martes, 22 de marzo de 2016

Miedo. O lo que sea

Cuando se estrelló aquel avión en Barajas, pasé varias semanas obsesionada con los aviones. Yo vivía en Creta y aviones comerciales sobrevolaban todas las noches mi casa, hasta horas intempestivas, de camino al aeropuerto, a apenas 10 Km de donde yo estaba. Tenía que coger un vuelo un mes después y me aterraba la idea de hacerlo. Pero según pasaban los días, el miedo se fue diluyendo y cogí mi vuelo sin problemas.

Cuando ETA mató a dos guardia civiles en mi isla y tras las sucesivas explosiones que se produjeron días después, todo me parecía sospechoso, todo me parecía inseguro. Mi isla, la isla de la calma era vulnerable, tanto o más que cualquier otro lugar. Durante días, pensé en el tema, en las bombas, en lo que había ocurrido, pero poco a poco la inseguridad se fue diluyendo y el miedo desapareció.

Tras los atentados de París de Noviembre, pasé unas semanas en un estado similar a los anteriores, ese miedo que no sé si es miedo, esa inseguridad, esa sensación de que puede pasar cualquier cosa, en cualquier lugar. Hice dos viajes antes de final de año, totalmente a desgana, a dos destinos que podrían ser tan objetivos como cualquier otro, pensando que no tenía por qué pasar nada, pero que tampoco nadie nos garantiza que no vaya a pasar. En el primero de ellos coincidí con dos colegas francesas, muy afectadas por lo sucedido. Fue un viaje frío y triste. Era una de esas reuniones en las que después siempre salimos a cenar, a veces en grupos grandes y reímos y disfrutamos de coincidir con gente que normalmente ves poco. Esa vez fue diferente, estábamos todos más dispersos y poco animados. Todas las noches cenaba con las colegas francesas, pronto y sin apenas risas, intentando hacer normales unos días que no tenían nada de normales. Las colegas argelinas y marroquíes se sintieron muy incómodas aquellos días, se sintieron inseguras, observadas y acusadas de unos delitos que no tenían nada que ver con ellas. Fueron días raros, mucho. Pero, de nuevo, esa sensación de incomodidad, de inseguridad, de miedo, de lo que sea, se acabó diluyendo como un recuerdo pasado.

Esta mañana, cuando de camino a la oficina he oído que había habido dos explosiones en el aeropuerto de Bruselas, se me han puesto los pelos de punta. Luego he pasado más de media mañana en una reunión y, al salir, he descubierto que el terror se había extendido al metro de Bruselas. Maelbeek. Maelbeek. Maelbeek es “mi” estación de metro en Bruselas, la que está en los bajos del edificio de la Dirección General a la que normalmente voy por trabajo. A principios de mes estuve en ese aeropuerto, estuve en esa estación. El primer día me llamó la atención los dos militares armados que me encontré nada más salir del vagón del metro, en el mismo andén. Hace tres semanas, Bruselas me pareció tan fría y gris como siempre. Lucho desde hace años con esa extraña relación amor-odio que mantengo con esa ciudad y, en mi último viaje, me pareció que Bruselas se hallaba en una extraña calma tensa. Militares armados en estaciones de tren y metro no es algo que suela yo ver en mi día a día. Fui, hice mi trabajo, visité la Grand Place a dos grados bajo cero antes de las ocho de la mañana y actué con total normalidad, con un poso de no-sé-qué, de ese uf, de ese miedo, de esa inseguridad, de esa extraña sensación que no quieres llamar miedo, pero que de alguna forma se debe llamar.

Esta semana quería escribir una entrada sobre ese último viaje a Bruselas, sobre las cuatro fotos que hice, sobre esa ciudad gris que me acoge de tanto en tanto con un abrazo frío. Pero ya no lo haré, me parece totalmente superficial.

Madre mía, la entrada que escribí hace ahora tres semanas, desde el aeropuerto de Bruselas, me parece de una frivolidad espantosa. En ese aeropuerto, hoy ha muerto gente.

Hoy no he llorado porque estaba en la oficina. Ver las imágenes de sitios que conozco, el aeropuerto, las calles que rodean Maelbeek, la plaza de la Bolsa, me ha desarmado. Me pregunto si los militares que había armados en la estación, alguno de los pasajeros con los que compartí vagón de metro aquellos días o los colegas que trabajan en uno de los edificios desalojados, justo encima de la estación han muerto o han resultado heridos.

“No tendrás que ir a Bruselas, ¿no?”, me han preguntado hoy algunos colegas en la oficina. “De momento, no”, he contestado. Pero sé que algún día tendré que volver. Algún día volveré a ese aeropuerto que aún permanece cerrado, algún día volveré a coger el metro y volveré a parar en Maelbeek. Y seguramente lo haré con un nudo en la garganta, pero lo haré. Porque eso que sentiré, eso que siento, no quiero llamarlo miedo, eso sería dejarnos vencer. Lo llamaré desasosiego. Pero ni siquiera el desasosiego nos impedirá seguir viviendo. No nos queda otra.

En la foto, póster “Bières de la Meuse” de Alphonse Mucha, en el interior de un bar, por delante del que pasé a una hora muy temprana, a dos grados bajo cero, en mi visita relámpago a la Grand Place hace tres semanas. Me encanta Mucha. Y necesitaba un poco de su color para esta entrada.

domingo, 20 de marzo de 2016

Despierta

Hace tiempo que no hago fotos, fotos en serio, de esas de jugar con la abertura del diafragma y la velocidad de disparo. Hago fotos con el móvil y con la cámara compacta, pero hacía meses que no tocaba la réflex. Incluso en los viajes que he hecho este año, la réflex se ha quedado en casa. No he tenido ganas de dedicarle tiempo a jugar con las luces y sombras, de fotografiar más allá de cosas que veo de manera obvia y que puedo reflejar con la mala cámara de mi móvil.

Por eso me hacía especial ilusión participar en la iniciativa de Despierta. Despierta es un proyecto fotográfico colectivo de Expedición Polar. Me he enterado alguna vez de la iniciativa a posteriori, pero esta vez me enteré con suficiente antelación como para apuntarme. Y eso que levantarme antes de salir el sol un domingo no era especialmente atractivo, especialmente porque llevo ya demasiados días sin parar. Después del fin de semana de swing y una larga semana laboral, el fin de semana lo he tenido cargadito de planes, empezando por el jueves. Desde el jueves llevo acostándome después de la una (o de las tres…). Aún así, anoche puse el despertador a las seis y pico. “La alarma sonará dentro de 5 horas”. Qué terroríficas palabras.

Me ha costado despertarme y, de hecho, he aplazado mis planes de ir junto al mar a ver amanecer. Estaba muy nublado, llovía y me he hecho la remolona un buen rato en la cama. Pero al final me he levantado. Al fin y al cabo, se trataba de hacer fotos al amanecer, sin normas fijas. Me he asomado por la ventana, esperando ver la luz cálida del primer amanecer primaveral, pero me ha sorprendido la luz fría, acentuada por la lluvia y las nubes. No hay grandes vistas desde mi casa, pero he salido al balcón, antes de las siete de la mañana, en pijama y bata y he estado haciendo fotos a mis plantas, sobre todo a las buganvillas. Fotos de verdad. Jugando con el ISO, la velocidad del obturador y la abertura del diafragma. Fotos muy granuladas, porque esa luz fría de este amanecer lluvioso me pedía eso.

He hecho unas cuantas fotos, la mayoría de ellas totalmente desechables, ninguna de ellas pasará a la historia como una gran fotografía, pero me ha gustado esa sensación de buscar la foto, de vivirla, de sentir otra vez la diversión de enfocar y jugar con el modo manual de la cámara réflex.

Cuando he sentido frío, he vuelto a la cama y he dormido otro rato. Luego, ya de día, aunque aún con nubes, me he levantado y he vuelto a mirar por la ventana. Qué distinta la luz del día a la luz del amanecer. Y he pasado la mañana junto al mar, de nuevo bailando.

Las fotos son de este amanecer, menos la última, que es de horas más tarde (hecha con el móvil).







martes, 15 de marzo de 2016

Varios apaños

Soy muy fan de las manualidades, de lo que ahora llaman modernamente DIY (Do it yourself, vamos, “hazlo tú mismo”). No es que sea yo una experta en manualidades, pero me gusta hacer algún apaño de vez en cuando. Hoy traigo por aquí algunos de estos apaños.

El primero es una soberana (y a la vez útil) tontería que hice hace algún tiempo, igual hace un par de años ya. Fue cuando volví a ir a nadar a una piscina que acababan de reformar, donde habían puesto taquillas nueva (muchas) que necesitaban candado para cerrar. Me compré un candado adecuado y, consciente de la posibilidad de olvidarme del número de taquilla (o de dónde estaba mi taquilla), decidí personalizarla de una manera tontísima: con un poco de washi tape. Tan simple y tan tonto. Así que decoré el candado, pensando que no me duraría nada y, oh, sorpresa, me ha durado desde entonces. La verdad es que es muy útil, porque más de una vez he ido a la zona de taquillas, después de nadar, pensando cuál era mi taquilla… “La del washi tape” es siempre la respuesta correcta.


El segundo apaño es aún más divertido. El armario empotrado de mi habitación está lejos de la luz, así que tiene una pequeña zona casi oscura que es donde tengo una cajonera en la que guardo la ropa interior y los pijamas. Una vez, en una revista leí que una solución a este tipo de problemas era colocar luces dentro del armario. Lo más sencillo: luces navideñas, de esas que van con pilas y no necesitan enchufe. Esto lo leí mucho antes de Navidad (yo diría que justo después de las penúltimas Navidades, o sea, igual hace un año ya) así que, cuando llegó Navidad, ya casi me acordaba. Cuando lo recordé y me puse a buscar las luces adecuadas, no había manera de encontrar lo que yo quería: algo tan simple como luces blancas fijas. Lo intenté con unas luces de colores de los chinos (de los colores del Barça, jajaja), pero era un auténtico infierno. Al final, de casualidad, encontré unas luces perfectas, pequeñas y blancas. Mi primera intención era colgarlas en la parte superior del armario, para que me iluminaran todo. Pero el armario es estrecho y la ropa tapaba la luz. Plan B: engancharlas (con un simple celo) alrededor de la cajonera. Estoy encantada, son superútiles y las uso muy frecuentemente.




El tercer apaño ya es de nota. Tengo un armarito en el recibidor de casa (en adopción, porque era de mis padres, mi hermana se lo pidió en su día y, cuando quisieron deshacerse de él, lo adopté temporalmente porque mi hermana no tiene recibidor en casa, juas, juas, juas) donde guardo zapatos que no uso habitualmente (como las botas de agua, las de montaña y algunas zapatillas extras que tengo). Del último viaje a Barcelona me traje dos pares de zapatos para bailar swing que quería guardar allí. Pero no cabían. Observando el armario, vi que había suficiente espacio en vertical y me pareció que, con una madera, podría ganar un pequeño estante. Pensé en encargarlo a alguien, pero recordé que tenía algo de madera fina por casa. Cogí una sierra (sí, tengo una sierra en casa –y dos martillos-, soy una mujer modenna y autosuficiente) y yo misma corté un trozo adecuado (y torcido). No es perfecto, el color no pega con el resto y se comba un poco por el peso (aunque lo que hay encima pesa poco), pero de momento sirve para lo que quiero, así que estoy más que contenta con el resultado.




Y hasta aquí mis últimas chapuzas. Siempre pensando en alguna cosa nueva…

domingo, 13 de marzo de 2016

De fin de semana

No será la mejor foto de las que he hecho estos días, ni la más bonita, ni la más espectacular. Pero es una foto del clandestino que marca el final de un fin de semana maravilloso y que resume lo que han sido estos días bailando a orillas del mar. Un fin de semana de lindy hop y jazz steps, sí. Pero no sólo ha habido swing estos días, ha habido de todo, swing y yoga y piscina y fiesta y clases y hasta música tradicional mallorquina y sol y viento y lluvia y muchas, muchas ilusiones. Gracias Margarulia por organizar esto, por hacer de tu ilusión nuestra ilusión y convertirla en una realidad que nos ha llenado de felicidad a muchos, aunque nos vaya a doler el cuerpo durante varios días. Porque soñar es bailar con los pies y este fin de semana no hemos parado de soñar.



lunes, 7 de marzo de 2016

"The Chessmen" de Peter May

Tenía ganas y no tenía ganas de leer este libro, el tercero de la trilogía de Lewis. Tras “The Blackhouse” (o “La isla de los cazadores de pájaros” que es como lo leí yo) y “The Lewis Man” (“El hombre sin pasado”, en su versión española), “The Chessmen” (“El último peón”) pone fin a las historias de Fin Macleod. Me daba mucha, mucha pena despedirme de Fin. Es un personaje al que le cogí mucho cariño desde el primer libro de la trilogía y sí, lo admito, evitaba leer el libro para posponer la despedida.

La historia arranca con un lago que desaparece en una zona remota de la isla de Lewis y que descubre una avioneta con un cadáver en su fondo ahora seco. Lo que podría parecer un accidente se presenta ante los ojos del ex inspector como un asesinato. De nuevo, historias del pasado y del presente se cruzan, secretos olvidados y hechos casi ignorados vuelven a marcar el presente de unos personajes cuyas vidas se cruzan, con el fabuloso paisaje de fondo de las Islas Hébridas escocesas.

Ya lo he dicho, soy muy fan de Fin Macleod y soy muy fan de Peter May (súperfan), así que este libro me ha gustado mucho, sí mucho. Me ha parecido un buen libro para cerrar la trilogía que me ha hecho disfrutar tanto. Sí, lo admito, hubiera querido más, quiero más. Pero la historia es lo suficiente robusta (y a ratos sorprendente) como para aceptar que se ha acabado. Como las novelas anteriores de la trilogía, la historia va más allá de asesinatos, misterios y novela negra. Y supongo que es lo que me gusta de estos libros, que no se quedan sólo es historias de asesinatos.

Así que nada, adiós Fin, ha sido un placer conocerte.

Afortunadamente, me quedan muchos libros de Peter May por leer.

sábado, 5 de marzo de 2016

Prostaglandinas

Las prostaglandinas son esas grándisimas hi.. de p… que hacen que muchas mujeres pasemos unos días horribles cada mes. Son unas moléculas con muy mala leche que hacen que nuestros úteros se contraigan a lo loco todos los meses, para eliminar el endometrio, un revestimiento que se forma cada mes en nuestro útero porsiaca (por si acaso un óvulo fecundado se posa en él. Vamos, por si acaso te quedas embarazada). Luego también hay otras moléculas, claro, como los leucotrienos, pero a estos los conozco menos. Por eso yo centro todo mi odio en las prostaglandinas.

Las prostaglandinas provocan contracciones sin dolor, poco dolorosas, bastante dolorosas o muy dolorosas (tachar a conveniencia). Parece que cuantas más prostaglandinas genera tu cuerpo, más dolorosas son tus reglas. Ah, había olvidado comentarlo: la regla es precisamente la eliminación de ese endometrio descartado cada mes por nuestros cuerpos femeninos. En fin, yo creo que soy una máquina fabricando prostaglandinas. Encima, las prostaglandinas afectan a otra musculatura lisa del cuerpo, como la del tracto intestinal (es decir, por donde circulan las caquitas). Eso hace que, como efecto adyacente, haya mujeres que sufran diarreas o estreñimiento. Como veis, producir muchas prostaglandinas implica una fiesta continua.

Como decía, debo fabricar prostaglandinas a lo loco, porque mis reglas son dolorosas. Mucho. Lo han sido siempre, siempre, desde el primer día de regla (eso que llaman menarquía), por lo que siempre he descartado (bueno, mi yo científica y los médicos) que mis amenorreas (o sea, reglas dolorosas) tengan un origen distinto al “natural”. Vamos, que no son señal de nada grave. Que no sean nada grave no significa que no sean molestas. Yo me pasé casi 8 años de mi vida pasando prácticamente tres días al mes en la cama, de la que salía cada rato por culpa de los vómitos y la diarrea, con unos dolores abdominales, lumbares y en las piernas que no me los calmaba nada, pero nada (vamos, ninguna droga legal).

¿Qué pasó después?, os preguntaréis. Decidí eliminar la producción de prostaglandinas de mi vida. Bueno, no lo decidí yo, fue por prescripción médica. Y así me pasé casi veinte maravillosos años de mi vida sin prostaglandinas. Claro, esto tiene sus consecuencias: me pasé veinte años sin ovular, arriesgando mi vida con la multitud de posibles efectos secundarios que las píldoras anticonceptivas tienen. Pero, ¿qué queréis que os diga? No quito esos casi veinte años de felicidad menstrual por nada. ¿Qué ha pasado ahora con mi vida para haber recuperado las prostaglandinas? Pues que una se hace mayor, le detectan una posible hipertensión que, aunque finalmente descartada, te da que pensar.

¿Y si me pega algo por mi deseo de vivir sin el dolor de las prostaglandinas? ¿Y si mis ovarios se han quedado tontos de tanta hormona? ¿Y si hay alternativas más saludables para mi cuerpo? Y empecé a investigar (para algo soy científica), a leer, a preguntar sobre los posibles remedios naturales o no tan agresivos. Tengo que decir que hace muchos, muchos años, ya pregunté sobre métodos alternativos a la química, pero me comentaron que la medicina tradicional china se centra en aspectos físicos, mientras que la medicina occidental se basa en aspectos químicos. Mi problema era (y es) químico, así que la mejor solución era química.

La cuestión es que me lancé metafóricamente a la piscina, abracé las terapias alternativas, la medicina tradicional china, y dejé la química a un lado. De eso ha pasado prácticamente un año. ¿Resultado? Los primeros meses aún fui feliz. Pero cuando las toneladas de hormonas que debían quedar por mi cuerpo empezaron a desaparecer, regresó la fiesta. Tengo las protaglandinas a tope. Unos meses más y otros menos, pero se lo pasan pipa, cada mes, provocándome contracciones que ni la acupuntura, ni los remedios naturales, ni seguir los consejos de abuela (“no tienes que coger frío ni al abdomen ni a las lumbares”) solucionan totalmente. Que sí, que al menos no he vuelto a vomitar, pero tengo unos nuevos mejores amigos químicos: los antiinflamatorios no esteroideos (AINE).

Y os preguntaréis, ah, pillines, ¿por qué los AINEs quitan el dolor menstrual si no tienes nada inflamado? Porque parece ser que los antiinflamatorios limitan la formación de prostaglandinas. Eso es bueno (¡yupi!), porque las contracciones duelen menos, pero es malo (¡oh!), porque las prostaglandinas también mantienen la integridad de la mucosa gástrica, vamos que protegen el estómago de las cosas agresivas. Por eso dicen que no conviene tomar los antiinflamatorios sin nada en el estómago y por eso sigo pensando que genero prostaglandinas por un tubo: porque me puedo tomar un antiinflamatorio a pelo, sin nada en el estómago sin que éste se resienta. Tengo el súperpoder de producir millones de prostaglandinas.

La cuestión es que ahora me estoy planteando seriamente si pasar de las hormonas a los antiinflamatorios fue buena idea. Total, ambas cosas son sustancias químicas producidas para generarme felicidad (es decir, quitarme el dolor) y las dos son igual de malas (o no, debería investigar más) o buenas para mi cuerpo. Y en eso estoy, pensando que me conviene más. Tengo fases, momentos, según la época del mes, según el mes. El mes pasado, uf, el mes pasado hubiera matado por eliminar las prostaglandinas de mi cuerpo. Este mes, bah, este mes parece que lo voy llevando algo mejor. Cada mes es una nueva aventura menstrual.

Qué emocionante es mi vida, oye.

En la foto, un letrero que vi el otro día por Bruselas. No tiene nada que ver con esta entrada, pero es maravilloso.

martes, 1 de marzo de 2016

Agua en un aeropuerto

Imaginaos un aeropuerto en el que, nada más pasar el control de seguridad, haya una estantería llena de botellines de agua de medio litro. Imaginad que la estantería está cubierta de letreros que ponen cosas como “Agua para viajar”, “No hagas colas para comprar agua”, “Sólo a 1 €”. Imaginad que no hay nadie junto a la estantería, nadie que controle el agua, digo, porque los viajeros, curiosos, se agolpan junto a la estantería. El método de pago no puede ser más sencillo: hay una ranura por la que metes tantos euros como monedas te quieras llevar. La gente se acerca, mira curiosa y muchos, sí, muchos, rebuscan en sus carteras en busca del euro, se acercan a la estantería, cogen una botella y meten una moneda por la ranura. O hacen lo contrario, primero meten la moneda por la ranura y luego cogen la botella.

Parece impensable, ¿verdad?

Pues esa estantería existe. Existe en el aeropuerto nacional de Bruselas.

Y estoy segura de que nadie se lleva las botellas sin pagar. Bueno, igual algún turista idiota sí que se las lleva, pero lo dudo: si ves a la gente de tu alrededor actuar de manera civilizada, actúas de manera civilizada. Somos así. Creo.

Me parece impensable algo así en España. En serio. Pagar menos de dos euros y pico por medio litro de agua en un aeropuerto español es pura utopía. Y tener docenas de botellas de agua al alcance de cualquiera que pase por allí, sin nadie que vigile, suena aún más utópico.

Sí, sí, mucho sol, mucha playa, pero aún tenemos mucho que aprender.

En la foto, mi agua viajera. No me he atrevido a hacer una foto a la estantería, no sé si está permitido hacer fotos en este aeropuerto y no quiero arriesgarme.

Feliz Día de las Baleares a mis paisanos. Yo me lo he perdido. Con un poco de suerte, llegaré rozando la medianoche a mi isla.