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sábado, 27 de enero de 2018

De huesos y semillas

No sé qué opináis de las reliquias, es decir, de esos trocitos de santos u otra gente que se meten en urnas y los fieles los contemplan con devoción. A mí me dan grima, mucha grima. Hace dos días acabé accidentalmente en una capilla con un montón de reliquias de un montón de santos. Bueno, accidentalmente... me voy a un camposanto y ¿qué espero encontrar allí? Pues no sé, la verdad, pero ¿trocitos de santos? No, definitivamente no. Vaya por delante que me parece estupendo meter en una urna transparente un trozo de la cruz o una espina de la corona de Jesús, pero ¿un hueso?, ¿una mandíbula?, ¿un cráneo? Menudo susto cuando el otro día me acerqué a ver "qué había en esas cajitas". Total, que ahí estaba yo accidentalmente mirando trocitos de santos, que uno era San Potito, que no sé ni qué trocito de los que había era San Potito, porque encima tenían trocitos de varios santos juntos en la misma urna, ¡¡trocitos de varios santos en una misma urna!! ¿Solo a mi me escandaliza? Mal rollo total, no disfruté del paseo por el camposanto ese nada de nada. El camposanto de Pisa, debería mencionar. Éste.


Porque he estado en Pisa. Y encima, qué frío. Que llevaba desde antes de las 9 pateando la ciudad y, de repente, qué frío tenía a eso de las once y pico de la mañana. Que ya, es enero y tal, pero yo qué sé. Que antes de las 9 estaba yo haciendo fotos a unas tumbas a través de unas barreras y no tenía ni frío ni mal rollo ni nada. Fotos como ésta.


Pero claro, no estaba viendo trocitos de gente. Dios, no me quito de la cabeza una mandíbula sin dientes. Para compensar el mal rollo de los huesitos, decidí ir a un sitio al que no pensaba ir ese día, en todo caso igual iba a ir ayer, si tenía tiempo: el jardín botánico. ¿Qué hay más lleno de vida que un jardín botánico? Pues eso. Pero claro, ESTAMOS EN ENERO. Árboles sin hojas, plantas sin hojas ni flores... vamos, que al entrar y ver ahí todo sin hojas, pensé "¿soy idiota o qué?". De ver huesos de santos a ver árboles desnudos, aparentemente muertos. Ahí, todos pelados, los pobres.


Pero no, a pesar de la impresión inicial y contra todo pronóstico FUE MARAVILLOSO.

No nos engañemos, yo iba allí a ver un ginkgo, que ya me había informado yo de que había un ginkgo, pero jo, QUÉ GUAY. Empecé dando vueltas ahí entre plantas dormidas y árboles sin hojas. Y pensé que no reconocería un ginkgo sin hojas. JA. A quién voy a engañar. Porque iba paseando tranquilamente y pensando en qué bien está este jardín botánico, cómo se nota que tiene fines didácticos más que económicos (forma parte de la Universidad de Pisa) y dónde estará el ginkgo y si seré capaz de reconocerlo cuando PUM, uy, esos dos de ahí parecen ginkgos. BINGO. Dos ginkgos abrazándose, o uno que se separó en dos muy cerca de la tierra, aún no lo tengo claro.


Estuve un rato haciendo el tonto bajo los ginkgos, fotos, jijiji a ver si puedo abrazarlos sin que nadie me vea, uy que no tengo que llegar tarde a la reunión, blablabla. Perdí un buen rato bajo ellos, luego fui al Museo Botánico que está dentro del parque donde, entre otras cosas, tienen un cuadro de un señor bizco, y seguí mi camino, mirando de vez en cuando hacia atrás, hacia los ginkgos que se abrazaban sin saber yo que lo mejor estaba por llegar. Encontré otro, EL ginkgo, uno sembrado en 1811, ¡¡¡¡1811!!!! Más de 200 años... Casi lloro de emoción, de verdad, qué maravilla de árbol, qué tronco más grueso, qué altura, QUÉ BELLEZÓN. Bajo ese ginkgo está la placa que explica el árbol, muy chulas estas placas, por cierto. Y he seguido ahí, más fotos, paseos por debajo, golpecitos al tronco para saludarlo, descartando un abrazo porque su tronco centenario era tan ancho que no había quién lo abrazara sin llamar ostentosamente la atención.



Total, que me estaba liando y aún tenía que ver más cosas. Fui a uno de los varios invernaderos que se pueden visitar, uno de plantas suculentas, cactus, vamos, que son preciosos. Un invernadero así de mono.


Y viendo catcus me he llevé otra sorpresa: tres ejemplares pequeñajos de Welwitschia mirabilis, una planta de esas extrañas, que no es que sea especialmente llamativa ni bonita, pero es fascinante y muy curiosa. Una planta que en su día vi en su hábitat natural, el desierto de Namibia, como conté aquí. Me emocioné tanto, tanto, tanto que empecé a dar grititos, menos mal que no había nadie en el invernadero, ventajas de hacer de guiri en pleno enero, oye.


Por cierto, qué genial lo de hacer turismo en ciudades en enero, de verdad. Total, que ya se me echaba el tiempo encima (no olvidemos que yo estaba allí por una reunión de trabajo, aunque no lo parezca), así que me fui a visitar en plan rápido la parte más nueva del jardín, una zona chulísima en la que hubiera pasado mucho más rato y en la que me encontré OTROS TRES GINKGOS. Y UN MONTÓN DE SEMILLAS. Las semillas de los ginkgos APESTAN (lo que les encantaba a los dinosaurios, por lo visto, que se las comían). Así que limité la recogida de semillas a solo 10, con sumo cuidado (la carne que las rodean, lo que huele mal, además es irritante). Y en mi locura emocional de recoger semillas, ni una foto les hice a los tres ginkgos. Cuando ya me iba, con las semillas apestosas escondidas en el bolso, me llevé otra sorpresa: entre las plantas que tenían a la venta justo a la entrada del jardín, tres pequeños ginkgos me miraban con carita de pena. “Llévanos contigo”, me decían. Pero fui fuerte y no me los llevé. Aún así, ahí me volví, más feliz que una perdiz con mis semillas de ginkgo, hacia el hotel, a comer algo rápido y a la reunión.


Ayer volví al jardín, bueno solo a la tienda, a comprar una camiseta de la Universidad de Pisa (bueno dos, que estaban de rebajas) y desde allí volví a mirar los tres pequeños ginkgos, en sus pequeñas macetitas, os juro que me ponían ojitos, pero me volví a resistir. Pero me costó mucho, mucho. Hoy, cuando se lo contaba a mi madre, me ha dicho muy seria “Haberte traído uno, mujer”. Ay. Me consuela pensar que ahora mismo tengo en mi poder semillas de ginkgos madrileños, romanos y pisanos. Y todo un reto conseguir que alguna germine.

Por cierto, lo olvidaba, alguna planta florecida había en el jardín. Pocas, pero alguna.



Ah, Pisa es cuqui, pero eso ya si acaso lo cuento otro día.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Una estrella

Vi una estrella fugaz surcando el firmamento. Me pareció sorprendente e increíble: allí estaba yo, en mitad de una ciudad enorme, profusamente iluminaba y era capaz de contemplar perfectamente aquella estrella. No era una normal, debió ser un meteorito grande, porque la vi durante un largo rato, resplandeciente.

Al día siguiente, indagué por internet, intentando averiguar si alguien más había sido testigo de aquel fenómeno. Quería asegurarme que no lo había imaginado. Por lo visto, esos días había lluvia de Leónidas, así que sí, probablemente lo que vi no lo imaginé.

Vi una estrella fugaz surcando el firmamento, junto al Coliseo romano. Había quedado para cenar, había salido con mucho tiempo por miedo a llegar tarde y, al final, me daba miedo llegar demasiado pronto. No me apetecía nada esperar fuera del restaurante; ya iba bastante nerviosa como para aumentar los nervios con la espera. Así que deambulaba alrededor del Coliseo, haciendo tiempo, observando a la gente que iba y venía, en esa hora temprana pero oscura de la tarde que ya era noche. En una de esas, miré al cielo y fue cuando vi la estrella fugaz.

Se me olvidó pedir un deseo. Mentira. Lo pedí, pero tardé más de la cuenta. Supongo que por eso no se cumplió, o se cumplió sólo a medias. Igual con los nervios de la noche y al ser consciente de que había perdido la oportunidad de pedir un deseo inmediatamente, mi mente no lo formuló bien. Sí, debió ser eso. Incapacidad de formular un deseo de manera clara.

Se me olvidó pedir un deseo porque lo primero que pensé fue que aquello era una señal. Ay, las malditas señales. Quise pensar que era una señal, claro que sí, una señal de que la noche sería perfecta. Qué bien quedan las señales en las películas. Pero lo que confundí con una señal era una roca chocando contra la atmósfera del planeta, nada más simple y banal que eso.

Y, a pesar de que la señal era en realidad un trozo de piedra, la noche fue estupenda, claro que sí. Cervezas, buena comida, gente maja, charla y risas. Y un paseo plácido y agradable de vuelta al hotel. De verdad que no se me ocurre una manera mejor de pasar una última noche en Roma.

En la foto, la inscripción que hay en el Coliseo y que hice en ese ratito en el que deambulaba por sus alrededores, cuando la estrella me pilló por sorpresa. Qué vértigo da pensar el tiempo que lleva construido, qué ridículos parecen nuestros problemas ante su grandeza y qué cortas son nuestras vidas en comparación a las de estas piedras.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Una hoja

Cerca del hotel en el que me alojo en Roma hay un Gingko biloba. O al menos eso creo. Lo intuyo porque el día que llegué, vi una hoja de este árbol en el suelo del patio del palazzo en el que se encuentra este hotel. He intentado buscarlo, al gingko, estos días, pero no lo he encontrado. Igual es que por las mañanas no estoy para paseos, pendiente de llegar a la reunión en la que estoy y por la tarde, cuando vuelvo, ya es noche cerrada y, aunque mire hacia arriba, no soy capaz de distinguir ningún árbol.

Así que estoy intrigada, sin saber de dónde vino esa hoja que, por cierto, no he vuelto a ver, ni ninguna parecida. Hay muchos árboles en esta zona, una colina de casas señoriales y pisos tranquilos, con muchos árboles; una zona residencial tranquila y agradable. Pero lo poco que he recorrido de sus calles ha sido en la oscuridad, volviendo de cenar y, como decía, no detecto fácilmente gingkos de noche. De día, un poco mejor.

Tal vez la hoja llegara desde el gingko que sí conozco, el que está en la entrada de la sede central de la FAO, a apenas 500 metros de aquí. No sé si el viento que hacía el domingo fue el responsable de traer esa hoja hasta aquí, no lo sé. Descubrí aquel gingko hace ahora un año, cuando también descubrí una hoja en el suelo, subiendo las escaleras de la entrada. Cuando la vi, miré hacia arriba y allí estaba, un gingko grande y bonito, en medio de dos pinos y que ilustra esa foto. Lo he visto así estos días, de lejos; a ver si mañana llego cinco minutos antes y me acerco un poco más.

Entrar en la sede central de la FAO es como ir al aeropuerto: hay que dejar lo que llevas en unas cintas que pasan un control y luego te metes en un cilindro de cristal, para pasar tú también el control. Hay gente de todas las nacionalidades, entrando y saliendo todo el día, subiendo y bajando los ocho pisos que forman el edificio, con varios bloques. Algunos, se pierden por ellos, nos perdemos por ellos, quería decir. Comemos en la cafetería del ático, con vistas impresionantes a esta ciudad que esta vez sólo veo así, desde el aire, oyendo hablar tal cantidad de idiomas que algunos no soy ni capaz de identificar. Salimos un rato a la terraza, a tomar un poco de aire frío otoñal, esquivamos las gotas de lluvia, intentamos distinguir el sol entre las nubes y nos reímos con el tipo que hace los cafés cuando empieza hablar de entrenadores y jugadores de la liga de fútbol española, a la vez que hace una recolecta para los pobres jugadores de la selección italiana que no van a ir al mundial. Cuando volvemos a la sala, a la reunión, nos perdemos casi siempre. Esto es un auténtico laberinto.

Y así pasan los días aquí, horas y horas encerrados en salas sin ventanas y con luz artificial, con nombres de reyes orientales o de países exóticos, hablando, discutiendo, aprendiendo, tratando de comprender nuestros mares, tratando de protegerlos. Los días se hacen largos, mucho. Ayer bromeábamos que parecía que llevábamos ya dos semanas aquí. Menos mal que aún tenemos humor para unas risas. Y para algo de pasta. O para una pizza. E incluso para algo de vino o alguna cerveza.

Menos mal.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Uno de Noviembre

El 1 de Noviembre de 2016, media España estaba discutiendo si entre Bisbal y Chenoa había habido o no una cobra en el concierto del reencuentro de Operación Triunfo 1 celebrado la noche antes.

El 1 de Noviembre de 2015, fui al teatro a ver a un actor que me encanta desde muchos años, Abel Folk, y después viví un momento de fan total, en el que fui incapaz de decirle nada mientras nos hacíamos una foto.

El 1 de Noviembre de 2014, mi ginkgo tenía ya muchas de sus hojas amarillas, preparándose para perderlas como buen representante de los árboles de hoja caduca.

El 1 de Noviembre de 2013, estaba en un congreso en Marsella (Francia), cabreándome con los diputados que salieron espantados el día de antes para aprovechar el día libre, justo antes de reconciliarme de una ciudad que antes no me había entusiasmado.

El 1 de Noviembre de 2012, hice el cambio de armario, adiós ropa colorida de verano, hola ropa triste de invierno.

El 1 de Noviembre de 2011, acababa de volver de una reunión en Creta, donde pasamos un día, o tal vez dos, recorriendo la parte más occidental y sur de la isla.

El 1 de Noviembre de 2009, estaba cocinando cuscús.

El 1 de Noviembre de 2008, estuve nadando en Elafonissi, una playa maravillosa al suroeste de Creta, a la que volví casi tres años después.

Hoy, 1 de Noviembre de 2017, he pasado el día currando con una colega francesa, en su casa con espectaculares vistas al Mediterráneo, mientras su marido hacía arreglos en la casa y cocinaba para nosotras, su hijo mayor jugaba con un amigo y el pequeño estaba en casa de unos amigos. A primera hora, soplaba un viento frío que me ha obligado a ajustarme la cazadora y taparme bien la garganta, cuando iba caminando hacia su casa, colina arriba, intentando no resfriarme más de lo que ya estoy. Cuando he salido de allí, en esa oscuridad tan temprana a la que me cuesta tanto acostumbrarme, el viento había calmado y hacía una noche agradable, pero me he vuelto al hotel, porque el centro de esta ciudad está demasiado lejano para ir a pie y me ha dado pereza coger el coche. Ha sido un día largo, cansado, ligeramente frustrante pero bonito, porque no hemos conseguido acabar de hacer todo lo que teníamos previsto, pero hemos trabajado, duro, bien y, además de colegas, somos amigas, por lo que además de números y gráficas, ha habido risas y confidencias. Ha sido un día largo y cansado, decía, que he rematado con conversaciones alegres por whatsapp con gente querida y lejana, antes de preparar la maleta para volver mañana a casa.


Digan lo que digan de las tecnologías modernas, es bonito usarlas para recordar cosas que no quieres olvidar.

En la foto, el atardecer hoy sobre el Golfo de León, ay, mi querido Mediterráneo.

viernes, 6 de octubre de 2017

Roma, de noche

Salimos de cenar con el tiempo casi justo para coger el último metro. Estamos alojados al final de una de las líneas de la ciudad, en las afueras, en un hotel con aspecto monacal que nos hace recordar otros lugares y nos hace olvidar que estamos en Roma. Somos un grupo grande, más de veinte, y tal vez por eso la cena se ha retrasado tanto, más de una hora han tardado en servirnos el primer plato, pasta carbonara y pasta caccio peppe. En cualquier caso, la espera ha valido la pena; la comida es deliciosa, el vino corre alegre y las conversaciones, en varios idiomas, se solapan con las risas. “En este curso hay teclados con distintos alfabetos”. Uno de los profes, haciendo fotos a esos teclados, nos hace notar lo diverso que es este grupo: los hay en cirílico, en griego y en árabe.

Vamos hacia la estación de metro que está en frente de una pirámide, que a su vez forma parte de un cementerio acatólico que me fascina. Delante de la estación, un grupo grande de jóvenes beben y bailan al son de una música que no sabemos bien de dónde sale. Unos cuantos nos ponemos a bailar y nos miramos entre nosotros. “Vamos a algún lado, ¿no?”. Sonreímos y entramos en la estación. Hacemos cola para comprar los billetes y el primer grupo, más numeroso, se dirige hacia el andén que va en dirección a nuestro hotel. El otro, los bailongos, nos vamos al otro andén. Al llegar abajo, un tren está saliendo de la estación, pero sabemos que aún podemos coger otro. Cuando se va, nuestros compañeros que están enfrente nos miran sorprendidos. Nos reímos sobre quién está en el andén correcto y quién en el equivocado, alguno cambia de andén y a algún otro no somos capaces de convencerlo para cambiar. En el andén de los que vuelven, el profesor (argentino) y su mujer (estadounidense) se marcan unos pasos de tango, a los que respondemos con vítores desde nuestro lado.

Nuestro tren llega antes, nos subimos y nos despedimos de nuestros compañeros con sonrisas. Somos ocho, cuatro italianos, dos griegos, una francesa y una española. Parece un chiste. Hablamos sobre dónde ir y, curiosamente, el que decide dónde parar y hacia dónde ir es un griego. Paramos en Cavour y seguimos la dirección que nos marca el griego, hacia una plaza llena de bares y gente; al final de la calle, el Coliseo. Entramos a comprar una bebida a toda prisa: quedan sólo unos minutos para la medianoche y, a esa hora, dejarán de vender alcohol. Nos ponen las copas en vasos de plásticos y empezamos nuestra ruta por la ciudad, casi vacía, en una noche de otoño sorprendentemente cálida.

Nos quedamos embobamos en los foros imperiales. Contemplamos el inmenso monumento a Vittorio Emmanuel II bajo la luz de la luna llena. Cruzamos Piazza Venezia perseguidos por una comercial que nos quiere invitar a chupitos gratis en un local cercano. Y callejeamos por las calles hasta llegar a la Fontana di Trevi. Es todo un regalo volver allí, de manera inesperada, con tan poca gente y con mis monedas pendientes aún de lanzar (no puedo arriesgarme a no volver a Roma). No sé cuánto tiempo pasamos allí, mucho. Contemplamos la fuente cada uno por su cuenta, silenciosamente. Comentamos lo maravilloso del lugar. Nos hacemos fotos borrosas para recordar el momento y seguimos nuestra ruta.

Acabamos en Piazza di Spagna de madrugada. Nos sentamos en la escalinata, casi vacía, junto a la casa en la que vivieron Keats, Byron y Shelley,  a contemplar la ciudad silenciosa y las pocas personas que por allí se encuentran. Dos chicos llegan con unas bicicletas con ruedas de colores y suena música italiana desde un altavoz que llevan en las bicis. Se paran y se ponen a ligar con unas turistas americanas. A nuestros pies, junto a la fuente de la barcaza, se acaba de producir una propuesta de matrimonio y la pareja, emocionada, no para de abrazarse y besarse. Contemplamos atónitos la escena y somos incapaces de irnos de allí. Decidimos que nos iremos cuando dejen de besarse. Pero pasan minutos y minutos y ellos siguen allí, besándose como si no hubiera mañana.

Cuando por fin empezamos la ardua tarea de conseguir dos taxis, se separan y se meten en la fuente para beber agua, algo que ya hemos visto hacer a otras personas y que nos parece a todos terrible. Por fin conseguimos que nos manden dos taxis, nos dirigimos a la columna que hay enfrente de la embajada española y vemos como una pareja de turistas nos roba, delante de nuestros ojos, uno de los taxis que acaban de llegar. El primer turno se va en el taxi que queda (dos italianos, dos griegos) y el resto volvemos a llamar por otro taxi. La vuelta no es menos interesante, con un taxista parlanchín, con música a todo volumen, bailando lo que no hemos bailado en toda la noche y recorriendo el largo camino pensando todos que sí, por fin, después de varios días por aquí, hemos estado en Roma.

Roma es maravillosa.

En la foto, la fuente de la barcaza en la Piazza di Spagna, con las bicis de colores y el futuro matrimonio dándose el lote sin descanso.

martes, 29 de agosto de 2017

Ginkgos urbanos

Es bastante conocida mi afición por los Ginkgos biloba. O no, pero bueno, me encantan los ginkgos, me encantan. Hasta tengo ginkgos en casa, cuya historia ya conté aquí. Una de las cosas que me encantan es encontrarme ginkgos por las ciudades que visito. Porque, aunque no lo parezca, los ginkgos suelen formar parte de la flora urbana y no sólo aparecen en parques, como vi en Milán, sino que te los puedes encontrar en mitad de la ciudad, como he visto en Bruselas, San Sebastián o Roma.

En uno de los múltiples viajes opositores de este año a Madrid, paseando con Lady Boheme por la Quinta de la Fuente del Berro (un parque maravilloso, por cierto, desde que se ve el pirulí), descubrimos en el plano que indica los árboles que hay en el recinto, que había un ginkgo. Y allí nos dirigimos en busca de un ginkgo que, para mi sorpresa, descubrí que era el ginkgo más grande de todos los ginkgos que he visto en mi vida. Y he visto unos cuantos, de verdad. El árbol está en la zona sur del recinto y es realmente impresionante en altura y extensión. Es un árbol maravilloso al que no dudé en abrazarme (ejem, ejem, así soy, queredme) y al que me gustaría ir a ver a finales de algún otoño, cuando su inmensa copa esté totalmente amarilla, justo antes de que caigan sus hojas. A ver si lo consigo ver así alguna vez; de momento, me conformo con esto. Las fotos, por cierto, no hacen justicia de su inmensidad.






Esa misma noche y pensando en qué hacer al día siguiente, antes de coger el avión de vuelta a casa, me puse a investigar sobre ginkgos en Madrid. Y mira que tenéis ginkgos en vuestra ciudad, madrileños [*]. Dispuesta a hacer una ruta de ginkgos, me organicé la vida y empecé la jornada recorriendo la calle del Príncipe de Vergara, donde hay sembrado muchísimos ginkgos jovencitos en la mediana de la calle. Tras una parada técnica para desayunar cereales de colores con nubecitas y minioreos (un vicio confesable que he adquirido durante estos viajes), seguí mi ruta hacia el Parque del Oeste. Otro parque maravilloso. Allí encontré el ginkgo que iba buscando y después, paseando encontré unos cuantos más. Ginkgos y ginkgos. Me hice con algunas semillas que estoy intentando hacer germinar (sin resultado, al menos de momento) y descubrí otro sitio que me encantó: la rosaleda. Y ya de paso, acabé en el Templo de Debob.











Y ya que estamos, como bonus track de esta entrada de ginkgos, aprovecho para mencionar el ginkgo joven y pequeñito que encontré en el Parque Genovés de Cádiz, en un viaje de este verano del que ya hablaré otro día.


[*] Aquí podéis encontrar un listado de gingkos urbanos en nuestro país. No están todos los que son, pero supongo que sí que son todos los que están.

miércoles, 8 de febrero de 2017

"Un año en Roma" de Anthony Doerr

Este libro es maravilloso. No necesito decir nada más.

O al menos a mí así me lo ha parecido.

Lo descubrí porque vi un anuncio en algún sitio y supe que tenía que leerlo. Me chifla Roma y poder leer la experiencia de alguien que ha vivido un año en esa ciudad me parecía la forma más natural de rendir homenaje a una ciudad que me encanta. Aunque, no nos engañemos, leer un libro sobre un lugar que te gusta no te garantiza nada. Una vez leí un libro que tenía en su título la palabra “Venecia” y me gustó bastante poco. Pero quería intentarlo.

Lo vi poco antes de Navidad, cuando fui a comprar libros para regalar. Y me lo autorregalé. Tan pronto como acabé el que estaba leyendo entonces (“La isla de Alice” de Daniel Sánchez Arévalo), engullí este libro en un par de días, entre final de 2016 e inicios de 2017. Es un libro cortito y no podía dejar de leerlo, me encantaba.

“Un año en Roma” es la historia contada en primera persona del autor de “La luz que no puedes ver” (que tengo en casa desde hace tiempo para leer) del año que pasó en esa ciudad, tras ganar un premio, con su mujer y sus dos hijos gemelos de apenas seis meses.

Me ha gustado la manera en la que está escrito, sencilla, directa, con descripciones minuciosas de detalles que, en otras circunstancias, probablemente le pasarían desapercibidas. Me ha gustado cómo refleja el cambio de vida, el choque de culturas, el vértigo de llegar a un lugar extraño, la incertidumbre de enfrentarse a una paternidad reciente en un lugar desconocido.

Me ha gustado, por supuesto, porque habla de Roma, de sus lugares y rincones, muchos de ellos los conocía, algunos los he apuntado para intentar conocerlos en mi próxima visita a la ciudad (supongo que volveré, supongo). Me ha encantado cómo expresa todos los sentimientos por los que te hace pasar esa ciudad: la fascinación del descubrimiento, la tranquilidad de empezar a dominarla, la frustración de no ser capaz de abarcar todo lo que es capaz de darte, esa especie de desbordamiento que sientes ante una ciudad realmente inabarcable, cuando sientes eso de “basta, no puedo más de tanto”. Muchas, muchas de las reflexiones que se hace sobre la ciudad me las he planteado yo alguna vez.

Me ha puesto la piel de gallina en algún momento, como cuando visita la tumba de Keats en el cementerio acatólico romano: una foto de esa tumba, con su epitafio (“Aquí yace uno cuyo nombre se escribió en agua”) y sus narcisos amarillos, es el fondo de pantalla de mi móvil; el punto de libro que he usado es precisamente de Keats (con una frase suya “A thing of beauty is a joy for ever”) y lo compré en Roma, en el Museo dedicado a él, justo el mismo día en que descubrí que estaba enterrado en esa ciudad y cambié mis planes para ir a visitar el cementerio. Eso sí, esa frialdad que siente al final de su visita al lugar yo no la sentí: al contrario, me pareció un lugar cálido, tranquilo, sorprendentemente plácido en una ciudad tan bulliciosa.

Me ha fascinado saber que el año que pasó en Roma Anthony Doerr acabó sólo unas semanas, tal vez un mes, antes de mi primera visita a esa ciudad, hace más de 11 años. Me ha fascinado poder leerlo ahora, porque ahora tengo una visión de la ciudad muy diferente de aquella primera visita mía. Es ésta una visión más cercana a la de Doerr porque, aunque no haya vivido nunca allí y, de hecho, la suma de todo el tiempo que he estado en la ciudad no creo que supere los dos meses, he estado en todas las estaciones: primavera, verano, otoño e invierno. Y siento que conozco la ciudad bastante bien. Y también que aún me queda casi todo por conocer de ella.

Tengo un montón de marcas en el libro para apuntarlas en mi cuaderno de frases.

Creo que lo que menos me ha gustado del libro (por ponerle una pega absurda) es el título español: prefiero el título original “Four Seasons in Rome”. Me parece más poético. Y que me hubiera encantado haberlo escrito yo.

Y ya que Roma viene al caso, aprovecho para desempolvar unas fotos de la ciudad, de una nevada histórica (en mi ciudad, en esa ciudad) de la que se han cumplido cinco años estos días. Leyendo el libro, recordé esa nevada, porque nieve sobre la ciudad es lo que ansía el autor del libro mientras vive allí: ver nevar en Roma, para ir hasta el Panteón y ver cómo los copos de nieve se cuelan por el óculo de su bóveda. Eso no lo he visto, nevar dentro del Panteón (llover sí), pero sería fascinante vivirlo.














domingo, 11 de diciembre de 2016

Roma

Es aterrizar en Roma y sonreír. Voy caminando hacia la cinta de los equipajes con una sonrisa en los labios, mirando las fotos gigantescas de los lugares emblemáticos de Roma que hay por todas partes, preguntándome a cuántos de ellos podré ir en los días que voy a estar en la ciudad. Estoy tan feliz con volver a Roma que he ignorado sistemáticamente todas las señales que indicaban que mi maleta igual no llegaría conmigo (¿una conexión de menos de una hora? ¡Adelante!). Pero cuando la cinta sigue danto vueltas y vueltas y ya no salen más maletas, me enfrento a la realidad: mi maleta no ha llegado, al día siguiente empieza la reunión y no tengo ropa limpia que ponerme. No pasa nada, estoy en Roma y eso me hace feliz. Y sé que hay dos vuelos más esa noche desde el aeropuerto en el que he hecho escala.

Hago la reclamación ya un poco preocupada. Cuántas historias he oído de gente que nunca recupera su equipaje. Me empiezo a poner nerviosa pero ahí sigo, con esa media sonrisa que no puedo evitar poner en esa ciudad. “El equipaje llegará esta noche o mañana por la mañana”, me dice el tipo que notifica mi reclamación. Me pongo aún más nerviosa cuando me pide no ya mi dirección en Roma, sino también mi dirección en mi ciudad. Y más aún cuando veo, en el papel que me han dado, un teléfono al que llamar si tengo dudas y un segundo teléfono al que llamar si en cinco días no llega la maleta. Cinco días. Acerco mi nariz al jersey que llevo y compruebo, aliviada que no huele mal. El pequeño neceser que llevo en la mochila (cepillo y pasta de dientes, desodorante) será mi gran aliado.

Salgo del aeropuerto y me dirijo a la parada del autobús. Ya me sé el camino. Me pongo un abrigo por primera vez en meses, y no me sobra. Hago el viaje leyendo un libro que he empezado esa misma mañana “The Girl on the Train” y mirando de vez en cuando a través de la ventana la lluviosa tarde. Pienso en mi paraguas y en mis botas de agua que he recordado meter en la maleta a última hora esa mañana. Ay, mi maleta. ¿Llegará?

En un momento dado, ya en la ciudad, miro por la ventana y pienso “Anda, ya estamos llegando”. Reconozco las calles, los edificios, el barrio. Roma forma ya parte de mi zona de confort. De camino al hotel, aprovechando que no llevo maleta, me paro en un supermercado a comprar agua y algo de fruta. Empieza a chispear. Paso por delante de un cine en el que hacen la película basada en el libro que estoy leyendo, “La ragazza dei treno”. En el hotel, le cuento a la recepcionista lo de mi maleta y no me tranquiliza nada cuando me dice “Bueno, llegará en un par de días”. Igual no sabe que, en mi isla, “un par” significan “más de dos”.

Me gusta ese hotel, a ratos. Creo que es la tercera vez que voy, o la cuarta. Es un hotel moderno y cómodo, pero oscuro. Y cuando digo oscuro me refiero a negro: ése es el color de la decoración de las habitaciones. Pero esta vez tengo suerte, tengo una habitación gris, mucho más luminosa que en las que he estado nunca. Y más grande. Tengo una mesa decente para trabajar, aunque este año, por primera vez en bastante tiempo, no tendré que trabajar hasta horas intempestivas durante la semana. Otra vez, pero en otras circunstancias, puedo volver a decir eso de “ya no soy silla”.

Me quito los zapatos, me tumbo en la cama y me pongo en contacto con algunos colegas que ya han llegado a Roma y están en la calle de al lado. Pienso en lo que podría hacer esa tarde en Roma, pero ya es noche cerrada y tengo ganas de cenar, aunque aún no son las siete. Empieza a llover. Bueno, a diluviar. Truenos, rayos y agua a raudales. Al final, la tormenta pasa y me acerco al hotel de la calle de al lado, donde se alojan esos colegas, trabajamos un rato y decidimos que las siete y media es una hora estupenda para cenar.

Acabamos en un restaurante que amamos y odiamos a partes iguales. La comida a veces es deliciosa y a veces no. La señora que lo lleva decide, como siempre, lo que vamos a comer cada uno. Cenamos razonablemente bien, pero estamos todos cansados del viaje y preocupados por la semana que nos espera. Nos retiramos prontísimo y sigo echando de menos mi maleta. Mi pijama. Mis cosas. Me voy a la cama con el cuerpo frío, deseando que la semana mejore.

El resto de la semana es tan loca que no cabe en un post. Ni en éste ni en ningún otro. Pero implica un corte de electricidad, un cambio del lugar de la reunión, una cena deliciosa en mi restaurante romano favorito en la mejor compañía posible, mucho trabajo, muchas risas, llamadas inesperadas a horas intempestivas, tres visitas a la Fontana di Trevi, encuentros inesperados con gente que no sabía que vivía en esta ciudad y esa sensación maravillosa de estar entre amigos, aunque estés trabajando.

Roma, te quiero con todos y cada uno de los poros de mi piel. Es así, para qué ocultarlo.

En la foto, la cinta de equipajes vacía, en la que mi maleta no apareció.

Ah, sí, mi maleta llegó la tarde-noche del día siguiente.

(Esta entrada la escribí hace ya un mes, pero nunca la llegué a publicar. Hoy la he encontrado por casualidad y aquí está, publicada, por fin).

martes, 29 de noviembre de 2016

Viajes

Hace unas semanas, escribí por aquí que haría una semana temática dedicada a mis últimos viajes. No lo hice, je. Y ahora tengo tantos viajes a mis espaldas que no me bastaría una semana para hablar de ellos.

He pensando muy seriamente por qué no hablo de viajes últimamente en el blog. Y es por algo muy sencillo: me da pereza ponerme a escoger las fotos que quiero compartir. Creo que mi relación con la fotografía a lo largo de los años ha cambiado, sobre todo desde que tengo instagram y comparto las cosas gráficas casi inmediatamente. Así que volver luego a revisar las fotos y escoger unas cuantas para poner aquí me da pereza. Nunca encuentro el momento, la verdad.

Así que he decidido darle un giro a este problema (absurdo del primer mundo) y hacer un resumen de mis viajes desde el verano para ponerme al día. Y para evitar obsesionarme con un “debería hablar de esto en el blog pero me da pereza ponerme a mirar fotos así que paso de actualizar el blog”. Así que hoy y ahora voy a resumir con una única foto y pocas palabras mis viajes en los últimos meses.

En Septiembre estuve en Galicia, de vacaciones. Me gustó más de lo que recordaba que me gustaba. Paseamos, comimos muy bien, bebimos mejor, reímos y me metí en el Atlántico. Estuve en sitios que ya había estado y recordaba bien, en otros que había estado pero no recordaba, en otros que no conocía pero quería conocer y en otros que ni siquiera sabía que existían.


Después estuve en Kiel (Alemania), en un congreso. Estando allí, me enamoré de una funda nórdica (que me acabé comprando por internet en versión edredón), estuve en una recepción con Alberto de Mónaco (aunque esta vez no lo vi), vi focas urbanas y me compré una Lamy nueva.


Y también estuve en el País Vasco, en Irún, Pasaia, Hondarribia y San Sebastián. Trabajamos mucho (y bien), comimos mucho (y bien), bebimos mucho (y bien) y nos reímos mucho (y bien). Pisé la alfombra roja del Festival de San Sebastián y estuve simultáneamente en la misma ciudad que uno de mis hombres favoritos del mundo, Ewan McGregor. Ah, el Aquarium de San Sebastián es maravilloso. ¡Y hay ginkgos en sus calles!


En Octubre hice no uno, sino dos viajes relámpagos a Barcelona, por trabajo. Así que le tocan dos fotos, aunque no hice nada especial. La única noche de los dos viajes que pasé allí, me dolían los ovarios y la garganta y mi hotel (bueno, residencia medio-religiosa) estaba lejísimos, así que como para pasear estaba yo.


También en Octubre estuve en Ponza, una isla italiana de la que había oído hablar mucho pero en la que nunca había estado. Llegar allí me llevó dos aviones, dos trenes y un barco. Disfruté de un lugar precioso, pasamos primero frío y luego no, aprendí mucho, mucho, engordé un quilo, nadamos en el mar a medianoche a la luz de la luna llena y pasamos un día en un barco navegando alrededor de Palmarola, una isla aún más pequeña con una iglesia situada en lo alto de un islote. Y me picó una medusa en la cara.



En Noviembre, decidí que con dos viajes me bastaban así que primero estuve en Roma. Ah, Roma, qué voy a decir de Roma. El día que llegué, hubo un tornado cerca de la ciudad que provocó dos muertos. Al día siguiente, las tormentas cortaron la luz en la zona en la que estábamos (así que tuvimos la tarde libre, yujuuu) y acabaron provocando un cambio en el lugar de la reunión. Ese cambio me permitió ver el Coliseo y los Foros. Estuve en la Fontana di Trevi, por supuesto no, por supuestísimo. Tres veces. Incluso bajo la lluvia. Cené mi plato favorito (ravioli mimosa) en mi restaurante favorito de la ciudad (Taverna Trilussa), con gente muy guay, después de un Aperol Spritz maravilloso. Y me compré una Lamy Lx.



Y por último, aunque no por ello menos importante, estuve en Bulgaria, concretamente en Burgas. Aunque aterricé en Sofia e hice un viaje de ida y vuelta en coche hasta Burgas (casi 400 quilómetros), no vi nada del país y poco de Burgas. Estuve es un hotel de súper lujo y nadé en su piscina interior casi cada día. Hacía mucho frío y la Navidad fue llegando paulatinamente a lo largo de la semana al hotel. Me encantó el breve paseo que dimos por la ciudad, el día que nos íbamos, incluyendo el larguísimo (y fascinante) muelle.


Y con esto se acaba el repaso a mis últimos viajes. Que aún me queda uno este año, ¿eh? Pero bah, es cortito, destino nacional y conocido.