Mostrando entradas con la etiqueta viajes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta viajes. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de abril de 2019

A los pies de la pirámide

Lejos de los habituales circuitos turísticos de Roma, hay una pirámide de estilo egipcio construida como sepulcro para un magistrado romano, a cuyos pies descansan los restos de un poeta inglés. Es el cementerio acatólico romano. Pero eso ya lo conté aquí.

El otro día me dirigí allí, porque tenía un par de horas antes de coger mi avión de regreso y hacía mucho que no iba. Es un lugar curioso, especial, tranquilo y fascinante.

Llegué antes de que abrieran y, a su puerta, encontré a un grupo de estudiantes esperando, así que me dirigí al cercano Monte Testaccio, una colina de la que había oído hablar pero donde nunca había estado. Pasé por delante de un restaurante en el que una vez cené, sin ni siquiera saber que lo estaba haciendo bajo toneladas de ánforas rotas. Porque eso es lo que es esa colina artificial, restos de millones de ánforas, cubiertas de vegetación, en un área aproximada de un quilómetro cuadrado unos 40 metros de altura. Siguiendo mi camino, un frutero, que colocaba el género que acababa de recibir en una diminuta tienda bajo la colina, me intentó vender unas alcachofas espectaculares. Admito que me planteé la posibilidad de llevarme unas cuantas; de hecho, hice un recuento mental de cuántas cabrían en mi maleta, tres o cuatro, pero me pareció una idea descabellada y la rechacé.

El acceso a la colina estaba cerrado, solo se puede visitar previa cita telefónica, pero la empecé a rodear, contemplando las vasijas rotas y la naturaleza que ha crecido sobre ellas. Iba a rodearla entera, pero me crucé con un borracho soltando improperios y cambié de idea; las 9 de la mañana no son horas para ir borracho. Así que desanduve mi camino y volví al cementerio.

Al entrar, me dirigí directamente a la tumba de Keats, pero el grupo de estudiantes estaba allí y decidí volver más tarde. Fui a la tumba de Shelley y empecé a deambular entre tumbas antiguas y modernas, tumbas con palabras escritas en idiomas extraños, en alfabetos extraños.

Es un lugar fascinante, ya lo he dicho. Lleno de plantas y árboles, que le dan un aspecto sombrío, incluso en aquella mañana insultantemente soleada de abril. Apenas hay flores en las tumbas. No, miento, hay flores, arbustos y árboles en y alrededor de ellas, pero apenas hay flores llevadas expresamente a ellas. Por eso me llamó la atención una, con flores de varios tipos y colores, incluyendo mi adorada flor del paraíso. Con curiosidad, miré el nombre de la tumba, un nombre griego, escrito con caracteres griegos y latinos. “Conozco a alguien con ese apellido”, pensé. Luego vi la fecha de fallecimiento: Abril 2000. ¿Quién seguía llevando flores a una tumba casi veinte años después? La escultura que coronaba la tumba, con notas musicales, me hizo pensar en que allí reposaba un músico. Y entonces miré la fecha de nacimiento: Octubre 1998. Estaba frente a la tumba de un niño de año y medio. Sentí un escalofrío, me encogí bajo mi chubasquero granate y seguí deambulando entre tumbas.

Finalmente, me acerqué a la tumba de Keats. En el rato que había pasado desde que había llegado, el cementerio había ido recibiendo visitantes, muchos más de los que el silencio que reinaba permitía adivinar. La tumba de Keats está en una zona amplia, despejada, llena de árboles, con otras tumbas más, junto a la pirámide de la que hablaba al principio. Es una zona preciosa, con bancos que estaban llenos de gente tomando ese sol mañanero de mitad de abril tan agradecido. Había gente consultando mapas y guías turísticas, otros contemplando la pirámide, otros leyendo un libro. Me senté ante la tumba de Keats, en un banco bañado por el sol y estuve allí un rato, entrando en calor, leyendo y releyendo el epitafio de su tumba, de la que está a su lado, de Joseph Severn y de la pequeña que está entre ambas, del hijo de Severn. También la losa conmemorativa tallada en honor a Keats y una placa en uno de los bancos, que no recordaba. Solo después, he sabido que era porque no estaba cuando fui la vez anterior. La placa está dedicada a un escritor estadounidense, Neil Lehrman y que incluye unas líneas maravillosas de “Ulises” de Alfred Lord Tennyson “I cannot rest from travel, I will drink life to the lees”. Algo así como “No puedo dejar de viajar, voy a beberme hasta la última gota de la vida”. Me pareció maravilloso.

Estuve un rato más, allí frente a la tumba de Keats, dejándome calentar por la luz del sol, contemplando a la gente, los árboles, disfrutando de la tranquilidad reinante. Después, me fui. Se me hizo muy corta la visita, pero tenía un avión que coger, bueno dos, y aún tenía que pasar por el hotel.

Una cosa curiosa de esa visita, de este corto viaje a Roma en general, es que he echado de menos mi cámara réflex. Es la primera vez que me pasa y eso que ya llevo bastante tiempo viajando sin ellas. Igual ha llegado el momento de volver a hacer fotos.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Una noche inesperada


 El martes pasé una noche inesperada en Ibiza.

Volvía de Madrid a Palma y el avión se tuvo que desviar por la niebla que cubría mi ciudad y su aeropuerto. Pero aterrizamos felizmente (como bien dijo el piloto) en Ibiza. Y claro, aparecieron un montón de expertos en aeronáutica que dudaron de la decisión del piloto, de su capacidad y que pretendían arreglar el mundo con sus opiniones declamadas en voz (demasiado) alta. “Otros vuelos están aterrizando”, era la conclusión sabia de muchos. Sí, pero por lo que fuera, el nuestro no.

En realidad “por lo que fuera” era algún tema técnico del avión. El nuestro era pequeño y no tenía capacidad de aterrizar con niebla. Eso nos dijeron. Y yo, al contrario que muchos de los otros pasajeros, no soy experta en aeronáutica, así que si me dicen que nos desvían a Ibiza porque no podemos aterrizar en Palma por niebla, me hecho unas risas con el jefe, me reacomodo en mi asiento y espero a que aterricemos viendo capítulos de “Pequeñas mentirosas”.

Luego la cosa se complicó, porque querían llevarnos con otro avión más grande, pero al final no pudo ser, así que cinco horas después de aterrizar en Ibiza, por fin pudimos ir a un hotel.

De Ibiza no vi nada. Bueno, sí, Dalt Vila, los edificios que forman el casco antiguo amurallado, iluminado de noche, pero nada más. Al llegar al hotel, caí agotada en la cama, no podía más. Al día siguiente, a las siete y rodeados de nuevo de niebla, volvíamos al aeropuerto para viajar, esta vez sí, y aún teniendo que esperar algunas horas más, a nuestro destino final.

Esa noche inesperada en Ibiza me recordó la noche inesperada en Estambul de hace un año.

Hace un año viajé a orillas del mar Negro, a Batumi, una ciudad curiosísima de Georgia. La ciudad en sí bien se merecería su propia entrada, que nunca hice, pero la vuelta de ese viaje se merecería casi un libro. La cuestión es que viajar entre Batumi y mi isla era complicado, así que el viaje tenía dos etapas: Batumi-Estambul-Roma, noche en Roma y Roma-Madrid-Palma. Con la emoción de que al día siguiente viajaba a otra reunión a Barcelona que a su vez enlazaba con otra reunión en Málaga.

Nadie dijo que los viajes de trabajo fueran fáciles.

Aquel viaje de vuelta se convirtió, vuelo cancelado mediante, en una noche extra en Batumi (en una habitación de hotel más grande que mi casa. Qué digo yo, casi diría que el doble que mi casa) y en una noche inesperada en Estambul. Porque al final, lo más sencillo fue enlazar dos semanas de viaje, sin pasar por casa, antes de caer rendida por agotamiento justo en navidades (como, por otra parte, viene siendo habitual en mí). Así que me pasé dos semanas con una maleta de mano como único equipaje (salvada por el servicio de lavandería del hotel de Barcelona). Eso también se merecería una entrada propia.

Pero yo hablaba de noches inesperadas.

Lo más loco de la noche inesperada en Estambul es que, al llegar a su aeropuerto, me separé de mis compañeros de viaje (que sí llegaron a su destino final ese mismo día, bueno, más o menos), pero en la cola de los pasaportes, alguien me saludó efusivamente. “¿A quién conozco yo en Estambul?”, pensé. Pues conocía a una chica georgiana que había sufrido el mismo vuelo cancelado que yo y que volaba también a Barcelona al día siguiente (pero en un vuelo distinto al mío). Así que nos juntamos, nos hicimos amigas, nos fuimos juntas al hotel y decidimos irnos a pasear por Estambul, con una frase común “Yo, esto no lo haría sola, pero ya que estamos las dos…”.

Así que mi noche en Estambul fue más productiva que mi noche el Ibiza: Al menos paseamos por la ciudad (que recordaba sorprendentemente bien, aunque solo había estado una vez antes, hace siete u ocho años), compramos un par de cosas (incluido un bolso precioso), cenamos y nos tomamos un té. Y nos volvimos más felices que unas perdices al hotel.

La vuelta al aeropuerto al día siguiente también fue toda una odisea, pero bueno, bien está lo que bien acaba.

Y cuando la vida te regala una noche inesperada en Estambul, en Ibiza, o donde sea, hay que disfrutarla. Aunque disfrutarla signifique meterte en el hotel a dormir a pierna suelta.

Quién sabe cuándo volveré a Estambul.

Quién sabe cuándo volveré a Ibiza.

Las fotos, una de la mañana de niebla en Ibiza, la otra de la noche en Estambul.





lunes, 24 de septiembre de 2018

Baby ginkgos

Durante varios meses, he tenido tres fiambreras de plástico en la nevera llenas de semillas de Ginkgo biloba, de tres orígenes diferentes: Madrid, Roma y Pisa. Las dos primeras, del año pasado; la última, de principios de este año. De vez en cuando, he sacado las semillas para volver a empapar el papel de cocina que las envolvía, para ayudar a su germinación. Pero hacía mucho que no las sacaba, ni les hacía caso. Estaban ahí, pero he tenido muchos fracasos intentando germinar ginkgos después de aquel primer intento que fue un éxito, hace casi diez años, así que dejarlas en la nevera, sin comprobar si iban bien o, simplemente, no iban, era una manera de no aceptar una nueva derrota. Hoy, no sé por qué, me he decidido hacerlo.

Tal vez ha sido por la resaca de una semana de viajes en la que todos mis vuelos han llevado retraso o se han cancelado, en la que mi maleta ha llegado tarde tanto a la ida como a la vuelta y de la que he acabado muy cansada y algo cabreada. Aunque también me ha enseñado a relativizarlo todo.

La cuestión es que al abrir las tres fiambreras, me he encontrado un poco de todo.

Las semillas de Madrid estaban podridas, así que han acabado en la basura. Ni siquiera he intentado salvar alguna de ellas; no, no lo he intentado.

Las de Pisa, las más recientes y más pequeñas, estaban bien. Las he vuelto a hidratar y las he devuelto a la nevera.

Algunas de las de Roma estaban podridas y otras, ¡oh, sorpresa!, germinadas. Son las de la foto.

Ha sido una alegría equivalente a la que sentí el viernes, cuando recuperé mi maleta después de tres días sin ella.

Así que he sembrado las semillas en varias macetas diminutas que tenía por casa.

No sé cuántas de esas semillas prosperarán, ni si alguna llegará a convertirse en un arbolito, pero que no sea porque no lo he intentado.

Crucemos los dedos para que mi bosque de ginkgos siga creciendo.

miércoles, 22 de agosto de 2018

Cádiz

Por motivos diversos, llevo viajando los tres últimos años a Cádiz en las mismas fechas, finales de julio. Del primero de esos viajes, hablé aquí. El segundo, ni lo mencioné. Algún día tendría que saldar esa deuda de no haber escrito casi sobre mis viajes del año pasado. En cualquier caso, ha sido curiosa la manera en que, a lo tonto, estoy convirtiendo ese viaje en una tradición. En realidad no llega a tradición, en realidad todo ha sido fruto de la casualidad. De varias casualidades. De un montón de constelaciones que se han alineado para que sea así. De un montón. Ni os lo podéis imaginar. Pero ha sido así y no me importaría repetir el año que viene y convertir estos viajes en eso, en tradicionales.

Este ha sido un viaje bonito pero también extraño y complejo. He ido por varios motivos, que se entrelazaban entre ellos y que me han hecho difícil contestar a la pregunta que me hacía la gente: “¿A qué vas?”. “A muchas cosas”, contestaba yo.

De los días en Cádiz me llevo varios momentos, reflexiones y recuerdos memorables. Un montón. He paseado por la ciudad, que me encanta. He trabajado, como era necesario. Y he pasado mucho tiempo con mucha gente, gente variada, amigos nuevos, amigos antiguos, colegas que hacía mucho que no veía, otros que vi hace poco, gente con la que he reído, gente con la que he charlado, hasta gente con la que me he enfadado un poquito y gente con la que he compartido tintos de verano, cerveza, atún, chocos, cazón y salmorejo.

Y también he tenido tiempo de pasear, sola, y pensar y darle vueltas a muchas cosas, sobre algunas decisiones e, incluso, de volver a ver el gingko que hay en el Parque Genovés. Qué bonito es.

Cádiz me encanta, con ganas de más me he quedado, claro.

Debería volver el año que viene. Claro que sí. No debería olvidar que, en estos momentos, yo podría estar viviendo allí.

Las fotos, con el móvil. La réflex, ni me la llevé. Y las pocas que hice con la compacta, ni las he descargado aún.











domingo, 22 de abril de 2018

Madrid

En el último mes y pico, he hecho dos viajes a Madrid, dos viajes por placer a Madrid, en claro contraste a los cuatro viajes por oposiciones que hice en esta época el año pasado.

Madrid es maravillosa.

Tiene muchas pegas también, claro. Muchas. Para mí las más importantes probablemente sean que hay mucha gente, está muy lejos del mar y el clima es tan, tan seco que yo lo noto en los labios y en la piel a las pocas horas de llegar. Y a mi vuelta, sigo teniendo los labios secos durante días, a pesar de todo el bálsamo que me ponga.

Pero también tiene un montón de cosas buenas. Y bonitas.

Tiene tuiteras guays, con las que no me he visto en este último viaje, pero sí en casi todos los anteriores.

Tiene mil opciones de ocio, de restauración y de todo.

Tiene historia, cultura, diversión y un montón de sitios verdes donde perderte.

Madrid es esa ciudad en la que una noche, haciendo una visita nocturna guiada, mientras un guía cuenta una historia de un fantasma que se aparece en un antiguo palacio que ahora es sede del Ministerio de Educación, los cinco que formáis el grupo (más el guía) veis unas luces extrañas y totalmente fuera de lugar en el palacio. Y os miráis unos a otros buscando una explicación racional a eso que acabáis de ver y pensando que, oye, igual el fantasma sigue ahí, por qué no.

Madrid es esa ciudad en la que puede estar lloviendo tres o cuatro días seguidos, como nos pasó hace mes y pico, y que aún así encuentras mil cosas para hacer, llámalo teatro (Billy Elliot es maravillosa), museos (por ejemplo, el Museo Arqueológico Nacional), exposiciones (la de Auswitch es tan dura como imprescindible) o simplemente de tiendas. O que puede alternar nubes y claros y pasarte el día quitándote y poniendo chaquetas, mirando por la ventana antes de salir del apartamento y echando a suertes cuanto te vas a abrigar ese día, como nos ha pasado esta semana.

Madrid es esa ciudad en la que se juegan finales de Copa del Rey y te pasas el día cruzándote con afición de uno u otro equipo, con sus camisetas, bufandas, cánticos, alegría y ganas de victoria, con un ambiente tan único, multitudinario y eufórico que te dan ganas de cantar y saltar con ellos, sean de tu equipo o no. Y aunque no tengas equipo.

Madrid es esa ciudad en la que un camarero te habla valenciano porque ha oído una charla mallorquina-valenciana en tu mesa.

Madrid es esa ciudad en la que un día, después de pasarlo pateándola, aprendiendo su historia, viendo tiendas, comiendo y bebiendo bien, estás volviendo al apartamento pero acabas en un local de cerveza artesana que te han recomendado varias veces. Y allí conoces a un grupo de chavales entre los que está uno cuyo hermano vive en tu isla. Qué digo en tu isla, en tu ciudad. Qué digo en tu ciudad, en tu barrio. Qué digo en tu barrio, en la calle de al lado. Y al final el grupo de tres se convierte en un grupo de seis y os pasáis horas charlando y buscando locales abiertos para tomar la última. Y cuando por fin decidís que sí, que esa era la última, acabas en una chocolatería que abre las 24 horas del día, llena de fotos de famosos en sus paredes y a la que entra un travesti con tipazo y peluca rosa fosforito.

Madrid es la bomba.

Viajar con gente bonita es genial.

Aunque en las dos noches que he pasado ahora allí haya dormido tanto (o tan poco) como esta primera noche en casa.

A veces, pasar sueño merece la pena.

En la foto, el templo egipcio de Debob, durante una visita guidada (y muy recomendable) que hicimos.. Me encanta.

domingo, 8 de abril de 2018

Una noche en Roma

Anoche vi una película italiana “La gran belleza” de Paolo Sorrentino porque se desarrollaba en Roma. La película no me gustó especialmente, aunque debo admitir que igual no le hice todo el caso que debiera, estaba entretenida en otras tonterías y yo solo quería ver Roma. Pero verla me ha hecho recordar esta entrada que escribí hace ya varios meses y que aún no había visto la luz. Así que aquí está.

Es diciembre y en mi viaje hacia las orillas orientales del Mar Negro, paso unas horas en Roma, una noche de escala. Una colega italiana me acoge en su casa, un piso alto, pequeño, muy acogedor, más allá del Vaticano y con ojos de buey cual ventanas, como si de un barco se tratara. Llego después de las siete de la tarde, tras dos aviones, un tren y un metro. Nos tomamos un vino blanco mientas nos ponemos al día y luego salimos. Tenemos planes para cenar, ambas con colegas que se encuentran en la ciudad en una reunión. Los conozco a todos, pero acabamos en dos grupos diferentes. Vamos al centro en motorino, con el sistema de motos público de la ciudad. He ido en moto por Roma. Flipo. Por el camino, vemos la basílica de San Pedro, el Castillo de Sant’Angelo, ruinas y columnas de los foros, el Capitolino al atravesar Piazza Venezia, la iglesia de Santa Maria la Maggiore. Me alucina recorrer Roma en moto y reconocer sus calles, saber en casi todo momento dónde estamos; me alucina conocer tan bien la ciudad.

En un momento del trayecto, paradas en un semáforo en rojo, ella se gira y me dice “I love this city”. “Me too”, grito desde atrás. Me encanta esta ciudad y en ese momento mágico, conociéndola desde una perspectiva diferente, me rindo definitivamente a sus pies.

Me encuentro con mis colegas, aún eufórica del viaje en moto y les propongo cenar en un sitio que conozco. Es un restaurante populoso en el que cené justo dos semanas antes, la noche de la estrella. Por el camino, reconozco una calle que una vez vi cubierta de nieve. Y el hotel en el que me alojé entonces. Nos alojamos, debería decir. Hoy chispea y hace frío, pero no nieva. Cenamos estupendamente, pero el frío hace mella en nosotros: las estufas de la terraza no son suficientes para calentar la noche. Caminamos hacia el Coliseo para entrar en calor. Lo fotografío por tercera vez en tres meses. No me canso de hacerlo. En la estación del metro, intento contactar con mi anfitriona para unirme al otro grupo, pero cuando lo logro, ya estoy de camino a su casa. Tengo frío y sueño, así que me retiro. Por el camino, intercambio mensajes que me hacen sonreír.

Llego a un barrio que horas antes me era totalmente desconocido y entro a una casa que no es mía. Me ducho, me pongo el pijama y se me ponen los pelos de punta al ver que el despertador sonará en menos de cinco horas. Poco después, oigo llegar a mi anfitriona pero soy incapaz de decir nada, el sueño puede conmigo.

Ay, Roma, soy tuya para siempre.

La foto es de esa noche, del Coliseo, claro, con una luna brillante, casi, casi llena.

viernes, 23 de marzo de 2018

Pisa es cuqui

Pisa es cuqui.

Eso es lo primero que pensé después de pasar un par de horas paseando por la ciudad cuando llegué la primera tarde, en el viaje de trabajo que me llevó allí hace ya dos meses. No había planeado nada para esa tarde: tenía una conexión corta en Roma entre dos de los tres vuelos que me llevaron allí y no confiaba demasiado en llegar a la hora prevista. Pero sí, llegué. Y como el aeropuerto es pequeño y está cerca de la ciudad, llegué incluso antes de lo que creía. Pisa es cuqui hasta en eso.

Así que después de pasar un momento por el hotel, me dirigí a la plaza de los Milagros, que aparentemente estaba cerca. Lo estaba. Llegué en un momento perfecto, con el sol ya cayendo, con esa luz tan especial que precede al atardecer. La plaza de los Milagros es maravillosa y, al atardecer, más. El baptisterio, el camposanto (del que ya hablé aquí), la catedral y, cómo no, la famosa torre inclinada de Pisa que no es más que el campanario de la catedral, sorprendentemente alejado de ésta, maravillosamente inclinado. Esa tarde, paseé por las calles peatonales del centro, me crucé con multitud de estudiantes que entraban y salían de las numerosas facultades que hay en la ciudad, caminé por las orillas del río Arno y llegué hasta la pequeña Iglesia de Santa Maria della Spina. Recorrí Pisa en un ratito, porque Pisa es cuqui.

Al día siguiente, antes de la reunión, volví a la plaza de los Milagros y ya visité todos los edificios tranquilamente, subida a la torre de Pisa incluida. Por supuesto. Me mareé al entrar, flipé cuando me balanceaba mientras subía su escalera de caracol (y como yo, miles antes, como se ve perfectamente en las marcas que nuestros pasos han ido dejando) y di tantas vueltas en la terraza circular superior que pensé que me acabarían echando. Pero no, porque Pisa es cuqui y de los sitios cuquis no te echan.

Esa noche, después de la cena de grupo, acabamos de nuevo a los pies de la torre de Pisa. Aún volvería varias veces al día siguiente, antes y después de recorrer de nuevo la ciudad, atravesar el río Arno por el Ponte di Mezzo, donde una bandera con los colores del arco iris y la inscripción “PISA PEACE” ondeaba alegremente y flipar un poco más con esta ciudad pequeña, plana, universitaria, viva y alegre.

Pisa es muy cuqui, de verdad. Y fue genial empezar el año laboral viajero yendo allí.

Las fotos son del móvil, de la cámara compacta y de la réflex; hacía mucho tiempo que no la llevaba de viaje.
















domingo, 18 de marzo de 2018

Chania

Gatos por todas partes. Casas habitadas a medio construir. Comida deliciosa. Camareros extremadamente calmados. Aguas cristalinas. Montañas nevadas. Una tranquilidad extraña e inexplicable, la sensación de estar en casa, la frustración de no poder pasar más tiempo allí, la gratitud extrema de haber vuelto.

Volver a Creta ha sido un regalo, volver a Chania (La Canea), una maravilla. Como puse el otro día en instagram, si esa es la ciudad más bonita de Creta, se dice y ya está. Y si me explota el corazón de felicidad por estar de nuevo en esa isla, se dice y ya está.

Porque eso es ni más ni menos lo que sentí al volver a Creta, una explosión de felicidad.

Casi diez años de mi primera visita, los cuatro meses que pasé en el verano y otoño de 2008. Casi ocho años de mi segunda visita, unos días de reunión en Heraklion que completé con una visita a la zona donde vivía y una excursión (épica) a la garganta de Samaria, al magnífico sur. Y más de seis años después de mi última visita, en la que volví a estar en Chania y en la que aproveché para recorrer algunas partes de la parte occidental de la isla con unos colegas. Es la primera vez que estoy en Creta y no le dedico tiempo a disfrutarla. Y estoy sumamente arrepentida de no haberlo hecho.

Pero centrémonos en lo positivo. En la felicidad de ver un diminuto coche amarillo en mitad de Chania y pensar “uno como ese conducía yo por estas calles”. En la sorpresa por la temperatura suave de un día a las siete de la mañana, para pasear hasta el puerto veneciano. En volver a beber cerveza Mythos. En poder soltar alegremente las cuatro palabras que aún recuerdo de griego y que me confundan con autóctona. En deambular por el caso antiguo de la ciudad, lleno de obras, despertándose poco a poco del invierno, preparándose para la temporada turística. En sonreír al ver que el edificio abandonado que estaba junto al hotel en el que nos alojamos la última vez, hace más de seis años, sigue igual. En recordar la locura de algunas construcciones griegas. En la familiaridad de reconocer la hamburguesería donde comimos hace casi diez años S, MM y yo, cuando me fueron a visitar. En las risas de una noche de cervezas, ouzo, vino y raki. En encargar más comida de la que podríamos comer, pero intentarlo, claro que sí, de tan deliciosa que estaba. En las aguas transparentes del antiguo puerto veneciano, a las que daba ganas tirarse, incluso en la noche oscura. En reconocer el Museo Marítimo que en su día me sorprendió tan positivamente. En ver las montañas nevadas allí en la lejanía y soñar con pisarlas. En comprar una novela sobre Grecia de una autora que descubrí allí hace casi diez años, las galletas con relleno de color rosa nuclear y el pan de aceite que comía cuando vivía allí. Y en lo bien que nos lo hemos pasado incluso en las intensas horas de trabajo.

Lo dicho, volver a Creta me ha hecho explotar el corazón de auténtica felicidad. Lo digo y ya está.

Lástima que haya durado tan poco.

Prometo volver.

Las fotos están hechas con el móvil, aunque también hay una con la compacta.
















sábado, 27 de enero de 2018

De huesos y semillas

No sé qué opináis de las reliquias, es decir, de esos trocitos de santos u otra gente que se meten en urnas y los fieles los contemplan con devoción. A mí me dan grima, mucha grima. Hace dos días acabé accidentalmente en una capilla con un montón de reliquias de un montón de santos. Bueno, accidentalmente... me voy a un camposanto y ¿qué espero encontrar allí? Pues no sé, la verdad, pero ¿trocitos de santos? No, definitivamente no. Vaya por delante que me parece estupendo meter en una urna transparente un trozo de la cruz o una espina de la corona de Jesús, pero ¿un hueso?, ¿una mandíbula?, ¿un cráneo? Menudo susto cuando el otro día me acerqué a ver "qué había en esas cajitas". Total, que ahí estaba yo accidentalmente mirando trocitos de santos, que uno era San Potito, que no sé ni qué trocito de los que había era San Potito, porque encima tenían trocitos de varios santos juntos en la misma urna, ¡¡trocitos de varios santos en una misma urna!! ¿Solo a mi me escandaliza? Mal rollo total, no disfruté del paseo por el camposanto ese nada de nada. El camposanto de Pisa, debería mencionar. Éste.


Porque he estado en Pisa. Y encima, qué frío. Que llevaba desde antes de las 9 pateando la ciudad y, de repente, qué frío tenía a eso de las once y pico de la mañana. Que ya, es enero y tal, pero yo qué sé. Que antes de las 9 estaba yo haciendo fotos a unas tumbas a través de unas barreras y no tenía ni frío ni mal rollo ni nada. Fotos como ésta.


Pero claro, no estaba viendo trocitos de gente. Dios, no me quito de la cabeza una mandíbula sin dientes. Para compensar el mal rollo de los huesitos, decidí ir a un sitio al que no pensaba ir ese día, en todo caso igual iba a ir ayer, si tenía tiempo: el jardín botánico. ¿Qué hay más lleno de vida que un jardín botánico? Pues eso. Pero claro, ESTAMOS EN ENERO. Árboles sin hojas, plantas sin hojas ni flores... vamos, que al entrar y ver ahí todo sin hojas, pensé "¿soy idiota o qué?". De ver huesos de santos a ver árboles desnudos, aparentemente muertos. Ahí, todos pelados, los pobres.


Pero no, a pesar de la impresión inicial y contra todo pronóstico FUE MARAVILLOSO.

No nos engañemos, yo iba allí a ver un ginkgo, que ya me había informado yo de que había un ginkgo, pero jo, QUÉ GUAY. Empecé dando vueltas ahí entre plantas dormidas y árboles sin hojas. Y pensé que no reconocería un ginkgo sin hojas. JA. A quién voy a engañar. Porque iba paseando tranquilamente y pensando en qué bien está este jardín botánico, cómo se nota que tiene fines didácticos más que económicos (forma parte de la Universidad de Pisa) y dónde estará el ginkgo y si seré capaz de reconocerlo cuando PUM, uy, esos dos de ahí parecen ginkgos. BINGO. Dos ginkgos abrazándose, o uno que se separó en dos muy cerca de la tierra, aún no lo tengo claro.


Estuve un rato haciendo el tonto bajo los ginkgos, fotos, jijiji a ver si puedo abrazarlos sin que nadie me vea, uy que no tengo que llegar tarde a la reunión, blablabla. Perdí un buen rato bajo ellos, luego fui al Museo Botánico que está dentro del parque donde, entre otras cosas, tienen un cuadro de un señor bizco, y seguí mi camino, mirando de vez en cuando hacia atrás, hacia los ginkgos que se abrazaban sin saber yo que lo mejor estaba por llegar. Encontré otro, EL ginkgo, uno sembrado en 1811, ¡¡¡¡1811!!!! Más de 200 años... Casi lloro de emoción, de verdad, qué maravilla de árbol, qué tronco más grueso, qué altura, QUÉ BELLEZÓN. Bajo ese ginkgo está la placa que explica el árbol, muy chulas estas placas, por cierto. Y he seguido ahí, más fotos, paseos por debajo, golpecitos al tronco para saludarlo, descartando un abrazo porque su tronco centenario era tan ancho que no había quién lo abrazara sin llamar ostentosamente la atención.



Total, que me estaba liando y aún tenía que ver más cosas. Fui a uno de los varios invernaderos que se pueden visitar, uno de plantas suculentas, cactus, vamos, que son preciosos. Un invernadero así de mono.


Y viendo catcus me he llevé otra sorpresa: tres ejemplares pequeñajos de Welwitschia mirabilis, una planta de esas extrañas, que no es que sea especialmente llamativa ni bonita, pero es fascinante y muy curiosa. Una planta que en su día vi en su hábitat natural, el desierto de Namibia, como conté aquí. Me emocioné tanto, tanto, tanto que empecé a dar grititos, menos mal que no había nadie en el invernadero, ventajas de hacer de guiri en pleno enero, oye.


Por cierto, qué genial lo de hacer turismo en ciudades en enero, de verdad. Total, que ya se me echaba el tiempo encima (no olvidemos que yo estaba allí por una reunión de trabajo, aunque no lo parezca), así que me fui a visitar en plan rápido la parte más nueva del jardín, una zona chulísima en la que hubiera pasado mucho más rato y en la que me encontré OTROS TRES GINKGOS. Y UN MONTÓN DE SEMILLAS. Las semillas de los ginkgos APESTAN (lo que les encantaba a los dinosaurios, por lo visto, que se las comían). Así que limité la recogida de semillas a solo 10, con sumo cuidado (la carne que las rodean, lo que huele mal, además es irritante). Y en mi locura emocional de recoger semillas, ni una foto les hice a los tres ginkgos. Cuando ya me iba, con las semillas apestosas escondidas en el bolso, me llevé otra sorpresa: entre las plantas que tenían a la venta justo a la entrada del jardín, tres pequeños ginkgos me miraban con carita de pena. “Llévanos contigo”, me decían. Pero fui fuerte y no me los llevé. Aún así, ahí me volví, más feliz que una perdiz con mis semillas de ginkgo, hacia el hotel, a comer algo rápido y a la reunión.


Ayer volví al jardín, bueno solo a la tienda, a comprar una camiseta de la Universidad de Pisa (bueno dos, que estaban de rebajas) y desde allí volví a mirar los tres pequeños ginkgos, en sus pequeñas macetitas, os juro que me ponían ojitos, pero me volví a resistir. Pero me costó mucho, mucho. Hoy, cuando se lo contaba a mi madre, me ha dicho muy seria “Haberte traído uno, mujer”. Ay. Me consuela pensar que ahora mismo tengo en mi poder semillas de ginkgos madrileños, romanos y pisanos. Y todo un reto conseguir que alguna germine.

Por cierto, lo olvidaba, alguna planta florecida había en el jardín. Pocas, pero alguna.



Ah, Pisa es cuqui, pero eso ya si acaso lo cuento otro día.