domingo, 22 de diciembre de 2019

Sobre una duna

Son tres fotos en blanco y negro. En la primera, aparecen cuatro hombres de espaldas a la cámara, subiendo una duna enorme. Uno de ellos, a la izquierda, va adelantado, arrodillado sobre la arena. Otro, el que va rezagado, camina apoyando solo las manos, no las rodillas. A la derecha, los que van en medio, combinan ambas técnicas: uno apoya rodillas y manos, el otro solo las manos.

En la segunda foto, ya les vemos las caras. Están cerca de la cumbre, tirados sobre la arena, mirando sonrientes a la cámara. Alguno lleva gafas de sol, todos llevan gorras y van vestidos con pantalones cortos y camisas de manga larga arremangadas, con un aire militar. Al fondo, una nube blanca. Se les ve felices, se están divirtiendo.

En la tercera foto, los cuatro están ya en la cima de la duna. La foto está borrosa, es una pena, pero ahí están con sus gorras y sus sonrisas, felices de haber llegado allí, a lo alto de la duna.

Detrás de la foto, un sello indica el laboratorio que reveló las fotos, “LABORATORIO FOTOGRAFICO Ragon. Aaiun”, y una inscripción revela dónde fueron tomadas, “Aaiun a 23-12-62 Sáhara”.

Es el día antes de Nochebuena. Un grupo de chavales que está haciendo la mili en el Sáhara, que entonces era territorio español, aprovecha unas horas libres para subir a lo alto de una de las dunas del imponente desierto junto al que llevan tiempo viviendo. Vienen de distintas partes del territorio español. Llegar allí ha sido una aventura. Horas y horas de tren, desde variopintos lugares del país, hasta llegar a Cádiz. Y de allí, un barco que les lleva a la costa sahariana. Para algunos, es la primera vez que suben en un barco. Para algunos, es incluso la primera vez que ven el mar. Y allí están, los cinco (no debemos olvidar al que tomaba las fotos), a sólo unas horas de la que para algunos será seguramente su primera Navidad fuera de casa, subiendo una duna entre risas. Y calor, porque aunque fuera diciembre, en el desierto siempre hace calor. Imaginad el momento, imaginad lo importante que debía ser para gastar tres fotos en algo así. No hace tanto, nos pensábamos mucho lo de hacer fotos, había que revelarlas, había que pagar por cada foto, no era cuestión de desperdiciar ninguna. Así que imaginad entonces, hace casi 60 años; 57 se cumplirán mañana exactamente.

No sé mucho más de estas fotos. Ni siquiera sé si el orden que yo he inventado es el adecuado, pero yo diría que es probable. Pero me flipan muchas cosas de ellas. No debió ser fácil hacerlas. Quiero decir, ahora sacamos el móvil del bolsillo y en segundos puedes compartirla con medio mundo. Entonces, no. Entonces había que asegurarse de tener una cámara, un carrete; había que llevar a revelarlas, que yo no sé nada de cuando el Sáhara era español, pero tampoco creo que hubiera demasiados laboratorios fotográficos en El Aaiún. Al menos había uno, Ragon se llamaba. No sé cuántas copias hicieron, no sé si esperaron a volver a casa para enseñárselas a sus familiares o si las enviaron por correo postal estando allí. Pero ahí están, esas fotos, de unos chavales pasándoselo bien, el día antes de Nochebuena, en un lugar extraño, lejano, exótico.

Uno de los chavales es mi padre. El que sale rezagado en la primera foto, el que lleva gafas de sol. El día antes de tomar estas fotos, había cumplido 22 años. Hoy, hubiera cumplido 79.

Cómo te echo de menos, papi.






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