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domingo, 18 de diciembre de 2016

Cosas que debería haber hecho esta tarde, pero que no he hecho porque estaba durmiendo la siesta

Poner dos lavadoras y una secadora.

Montar el árbol.

Colocar los adornos de Navidad.

Preparar algo de comer para la fiesta de final de trimestre de mis clases de lindy hop.

Recoger ropa desperdigada por varios rincones de la casa.

Estudiar.

Preparar la maleta para el último viaje del año.




Y encima, me duele la garganta.

domingo, 20 de noviembre de 2016

En el aeropuerto de Frankfurt

Tengo la sensación de que el amanecer me ha perseguido durante varias horas. Es lo que tiene viajar hacia el oeste a primera hora de la mañana. Aunque lo correcto sería decir noroeste. Tengo que apresurarme para bajar del avión: entre que me he despistado leyendo y que el chaval que está sentado en mi fila sigue dormido, bajo del avión casi la última. Acabamos de aterrizar en el aeropuerto de Frankfurt, un aeropuerto de los que yo califico como “no me gusta”. Son casi las nueve de la mañana según mi reloj, casi las ocho en realidad aquí. Y ya llevo casi cinco horas despierta.

Miro en las pantallas por si aparece mi vuelo, pero es una tontería, quedan más de cinco horas para que salga. Luego recuerdo que llevo ya la tarjeta de embarque y compruebo que sí, efectivamente, ya aparece en él mi puerta de embarque. Por una vez, no tengo que cambiar de letra, ni recorrer esos largos pasillos subterráneos que tan poco me gustan de este aeropuerto. Llego al control de pasaportes y pierdo de vista al búlgaro interesante con un tic en un ojo con el que he compartido vuelo. Me dirijo a la zona en la que es un control automático, donde mantengo una absurda conversación sobre la necesidad (o no) de llevar pasaporte si me estoy moviendo por Europa. Al final, acepto que si quiero pasar por la máquina, tengo que sacar el pasaporte que llevo en la mochila. La máquina lo escanea, me deja pasar pero una pantalla me detiene para hacerme una foto. Sonrío absurdamente, tanto por la gracia que me hace que me hagan una foto en el aeropuerto como porque, en las fotos, me veo mejor sonriendo.

Cambio la hora del reloj y empiezo a pensar en qué hacer en las cinco horas que me quedan. Podría salir del aeropuerto e ir hasta la ciudad, pero ya lo hice una vez. Estuvo bien, pero entre el sueño y las cuatro horas de ayer en coche (en parte conducido por el chófer que se dormía, en parte por la colega italiana que se percató del tema y exigió conducir ella) no me apetece demasiado moverme de aquí. Y la pereza que me da volver a pasar el control de seguridad. Paseo por alguna tienda, buscando las salchichas que más tarde compraré para llevar a casa y descubro una tienda en la que venden Lamys.

Camino durante un buen rato, primero por la zona de las tiendas, luego en sentido contrario a mi puerta de embarque y decido que tal vez debería cambiar mi calificación de este aeropuerto. Hoy un “me gusta” me parce más adecuado. Observo a mi alrededor, la gente, las tiendas, los lugares, tratando de decidir qué quiero hacer. Creo reconocer una cafetería en la que una vez compré algo. Debería encontrar un lugar para cambiar la moneda búlgara que aún llevo en el bolsillo. He gastado poquísimo en este viaje. Es lo que tiene pasarte el día encerrada en un hotel trabajando, durmiendo, comiendo y hasta nadando. Cambio de sentido y voy hacia la zona de mi puerta de embarque y la paso de largo. Recuerdo que una vez me crucé con Ángela Molina en un aeropuerto alemán, juraría que en éste. Al cabo de un rato reconozco la zona en la que me crucé con ella: sí, era este aeropuerto.

Descubro una zona prometedora: asientos de esos en los que puedes estirar las piernas y enchufes. Pero quiero un asiento junto a la ventana y junto a los enchufes… anda, hay uno. Me siento, enchufo el móvil, enciendo el portátil y busco wifi gratis. Ahora hay wifi gratis por todo, incluso en la tienda-gasolinera en la que nos paramos anoche, a medio camino entre Burgas y Sofía, cuando pedimos al conductor que parara porque no queríamos seguir arriesgándonos a que se durmiera al volante. El sol ya está alto, a ratos aparece entre las nubes, todo un lujo después de una semana casi sin verlo.

Aún no tengo muy claro en qué voy a matar las horas que me quedan. Podría dormir. Podría leer. Podría actualizar mi currículo para las opos. Podría estudiar para las opos. Podría revisar un artículo que tengo a medio revisar. Podría ponerme al día leyendo blogs que hace semanas que no leo. Podría, simplemente, observar a la gente. Pero de momento no quiero hacer nada de eso, sólo dejar pasar el tiempo, las horas, en este paréntesis que es hoy mi vida, que es siempre el día del viaje, de la vuelta, acabando de digerir lo vivido en la última semana, los viajes de las dos últimas semanas; preparándome para volver a la normalidad a partir de mañana. Estoy en el descanso de un partido, esa es la sensación que tengo. En un impasse. Ayer no importa, mañana tampoco. Así que escribo, porque eso es lo que me apetece hacer en este momento intermedio.

En un rato me levantaré, caminaré otro rato, pasearé por las tiendas, pensaré en historias que podrían estar pasando en este aeropuerto que hoy me ha resultado sorprendentemente inspirador. Tomaré algo en alguna cafetería, leeré un rato, cambiaré las levas búlgaras que aún llevo encima y buscaré otro rincón donde sentarme un rato antes de comer algo y subir al avión que me llevará a casa.

Pero ahora sólo estoy aquí, sentada, mirando por la ventana, cargando el móvil y escribiendo.

En la foto, el amanecer persiguiéndome poco antes de aterrizar en el aeropuerto de Frankfurt.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Entre Kiel y Hamburgo



He tenido que venir hasta Alemania para enamorarme de un nórdico.

O mejor dicho, de una funda nórdica.

Fue la primera noche. Volvía a pie hacia el hotel, desde la recepción a la que nos habían invitado (y en la que también estaba el Príncipe Alberto de Mónaco y yo ni me enteré –pero aprovecho para rememorar LA anécdota). Iba sola, porque aunque viajé con otros colegas del trabajo, estamos todos dispersos por distintos hoteles de la ciudad (gracias, Viajes Aguilucho). Pasé por delante de una tienda de camas y la vi. LA FUNA NÓRDICA. Me flipó, me encantó tanto, que le hice una primera foto, ahí, en la oscuridad. Los siguientes días he pasado cada día por delante de la tienda, voluntariamente o no. He mirado la funda, la he fotografiado, he apuntado la web de la tienda y hasta la marca de ropa de cama a la que pertenece y, después de meditarlo un poco, he decidido que lo cara que es compensa por lo bonita que es. Porque siempre que he pasado por delante, estaba cerrada (es lo que tiene estar de congreso), así que ni he podido entrar a verla de cerca o incluso comprarla. Porque igual la hubiera comprado. Pero aunque la medida que tiene no es la de mi cama, ni siquiera he tenido la oportunidad de entrar a averiguar si existe en la medida que yo quiero.

¿Qué tiene esta funda nórdica que me ha provocado este enamoramiento repentino? La verdad es que no lo sé. Creo que quedaría perfecta en mi cuarto. Eso es todo. Le pega. Me pega. Y me recuerda a las telas africanas, a las telas namibias. De hecho, esta ciudad me recuerda mucho a la Namibia urbana que conozco (ciudad de calles anchas, casa bajas y bonitas), aunque en realidad es justo lo contrario, debería ser Namibia la que me recordara a Alemania.

La cuestión es que la funda es maravillosa. Pero se ha quedado ahí, es un escaparate de Kiel mientras yo escribo (y publico) esto en un autobús (con wifi gratis) de camino al aeropuerto de Hamburgo. Y, oye, me da pena.

A veces encuentras lo que buscabas donde menos te lo esperas, cuando menos te lo esperas. Incluso cuando ni siquiera sabías que lo estabas buscando.

Pero también a veces, por mucho que desees algo, no puedes hacer otra cosa que dejarlo marchar. No queda otro remedio.

Lo que no puede ser, no puede ser. Y además, es imposible

miércoles, 17 de agosto de 2016

Recostruyendo tobilleras

El otro día, en clase de lindy hop, el profesor dijo: “Hay ahí en el suelo una pulsera esparcida por todo”.

No era una pulsera, era mi tobillera greco-namibia.

Ya conté (en versión resumida) la historia de mi tobillera greco-namibia aquí. Es una tobillera a la que le tengo mucho cariño porque aúna cuentas originariamente rosas que compré en una isla de aguas cristalinas al sur de Creta, con cuentas blancas que son trozos de huevo de avestruz que compré en Namibia. La tobillera original cretense se me rompió (y perdí gran parte de las cuentas) a los pies de un faro namibio, por lo que esa combinación greco-namibia siempre me ha parecido de lo más adecuada.

Y claro, ver esparcidas cuentas griegas y namibias por el patio del instituto donde hacemos las clases de swing me partió el alma. Con ayuda de algunos compis, las recogí todas, o casi todas, con la mente ya puesta en reconstruir la tobillera. Tras darle algunas vueltas, decidí mejorarla tobillera y ponerle unos cierres (porque, al contrario que la tobillera original, ésta me la quito en invierno, me molesta dentro de los calcetines).  No sólo eso, decidí seguir aumentando el aura emocional de la condenada tobillera y utilicé para unir las cuentas hilo que me traje del Festival de Primavera. Parte de estos hilos, de hecho, me los encontré como regalito una mañana, perfectamente ordenados en mi zona de trabajo.

Así que ahora tengo una tobillera greco-namibia-oliveria.

El día que la pierda, voy a llorar lo que no está escrito.

miércoles, 20 de julio de 2016

Cruzando el canal

Llego al puerto casi hora y media antes de la hora de partida, como indica la tarjeta de embarque. Me duele la cabeza, no he dormido demasiado bien y hace mucho calor. El termómetro del coche ha marcado más de 36º en el centro de la isla, de camino aquí. Conozco el puerto, hace menos de cuatro meses que hice la misma ruta, aunque con otro barco. Aparco en la zona habilitada para los turismos que tienen que embarcar y voy a la terminal marítima, al baño. Un grupo de estudiantes con mochilas se despiden alborotados de sus familiares. Me descubro a mí misma deseando que no hagan demasiado ruido en el barco, pero enseguida me doy cuenta de que viajan en el de otra compañía. Es verano y aunque el número de navieras que operan entre islas es limitado, tienen una variedad de horarios más amplia que fuera de temporada y a precios más que competitivos.

Vuelvo al parking. Un trabajador de la naviera con chaleco fosforito me pide las tarjetas de embarque y el documento de identidad. “Empezamos a y media.”, me dice, “Mejor ponte a la sombra”. Le hago caso y me siento en el asfalto, a la sombra. Tardo un momento en darme cuenta de que debería preocuparme más por la temperatura de las muestras que llevo en una nevera en el maletero del coche que por mí misma, pero me convenzo de que con las placas frías que le he puesto aguantarán bien. Además, quedan sólo quince minutos para embarcar. Así que me acomodo y saco mis agujas: a ver si acabo de una vez el delantero de un jersey a rallas de algodón que ya tengo ganas de estrenar. A mí lado, varios señores menorquines comentan entre ellos de dónde son y si conocen a tal y cuál persona de sus respectivos pueblos. Y sí, claro, les conocen. Menorca es una isla pequeña.

Cuando se acerca de nuevo el tipo de la naviera, le sueltan una broma “¿Qué? ¿Embarcamos ya? A este paso la chica va a acabar el jersey”. Nos reímos todos y les digo que sí, que por favor tarde un poquito más en dejarnos embarcar, que estoy a cuatro vueltas de acabarlo. El de la naviera dice que hasta que no sea la hora no podemos subir, “luego los de la Guardia Civil nos riñen”. Así que esperamos religiosamente, yo tejiendo y los señores con su conversación. Al final, nos invita a ir a los coches cuando pasan unos minutos de y media. “Pobre chica, ¡no ha acabado el jersey!”. Maldigo. Estoy a una docena de puntos de cerrar la espalda y tengo que dejar una vuelta a medias, sin acabar, hasta que llegue a bordo.

Es la primera vez que subo en ese barco y me sorprende lo pequeño que es el garaje. Más trabajadores con chalecos fosforitos indican a los conductores cómo maniobrar para dejar los coches aparcados adecuadamente. El que va delante de mí tarda una barbaridad, o eso me parece. Cuando me toca, pienso que igual el tipo que me indica está pensando “Vaya, una mujer”, pero si lo piensa, no da señales de nada, me da un par de indicaciones (odio que me den instrucciones para aparcar, que lo sepáis, pero disimulo) y cuando apago el motor se acerca al coche. “Freno de mano y…”, “Dejo una marcha, ¿no?”, decimos a la vez.

Sigo las indicaciones hasta el salón de las butacas, recorro el barco que, efectivamente, es pequeño. ¿Me siento a babor o a estribor? No sé por qué, siempre me siento a estribor y luego me arrepiento. Recordádmelo para la próxima vez. Obviamente, me siento a estribor, en unas butacas que tienen delante una mesa. Saco el ordenador y lo enciendo. Tengo el patrón de las mangas del jersey en él y quiero mirarlo ahora que estoy a punto de acabar el delantero. Uno de los señores con los que he bromeado en tierra se me acerca y charlamos un rato. “Eres de Mallorca, ¿verdad?”. Y él de Menorca. Los acentos nos delatan. “Ya puedes acabar el jersey, ¿eh?”. Reímos.

El barco está prácticamente vacío. No se llenará demasiado, pero aún subirán los pasajeros que viajan sin coche. Hay sitio de sobra para viajar amplia y cómodamente. Acabo el delantero del jersey, estudio cómo hacer las mangas y me dio cuenta de que he dejado hilo de otro color en el maletero del coche. Vaya. Las mangas tendrán que esperar.

El rugido de los motores indica que vamos a partir. Mientras maniobramos, un pesquero entra a puerto. Me sorprende y miro el reloj, es un poco pronto para que vuelva. Salimos del puerto y el barco enseguida coge velocidad. Menos mal que hay buena mar. Desde mi asiento de estribor, me levanto para atisbar por las ventanas de babor otros dos pesqueros. Flota amiga. Le mando un mensaje a uno de los patrones, pero nos quedamos sin cobertura antes de que el mensaje salga. Recuerdo la conversación que tuve ayer con él sobre la súbita (y misteriosa) desaparición de la gamba roja en la pesquera más importante de Mallorca para esta especie en esta época del año. Y sigo dándole vueltas al tema. ¿Qué ha pasado con la gamba? Las muestras que llevo en el maletero las capturó ayer ese patrón con su barca. Sonrío por lo viajeras que han salido esas muestras.

Decido que es hora de hacer algo productivo y me pongo a revisar el trabajo de fin de grado de un estudiante. Pero estoy en el mar y cuando estoy en el mar estoy feliz y me cuesta concentrarme. Aún estamos muy cerca de Mallorca. Vamos adelantando a otro barco que está haciendo nuestra misma ruta. Los niños que llevo al lado me recuerdan a otros niños que no conozco pero de los que me han hablado mucho. La señora de delante duerme recostada sobre la ventana. En la tele emiten algo con pinta de antiguo y subtitulado (no llevo las gafas puestas, no puedo decir más). Miro el mar. Hay algunos borreguitos, nada grave, pero a la velocidad que vamos se nota el balanceo. Me río pensando en las biodraminas que mi madre me ha ofrecido no una, ni dos, sino hasta tres veces. “Que yo soy una loba de mar”, le he contestado tantas veces como me ha ofrecido.

Una loba de mar que se marea a veces, pero eso no se lo digáis a nadie.

La foto es de esta tarde, cruzando el canal.

lunes, 6 de junio de 2016

La cinta roja

- ¿Necesitas algo? -me dijo.

- No -le contesté yo-, creo que no.

- Piénsalo. Voy al centro comercial de aquí al lado, así que aprovecha si quieres algo. Yo te lo traigo

- Venga, ya que vas, tráeme una cinta para las gafas.

- ¿Una cinta? ¿Cómo la quieres?.

- No lo sé, tipo deportiva.

- ¿De qué color?

- Me da igual, confío en ti.

Y me trajo una cinta roja, claro. Roja, mi color favorito. Hice bien en confiar. Qué bien me debía conocer.

Entonces, yo llevaba unas gafas rojas, pero ahora ya no las llevo. Ahora, tengo un coche rojo, entonces aún no lo tenía.

Normalmente, no uso cinta para las gafas, sólo cuando voy al mar. La uso para las gafas de sol, puede ser muy cruel el sol primaveral en alta mar, así que siempre llevo las gafas encima, colgadas del cuello con una cinta o puestas.

La cinta roja me ha acompañado en el Festival de Primavera unos cuantos años. Pero el año pasado no fui capaz de encontrarla, así que me compré otra, negra. Al volver del mar, encontré la roja y la guardé a buen recaudo, aún estaba en buen estado. Antes del primer Festival de Primavera, la recuperé, pero me pareció que ya estaba demasiado dañada para aguantar dos Festivales de Primavera, así que me llevé la negra. No me gusta la cinta negra, la encuentro un poco corta y, el segundo día en el mar, ya se me rompió, o medio rompió. Así que he decidido usar la cinta roja para el Festival de Primavera que empieza mañana. Y, a la vuelta, me desharé de las dos. De la negra, porque está estropeada. Y de la roja simplemente porque creo que ha llegado el momento deshacerme de ella.

En la foto, la cinta roja.

domingo, 5 de junio de 2016

Estos días

Ayer me probé unas bermudas de runner.

Y no lo digo yo, lo decía un letrerito en el estante. Al final no me las compré, porque no eran fosforitas. (Esto viene del chiste ¿Qué es un runner? Un corredor fosforito. JAJAJA). Acabé comprándome dos bermudas que no eran de runner por la mitad (ambas juntas) de lo que costaban las que eran de runner.

Pero eso no es, ni mucho menos, lo más emocionante que me ha pasado últimamente.

Bueno, igual sí.

No, no.

Me he presentado por primera vez en mi vida a unas oposiciones, lo que me ha llevado a un viaje relámpago a Madrid (qué injusticia vivir en una isla en situaciones así, cuánto, cuánto dinero hay que invertir para ir a un examen). He superado la primera fase, por lo que tengo que volver a Madrid en un viaje mucho más relámpago y más complicado (y caro), porque estaré en mitad del Festival de Primavera. Pero esa ya es otra historia que no pinta nada aquí.

Ir a Madrid significó el ataque de alergia más severo que he sufrido en los últimos años. Pero también significó poder ir a su Feria del Libro (eh, ¡qué grande!), a esta exposición, ver la Cibeles desde arriba, ver a algunos colegas de trabajo que hacía tiempo que no veía y, sobre todo, re-encontrarme o conocer a algunas tuiteras-blogueras estupendísimas y maravillosas. Gracias, chicas, fue maravilloso compartir un rato con vosotras, espero volver a veros pronto.

Y con eso me quedo, con la gente. Porque al final, lo más importante, lo más válido y lo más maravilloso de nuestra vida es la gente que nos rodea, la gente que escogemos que nos rodee. Y es igual si esa gente es alguien con quien has crecido o alguien que has conocido a través de redes sociales o blogs o alguien que se ha cruzado en tu vida laboral.

Yo lo he visto estos días, lo he notado y me he sentido tan arropada, tan querida y han estado tan pendiente de mí gente tan diferente, que he conocido en ámbitos tan variados, que es imposible no gritar a los cuatro vientos ¡GRACIAS! Recibir mensajes de tanta, tanta gente, desde la vecina de dos pisos más arriba hasta de alguien que está a miles de quilómetros preguntando qué tal ha ido es… uf, es indescriptible. Porque al final lo de menos es ganar o perder, ser primero o último. Lo importante es eso, es la gente, la gente que te quiere, que se preocupa por ti. Levantarse feliz o triste, alegre o cabreada, pero recibir mensajes, palabras, llamadas dándote ánimo, preguntándote y, sobre todo, estando ahí, a tu lado. Aunque sea en forma de tweet, aunque sea en forma de mensaje en el móvil, aunque sea en forma de abrazo.

Todo vale, todo sirve, para sentirte querida y apreciada.

Y yo lo he sentido, y mucho, estos días.

De verdad.

Gracias a todos.

La foto, la Cibeles, desde una perspectiva que nunca pensé que vería.

domingo, 29 de mayo de 2016

Junto al mar. En el mar. Lejos del mar

Hoy necesitaba cargar pilas para la semana que me espera, para el mes que me espera.

Y he ido junto al mar, cómo no.

Es curioso que haya necesitado ir a él, cuando hace sólo tres días que volví de él, de un MiniFestival de Primavera, tan inesperado como sorprendente. Y fascinante. Un MiniFestival corto e intenso, que me ha dejado un mal de tierra que me ha durado dos días. También me ha dejado un montón de imágenes clavadas en la retina (y muchos gigas de disco duro externo), experiencias, cosas nuevas y un sueño cumplido: ir a conocer un poquito (sólo un poquito) un lugar maravilloso (y casi misterioso para mí), un monte submarino al que hace años le tengo ganas. Ha sido sólo una primera aproximación, pero espero volver. Sí, quiero volver.

Y ahora, que me voy a alejar del mar por unos días, me acuerdo de una de esas conversaciones que a veces se oyen en los puentes de los barcos y que quedan registradas (sí, como en las cajas negras de los aviones). Conversaciones que me hacen pensar que, si alguien las revisa alguna vez, se echará unas buenas risas. O no.

- ¿Te buscaban? – dijo el capitán.
- ¿Quién? – pregunté yo.
- Un chico alto y guapo. – bromea el primer oficial.
- ¿En serio? ¿Hay chicos así en este barco?
- ¡¿Cómo que si hay chicos así?! ¡Hay 18!

La primera foto, de hoy, viendo el mar desde tierra. La segunda, de hace unos días, viendo tierra desde el mar, en uno de esos momentos que te sientes afortunada no, lo siguiente.

martes, 17 de mayo de 2016

¡Feliz cumpleaños, Anijol!

Hoy alguien cumple 40 años.

Y, oye, es una cifra muy redonda como para dejar pasarla por alto, así como si nada.

Así que, allá vamos, Ani, ¡¡a celebrarlo!!




Disfruta de tu día a tope, que te regalen muchas cosas chulis y ya nos invitarás algún día a uno de esos pasteles tan maravillosos que haces.

Y recuerda…
 

martes, 3 de mayo de 2016

Rozando el caos

Hay un momento crítico, en todo Festival de Primavera que se precie, en el que todo puede tener al caos.

Al principio, todo es muy fácil y bonito: llegas, te instalas en tu camarote y tienes todo perfectamente ordenadito y colocado. La ropa limpia para trabajar, la ropa para después del trabajo, las cosas del baño, los papeles, los elementos de ocio que te acompañan… Todo tiene su sitio y su lugar y, cada vez que coges algo, lo devuelves a su sitio.

Al cabo de un tiempo variable, las cosas se empiezan a desmadrar. Igual es porque pasas poco tiempo en el camarote porque estás a otros menesteres (o sea, trabajando) pero te das cuenta de que las cosas empiezan a NO estar en su sitio. Un papel que dejas donde no toca, el mp3 que no recuerdas dónde lo pusiste, las botellas de agua vacía que se acumulan porque nunca te acuerdas de sacarlas de allí, esa camiseta que ni está limpia ni está sucia y que no sabes qué hacer con ella.

Y entonces llega el momento clave.

El point of no return que cantaría el Fantasma de la Ópera.

El punto más crucial.

En ese momento en el que te paras un segundo a pensar, respiras hondo e intentas volver a situar cada cosa en su sitio. Pero entonces te das cuenta de que ya no te acuerdas si habías decidido que los papeles debían estar en el segundo o tercer cajón, si la crema de manos va en la estantería de la derecha o de la izquierda o si es mejor tener el libro en la cabecera de la cama o sobre el escritorio. Así que tienes que hacer un esfuerzo extra, buscar un hueco entre muestreos, correcciones y trabajos pendientes y tratar de poner orden al pequeño caos que se apodera de tu entorno. Porque es el momento clave, a partir de ahora, o consigues controlar el caos, o el caos te controla aquí.

Y creo que pasa un poco lo mismo con la mente. No es que reine el caos, pero en el ir y venir, en el trabajar y trabajar, en el tener parte de la mente en tierra y parte aquí, vuelve todo un poco caótico. Y toca también para y organizar la mente. Para que el caos no lo domine todo y pueda contigo.

Acabamos de llegar a puerto. Será raro tocar tierra después de diez días en el mar. Pero es un buen momento para tomar las riendas en este punto tan crucial y evitar que el caos te acompañe el resto de días de Festival.

En la foto, mis botellas vacías esperando a ser llevadas al contenedor de plásticos. Hoy lo hago. Veréis como sí.

sábado, 5 de marzo de 2016

Prostaglandinas

Las prostaglandinas son esas grándisimas hi.. de p… que hacen que muchas mujeres pasemos unos días horribles cada mes. Son unas moléculas con muy mala leche que hacen que nuestros úteros se contraigan a lo loco todos los meses, para eliminar el endometrio, un revestimiento que se forma cada mes en nuestro útero porsiaca (por si acaso un óvulo fecundado se posa en él. Vamos, por si acaso te quedas embarazada). Luego también hay otras moléculas, claro, como los leucotrienos, pero a estos los conozco menos. Por eso yo centro todo mi odio en las prostaglandinas.

Las prostaglandinas provocan contracciones sin dolor, poco dolorosas, bastante dolorosas o muy dolorosas (tachar a conveniencia). Parece que cuantas más prostaglandinas genera tu cuerpo, más dolorosas son tus reglas. Ah, había olvidado comentarlo: la regla es precisamente la eliminación de ese endometrio descartado cada mes por nuestros cuerpos femeninos. En fin, yo creo que soy una máquina fabricando prostaglandinas. Encima, las prostaglandinas afectan a otra musculatura lisa del cuerpo, como la del tracto intestinal (es decir, por donde circulan las caquitas). Eso hace que, como efecto adyacente, haya mujeres que sufran diarreas o estreñimiento. Como veis, producir muchas prostaglandinas implica una fiesta continua.

Como decía, debo fabricar prostaglandinas a lo loco, porque mis reglas son dolorosas. Mucho. Lo han sido siempre, siempre, desde el primer día de regla (eso que llaman menarquía), por lo que siempre he descartado (bueno, mi yo científica y los médicos) que mis amenorreas (o sea, reglas dolorosas) tengan un origen distinto al “natural”. Vamos, que no son señal de nada grave. Que no sean nada grave no significa que no sean molestas. Yo me pasé casi 8 años de mi vida pasando prácticamente tres días al mes en la cama, de la que salía cada rato por culpa de los vómitos y la diarrea, con unos dolores abdominales, lumbares y en las piernas que no me los calmaba nada, pero nada (vamos, ninguna droga legal).

¿Qué pasó después?, os preguntaréis. Decidí eliminar la producción de prostaglandinas de mi vida. Bueno, no lo decidí yo, fue por prescripción médica. Y así me pasé casi veinte maravillosos años de mi vida sin prostaglandinas. Claro, esto tiene sus consecuencias: me pasé veinte años sin ovular, arriesgando mi vida con la multitud de posibles efectos secundarios que las píldoras anticonceptivas tienen. Pero, ¿qué queréis que os diga? No quito esos casi veinte años de felicidad menstrual por nada. ¿Qué ha pasado ahora con mi vida para haber recuperado las prostaglandinas? Pues que una se hace mayor, le detectan una posible hipertensión que, aunque finalmente descartada, te da que pensar.

¿Y si me pega algo por mi deseo de vivir sin el dolor de las prostaglandinas? ¿Y si mis ovarios se han quedado tontos de tanta hormona? ¿Y si hay alternativas más saludables para mi cuerpo? Y empecé a investigar (para algo soy científica), a leer, a preguntar sobre los posibles remedios naturales o no tan agresivos. Tengo que decir que hace muchos, muchos años, ya pregunté sobre métodos alternativos a la química, pero me comentaron que la medicina tradicional china se centra en aspectos físicos, mientras que la medicina occidental se basa en aspectos químicos. Mi problema era (y es) químico, así que la mejor solución era química.

La cuestión es que me lancé metafóricamente a la piscina, abracé las terapias alternativas, la medicina tradicional china, y dejé la química a un lado. De eso ha pasado prácticamente un año. ¿Resultado? Los primeros meses aún fui feliz. Pero cuando las toneladas de hormonas que debían quedar por mi cuerpo empezaron a desaparecer, regresó la fiesta. Tengo las protaglandinas a tope. Unos meses más y otros menos, pero se lo pasan pipa, cada mes, provocándome contracciones que ni la acupuntura, ni los remedios naturales, ni seguir los consejos de abuela (“no tienes que coger frío ni al abdomen ni a las lumbares”) solucionan totalmente. Que sí, que al menos no he vuelto a vomitar, pero tengo unos nuevos mejores amigos químicos: los antiinflamatorios no esteroideos (AINE).

Y os preguntaréis, ah, pillines, ¿por qué los AINEs quitan el dolor menstrual si no tienes nada inflamado? Porque parece ser que los antiinflamatorios limitan la formación de prostaglandinas. Eso es bueno (¡yupi!), porque las contracciones duelen menos, pero es malo (¡oh!), porque las prostaglandinas también mantienen la integridad de la mucosa gástrica, vamos que protegen el estómago de las cosas agresivas. Por eso dicen que no conviene tomar los antiinflamatorios sin nada en el estómago y por eso sigo pensando que genero prostaglandinas por un tubo: porque me puedo tomar un antiinflamatorio a pelo, sin nada en el estómago sin que éste se resienta. Tengo el súperpoder de producir millones de prostaglandinas.

La cuestión es que ahora me estoy planteando seriamente si pasar de las hormonas a los antiinflamatorios fue buena idea. Total, ambas cosas son sustancias químicas producidas para generarme felicidad (es decir, quitarme el dolor) y las dos son igual de malas (o no, debería investigar más) o buenas para mi cuerpo. Y en eso estoy, pensando que me conviene más. Tengo fases, momentos, según la época del mes, según el mes. El mes pasado, uf, el mes pasado hubiera matado por eliminar las prostaglandinas de mi cuerpo. Este mes, bah, este mes parece que lo voy llevando algo mejor. Cada mes es una nueva aventura menstrual.

Qué emocionante es mi vida, oye.

En la foto, un letrero que vi el otro día por Bruselas. No tiene nada que ver con esta entrada, pero es maravilloso.

martes, 1 de marzo de 2016

Agua en un aeropuerto

Imaginaos un aeropuerto en el que, nada más pasar el control de seguridad, haya una estantería llena de botellines de agua de medio litro. Imaginad que la estantería está cubierta de letreros que ponen cosas como “Agua para viajar”, “No hagas colas para comprar agua”, “Sólo a 1 €”. Imaginad que no hay nadie junto a la estantería, nadie que controle el agua, digo, porque los viajeros, curiosos, se agolpan junto a la estantería. El método de pago no puede ser más sencillo: hay una ranura por la que metes tantos euros como monedas te quieras llevar. La gente se acerca, mira curiosa y muchos, sí, muchos, rebuscan en sus carteras en busca del euro, se acercan a la estantería, cogen una botella y meten una moneda por la ranura. O hacen lo contrario, primero meten la moneda por la ranura y luego cogen la botella.

Parece impensable, ¿verdad?

Pues esa estantería existe. Existe en el aeropuerto nacional de Bruselas.

Y estoy segura de que nadie se lleva las botellas sin pagar. Bueno, igual algún turista idiota sí que se las lleva, pero lo dudo: si ves a la gente de tu alrededor actuar de manera civilizada, actúas de manera civilizada. Somos así. Creo.

Me parece impensable algo así en España. En serio. Pagar menos de dos euros y pico por medio litro de agua en un aeropuerto español es pura utopía. Y tener docenas de botellas de agua al alcance de cualquiera que pase por allí, sin nadie que vigile, suena aún más utópico.

Sí, sí, mucho sol, mucha playa, pero aún tenemos mucho que aprender.

En la foto, mi agua viajera. No me he atrevido a hacer una foto a la estantería, no sé si está permitido hacer fotos en este aeropuerto y no quiero arriesgarme.

Feliz Día de las Baleares a mis paisanos. Yo me lo he perdido. Con un poco de suerte, llegaré rozando la medianoche a mi isla.

miércoles, 24 de febrero de 2016

La piscina

Estoy en una fase muy guay de volver a la piscina. He empezado 2016 con fuerza y ánimo y ya he ido unas cuantas veces a nadar. Empecé yendo algún día en fin de semana o alguna tarde, pero ya le estoy cogiendo el truco a ir antes de trabajar. Bueno, menos esta semana, que he sido totalmente incapaz de levantarme a tiempo. Pero mola mucho lo de nadar a primera hora de la mañana. Mola porque hay poca gente, mola porque ya me siento activa el resto del día y mola porque el socorrista de la piscina a la que voy es muy simpático.

Pero lo que me moló mucho fue tener un día la piscina para mí sola. Mucho. Fue un día, no recuerdo cuál, pero mi mente imaginativa quiere recordar que fue el primer día que fui a nadar este 2016 (no lo creo, pero dejémosla ser feliz, a mi mente, digo).

La historia fue así de simple y tonta. Llegué a la piscina justo cuando abrían (son muy puntuales, no abren ni un segundo antes de las ocho cero cero), me metí en el vestuario vacío, me di una ducha rápida y salí al recinto de la piscina.

No había nadie, absolutamente nadie.

Había leído en algún cartel que durante el mes de enero media piscina estaría ocupada por las mañana por no sé qué. De hecho, había dos o tres carriles marcados como ocupados, para ese no sé qué. Me metí en el carril del extremo opuesto a los ocupados para el noséqué. No me lo podía creer. Estaba ahí sentada, en el borde de la piscina y con los pies dentro del agua y seguía estando sola.

A ver si resultaba que todo el planeta había muerto y yo era la única superviviente. Pero aún, ¿y si el resto de la humanidad eran zombies que odiaban el agua? O igual era una hora inusualmente temprana, madrugada y me había colado en la piscina sin querer. O igual estaba soñando.

Antes de que el sueño acabara, me metí en el agua y empecé a nadar. Sola, totalmente sola en la piscina. Una piscina enterita para mí, ¿os imagináis?

Tan nerviosa estaba que cuando llevaba medio carril recorrido, me cambié de carril, porque recordé que a las ocho treinta empezaba aquagym y usaban ese carril. Juas, juas. Cambiándome de carril a lo loco a mitad de vuelta y no le importó a nadie, ni molesté a nadie, ni ofendí a nadie. Porque, atención, no había nadie.

Poco a poco fue saliendo gente, gente joven y de cuerpos danone que se iban a ese lado de la piscina ocupado para el noséqué especial que había durante ese mes. Pero estaban fuera, charlando y no llegaban a meterse en el agua.

Di dos, tres, cuatro, no sé cuántas vueltas antes de que alguien perturbara el agua clorada que hasta ese momento sólo yo perturbaba.

Definición de felicidad pura: nadar totalmente sola en una piscina de agua tibia, en una (más o menos) fría mañana invernal.

Luego sí, desperté del hechizo y el grupo de gente que hacía noséqué se metieron en el agua y empezaron a nadar como locos.

Entonces pasó una cosa inexplicable: un tipo se metió en mi carril.

A ver, resumamos. Dos o tres carriles ocupados por los que hacían noséqué. Dos o tres carriles en el otro extremo, donde veinte minutos más tarde habría aquagym pero libres en ese momento. Y en medio, tres carriles, de los cuales sólo el del medio estaba ocupado, en el que estaba yo. Y el tipo se mete en él.

Juas.

Y no era un joven musculoso y atractivo con el que ponerme a ligar a lo loco, no. Era un señor entrado en años, con más tatuajes que pelos en la cabeza y perilla blanca.

Yo no entendía nada, en serio, ¡no entendía nada! Pero estaba tan zen y feliz por haber disfrutado de una piscina entera para mí sola durante un ratito, que ni me enfadé. no me enfadé demasiado.

Al cabo de un rato, lo vi hablar con el simpático socorrista (¿lo había dicho ya? Es muy simpático y hablador) y cambiarse de carril.

Menos mal.

El pobre. No debía saber qué carriles estaban libres y cuáles ocupados y se metió en el mío porque si yo nadaba, él también podría nadar.

Luego ya vinieron las de aquagym y llegó el momento de salir de mi felicidad acuática e irme al trabajo.

Pero fue una mañana curiosa, oye.
En la foto, una de las piscinas a las que voy a veces a nadar. No es en la que pasó lo que cuento hoy, no.

martes, 10 de noviembre de 2015

Junto al mar

Trabajo junto al mar, a sólo unos metros de él. Pero no trabajo en un lugar paradisíaco, sino en plena ciudad. No trabajo junto a una bonita playa o unos acantilados espectaculares. Ni siquiera tengo vistas al mar, sino a una calle de muchos carriles, ruidosa y con mucho tráfico que cada vez que llueve, se inunda y sale en la tele y en prensa.

Trabajo junto al mar, sí, pero en plena zona portuaria. No es un lugar terrorífico ni horrible. No es un lugar sombrío ni lleno de grúas o montañas de carbón. A veces es un lugar desierto, a veces es un lugar muy concurrido. Ni lo uno ni lo otro es bueno. Es un lugar incluso cómodo en algunos aspectos. Pero también presenta algunas incomodidades (aparte de las inundaciones), como el botellón, los camiones y los cruceros.

Lo del botellón es curioso. Llegar de noche o ya de madrugada cargados de muestras para congelar y esquivar pandillas de chavales pasándoselo en grande tiene su punto surrealista. Ellos y ellas todos monos y elegantes, la mar de arregladitos y felices en plena noche y tú ahí, con los deportivos manchados de restos de peces y suspirando por una ducha y tu cama.

Los camiones son peligrosos, de verdad. Son grandes, son muchos y no te ven. Ya hemos tenido algunos sustos, afortunadamente ninguno grave. Retrovisores que salen volando porque alguien abre una puerta sin mirar o coches que quedan aprisionados (y chafados) entre dos camiones enorme, en plan sándwich. Y, claro, luego a correr detrás de ellos, porque suelen estar más preocupados de no perder el barco que van a coger que de arreglar los papeles del seguro.

Lo de los cruceros es lo más. Lo más surrealista que te puedes encontrar en el mundo. De los cruceros descienden dos tipos de personas: los cruceristas, que pisan la ciudad por primera vez y van más despistados que un pulpo en un garaje y las tripulaciones, que saben perfectamente dónde quieren ir (normalmente al centro comercial que hay un poco más arriba). Tanto unos como otros comparten actitud: caminan despreocupadamente por mitad de la calle, ignorando las aceras y mirándote mal cuando intentas circular de camino a o saliendo del trabajo. Ay, qué majos todos, ahí, en bandadas tan numerosas que esquivarlos se convierte en una auténtica aventura. Por no hablar de los taxis que vienen a dejar a unos u otros después de un día de paseo: paran en cualquier sitio, interrumpen el paso y arrancan sin poner ningún intermitente. Otro peligro a esquivar.

Y hoy he descubierto una nueva peculiaridad en mi lugar de trabajo: una gallina. Sí, una gallina negra y algo tímida, que se paseaba esta tarde por los alrededores de la oficina. ¿De dónde ha venido? ¿Quién es su dueño? ¿Qué hace en esta zona portuaria urbana? Un misterio sin resolver. A ver si mañana sigue por ahí.

En la foto, aunque no se aprecie muy bien, hay una cosa negra debajo del arbusto: la gallina. Ha corrido despavorida cuando he intentado inmortalizarla.

martes, 29 de septiembre de 2015

Transparente

A lo mejor no os habéis dado cuenta, pero soy transparente.

Probablemente no os habéis dado cuenta precisamente por eso, porque soy transparente. Y no me veis.

Y no, no mola tanto como a simple vista parece.

Ser transparente no es un súperpoder. No es lo mismo ser transparente que ser invisible. Ser invisible sí que es un súperpoder. Pero ser transparente, no.

Ser transparente es lo que ocurre cuando la gente a tu alrededor no se da cuenta de que estás, de que existes. Cuando te cruzas con gente que conoces y no te saludan. Cuando intentas entrar a través de unas puertas automáticas y éstas no se abren. Cuando propones un plan a un grupo de gente y luego quedan para llevarlo a cabo y no te avisan. Cuando hablas con alguien que va contigo a clase de lo que sea y te dicen “Ah, ¿pero tú vas a mi clase?”. Cuando después de ir a algún sitio donde hay gente que conoces, no sólo no te ven sino que encima al día siguiente te preguntan por qué no fuiste. Cuando dices cosas en reuniones y nadie las oye, aunque luego alguien lo repite y reaccionan como si fuera la primera vez que lo escuchan. Cuando vas con alguien y te encuentras a un conocido común y éste sólo saluda a tu acompañante. Cuando sales con un grupo de amigas y nadie se acerca a ti. Cuando entrenas con gente durante semanas y luego, cuando te los encuentras por ahí, no te reconocen. Cuando coincides en reuniones (sociales o laborales) con gente de manera más o menos regular y cuando se presentan y les dices que ya os conocéis, te dicen que no. Cuando la gente te dice a la cara “Claro, no viniste porque no podías” y tú les tienes que convencer de que no, de que no fuiste porque nadie se acordó de invitarte.

No negaré que a veces sí que mola un poco ser transparente.

Pasar inadvertida.

Yo, durante muchos años, lo he sido sin que me importara.

De hecho, las pocas veces que no he sido transparente, me he sentido incómoda. Lo de ser visible no se lleva muy bien cuando estás acostumbrada a ser transparente.

Entre las veces que no he sido transparente, tengo que destacar especialmente cuando he estado en Namibia. Allí, en general, era visible. Muy visible. Mujer blanca en mitad del continente negro. Visibilidad total. Encima, mis rasgos son claramente no germanos, así que no podía pasar por una blanca namibia, descendiente de los antiguos colonos. Y aún así, incluso allí, en ocasiones fui transparente. En las veces que el número de turistas que se paseaban por la ciudad era importante, me volvía de nuevo transparente. Y molaba. Porque lo de ser visible se me hacía un poco incómodo. También fui muy visible, primero allí y luego aquí, cuando me hice las trencitas namibias. Sinceramente, pensaba que allí no llamarían la atención, pero me equivocaba: una blanca con peinado de negra no es algo habitual allí. Así que me hice doblemente visible. Mujer blanca con peinado negro. ¡Incluso me salió un novio himba! Pensé que al volver a mi continente blanco, volvería a mi transparencia, pero no: de vuelta a casa, las trencitas me hacían completamente visible. Me sorprendió e incluso me molestó. La gente lleva miles de peinados distintos, variados o mucho más originales que mis trencitas. Bueno, tal vez la gente que lleva esos peinados también es visible. Luego llegué a una terrible conclusión, cuando alguien me dijo lo que costaba hacerse el peinado que yo llevaba aquí: 10 euros por trencita. Yo llevaba 11. Así que tal vez mi visibilidad era meramente económica: la gente pensaba que me había gastado 110 € en ese peinado, cuando la realidad era que me había gastado menos de 5 €. Eso me hizo sentir muy incómoda con esa recién adquirida visibilidad. Tal vez por eso llevé por aquí las trencitas menos de una semana.

La cuestión es que últimamente me he cansado de ser transparente. Pero tampoco me siento muy cómoda siendo visible. Mostrar carne suele ser un buen truco para volverse visible pero, aunque tengo un generoso canalillo mostrable, no me gusta enseñarlo. Una cosa es ser visible y otra ser llamativa a base de escotes, ropa o complementos. Tampoco me sale. Así que ahí estoy, entre la disyuntiva de seguir siendo transparente o la tentación de visibilizarme un poco.

Y no sé qué hacer.

Porque ser transparente me cabrea. Pero ser visible me resulta incómodo.

viernes, 21 de agosto de 2015

Degustación

Imaginaos que sois expertos en algo.

En degustaciones, por ejemplo. Y como expertos en degustaciones, de vez en cuando vais a degustaciones, claro. Son, básicamente, reuniones en las que se os asigna un producto determinado y tenéis que analizarlo concienzudamente. Probáis el producto, analizáis su sabor, su textura, la mejor manera de cocinarlo y luego dais vuestra opinión, decidís qué os parece de cara a que el producto se comercialice de una manera u otra.

Imaginaos que os avisan de que hay una degustación. Pero es degustación muy exclusiva a la que os tenéis que apuntar y luego te seleccionan o no. “¿De qué es la degustación?”, preguntas antes de apuntarte. “Es de productos australianos”, te contestan. “Ya, pero, ¿qué productos?”. “No sé, lo dirán más adelante”. Uy, qué rabia te da eso. Tu experiencia es con degustaciones sí, pero de cosas concretas. Lo mejor que se te da son los chocolates y los quesos, aunque también a veces has participado en degustaciones de galletas y palomitas de maíz. Y, aunque hay quien piensa lo contrario, no es lo mismo degustar una galleta que un solomillo, por poner un ejemplo. Para nada.

Total, que al final te apuntas a la degustación y te invitan a participar. Unos días después, te envían la lista de productos a degustar y el reparto del trabajo: qué le toca degustar a cada uno. Oh, sorpresa. ¡Te han asignado un vino! Menudo marrón: eres abstemio, así que no puedes degustar vino, no puedes beber vino. Lo piensas un poco. Bueno, lo piensas mucho. Podrías decir que sí, probar el vino y escupirlo. Pero no es lo suyo. Hay que probar bien el producto para poder opinar. Y encima, el que te ha asignado el vino sabe que eres abstemia, porque un día publicaste una columna en una revista que se titulaba “Soy abstemia”. Así que decides mandar un correo a los organizadores de la degustación y a tus compañeros diciendo precisamente esto “Lo siento, pero yo no puedo degustar el vino. Soy abstemia. Preferiría que me asignarais otro producto”.

Y se arma la de Dios.

Primero, el jefe de la degustación se enfada porque, al haberte apuntado, debes (según él) estar dispuesto a hacer lo que te pidan. Eso te cabrea un montón, porque tú te has apuntado a una degustación de productos australianos, pero sin saber qué productos eran. Después, otros de los participantes te muestran su apoyo, diciendo que les parece fatal que haya vino en una degustación a la que encima asistirán niños. Flipas. Tú no has dicho nada de que te pareciera mal que hubiera vino, sólo que tú no lo quieres probar. Luego, uno de los organizadores dice que le parece bien que todo el mundo de su opinión y si todo el grupo considera que no se debe degustar vino en las degustaciones, se puede sugerir a los máximos organizadores, en este caso ¡la Reina de Inglaterra!, que se elimine el vino. Sólo hay que enviar un mensaje a la Reina diciendo eso, que los expertos en degustaciones hemos decidido prohibir el vino en las degustaciones. Ahí ya flipas pepinillos ¿quién ha hablado de prohibir el vino? Tú no lo puedes probar, pero te parece estupendo que los demás lo prueben.

El tema se lía hasta el infinito, con unos intercambios de correos extraños y casi surrealistas: unos a favor del vino, otros en contra y otros sin decir ni mu. Al final, alguien se ofrece a cambiar su producto por el tuyo (previos correos privados entre ambos sobre las inconveniencias del intercambio y hasta sobre las inconveniencias y beneficios de incluir el vino en las degustaciones) y casi todo el mundo se queda contento. Pero el organizador te dice que por favor, hables con la Reina de Inglaterra, que está muy interesada en discutir contigo sobre vino y está esperando tus comentarios al respecto. Y ahí estás, intentando decidir qué le dices a la Reina de Inglaterra, cuando lo único que querías era no tener que hacer algo que va contra tus principios.

La degustación, dentro de dos semanas, va a ser de risa.

En la foto, un vino que sí saboreamos el lunes pasado en una cena. Un poco para demostrar que no soy abstemia y que esta historia era totalmente metafórica. Pero cierta.

domingo, 7 de junio de 2015

Dia 1

Hoy es domingo. Domingo en el Festival de Primavera es sinónimo de croissants o donuts para desayunar. Pero hoy no ha habido ni croissants ni donuts. Ayer nadie se acordó de descongelarlos. No es un hecho grave, claro que no. La cuestión es que hoy, en el desayuno, no ha habido ni donuts ni croissants. Eso ha provocado una importante perturbación en la Fuerza.

Sí, sí, reíros.

Eso he hecho yo al principio.

Pero según avanzaba el día, he notado más y más la perturbación. En el primer muestreo se ha roto un trozo de esos de la red que parece que nunca se pueden romper. Eso ha retrasado todo el trabajo, de manera que me he perdido los entremeses de la comida del domingo y el postre, porque he llegado tarde a comer. Menos mal que en cocina me cuidan y he podido comer un filete con patatas fritas. En diez minutos. En un par de muestreos, el arte se ha dedicado a planear en vez de ir por el fondo y en el último, no se quería abrir, así que lo hemos tenido que repetir, por lo que el día se ha alargado bastante. Hasta que ha sido de noche concretamente. También he llegado tarde a la cena y no he podido estar sentada en el comedor más de quince minutos. Aún quedaba mucho trabajo por hacer.

Y todo esto ha pasado por culpa de los donuts. O de los croissants. O mejor dicho, de su ausencia. Menos mal que la perturbación de la Fuerza no ha sido muy grande. Y eso que el día ha empezado muy bien: cuando he subido al puente a las 7 de la mañana, el oficial de guardia escuchaba Abba a todo volumen. Y han sonado algunas de mis canciones favoritas.

Pero el poder de los desayunos dulces en domingo es muy fuerte. Tanto que es capaz de alterar la Fuerza.

Mañana es lunes, un lunes normal y corriente. Menos mal. Aunque en el mar, nunca hay nada normal y corriente.

domingo, 17 de mayo de 2015

Mal de tierra

Hoy hace una semana que volví a tierra.

Ha sido una semana cargadita de historias laborales que me han complicado la vida y me han hecho pensar que llevaba mucho más en tierra, olvidando rápidamente mis semanas en el mar y casi sin tiempo para echar de menos esos días. Ya lo conté el año pasado (y supongo que más veces antes), volver a tierra es siempre duro. Pero cuando te enfrentas a mil historias diferentes una vez atracas, no te da tiempo de pensar en nada, en nada.

Sí que ha habido varios momentos en los que me he dado cuenta lo cercanos que son aún mis días de mar. Han sido momentos en los que he tenido una ligera sensación de mareo. Cuando pasas un tiempo largo en un barco, no es raro que, a la vuelta, sientas que la tierra firme se mueve bajo tus pies. No sé cuál es el nombre adecuado para este efecto, he leído mal de tierra, mal de mar, mareo de tierra y nombres variados.

A mí me gusta mal de tierra.

En estos días en el mar, no me he mareado en ningún momento. Un barco de 70 metros resiste bien al fuerte viento y a las olas y, si el tiempo acompaña, hay momentos en los que apenas recuerdas que estás en un barco. Sin embargo, siempre hay un balanceo, algunas veces apenas perceptible, que hace que, al volver a tierra, tu sistema del equilibrio se sienta un poco confuso.

Un día fue delante de la lavadora, cuando me noté a mí misma balanceándome como si estuviera en el mar. Otro día delante del ordenador. Otro día más creo que tumbada. Y hasta ha habido una cuarta ocasión en la que he sentido ese ligero mal de tierra.

Como decía, apenas he tenido tiempo de echar de menos mis días en el mar, la vorágine de mi día a día me ha engullido con más voracidad que nunca y algún día me he sorprendido a mí misma pensando en el poco tiempo que hacía que había vuelto. Pero sin tristeza ni añoranza.

Hasta ayer.

Ayer tuve uno de esos pinchazos absurdos de añoranza. De repente, me di cuenta de que hacía una semana, sólo una semana, que había pasado mi última noche en el mar. Estaba haciendo de guiri, en un hotel en el levante mallorquín, en mitad de una fiesta de música swing que acabó con música tradicional mallorquina, salsa y hasta la macarena, cuando me acordé del mar con añoranza, con ese gusto entre dulce y amargo que te dejan los días de mar en los que has sido feliz. Fue un “Oooh”. Sólo eso. Un “Oooh”. Eso también es mal de tierra. Creo.

La única cura para el mal de tierra es el tiempo. El mal de tierra tal y como viene, se va.

En las fotos, instantes de estos días en el mar. La última, el parque de pesca, un lugar cerrado, sin luz natural, donde pasamos todo el día trabajando, es para todos aquellos que me preguntan por qué no vuelvo morena de estos embarques y si realmente en el barco trabajamos o sólo vemos delfines y comemos.

En tres semanas, volveré al mar.












sábado, 9 de mayo de 2015

Acabando

Hoy es nuestro último día de trabajo en el mar. Si todo va como está previsto, mañana a estas horas ya estaremos atracados en el puerto de Cartagena.

Quería escribir sobre lo que significa acabar un Festival de Primavera, de lo que pasa y se siente los últimos días y de lo que significa el volver a tierra. Pero todo eso ya lo conté el año pasado. Reflexiones de la última noche las conté aquí (hace hoy exactamente un año). Lo que significa volver a tierra, lo conté aquí. Creo que podría volver a publicar ambas entradas exactamente igual, o casi.

Madre mía, no tengo nada más que contar.

¿No? Claro que sí.

Siempre hay algo más que contar.

Lo digo siempre, siempre. Cada campaña es única e irrepetible, cada campaña es diferente, en cada una vives nuevas experiencias. Aunque, con los años, acabas confundiendo algunas cosas, hay momentos que se te quedan grabados de cada una de ellas. A veces son puras chorradas, lo bien o mal que comiste, las risas que te echaste, aquel muestreo que salió fatal o un bicho raro que apareció. No sé lo que recordaré de ésta, sólo el tiempo lo dirá.

Anoche no tuve esa sensación melancólica que te suele invadir en los últimos momentos en el mar. No tuve tiempo. Acabé de trabajar a las diez de las noche y llegaba tarde al Jran Campeonato de Futbolín. Echamos unas buenas risas y, aunque caímos eliminados casi enseguida, fue una manera divertida de pasar la penúltima noche en el mar.

Hoy ya se siente el olor a tierra. Ahora mismo, en mitad del primer muestreo la marinería limpia en profundidad los exteriores del barco. Yo ya he preparado la ropa que dejaré a bordo, para cuando vuelva aquí en menos de un mes. Estamos impacientes por ponernos a tope con los muestreos y empezar con los preparativos para comenzar a dejar el barco listo para que nuestros compañeros que se embarcan mañana lo encuentren en condiciones. Hoy es, probablemente, el peor día de la campaña, recoger todo es un auténtico lío. Se hace, lo hacemos con la precisión de un reloj, como la maquinaria que somos en la que todo encaja. Pero cuesta, cuesta. Cuesta porque ahora ya estábamos más que acostumbrados a la rutina, cualquiera no después de diecisiete días en el mar. ¿O han sido dieciocho? Ya he perdido la cuenta. Y ahora es un cambio, volver a meter en caja todo lo que hemos traído, lo que han traído en este caso. Desde grandes cajas para meter el pescado, que hay que lavar con precisión para que no huelan hasta bolígrafos y gomas de borrar. Hay que recogerlo todo, organizarlo todo, prepararlo todo para guardarlo en algún lugar del barco hasta que se desembarque, dentro de un par de meses.

Y volver a tierra.

Ah, volver a tierra.

Ya se siente, sí, ya se siente, el olor a tierra.

En la foto, unas gambitas preparadas para ser muestreadas. En concreto, Plesionika giglioli.

martes, 5 de mayo de 2015

No todo son sonrisas

Por si alguien no se había dado cuenta todavía, me lo estoy pasando estupendamente estos días en el mar. Estoy haciendo un trabajo que me divierte, que me entusiasma, que me hace sentir viva, pero a la vez, mi carga de responsabilidades en este primer Festival de Primavera es similar al de mis primeros tiempos en el mar: soy un tornillo más de un gran engranaje y, simplemente, tengo que encargarme de cumplir mis funciones como tornillo, sin preocuparme de otros tornillos, tuercas o, lo que es aún peor, del funcionamiento general del motor. Eso me hace feliz. No quiero decir que tener responsabilidades me haga infeliz, pero me crea un estrés, una tensión que no siempre llevo bien. Por lo que estos días así, haciendo de tornillo, son un soplo de aire fresco en mi vida, una carga de energía extra.

Que esto me haga muy feliz no significa que todo sean sonrisas. Hay sonrisas, muchas. Hay alegría, buen rollo, energía positiva. Pero es imposible estar al 100% de felicidad todos y cada uno de los días en el mar. Y no estoy hablando de enfados, de malos rollos o de problemas serios. Esos también los hay, a veces. No aquí, no ahora, pero todos los que llevamos algún tiempo pasando unos cuantos días cada año en el mar, hemos vivido situaciones incómodas, difíciles e incluso desagradables. Pueden producirse por muchas cosas, por el entorno, por los demás, por el desgaste, por las actitudes, por los comportamientos, por uno mismo. Y al final cada uno lo lleva como puede.

Hay que tener en cuenta que estamos aquí, en mitad del mar, en un lugar con un número limitado de metros cuadrados (muchos en este caso, pero aún así limitado), viéndonos las mismas caras todos los días, haciendo el mismo (o parecido) trabajo cada día, independientemente de si es martes, domingo o festivo. Y pasan los días. Y quien más quien menos empieza a pensar en tierra. En gente que dejaste en tierra. En asuntos pendientes. En trabajos por hacer. En amigos y familiares. Te empieza a embargar ese punto de melancolía propio de la gente de mar: cuando estás aquí, quieres estar allí; cuando estás allí, añoras el estar aquí. Por eso las vueltas a tierra son siempre duras y extrañas, felicidad por lo que te espera en tierra, añoranza de lo que dejas en el mar. Quien más quien menos (creo) que en algún momento piensa lo que estaría haciendo en tierra en esos momentos. Si hoy es domingo, me iría a comer con la familia. Si hoy es martes, me iría al gimnasio. Si hoy es viernes, me iría de cañas con los amigos. Y, casi sin darte cuenta, añoras cosas que, estando en tierra, ni eres consciente de que tienes. Tu sofá. La charla con los compañeros a la hora del café. La comida de mamá. Tomarte una caña en una terracita. Ir al cine. Tus plantas. Cenar con una amiga. Los desayunos pausados de fin de semana. No poner un día el despertador. Las horas tontas de un domingo tarde. Un abrazo.

Que sí, que aquí estás muy bien, pero…. Pero.

Porque no, no todo son sonrisas. Aunque de esas hay muchas.

Afortunadamente.

Y luego están los días terribles. Los días en los que las sonrisas se borran de cuajo. Días como hoy, que no empiezan especialmente mal, aunque sí como acabaron ayer, con vientos fuertes y el barco tambaleándose tanto que, por la noche, apenas puedes conciliar el sueño. Que continúan con la rotura de una pieza que nos obliga a cambiar nuestra planificación y navegar hacia tierra, detener el trabajo, desembarcar a varios miembros de la tripulación en zodiac en busca de la pieza rota. Días que no hacen más que empeorar, con la noticia inesperada de la muerte de un colega, compañero de muchos de los científicos aquí embarcados. Así que aquí estamos, a la capa, esperando la vuelta de los tripulantes y la pieza rota, todos con caras largas, aún en estado de shock por las malas noticias, asumiendo que la vida es así. Ahora estás, ahora no. Y la propuesta casi unánime de “hoy deberíamos emborracharnos”, que sabemos que no vamos a cumplir porque aquí, el alcohol, está prohibido. Y ahora, más que nunca, esta prohibición nos parece una auténtica estupidez.

Hoy la entrada va sin foto. Es que no sabría qué foto poner.