasado mucho más rato y en la que me encontré OTROS TRES GINKGOS. Y UN MONTÓN DE SEMILLAS. Las semillas de los ginkgos APESTAN (lo que les encantaba a los dinosaurios, por lo visto, que se las comían). Así que limité la recogida de semillas a solo 10, con sumo cuidado (la carne que las rodean, lo que huele mal, además es irritante). Y en mi locura emocional de recoger semillas, ni una foto les hice a los tres ginkgos. Cuando ya me iba, con las semillas apestosas escondidas en el bolso, me llevé otra sorpresa: entre las plantas que tenían a la venta justo a la entrada del jardín, tres pequeños ginkgos me miraban con carita de pena. “Llévanos contigo”, me decían. Pero fui fuerte y no me los llevé. Aún así, ahí me volví, más feliz que una perdiz con mis semillas de ginkgo, hacia el hotel, a comer algo rápido y a la reunión.


Ayer volví al jardín, bueno solo a la tienda, a comprar una camiseta de la Universidad de Pisa (bueno dos, que estaban de rebajas) y desde allí volví a mirar los tres pequeños ginkgos, en sus pequeñas macetitas, os juro que me ponían ojitos, pero me volví a resistir. Pero me costó mucho, mucho. Hoy, cuando se lo contaba a mi madre, me ha dicho muy seria “Haberte traído uno, mujer”. Ay. Me consuela pensar que ahora mismo tengo en mi poder semillas de ginkgos madrileños, romanos y pisanos. Y todo un reto conseguir que alguna germine.

Por cierto, lo olvidaba, alguna planta florecida había en el jardín. Pocas, pero alguna.



Ah, Pisa es cuqui, pero eso ya si acaso lo cuento otro día.

martes, 29 de agosto de 2017

Ginkgos urbanos

Es bastante conocida mi afición por los Ginkgos biloba. O no, pero bueno, me encantan los ginkgos, me encantan. Hasta tengo ginkgos en casa, cuya historia ya conté aquí. Una de las cosas que me encantan es encontrarme ginkgos por las ciudades que visito. Porque, aunque no lo parezca, los ginkgos suelen formar parte de la flora urbana y no sólo aparecen en parques, como vi en Milán, sino que te los puedes encontrar en mitad de la ciudad, como he visto en Bruselas, San Sebastián o Roma.

En uno de los múltiples viajes opositores de este año a Madrid, paseando con Lady Boheme por la Quinta de la Fuente del Berro (un parque maravilloso, por cierto, desde que se ve el pirulí), descubrimos en el plano que indica los árboles que hay en el recinto, que había un ginkgo. Y allí nos dirigimos en busca de un ginkgo que, para mi sorpresa, descubrí que era el ginkgo más grande de todos los ginkgos que he visto en mi vida. Y he visto unos cuantos, de verdad. El árbol está en la zona sur del recinto y es realmente impresionante en altura y extensión. Es un árbol maravilloso al que no dudé en abrazarme (ejem, ejem, así soy, queredme) y al que me gustaría ir a ver a finales de algún otoño, cuando su inmensa copa esté totalmente amarilla, justo antes de que caigan sus hojas. A ver si lo consigo ver así alguna vez; de momento, me conformo con esto. Las fotos, por cierto, no hacen justicia de su inmensidad.






Esa misma noche y pensando en qué hacer al día siguiente, antes de coger el avión de vuelta a casa, me puse a investigar sobre ginkgos en Madrid. Y mira que tenéis ginkgos en vuestra ciudad, madrileños [*]. Dispuesta a hacer una ruta de ginkgos, me organicé la vida y empecé la jornada recorriendo la calle del Príncipe de Vergara, donde hay sembrado muchísimos ginkgos jovencitos en la mediana de la calle. Tras una parada técnica para desayunar cereales de colores con nubecitas y minioreos (un vicio confesable que he adquirido durante estos viajes), seguí mi ruta hacia el Parque del Oeste. Otro parque maravilloso. Allí encontré el ginkgo que iba buscando y después, paseando encontré unos cuantos más. Ginkgos y ginkgos. Me hice con algunas semillas que estoy intentando hacer germinar (sin resultado, al menos de momento) y descubrí otro sitio que me encantó: la rosaleda. Y ya de paso, acabé en el Templo de Debob.











Y ya que estamos, como bonus track de esta entrada de ginkgos, aprovecho para mencionar el ginkgo joven y pequeñito que encontré en el Parque Genovés de Cádiz, en un viaje de este verano del que ya hablaré otro día.


[*] Aquí podéis encontrar un listado de gingkos urbanos en nuestro país. No están todos los que son, pero supongo que sí que son todos los que están.