jueves, 3 de julio de 2014

C2

Creo que no he dado suficiente importancia a un acontecimiento muy significativo en mi vida en las últimas semanas: he aprobado el nivel C2 de inglés.

Para el que no lo sepa, el nivel C2 es un nivel muy alto, es un nivel de “sé mucho inglés”. Así que aprobarlo ha sido todo un reto. Un reto que me ha llevado tres años.

Llevo mucho utilizando el inglés de manera habitual en mi vida. Viajo a menudo al extranjero por trabajo y las reuniones son siempre en inglés. También lo uso en el día a día, en la lectura y redacción de informes y artículos científicos, en la correspondencia con colegas. He ido a curso de formación en inglés e incluso he dado yo cursos en ese idioma. Antes solía leer de manera esporádica en inglés, pero desde hace algo más de un año, suelo tener siempre un libro en inglés en marcha. Veo series y películas en inglés, no todas, pero sí bastantes. Y hace bastantes meses que tengo por costumbre llevar puesta una emisora inglesa en la radio del coche.

Vamos, que se podría decir que sé inglés.

Eso no quita que tenga momentos de crisis, tampoco implica que entienda todo lo que está escrito en inglés y, sobre todo, todo lo que oigo. Tengo un inglés aprendido en colegios y escuelas de idiomas. Nunca he vivido ni he pasado un período medianamente largo en un país anglosajón. Pero he aprendido inglés, me mola aprender y me molan los idiomas.

Decía que he tardado tres años en aprobar el nivel C2. El primer año, no me lo tomé muy en serio. Aún estaba con la sorpresa de haber aprobado el C1 sin haber estudiado nada, así que no creía que fuera a aprobar el C2 a la primera. Encima, la semana del examen de junio fue una de las semanas más horribilis de mi vida: tenía que depositar la tesis, mi padre tuvo un desprendimiento de retina y alguien que creía importante en mi vida resultó que no lo era tanto. Fui al examen pero ni lo acabé: mi padre entraba en quirófano esa misma tarde y me pareció absurdo estar allí, examinándome de algo para lo que no estaba ni remotamente preparada.

El segundo año fue aún peor. Empezó el curso el día que defendía mi tesis doctoral y, aunque me ha costado tiempo darme cuenta, caí en un bajón intelectual importante. No tuve una depresión post-tesis ni nada eso, sino que le había dedicado tantos años, tanto esfuerzo, tanto de mi misma a esa tesis que me quedé vacía. No tenía energía para seguir dedicando mi tiempo libre a estudios. Eso, unido a alguna crisis sentimental me llevó a abandonar el curso cuando faltaban varios meses para que acabara. Me disculpé con el profesor, para que no creyera que era culpa suya, y decidí postergarlo todo el tiempo que hiciera falta.

Y llegó el tercer año. El último con derecho a clases presenciales. Dudé si matricularme o no, no sabía si tendría la energía que necesitaba para seguir el curso y, sobre todo, aprobarlo. Pero me sentía fuerte, animada y me lancé. Y esta vez, sí, gané. Ha sido un curso largo, intenso. He tenido el mismo profesor que los años anteriores, un profesor que me ha gustado mucho y que cada año ha dado las clases de manera diferente. He ido a clase siempre que mis viajes laborales me lo permitían. No he faltado ni un solo día por pereza, aburrimiento o porque prefería quedarme en casa. Y a eso, no lo voy a negar, ha colaborado que en mi clase hubiera un chico mono. El chico mono de inglés, como lo llamaba yo. Era simplemente eso, un chico mono y majo y un aliciente para obligarme a ir a clase. No ha sido más que eso. He hecho los deberes siempre que he podido, incluso a horas intempestivas de la noche. He leído bastantes libros. He convertido el inglés en parte de mi vida. Y he aprobado. Haciendo el examen, no estaba muy segura de haber aprobado pero sí que lo disfruté, disfruté de lo que estaba haciendo, no me resultó un examen pesado ni terrorífico. Me resultó natural hacerlo.

Debo admitir que no he tenido notas espectaculares, de media menos de 7. Pero he conseguido hacer algo que tenía empezado. Por una vez, no he dejado una cosa a medias.

Me llena de orgullo y satisfacción.

Je.

La verdad es que no creo que sepa más inglés del que sabía antes de aprobar este examen. La verdad es que no creo que sepa mucho inglés. De hecho, la semana en el curso en el que estuve, tuve momentos de crisis lingüística de no entender nada. Pero estoy contenta de haber superado este reto. Ya tenía ganas de poder superarlo y dedicar el tiempo de clases y estudio de inglés a otras cosas. Ya veremos a qué.

Ayer me matriculé en el nivel básico de francés.

En la foto, un gato en Moni Chrisoskalitissis, un monasterio en el sudoeste de Creta, la última vez que estuve allí, hace ya demasiado. No tiene nada que ver con la entrada, pero es parte de la foto que tengo ahora mismo de fondo de pantalla. Y me gusta.

miércoles, 2 de julio de 2014

Un día

De repente, llega un día en que todas tus preocupaciones, todos tus cabreos, todas tus frustraciones, todos tus problemas, todas tus tristezas, toda esa energía negativa que circula a tu alrededor alcanza cuotas extremas y de repente, sin más, lo liberas todo de golpe con una cascada de lágrimas incontrolables.

Ese día ha llegado hoy.

Todo, todo, todo se ha ido acumulando y todo, todo, todo ha acabado saliendo a borbotones, sin poder detenerlo. En realidad no ha salido todo, porque los que tienen la mala suerte de pillarte cerca en ese momento te miran con cara de sorpresa y te dicen “Pero si eso que te he dicho… ¡no era para tanto!”. Y tú lo admites, con los ojos rojos, cogiendo un segundo paquete de pañuelos, sorbiendo los mocos e hipando sin control. Y te intentas controlar. Porque claro, “eso” que ha desencadenado la cascada no era, ni mucho menos, para tanto. Pero todas las minucias negativas de tu vida personal, sentimental, familiar, laboral y social tienen que salir fuera en algún momento y de alguna manera.

Y ha sido hoy.

Es así. No es nada terrible, ni horrible, ni siquiera preocupante. Pero hay veces que hay que parar, que tienes que decir basta, que el mundo tiene que comprender, al menos una vez, que lo de ser fuerte es agotador. Y si encima tienes faringitis y estás menstruando, pues aún más agotador.

Mañana volveré con fuerza, energía y alegría.

Hoy, simplemente, es hoy. Un día.

En la foto, un pececito triste que fotografié la semana pasada en Copenhague. A ratos, me siento identificada con él.

Y encima, va Bichejo y cuelga este video en twitter y ahí estaba yo, llorando a moco tendido. De bonus track, la canción original de la peli (“Frozen", que ya comenté aquí).


viernes, 27 de junio de 2014

Azul

Tengo una pequeña mancha azul en el pie izquierdo, en la cara interna, justo al lado del (excesivo en mi caso) puente y no muy lejos de mi lunar del talón. Es una mancha de pintura. Hace ya varios días que la tengo y no se acaba de borrar. Debo admitir que no he puesto mucho empeño en eliminarla. Es pequeñita, casi medio centímetro de largo y un par de milímetros de ancho, pero no tengo ganas de que desaparezca. Es uno de los pocos recuerdos físicos que conservo de los últimos días de mar. Otro es una anilla metálica que era circular y, por un golpe mal dado, se volvió elíptica. Y el tercero es una pegatina de un local que alguien pegó bajo un asiento de mi coche en una última noche de copas (y botellón, ¡a mi edad!) en tierra.

En el mar, todo se degrada por el salitre y, de vez en cuando, hay que picar la pintura de los barcos y volver a pintar. En nuestros días de mar, hubo tiempo también para eso. Algunas gotas de pintura azul cayeron dispersas por el exterior de la cubierta del puente. Yo, que tenía que salir fuera a ponerme mis zapatos de seguridad de suela en desintegración, me debí manchar con esas gotas en algún momento. Fueron manchas diminutas, casi sutiles: una en uno de mis calcetines, una en el pie.

Mi mancha en el pie me recuerda que, no hace tantos días, yo estaba en el mar. Con todo lo que eso significa.

Volver a tierra fue toda una vorágine, no sólo de sentimientos, sino también de eventos. No todos agradables. Los escasos días en casa, antes de volver a coger un avión, fueron mucho más frenéticos de lo esperado, con algún susto hospitalario familiar incluido. Así que, casi sin tener tiempo de pensarlo, pasé del barco a casa, de casa al hospital y del hospital al avión. Sin tiempo para digerir como se merece los días de mar, engullida por una nueva vorágine viajera, con sus propias complicaciones digamos que personales de las que tal vez, sólo tal vez, algún día hablaré.

Por eso, esta mancha azul me ayuda a recordar el mar, las cosas buenas del mar. Es un vínculo sutil y extraño, no es bueno añorar cosas que sólo han pasado unos días antes, pero tampoco quiero desprenderme de esta conexión tan bruscamente. Los días de mar deben desaparecer sutilmente, no a golpe de un nuevo viaje que elimine lo anterior, sino diluirse poco a poco, como los restos de pintura azul en mi pie izquierdo. Y así, un día, cuando desaparezca la pintura, desaparecerá también ese vínculo invisible, esa conexión que aún perdura.

Pero la anilla y la pegatina seguirán ahí.

En la foto, mis zapatos de seguridad, con sus suelas desintegrándose y algunas gotas de pintura azul rodeándolas.

jueves, 26 de junio de 2014

Sankt Hans

No soy yo muy de celebrar San Juan. Desde que me dedico a esto de medir peces, casi cada año me ha pillado fuera de casa, en general en el mar, con todas las limitaciones festivas que ello conlleva.

Este año, para no variar, he vuelto a estar fuera, esta vez en Copenhague. En un principio, creí que no habría ningún tipo de celebración, más allá de una merendola para romper el hielo ofrecida por nuestros anfitriones. Pero al final, los colegas locales del curso en el que estamos nos comentaron que muy cerquita habría una hoguera. Y allí nos fuimos, una variedad de los participantes internacionales de este curso. Cargamos con algunas cervezas y nos unimos a la multitud (silenciosa, qué silenciosos son estos daneses) que, sentada junto a un canal, asaba carne en pequeños packs individuales sobre el césped. Y allí estuvimos, junto a un montón de madera coronada con una bruja (¿o brujo?), tomando cervezas hasta que el fuego la consumió y disfrutando de esos atardeceres tan tardíos como lentos que parecen caracterizar el verano danés.

De vuelta a la civilización, una última cerveza con uno de los profes del curso acabó alargando la noche más de lo esperado. Y a la hora mágica de la medianoche, cuando medio mundo saltaba hogueras y otro medio mundo entraba en el mar, acabamos en una hamburguesería comiendo una hamburguesa de queso.

Así que, este año, ni deseos, ni rituales, ni tradiciones. Este año, hamburguesa de queso.

Las fotos son con el móvil.










martes, 24 de junio de 2014

Deshaciendo el equipaje

Por motivos varios y diversos, voy con un poco de retraso en publicar cosas escritas en los últimos días. Esto está escrito desde el jueves pasado y tenía que haberlo publicado entonces, pero bueno, aquí está.

Deshaciendo la maleta de la campaña. Ahora sí que lloro. De verdad. Quince días en el mar. Dan para mucho, mucho. Hay mil y un momentos, mil y una anécdotas, mil y un instantes vividos, sufridos, disfrutados. Momentos que se grabarán para siempre en mis retinas, momentos que ya he olvidado, momentos que no quisiera olvidar, momentos que quisiera que no hubieran pasado jamás.

Siempre lo digo, siempre. Cada campaña es única y diferente, totalmente nueva. De cada una tengo recuerdos claros y precisos. Otras muchas cosas las he ido olvidando, claro. Otras las mezclo ya. Pero siempre hay algo, algo, que hace que cada campaña sea especial, única.

¿Qué recordaré de esta campaña en el futuro? ¿Qué es lo que recuerdo ya ahora?

Un fin de semana terrorífico, con muestreos nulos, enganches, roturas y destrucción de aparejos ajenos. Una tecla de uno de mis portátiles que se salió de sitio. Un amanecer desde el portillo de mi camarote en el puerto de Maó, con una sonrisa en los labios, yendo a dormir después de una noche genial. Una partida de futbolín entre risas incontrolables. El desayuno en mi sitio de siempre, junto al mercado, unas pocas horas después. Los delfines que vimos. Los atunes que nunca capturamos. Los pulpos asados en popa. Trabajar en el parque de pesca hasta las once de la noche con los colegas, tras la única noche de copas en tierra y habiendo dormido sólo tres horas. La cara de ilusión de la gente que llegó asustada a la campaña y te da las gracias por haberles invitado. Tener la sensación de no querer estar, en ese momento, en ningún otro lugar. Salir del puente después de la una de la mañana, después de más de 18 horas trabajando allá arriba. Subir y bajar escaleras, subir y bajar escaleras, subir y bajar escaleras. El pinzamiento del gemelo de mi pierna derecha. Algunos pinchazos de dolor y no en el gemelo, precisamente. Abrazos con las colegas en los días en los que necesitas abrazos. Las divertidas conversaciones en el puente. También las serias. El trabajo duro, durísimo. Las toneladas de muestras analizadas. El color de los muestreos a poco fondo, con kilos y kilos de algas e invertebrados de preciosas tonalidades. La bajada en zodiac a desembarcar a un científico y embarcar ensaimadas, con caña de por medio y un motor que casi no responde. Hablar con amigos pescadores por la radio. La niebla que nos rodeó completamente algunas mañanas. La luna llena que tanto juego dio. Los cafés que me tomé, creo que más que en toda mi vida anterior junta. La sensación de que por las noches no dormía, sino que caía en coma profundo. Mi rincón favorito en el barco, en popa, junto a la amura de babor, en el momento que llegaba el lance a bordo. Mis botas de seguridad desintegrándose, esperándome fuera, en la cubierta del puente. La gente.

Ah, la gente.

El personal científico. Mis chicos, los míos. Desde becarios a jubilados, pasando por técnicos e investigadores, incluyendo gente de otros países. Se ha hablado español con numerosos acentos (incluyendo mejicano), catalán también con varios acentos, gallego e incluso inglés y francés. La tripulación del barco. También son ya mis chicos. Eu falo galego. Aunque aún no sé si que me traten como a uno de ellos es bueno o malo (“A veces creo que no os dais cuenta de que soy una chica”, les dije un día). Sus palabras amables, sus charlas agradables, su respeto sereno, sus historias increíbles. A veces se me hace difícil agradecer el trabajo de todos ellos, científicos y tripulantes. Una ronda de cervezas en tierra y unas ensaimadas a bordo me siguen pareciendo poco. Ha sido duro, mucho, no lo voy a negar. Y, en general, ha habido más sonrisas, agradecimientos y enhorabuenas que quejas y caras largas. De esas también hay, claro.

Y yo, como soy tonta, me olvido de todo lo malo, que lo hubo, y bastante. Supongo que estará por ahí reflejado en alguno de los diarios de a bordo que escribí. El oficial, de trabajo y las notas tomadas a lápiz que compartí aquí (I, II y III). Ya se me ha olvidado eso que dije una y mil veces estos días de “Yo no vuelvo a ser jefa”. Sí, se me ha olvidado ya. Lo sabía. Ja. Y el año que viene, me volveré a quejar de no cumplir la promesa que hago en los días malos. Porque sólo recuerdo los días buenos. Porque el mar es lo que tiene: es mágico, es especial, es increíble. Es casi irracional. Y vivirlo es una experiencia tan enriquecedora y sorprendente que nunca te deja indiferente. Para bien o para mal.
Volver a tierra siempre es un momento duro, difícil. De melancolía contenida por lo que dejas atrás, de alegría sincera por reencontrarte con lo que tienes en tierra. Son días de ruleta rusa de emociones. De sonreír con recuerdos, de llorar de añoranza. Es difícil de explicar y es difícil de entender para quien no lo ha vivido.

De verdad, lloro. Literalmente. Se me pasará, no os preocupéis.

En las fotos, algunos de estos momentos.











domingo, 22 de junio de 2014

Palabras escritas a lápiz (y III)

Con un poco de retraso, llega la última entrega de palabras escritas a lápiz desde el mar. El último día, actualicé desde un barco en mitad del mar. Hoy actualizo desde un avión en mitad del cielo. Maravillas del mundo moderno.

Lunes, 16 de Junio
 Hoy vemos tres islas a la vez: Mallorca, Cabrera y Dragonera. De verdad.
En el mar, también hay días de silencio.
Casi me duermo de pie.
Crisis total de sueño.
Sopor absoluto en el puente.
En esta campaña, estoy tan cansada que creo que por las noches no duermo, sino que entro en coma.
Llevo tanto en este barco que cuando suena la alarma del radar, ya sé quitarle el sonido yo misma.
Me paseo descalza por el puente (pero con calcetines, ¿eh?).

Martes, 17 de Junio
 Acumulación de jerséis en mi silla en el puente.
Ayer, simulacro con Salvamento Marítimo.
Hoy, último día en el mar. Entre la risa y el llanto. Bueno, igual no tanto.
Me encanta esta estación de muestreo pegada a Dragonera.
Sé que esto se acaba pero la verdad es que no tengo la sensación de que esto se acaba.
Último café de la campaña.
Voy a echar de menos estos cafés a media tarde.
Today, open air BBQ (on the deck).

domingo, 15 de junio de 2014

Palabras escritas a lápiz (II)

Seguimos en el mar, escribiendo a lápiz.

Miércoles, 11 de Junio
Hoy, en el puente, Pink Floyd.
Cuando quiero ser borde, puedo ser muy borde.

Jueves, 12 de Junio
“Desde el cielo con amor, dígame”, contesta al teléfono el capitán desde el puente. “Desde el laboratorio seco con más amor”, le contesto yo desde el susodicho laboratorio.
Maó da resaca.
Anoche despertamos a un oficial con nuestra charla. Mejor dicho, esta mañana despertamos a un oficial con nuestra charla.
Una campaña no es campaña sin galletas Príncipe.
Tercer café de la campaña. Creo que he tomado más estos días que en todo el año pasado.

Viernes, 13 de Junio
No hay nada como empezar el día con una buena bronca del jefe.
Qué bonita es la costa norte de Mallorca desde el mar.
Se me ha montado el gemelo derecho. Ay, qué dolor.
Ver una pareja de delfines surcando un mar en completa calma es un auténtico regalo para los sentidos.
Peces voladores. Aquí y allá. Surcando los aires a ras de mar.
Qué bonita es mi isla.
Hoy es uno de esos días en los que me enamoro de mi trabajo.

Sábado, 14 de Junio
El mar es ahora mismo una balsa de aceite.
Hoy he tenido uno de esos sueños que hacen que te levantes con una sonrisa triste en los labios. Ah, la amargura de los sueños imposibles.
Quiero un abrazo.
Trabajar con este barco vale 9000 euros al día. Y lo pagamos entre todos. Trabajar horas infinitas me parece casi una obligación moral.
Hoy, en el puente, suena The Boss.
Qué largos son los fines de semana de trabajo.
Otro café.
Manchando los estadillos de chocolate.
Ahora que ha pasado la luna llena, los temas de conversación en el puente se han diversificado: comida, política, idiomas, fútbol, pesca, sexo.
“¡Atunes por babor!”. “¡Atunes  por babor!... ¿Eso son atunes? ¿No son delfines?”. “¡Delfines por babor!”. “¡Delfines por babor!”.
Eu falo galego.
Ahora que se están instaurando ya algunas rutinas, se acerca el final.
Hoy he visto un atardecer que soy incapaz de describir. Zodiac. Barco. Dragonera. Rojos y naranjas. Palabras clave para recordarlo.
Me dice el capitán: “Estás mejor ahora que cuando te conocí hace 11 años” y le contesto “Eso es que llevas muchos días de mar y me miras con buenos ojos”. Y salta un oficial “No, ¡si el otro día ya me lo había comentado!”.

Domingo, 15 de Junio
Qué grande ayer el momento zodiac.
Según llega el momento de volver a tierra, te das cuenta de que las coas que dejaste allí pendientes siguen esperando tu regreso, no han desaparecido en este tiempo, aunque tengas la sensación de que se han diluido.
¡¡Delfines!! ¡¡Delfines!! ¡¡Delfines!!
Hoy tenemos vientos de hasta fuerza 7 y fuerte marejada. Y esto casi no se mueve. Una pasada.
Qué bordes pueden llegar a ser algunos cuando son bordes.
En el mar, cada días es un día largo, único, diferente. Nunca hay dos días iguales. Siempre pasan mil cosas. Hoy tenemos a una cuarta parte del personal embarcado con diarrea.
Acabo de ver que he apuntado con lápiz una misma cosas dos veces. No diré cuál. Ni siquiera la reproduciré.
El fin de semana pasado fue un infierno laboral. Éste, una delicia. A pesar del viento y la fuerte marejada.
Anoche me tomé una manzanilla para relajar mis músculos contraídos (gemelo, espalda) bajo una luna espectacular.
Hoy hemos desayunado cruasanes. De cena, pizza, huevos, patatas y lomo fritos. Quedan 50 minutos. Estoy salivando.
De postre hoy ha habido ensaimadas, traídas ayer desde tierra.