lunes, 30 de marzo de 2020

Segunda semana

Los días avanzan, fluidos, unos más que otros, claro.

Y, de repente, ya es lunes de la tercera semana de confinamiento.

Mi segunda semana creo que ha sido más productiva que la primera, al menos esa es la sensación que he tenido. También en esa segunda semana he pasado el día, bueno, la noche en la que peor he dormido desde que dejamos de salir a la calle, pero también la que mejor he dormido. Estos días he pensado mucho en lugares que me gustan, en los que he estado, sobre todo al ver imágenes de esos lugares totalmente vacíos. Calles y monumentos de ciudades que conozco, que me gustan. He sentido muchas ganas de volver a Roma. Y también a Madrid. Pero no así, en general, sino a lugares concretos, en muchos, como la Fontana di Trevi, claro, el Teatro Marcello, el barrio judío roma o el parque de la Quinta de la Fuente del Berro, donde en su impresionante ginkgo deben estar ya naciendo las hojas nuevas, así, como salen en los ginkgos, a puñados. Me han entrado ganas de volver a sitios que conozco y de ir a sitios que no conozco. He visto mis maletas vacías, esperando viajes que nunca se han hecho, esperando viajes que sí que se harán. Salí dos días a tirar la basura y nada más. Al balcón, todos los días, por lo menos a aplaudir. Hizo frío, llovió, pero el domingo amaneció soleado y aproveché un rato el sol del balcón; me dediqué a cocinar, a ver directos de gente que me gusta y me quedó un domingo precioso. Y encima, a las ocho ahora es de día, así que además de aplaudir, los vecinos nos mirábamos sonriendo, descubriéndonos, porque en la oscuridad de los días anteriores, solo podíamos intuirnos unos a otros. Pero esta segunda semana también llegó ese día en el que me pregunté si realmente íbamos a superar esto; primero como sociedad, después como especie. Le dediqué menos de diez minutos a esos pensamientos, creo que incluso menos de cinco. El fin de nuestra civilización, de nuestra sociedad tal y como la conocemos pasó al fin de nuestra especie. Me dio vértigo pensar en la poca importancia que tenemos como especie, ser consciente de que, si desapareciéramos, tampoco pasaría nada. Luego me reí de mi misma, sabiendo que no vamos a desaparecer pero bueno, aunque así fuera, ¿qué más da? Mientras estemos aquí, vamos a disfrutar lo que tenemos que, aunque a ratos no nos lo parezca, siguen siendo un montón de cosas.

Cuidaos, cuidad y quedaos en casa. Esto también pasará.

En la foto, aunque se ve regular, el arcoíris gigante que adorna las ventanas de una casa en mi barrio. Está hecha con el teleobjetivo de mi réflex al máximo, porque está bastante lejos.

domingo, 22 de marzo de 2020

Primera semana

Llevamos una semana de confinamiento. Bueno, ocho días ya. Son días extraños, muy extraños. Intento llevar cierta rutina, porque estoy teletrabajando, pero tengo que admitir que esta semana me ha costado mucho concentrarme y seguir un horario pautado. Supongo que me adaptaré, supongo que la incertidumbre dejará paso a la anhelada rutina pero, aún así, estos primeros días han sido raros. No ayuda esa tos tonta que tengo desde hace una semana que no ha ido a más y procuro no darle importancia. No por mí, pero tener a mi lado a una persona de grupo de riesgo no es tranquilizador. Tampoco es ver su cara de susto cuando en un programa cualquiera de la televisión hablan de saturación de hospitales y de que, a partir de cierta edad, no se podrá hacer nada por los pacientes. Me mira y me dice: “Si hace un mes superé un ictus, ¡no me voy a morir ahora de esto!”. Digo yo que no. Pero aún así, hay que tomar precauciones, ser muy cauta. He salido a la calle tres veces desde el sábado pasado: dos para tirar la basura, una para hacer algo de compra. Fue muy extraño, me dio mucha pena, ver las calles de mi barrio tan vacías, tan desoladas. Pero, a la vez, fue maravilloso no ver gente, saber que la mayoría se quedan en sus casas, nos quedamos en nuestras casas. Ver letreros con arcoíris en algunos balcones; globos de colores en otros.

Los aplausos son una alegría. Salir a las ocho de la tarde al balcón cada día, ver a vecinos unidos, aplaudiendo, saludándonos, con canciones de ánimo saliendo por algunas ventanas de fondo. No he participado en ninguna cacerolada. He perdido la cuenta de cuántas hay y de para qué son y, sinceramente, creo que ahora necesito concentrarme en las cosas positivas. He vuelto a hacer yoga. Empecé con algunos saludos al sol y ahora ya sigo alguna de esas clases en directo que hay en internet. He seguido conciertos caseros en directo. Me he reído con memes divertidos y he borrado vídeos y audios apocalípticos y catastrofistas, algunos a medio ver o escuchar, otros sin ni siquiera abrir. Ya sé cómo de mal va la situación cuando me informo por la radio o por la tele, no necesito que me lo estén contando continuamente.

Tampoco nos piden tanto. Quedarnos en casa, en nuestro hogar, confortables, con comida, televisión, conexión a internet y toda la cultura que podamos imaginarnos a nuestro alcance. Lo he leído hoy por ahí, no deja de ser curioso que lo que nos esté ayudando a mantener la cordura son esas asignaturas que se consideran “marías”. Música, deporte, pintura. La creatividad y la cultura nos salvan, nos mantienen cuerdos porque, al fin y al cabo, es lo que nos hace humanos. Sé que no es solo quedarnos en casa, sé que estos son tiempos difíciles y, lo que viene después, desde el punto de vista económico y social, va a ser muy duro. Pero, ahora mismo, de momento, a día de hoy, nuestra obligación social y moral es quedarnos en casa.

Y, mientras tanto, ha llegado la primavera. Mi bosque de gingkos está en plena explosión primaveral. Lo observo cada día, las yemas verdes que se empezaron a vislumbrar hace unos días ya han explotado en grupos de hojas verdes y diminutas. Y las que quedan por salir. Y lo mucho que les queda por crecer. La vida sigue así, creciendo a borbotones. A pesar de todo.

Cuidaos. Y quedaos en casa

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En la foto, mi gingko primaveral.

sábado, 14 de marzo de 2020

Esto también pasará

Son días extraños, son tiempos extraños.

Están pasando muchas cosas en muy poco tiempo, a un ritmo vertiginoso. Pero, a la vez, parece que esto va a durar para siempre, que no acabará nunca.

No sé cómo lo viven los demás. Yo voy de un extremo a otro. En un momento, lo único que quiero es acurrucarme en una esquina y llorar e, instantes después, me pongo a hacer cosas rutinarias, del día a día, como si nada hubiera pasado, como si un virus no hubiera puesto nuestras vidas patas arriba. A ratos, me resulta imposible concentrarme en cosas simples, como leer; pero también me arrebujo entre las sábanas, con un libro entre manos, alargando la hora de levantarme, como si fuera un sábado por la mañana cualquiera.

No sabemos lo que nos espera, no sabemos qué va a pasar.

Hace un mes, mis planes de vida eran organizar los viajes de trabajo de las siguientes semanas (Roma, Argel) y preparar un proyecto personal que suponía un reto muy grande. Dos días después, mi madre estaba en la UCI, recuperándose de un susto gordo, muy gordo. Diez días después, el proyecto se iba al garete. Y, en paralelo, el mundo hablaba de un virus nuevo que ya empezaba a cambiar nuestras vidas, a anular eventos, a causar estragos.

Hoy, en un súper de mi barrio que habitualmente está vacío, había un aforo limitado que una chica controlaba, a la entrada. La gente iba por la calle, casi como un día normal, pero todos sabemos que no es un día normal y, lo que da aún más vértigo, que los próximos días van a ser todo menos normales.

Tenemos que seguir los consejos sanitarios, informarnos por medios oficiales, lavarnos mucho las manos, evitar tocarnos la cara, quedarnos en casa, cuidarnos y cuidar a los que nos necesitan. Es el mejor momento de la historia para que pase esto: tenemos un sistema sanitario robusto (a pesar de recortes que tanto daño hacen ahora), tenemos fuentes fiables de información (no difundáis bulos, no fomentéis el pánico) y tenemos medios tecnológicos suficientes para hacer que, aunque estemos aislados en casa, podamos entretenernos, trabajar y estar en contacto con nuestros seres queridos.

Estamos viviendo algo que no sé si marcará nuestras vidas, pero sí que será imposible olvidar. Eso está claro, independientemente de lo que pase en los próximos días. Llenemos esos días de cosas bonitas, de cosas buenas, creemos recuerdos para cuando, en unos años, hablemos de estos días, lo hagamos con una sonrisa, podamos decir lo de “¿Te acuerdas cuando…?” y detrás haya algo que nos haga sonreír. El concierto que seguiste online, el libro que leíste, la nueva receta que cocinaste, la película que disfrutaste o la serie a la que te enganchaste solo porque alguien te recomendó. La nueva rutina que creaste con amigos o que reforzaste (un mensaje de buenos días por la mañana, una llamada cuando notas que alguien está un poco más preocupado de lo normal). Incluso la limpieza a fondo que hiciste en casa o el curso online que siempre quisiste hacer, pero para el que nunca encontraste tiempo. Se me ocurren muchas, muchas cosas para hacer en casa estos días de las que nos podemos llevar recuerdos bonitos. Quédate en casa, por ti, por los tuyos, por todos. Vale la pena el esfuerzo.

Porque podéis estar seguros de algo: esto también pasará.

En la foto, el más pequeño de mis ginkgos, adelantándose a la primavera.

miércoles, 1 de enero de 2020

Uno de enero

Año nuevo, agenda nueva.

Me encanta estrenar agenda. Sigo con el mismo modelo: una Moleskine pequeña, semana vista. Este año, cambio a Harry Potter por El Principito. Soy más de HP, pero no me voy a quejar, me encanta.

Me encanta estrenar año. Todo puede pasar este año. No hago propósitos, ni planes específicos y tampoco espero nada especial del año.

Mentira, espero mucho, qué digo mucho, lo espero todo. TODO. Luego ya pasará lo que tenga que pasar, pero ahora mismo, creo que 2020 va a ser la bomba.

Feliz inicio de todo.