martes, 8 de abril de 2014

Mil océanos

Siempre estuvo a mil océanos de mí.

Lo comprendo ahora, con la perspectiva que sólo el tiempo da.

Creo que siempre fui consciente del mar insondable que nos separaba. Pero lo ignoré, lo ignoré de esa estúpida manera que sólo es posible por la ilusión, ésa que te impide ver y aceptar la realidad. O tal vez no creí que fuera tan insondable, ese mar que nos separaba. Tal vez creí que esos mil océanos no eran, en realidad, tantos. Y me lancé a ese mar, con esperanzas de llegar a la otra orilla. A nado. Sin chaleco salvavidas. Una y otra vez.

Lo intenté. Una y otra vez.

Pero mil océanos son difíciles de surcar a nado.

Imposibles.

Incluso cuando lo tuve cerca, muy cerca, incluso en aquella mañana en una ciudad cubierta de nieve en la que contemplé cómo dormía. Incluso entonces estaba lejos, a mil océanos de mí. Supongo que yo lo sabía. O debería haberlo sabido.

Juro que a veces creí atisbar la costa, juro que en contadas ocasiones creí estar cerca de tener éxito en mi hazaña. Pero esa costa que creía tan cercana no era más que un espejismo. Fata Morgana. Y a veces es muy sencillo creer en espejismos. Sobre todo si quieres creer.

Pero lo sabía, claro que lo sabía. Lo sabía porque me sentía Julia Roberts en “Pretty Woman”, cuando está en la bañera y le dice a Richard Gere que lo va a pasar tan bien con ella que no la dejará marchar. Él le dice que, con lo que le cuesta su compañía, seguro que la deja marchar. Y ella contesta, para sí: “Pero ahora estoy aquí”.

“Pero ahora estoy aquí”.

La de veces que pasó esa frase por mi mente.

Pero ahora estoy aquí.

Pero ahora estoy aquí. Y aunque no sé cuándo volveré a estar aquí, ni así, ni contigo, ahora estoy aquí. Y lo demás no importa.

Pero ahora estoy aquí.

Obviamente, mi vida no es una comedia romántica. A mí sí me dejó marchar. Qué digo, ¿marchar? Nunca fui capaz de atravesar los mil océanos que nos separaban, ni tan siquiera atisbar la costa.

La costa. Ja. Pura Fata Morgana. Pura pirotecnia.

Era imposible, no había ni un ápice de esperanza. Pero así y todo me lancé al mar, una y otra vez.

Pero ahora estoy aquí.

Tal vez era simple necesidad de un final feliz.

Ilusiones absurdas.

Y cuando por fin ves que es imposible surcar mil océanos, cuando ves que si sigues lanzándote a ese mal insondable lo único que conseguirás es ahogarte, tienes que ponerte a salvo. No queda otra. Y la única salvación posible es alejarte de la costa, de la orilla, caminar tierra adentro, lejos, para que nadie te alcance. Para ni siquiera oír el murmullo de las olas de esos océanos.

Hace más de un año que eché a correr tierra adentro, con un único objetivo: alejarme del mar.

A veces parece que hace siglos de aquello. A veces parece que fue ayer.

Y, entretanto, hago caso a Murakami. Así que bailo, bailo, bailo.

Literal y metafóricamente.

Y así, el mundo sigue rodando.

2 comentarios:

  1. Bonica, lo que te decía que sigas ahí, que quién no te vea...se lo pierde, porque tú estás ahí y eres bellísima, por dentro y por fuera...baila baila baila...ya verás que en una de las vueltas habrá alguien que descubra tu transparencia ;-)

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    1. Gracias, Antoñita. ¡Usted si que es divina!

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