Ayer tiré el cactus de mi foto de perfil, mi súper-cactus-nave-nodriza. Éste.
Era un cactus fabuloso, que adoraba. No recuerdo cuándo lo compré, pero hace mucho, mucho. Era un cactus de esos pequeñajos que se venden en todas partes. Hace años le hice una foto que presenté a un concurso de fotografía. Esta foto.
La llamé “Generaciones”. Entonces ya tenía varios años, era un cactus mediano y ya tenía pequeños cactus a su alrededor. La foto es de enero de 2007, hace seis años y medio. Así que calculo que el cactus tenía ahora unos 10 años.
Cuando me mudé de casa, el cactus fue casi lo primero que se vino conmigo. Miento: el cactus se mudó a mi casa antes incluso que yo, como demuestran estas fotos que me envió mi hermana estando yo en Creta, en verano de 2008. Por lo que veo, entonces ya había separado algunos de los pequeños cactus. Si mal no recuerdo, esa nueva maceta se la regalé, un tiempo después, a una amiga.
Las primeras fotos que tengo del cactus florido son de mayo de 2009, pero no sé si tuvo flores antes. No creo, porque un evento así seguro que lo hubiera fotografiado. Porque aquello fue todo un acontecimiento. ¡Una flor! ¡Tenía un cactus florido! Fue una grata e increíble sorpresa. Primero salió una, pero luego vinieron más, muchas más. En las fotos no lo veo claro, pero juraría que entonces el cactus ya estaba en el que ha sido en los últimos años su lugar en mi balcón: al fondo, en la esquina, junto al Aloe vera.
Con los años, el cactus creció más y más, y siguió echando flores, como se ve en estas fotos de 2010, 2011 y 2012.
Se hizo grande, muy grande. Así que hace un año, le volví a quitar algunos pequeños cactus, que sembré y repartí entre mi hermana y alguna amiga (como ya conté aquí y aquí).
Le he hecho muchas fotos al cactus y a sus flores. Sus flores. A veces una, a veces dos, a veces tres. Hasta seis simultáneas ha llegado a tener. La peculiaridad de sus flores era su futilidad: sus tallos tardaban días, tal vez un par de semanas en crecer, pero sus flores permanecían abiertas sólo unas horas. A veces, me iba por la mañana a trabajar estando el capullo cerrado y, al volver por la noche, ya se había mustiado. A menudo, florecían por la noche. Con nocturnidad y alevosía. De hecho, mis favoritas son dos series que hice dos noches noche, en mayo de 2012 y de 2013, jugando con la réflex y utilizando por trípode una silla de la cocina.
Revisando unas fotos de mayo, ahora me doy cuenta de que el cactus ya había perdido algo de su color, volviéndose más amarillento. Pero seguía floreciendo como siempre.
Fue en verano cuando empecé a notar que su superficie perdía su color habitual y se volvía marrón. Y uno de los cactus estaba seco y arrugado. No le di demasiada importancia, pero enseguida noté que el tono marrón se extendía por toda la planta. Incluso algunos capullos que le salieron no llegaron a desarrollarse.
En septiembre estuve todo el mes fuera y, en uno de los viajes, mi padre (que es el que pasa por casa a cuidar de mis plantas cuando no estoy) me dijo lo que ya hacía tiempo sabía “Tu cactus está enfermo. Creo que deberías tirarlo”.
De vuelta de Namibia, comprobé que ya estaba casi prácticamente marrón. Aunque conservaba la ligera esperanza de rescatar alguno de los cactus pequeños y trasplantarlo. Pero dejé pasar demasiado tiempo y ayer, cuando me puse a arrancar cactus me di cuenta de que ya no había nada de hacer: todo el cactus estaba seco y vacío en su interior, era pura fibra, una enorme masa de fibra y vació, terriblemente punzante.
Y decidí que había llegado el momento de tirarlo. Con un guante de jardín improvisado (formado por un guante de horno, un trapo y una bolsa de plástico) y un cuchillo, corté el cactus en trozos y lo metí en dos bolsas grandes. Dos bolsas grandes.
No sé de qué ha muerto. Tal vez era ya demasiado grande para su maceta, la tierra no era capaz de alimentarlo como tocaba y no le llegaba agua y alimento suficiente. Tal vez simplemente había ya cumplido su función, era demasiado viejo y le había llegado su hora. No sé, no sé nada de cactus. Sólo sé que su aspecto era tristemente penoso.
Ha sido un gran compañero. Y es difícil describir lo que sentía cada vez que me regalaba una flor: ilusión, alegría, vitalidad, vida. Ver un cactus florecer en tu balcón no sé si es algo habitual. Para mí era una sensación muy especial.
Admito que el ojito derecho de mis plantas es mi bosque de ginkgos, pero este cactus, sin duda, ocupaba un lugar privilegiado entre mis plantas favoritas de casa.
Lo bueno es que voy a conseguir uno de sus hijitos que mi hermana aún tiene. Le di unos cuantos así que recuperaré uno. Pasará mucho antes de que vuelva a tener un cactus florido en mi balcón. Pero si una vez lo tuve, sé que lo puedo volver a tener.
sábado, 19 de octubre de 2013
lunes, 14 de octubre de 2013
Locura temporal transitoria
Esta tarde, en un arranque de locura temporal transitoria, le he hecho caso a mi madre y he pasado por la mercería de mi barrio en la que me surto habitualmente de lanas. “Tienes que ir.”, me dijo ayer al poco de aterrizar en la isla, “Tienen muchísimas cosas nuevas y preciosas”.
Y he ido.
Y tenían muchísimas cosas nuevas. Y preciosas.
Y se me ha ido totalmente la cabeza.
Porque tengo aún varios proyectos en marcha inacabados y, hasta que no estén listos, no quiero empezar ninguno más. Pero había unas lanas taaaan bonitas y había visto ya un par de patrones tan (aparentemente) sencillos, que me he lanzado.
Así que además de los proyectos que tengo en marcha (dos) y los que tenía ya en mente (otros dos), tengo otros dos nuevos proyectos a la cola.
Lo dicho, locura temporal transitoria.
Menos mal que es eso, transitoria.
En la foto, mis nuevas lanas.
Si es que son taaaan bonitas.
Y he ido.
Y tenían muchísimas cosas nuevas. Y preciosas.
Y se me ha ido totalmente la cabeza.
Porque tengo aún varios proyectos en marcha inacabados y, hasta que no estén listos, no quiero empezar ninguno más. Pero había unas lanas taaaan bonitas y había visto ya un par de patrones tan (aparentemente) sencillos, que me he lanzado.
Así que además de los proyectos que tengo en marcha (dos) y los que tenía ya en mente (otros dos), tengo otros dos nuevos proyectos a la cola.
Lo dicho, locura temporal transitoria.
Menos mal que es eso, transitoria.
En la foto, mis nuevas lanas.
Si es que son taaaan bonitas.
domingo, 13 de octubre de 2013
"Before I die" de Jenny Downham
Después de unos días de turismo por tierras belgas aprovechando un viaje laboral a Bruselas, vuelvo a casa y al blog. Y empiezo con un libro que compré en Dublín, por un precio ridículamente barato. Pensé que sería un libro fácil de leer, pues es un libro “para adolescentes” y la verdad es que lo leí en dos días, lo que duró el viaje de Namibia a casa.
Tessa es una adolescente de 16 años diagnosticada de leucemia desde hace cuatro. Cuando descubre que su cáncer es terminal, decide hacer una lista de cosas que hacer antes de morir, contando con ayuda de su amiga Zoey. Según intenta avanzar con su lista, Tessa se da cuenta de que las cosas que creemos que son imprescindibles en nuestra vida no nos dan la satisfacción que creíamos.
Me ha gustado mucho. Obviamente es un libro duro y con un trasfondo muy triste, pero también es un canto a la vida y al amor hacia las pequeñas cosas, hacia la búsqueda de una felicidad que a veces creemos que está en una parte (el éxito, la fama) y obviamos que está en cosas mucho más simples, sencillas y cercanas (la familia, una taza de té). Lloré un poco (mucho) leyéndolo. Venga llorar en el aeropuerto de Frankfurt. Pero me gustó, sí.
Me he enterado que hay una película basada en él (“Now is good”). Debería verla, pero sólo de pensarlo, ya me dan ganas de llorar. Pero la acabaré viendo.
Tessa es una adolescente de 16 años diagnosticada de leucemia desde hace cuatro. Cuando descubre que su cáncer es terminal, decide hacer una lista de cosas que hacer antes de morir, contando con ayuda de su amiga Zoey. Según intenta avanzar con su lista, Tessa se da cuenta de que las cosas que creemos que son imprescindibles en nuestra vida no nos dan la satisfacción que creíamos.
Me ha gustado mucho. Obviamente es un libro duro y con un trasfondo muy triste, pero también es un canto a la vida y al amor hacia las pequeñas cosas, hacia la búsqueda de una felicidad que a veces creemos que está en una parte (el éxito, la fama) y obviamos que está en cosas mucho más simples, sencillas y cercanas (la familia, una taza de té). Lloré un poco (mucho) leyéndolo. Venga llorar en el aeropuerto de Frankfurt. Pero me gustó, sí.
Me he enterado que hay una película basada en él (“Now is good”). Debería verla, pero sólo de pensarlo, ya me dan ganas de llorar. Pero la acabaré viendo.
miércoles, 9 de octubre de 2013
Ya no soy silla
En otoño de 2010, recibí una llamada de un jefe mío estando de road movie (laboral) por tierras catalanas en la que me comunicaba que un súper jefe me proponía para presidir una de las reuniones en las que habitualmente participaba. Poco después recibía la llamada de ese súper jefe proponiéndomelo directamente. Recuerdo que en aquel momento sentí entre emoción y terror. Emoción porque alguien desde la mismísima Comisión Europea pensara en mí para algo así. Terror porque suponía un aumento en mis obligaciones habituales sin ninguna compensación a cambio. También tuve la sensación de “me lo veía venir” porque realmente meses antes ya había recibido insinuaciones de ese tipo.
Varias semanas después, me reuní en Malta con el súper jefe europeo y la persona a la que tenía sustituir, para confirmarles que aceptaba el cargo y acabar de cerrar el tema. Hasta entonces, el presidente de esa reunión había sido un hombre, así que era el “chairman”. A mí, cuando me ofrecieron el cargo, no me ofrecieron ser “chairwoman” ni “chairperson”. Me ofrecieron ser “chair”. Así que, en aquel momento, y durante tres años, me convertí en silla.
Ser silla ha sido entretenido, interesante, agobiante y, a veces, un poco frustrante. Ha tenido cosas buenas y cosas malas. En mis tres años de silla he estado presidiendo la reunión en Viena, en Roma y en Belfast. Cada uno de estos años ha tenido ciertas particularidades. El primer año, en Viena, a pesar del agobio y los nervios del estreno, fue el mejor: los participantes fuimos los habituales en estas reuniones y todo marchó estupendamente, casi solo. Viena me encantó. El segundo año, en Roma, fue muy duro: venía de una terrible faringitis que ya duraba demasiado, no me encontraba físicamente bien ni tampoco mentalmente ni mucho menos sentimentalmente. Hubo un momento en que pareció que nuestro grupo desaparecería aunque finalmente medio aclaramos el papel que debíamos jugar y la relación con el otro grupo, que se reunía en paralelo con el nuestro. No recuerdo demasiado de esos días, sólo recuerdo que tenía mocos hasta en el cerebro, que hizo mucho frío y que nevó. Roma con nieve es increíble. Increíblemente bella. Increíblemente fría. Increíblemente triste. A la vuelta, estuve una semana de baja con un virus de estómago que me destrozó. El tercer y último año, éste, en Belfast fue algo intermedio: de nuevo estaba enferma (siempre estoy enferma en esa época del año), pero no tanto; el número de países participantes en la reunión disminuyó escandalosamente y la mayoría de participantes eran nuevos. Aún así salió todo adelante y la reunión fue sólo unos días de trabajo en mitad de varios días de vacaciones visitando Dublín y la costa de Irlanda del Norte.
Además de en esas tres ciudades, he tenido que viajar tres veces a Bruselas, para explicar lo que hacíamos en esta reunión. La primera vez, odié Bruselas (un poco). La segunda, me reconcilié con la ciudad. Y ahora mismo estoy aquí por tercera vez. Así, esta semana, hasta hoy mismo, he cumplido mi última función como silla, aquí en Bruselas. Siento cosas muy contradictorias sobre dejar de ser silla. Por un lado, me encanta liberarme de la responsabilidad y trabajo extra que representa. Por otro lado, los cambios que se presentan dentro de este grupo son grandes y nada volverá a ser como fue. Nada. Las cosas cambian, avanzan. Es lo normal y es absurdo añorar las cosas que han pasado, porque otras nuevas pasarán. Pero es cierto que tengo (casi) una sensación de vacío con este tema. No es por falta de trabajo, claro que no. Pero no sólo dejo de ser silla, sino que el grupo cambia, se reduce en tiempo y se elimina el trabajo en paralelo que se hacía con el otro grupo. Y tengo una sensación de final de ciclo, de separación, de borrón y cuenta nueva muy extraña y ligeramente incómoda. Que es bueno, lo sé, los cambios son nuevos, las novedades, pero se me hace extraño. Muy extraño.
Y para quitarme esta situación extraña, voy a seguir unos días por aquí, haciendo de turista. Me encantan los viajes de trabajo que se transforman en vacaciones. Me encantan los amigos que se apuntan a mis viajes de trabajo para transformarlos en vacaciones.
En la foto, los pases que me han autorizado a moverse durante dos días por la Comisión Europea.
Varias semanas después, me reuní en Malta con el súper jefe europeo y la persona a la que tenía sustituir, para confirmarles que aceptaba el cargo y acabar de cerrar el tema. Hasta entonces, el presidente de esa reunión había sido un hombre, así que era el “chairman”. A mí, cuando me ofrecieron el cargo, no me ofrecieron ser “chairwoman” ni “chairperson”. Me ofrecieron ser “chair”. Así que, en aquel momento, y durante tres años, me convertí en silla.
Ser silla ha sido entretenido, interesante, agobiante y, a veces, un poco frustrante. Ha tenido cosas buenas y cosas malas. En mis tres años de silla he estado presidiendo la reunión en Viena, en Roma y en Belfast. Cada uno de estos años ha tenido ciertas particularidades. El primer año, en Viena, a pesar del agobio y los nervios del estreno, fue el mejor: los participantes fuimos los habituales en estas reuniones y todo marchó estupendamente, casi solo. Viena me encantó. El segundo año, en Roma, fue muy duro: venía de una terrible faringitis que ya duraba demasiado, no me encontraba físicamente bien ni tampoco mentalmente ni mucho menos sentimentalmente. Hubo un momento en que pareció que nuestro grupo desaparecería aunque finalmente medio aclaramos el papel que debíamos jugar y la relación con el otro grupo, que se reunía en paralelo con el nuestro. No recuerdo demasiado de esos días, sólo recuerdo que tenía mocos hasta en el cerebro, que hizo mucho frío y que nevó. Roma con nieve es increíble. Increíblemente bella. Increíblemente fría. Increíblemente triste. A la vuelta, estuve una semana de baja con un virus de estómago que me destrozó. El tercer y último año, éste, en Belfast fue algo intermedio: de nuevo estaba enferma (siempre estoy enferma en esa época del año), pero no tanto; el número de países participantes en la reunión disminuyó escandalosamente y la mayoría de participantes eran nuevos. Aún así salió todo adelante y la reunión fue sólo unos días de trabajo en mitad de varios días de vacaciones visitando Dublín y la costa de Irlanda del Norte.
Además de en esas tres ciudades, he tenido que viajar tres veces a Bruselas, para explicar lo que hacíamos en esta reunión. La primera vez, odié Bruselas (un poco). La segunda, me reconcilié con la ciudad. Y ahora mismo estoy aquí por tercera vez. Así, esta semana, hasta hoy mismo, he cumplido mi última función como silla, aquí en Bruselas. Siento cosas muy contradictorias sobre dejar de ser silla. Por un lado, me encanta liberarme de la responsabilidad y trabajo extra que representa. Por otro lado, los cambios que se presentan dentro de este grupo son grandes y nada volverá a ser como fue. Nada. Las cosas cambian, avanzan. Es lo normal y es absurdo añorar las cosas que han pasado, porque otras nuevas pasarán. Pero es cierto que tengo (casi) una sensación de vacío con este tema. No es por falta de trabajo, claro que no. Pero no sólo dejo de ser silla, sino que el grupo cambia, se reduce en tiempo y se elimina el trabajo en paralelo que se hacía con el otro grupo. Y tengo una sensación de final de ciclo, de separación, de borrón y cuenta nueva muy extraña y ligeramente incómoda. Que es bueno, lo sé, los cambios son nuevos, las novedades, pero se me hace extraño. Muy extraño.
Y para quitarme esta situación extraña, voy a seguir unos días por aquí, haciendo de turista. Me encantan los viajes de trabajo que se transforman en vacaciones. Me encantan los amigos que se apuntan a mis viajes de trabajo para transformarlos en vacaciones.
En la foto, los pases que me han autorizado a moverse durante dos días por la Comisión Europea.
martes, 8 de octubre de 2013
“Cosas que le pasan... a una madre sin superpoderes” de Molinos
No recuerdo exactamente cómo y cuándo descubrí el blog de Molinos, Cosas que (me) pasan. Creo que fue a través de Visitante, que mencionó el blog en alguna entrada y pasé a echarle un vistazo. Me gustó, me entretuvo y me enganchó. Pasé un tiempo leyendo entradas antiguas, por temas, al azar, por épocas. Me leí muchas entradas antiguas del blog, supongo que no todas, me puse al día y me convertí en una de sus descerebrados. Me gusta el blog de Molinos, hay cosas que me gustan más y cosas que me gustan menos. Me encantan sus entradas llenas de ironía y mala leche, sus despellejes y los libros encadenados, porque siempre veo alguno que me llama la atención y me apetece leer. Pero también me gusta, y mucho, cuando se pone seria. Tal vez las que menos interés me generaran en su día fueron precisamente las de maternity, porque no soy madre, pero la verdad es que son entradas muy divertidas y entrañables. Por eso también me enganché a ellas y por eso cuando descubrí que publicaba un libro basado en esas entradas, decidí que quería leerlo. Lo encontró primero mi hermana la gafapasta, así que cuando ella se lo leyó, lo tomé prestado.
Me leí este libro estando en Namibia, entre alguna tarde sentada en el balcón del hotel y (gran parte) en el (largo) viaje en coche de vuelta de Etosha. Es un libro ameno, sencillo, fácil de leer. Había muchas cosas que me sonaban de haberlas leído en el blog, pero también es cierto que descubrí algunas que no había leído en su día o son cosas nuevas. Me ha pasado algo curioso con este libro: cuando leía, tenía la impresión de que había cosas repetidas en el libro, que eso lo había leído hacía poco y lo tenía muy fresco, pero supongo que es porque ya había leído mucho de maternity en el blog y lo recordaba muy bien.
El libro es básicamente sobre la maternidad, cómo te cambia la vida y cómo la vive una madre desnaturalizada y sin superpoderes como Moli se autodefine. Si algún día tengo niños, la verdad es que creo que seré un poco como Moli en lo de desnaturalizada y sin superpoderes. Pero debo confesar que también me apunto mentalmente cosas que hace que me encantaría hacer con mis hijos: infundirles el amor por la lectura, dejar que cada uno desarrolle sus inquietudes, las sesiones de cine con sus princezaz. Me parece que es una madre cojonuda, aunque admita que hay veces que las circunstancias le superan. Como a todas las madres, como a todas las mujeres, como a todas las personas en algún momento de nuestras vidas.
Cuando vi el título del libro, tuve la sensación que era el primero de una saga. “Cosas que le pasan a…” permite bucear en las distintas facetas de Molinos. Sí, porque ella será una madre sin superpoderes, pero también es una despellejadora nata, lectura compulsiva, amante de Gin Tonics, habitante de una pradera de libros de colores y muchas otras cosas que sólo se descubren visitando su blog, Cosas que (me) pasan.
En la foto, disfrutando de una tarde de inusual buen tiempo en mi balcón en Swakopmund, con el faro al fondo.
Me leí este libro estando en Namibia, entre alguna tarde sentada en el balcón del hotel y (gran parte) en el (largo) viaje en coche de vuelta de Etosha. Es un libro ameno, sencillo, fácil de leer. Había muchas cosas que me sonaban de haberlas leído en el blog, pero también es cierto que descubrí algunas que no había leído en su día o son cosas nuevas. Me ha pasado algo curioso con este libro: cuando leía, tenía la impresión de que había cosas repetidas en el libro, que eso lo había leído hacía poco y lo tenía muy fresco, pero supongo que es porque ya había leído mucho de maternity en el blog y lo recordaba muy bien.
El libro es básicamente sobre la maternidad, cómo te cambia la vida y cómo la vive una madre desnaturalizada y sin superpoderes como Moli se autodefine. Si algún día tengo niños, la verdad es que creo que seré un poco como Moli en lo de desnaturalizada y sin superpoderes. Pero debo confesar que también me apunto mentalmente cosas que hace que me encantaría hacer con mis hijos: infundirles el amor por la lectura, dejar que cada uno desarrolle sus inquietudes, las sesiones de cine con sus princezaz. Me parece que es una madre cojonuda, aunque admita que hay veces que las circunstancias le superan. Como a todas las madres, como a todas las mujeres, como a todas las personas en algún momento de nuestras vidas.Cuando vi el título del libro, tuve la sensación que era el primero de una saga. “Cosas que le pasan a…” permite bucear en las distintas facetas de Molinos. Sí, porque ella será una madre sin superpoderes, pero también es una despellejadora nata, lectura compulsiva, amante de Gin Tonics, habitante de una pradera de libros de colores y muchas otras cosas que sólo se descubren visitando su blog, Cosas que (me) pasan.
En la foto, disfrutando de una tarde de inusual buen tiempo en mi balcón en Swakopmund, con el faro al fondo.
lunes, 7 de octubre de 2013
Etosha
Un santuario de vida salvaje.
Quilómetros y quilómetros de sabana y de depresiones formadas por lagunas saladas secas.
Etosha son antílopes, rinocerontes, elefantes, cebras, jirafas, ñus, chacales, hienas, aves, leones, jabalís y un (casi) infinito número de puntos suspensivos.
Etosha es una pasada.
A veces, vives cosas tan alucinantes que te quedas hasta sorprendida por la naturalidad con la que las están viviendo.
Etosha es eso.
Y cómo no sé qué más decir, dejaré que las fotos hablen por sí solas.
Más info sobre Etosha aquí, aquí y aquí.
domingo, 6 de octubre de 2013
El último
Por si alguien no se ha dado cuenta, me gusta el mar, mucho. En todos los sentidos, en todas sus acepciones, en todas sus posibilidades. Estar en o cerca del mar es una de mis cosas favoritas del mundo mundial, sobre todo en verano. En esa época, me encanta pasar horas leyendo al sol, junto al mar, chapoteando en el agua, nadando o mirando peces con careta, tubo y aletas (yo, no los peces).Creo que este ha sido uno de los veranos más cortos de mi vida. Prácticamente me he pasado los meses de junio y septiembre fuera de mi isla y en julio y agosto pasé más de tres semanas también fuera en reuniones y vacaciones. Encima, el mes de agosto terminó con lluvias y tormentas. Así que, a lo tonto a lo tonto, el último baño de esta temporada corría peligro de ser el que me di en la playa de San Antolín a mitad de agosto. ¡Glups! Intolerable. Yo que soy gran fan de los días de playa en septiembre, que intento alargarlos (si el tiempo lo permite) hasta octubre y que recuerdo un excepcional 1 de noviembre nadando en el mar, no podía permitir que mi baño de final de temporada fuera a mitad de agosto. Ni hablar.
Así que hoy, ignorando previsiones de lluvia y aprovechando que ha amanecido despejado, he ido a la playa. Y he disfrutado mucho, mucho del que con toda probabilidad ha sido el último baño de esta temporada, a pesar de algunas nubes, del viento y del agua ya un poco (demasiado) fría. Ha sido un baño agradable, entre olas y salpicaduras. El último. Lástima que una vez fuera las nubes hayan dominado al sol y el viento ha pasado de ser fresco a desagradable.
De vuelta a la ciudad, algunas gotas en el parabrisas han sido el preámbulo de la tarde lluviosa que nos esperaba.
Así es el otoño: mañanas de playa, tardes de lluvia.
En la foto, la playa hoy, en el último baño de la temporada. Con restos de una medusa en primer término.
viernes, 4 de octubre de 2013
Trencitas namibias
Hace ya tres días que volví y no me había visto con fuerzas para escribir nada hasta ahora. Y es una pena, porque tengo muchas cosas que compartir, fotos de Etosha, libros que he leído, películas que he visto,… He estado algo cansada por el viaje de vuelta y por la vuelta al trabajo, pero sobre todo creo que ha sido que tengo el horario un poco cambiado: estoy acostumbrada a irme a dormir muy pronto y levantarme también muy pronto. Así que por las noches, que es cuando suelo escribir, sólo quiero dormir, dormir y dormir. O tal vez sea porque las trencitas africanas que me traje de recuerdo me tenían las neuronas estiradas (o asfixiadas).
Nunca me había llamado especialmente la atención eso de las trencitas. Hasta que viajé a Namibia. En mi anterior viaje, ya me entraron ganas de hacérmelas. Y esta vez me las hice, aprovechando que tengo el pelo mucho más largo de lo que es habitual en mí. Fue la última mañana allí, este mismo lunes (parece que hace mucho más), sólo unas horas antes de coger el avión.
Once trencitas surcando mi cuero cabelludo.
Ha sido una experiencia muy curiosa y divertida. Apenas me dolieron y me han durado más de lo que creía. Me las he quitado esta noche, hace un rato. Me las hubiera dejado más pero tenía miedo de estropearme el pelo.
Lo más divertido ha sido la reacción de la gente: acostumbrada a ser transparente, ahora notaba como la gente me miraba. Incluso en Namibia o tal vez sobre todo en Namibia. Un chico himba intentó ligar conmigo en el aeropuerto de Windhoek (tengo su email y teléfono). Por lo visto, no hay muchos blancos que allí se hagan este peinado. Y no sé por qué. Es cómodo, divertido, práctico. Es todo. Me ha dado pena quitármelas, pero ahora tengo una curiosa melena ondulada y con un volumen que nunca he tenido en mi vida. Pero mañana, cuando me lave el pelo, volveré a mi melena lacia y aburrida.
Ha molado ser africana por unos días.
También ha sido graciosa la reacción de la gente conocida. “¿Te duele?”. “Te tiene que doler”. ¿Dónde te las has hecho?”. “¿Cuándo te las has hecho?”. “¿Te lavas el pelo?”. “¡Te quedan muy bien!”. “¡No te quedan nada bien!”. “Casi no te reconozco”. “¡No te las quites todavía!”. “¿Cuánto te han costado? ¿Sólo? Aquí son carísimas”. “Una amiga mía se tuvo que rapar toda después de hacérselas…”.
Todas las opiniones. Todas las reacciones.
Yo estoy feliz, muy feliz de habérmelas hecho. Pensando en volvérmelas a hacer de nuevo, alguna vez, en algún momento.
Sólo he echado de menos una cosa estos días: mi flequillo. Tengo la frente muy, muy ancha y he llevado siempre flequillo, o al menos cuatro pelos cubriendo la frente. Estos días, me sentía desnuda.
Y también he descubierto unas orejas más prominentes de lo que creía.
Pero, repito, ha molado ser africana por unos días.
En la foto, mis trenzas. Y mis orejitas. Je, je.
Nunca me había llamado especialmente la atención eso de las trencitas. Hasta que viajé a Namibia. En mi anterior viaje, ya me entraron ganas de hacérmelas. Y esta vez me las hice, aprovechando que tengo el pelo mucho más largo de lo que es habitual en mí. Fue la última mañana allí, este mismo lunes (parece que hace mucho más), sólo unas horas antes de coger el avión.
Once trencitas surcando mi cuero cabelludo.
Ha sido una experiencia muy curiosa y divertida. Apenas me dolieron y me han durado más de lo que creía. Me las he quitado esta noche, hace un rato. Me las hubiera dejado más pero tenía miedo de estropearme el pelo.
Lo más divertido ha sido la reacción de la gente: acostumbrada a ser transparente, ahora notaba como la gente me miraba. Incluso en Namibia o tal vez sobre todo en Namibia. Un chico himba intentó ligar conmigo en el aeropuerto de Windhoek (tengo su email y teléfono). Por lo visto, no hay muchos blancos que allí se hagan este peinado. Y no sé por qué. Es cómodo, divertido, práctico. Es todo. Me ha dado pena quitármelas, pero ahora tengo una curiosa melena ondulada y con un volumen que nunca he tenido en mi vida. Pero mañana, cuando me lave el pelo, volveré a mi melena lacia y aburrida.
Ha molado ser africana por unos días.
También ha sido graciosa la reacción de la gente conocida. “¿Te duele?”. “Te tiene que doler”. ¿Dónde te las has hecho?”. “¿Cuándo te las has hecho?”. “¿Te lavas el pelo?”. “¡Te quedan muy bien!”. “¡No te quedan nada bien!”. “Casi no te reconozco”. “¡No te las quites todavía!”. “¿Cuánto te han costado? ¿Sólo? Aquí son carísimas”. “Una amiga mía se tuvo que rapar toda después de hacérselas…”.
Todas las opiniones. Todas las reacciones.
Yo estoy feliz, muy feliz de habérmelas hecho. Pensando en volvérmelas a hacer de nuevo, alguna vez, en algún momento.
Sólo he echado de menos una cosa estos días: mi flequillo. Tengo la frente muy, muy ancha y he llevado siempre flequillo, o al menos cuatro pelos cubriendo la frente. Estos días, me sentía desnuda.
Y también he descubierto unas orejas más prominentes de lo que creía.
Pero, repito, ha molado ser africana por unos días.
En la foto, mis trenzas. Y mis orejitas. Je, je.
miércoles, 25 de septiembre de 2013
Cabezonería
¿Qué veis en esta foto?
Venga, ¿qué veis?
Una laguna, diréis. Dunas al fondo. Pájaros. Un puente a la izquierda. El mar a la derecha.
Sí, exacto. La foto es la laguna que hay en la desembocadura del río Swakop, aquí en Swakopmund, donde de vez en cuando me deleito viendo los flamencos y otras aves.
Yo veo todo eso, pero yo veo algo más.
Lo que yo veo es la cabezonería humana. Podría decir estupidez, pero dejémoslo en cabezonería. O las aplicaciones de la ingeniería. O cómo nos creemos más fuertes, listos y sabios que la naturaleza pero no lo somos. Pero dejémoslo en cabezonería.
Cabezonería porque hay que ser muy, muy cabezota para seguir construyendo puentes en un lugar donde la naturaleza ya ha destruido dos de ellos. El tercero ya está construido. Uno, dos y tres.

Los restos del primer puente están en mitad de la laguna, muy cerca del mar. Siendo el primero que se construyó, ya se sabe, ensayo y error. Y ahí acabó, destrozado entre las embestidas del Atlántico y las riadas (esporádicas pero brutales) del Swakop.
Los restos del segundo puente están más allá, algo más alejados del océano. Pero acabó igual que el primero, destrozado por la fuerza de la naturaleza.
El tercer puente sigue en activo. Mucho más alejado del mar que los dos primeros. Por él pasa la carretera que une Swakopmund con Walbis Bay. Sin ese puente, no se podría salir hacia el sur de esta ciudad. Igual no es cabezonería, si no tan sólo necesidad.
En cualquier caso ahí están, los tres puentes sobre el Swakopmund. O lo que queda de (algunos de) ellos.
Post Scriptum (que no tiene nada que ver pero quiero comunicar): Yo, que tanta envidia les tenía a ellos, a los turistas, me voy a convertir en uno de ellos. Por fin. Cuatro días por delante siendo turista. Si la lluvia, los rayos y truenos lo permiten. En Namibia. Y luego dos de camino a casa. No actualizaré hasta la vuelta. Sed buenos.
Venga, ¿qué veis?
Una laguna, diréis. Dunas al fondo. Pájaros. Un puente a la izquierda. El mar a la derecha.
Sí, exacto. La foto es la laguna que hay en la desembocadura del río Swakop, aquí en Swakopmund, donde de vez en cuando me deleito viendo los flamencos y otras aves.
Yo veo todo eso, pero yo veo algo más.
Lo que yo veo es la cabezonería humana. Podría decir estupidez, pero dejémoslo en cabezonería. O las aplicaciones de la ingeniería. O cómo nos creemos más fuertes, listos y sabios que la naturaleza pero no lo somos. Pero dejémoslo en cabezonería.
Cabezonería porque hay que ser muy, muy cabezota para seguir construyendo puentes en un lugar donde la naturaleza ya ha destruido dos de ellos. El tercero ya está construido. Uno, dos y tres.

Los restos del primer puente están en mitad de la laguna, muy cerca del mar. Siendo el primero que se construyó, ya se sabe, ensayo y error. Y ahí acabó, destrozado entre las embestidas del Atlántico y las riadas (esporádicas pero brutales) del Swakop.
Los restos del segundo puente están más allá, algo más alejados del océano. Pero acabó igual que el primero, destrozado por la fuerza de la naturaleza.
El tercer puente sigue en activo. Mucho más alejado del mar que los dos primeros. Por él pasa la carretera que une Swakopmund con Walbis Bay. Sin ese puente, no se podría salir hacia el sur de esta ciudad. Igual no es cabezonería, si no tan sólo necesidad.
En cualquier caso ahí están, los tres puentes sobre el Swakopmund. O lo que queda de (algunos de) ellos.
Post Scriptum (que no tiene nada que ver pero quiero comunicar): Yo, que tanta envidia les tenía a ellos, a los turistas, me voy a convertir en uno de ellos. Por fin. Cuatro días por delante siendo turista. Si la lluvia, los rayos y truenos lo permiten. En Namibia. Y luego dos de camino a casa. No actualizaré hasta la vuelta. Sed buenos.
martes, 24 de septiembre de 2013
"Wilt" de Tom Sharpe
No tenía previsto leer este libro, pero tras leer sobre la propuesta de Lady Boheme en su blog “Leo, luego existo” de lectura conjunta y tertulia literaria sobre él, me animé. Participar en la tertulia era cuanto menos imposible. Madrid, en general, me pilla muy lejos, pero estos días todavía más (si todo va según lo planeado, el domingo estaré volviendo Swakopmund tras una rápida visita a Etosha y preparando la maleta para iniciar el camino de regreso). Había acabado con “Dublineses” y, en vez de empezar uno de los otros libros que me traje en papel, decidí ponerme con éste.Henry Wilt es un profesor de Humanidades en un instituto donde da clase a alumnos que no tienen ningún interés por su asignatura. Lleva una vida monótona, marcada por sus insufribles estudiantes y por una esposa con la que se lleva tan mal que se dedica a fantasear sobre su muerte, mientras pasea el perro en soledad. La amistad de su esposa con un matrimonio un tanto extraño provoca una serie de malos entendidos y situaciones a cual más absurda, surrealista y divertida, en las que intervienen, entre otras muchas cosas, muñecas hinchables, preservativos con mensajes de socorro y hasta un cura borracho.
Es un libro muy, muy divertido. Sabía de su existencia y que era humorístico, pero no suelo leer libros de humor, así que nunca me había llamado la atención. Ahora que lo he leído, quiero leer las otras novelas de Sharpe dedicadas a este personaje. Creo que valdrán la pena para pasar un rato agradable y ameno. Y creo que están en papel en casa de mis padres, así que seguiré con Wilt.
lunes, 23 de septiembre de 2013
Curiosidades namibias
Ésta es una ciudad curiosa, en un país curioso, en un continente curioso. Es diferente a todo lo que había conocido hasta ahora, diferente a todo lo que conocía de nuestro continente europeo e incluso diferente de lo poco que había visto del norte del continente africano. Pero, en el fondo, esto es exactamente igual a cualquier otro lugar. La gente de aquí es igual que la de cualquier otro sitio. Sus vidas, nuestras vidas son muy similares: queremos tener comida en nuestra mesa, gente que nos quieran y un techo bajo el que dormir.
Hay cosas concretas de aquí que me llaman la atención. Bueno, me llaman la atención muchas, muchas cosas, pero hay algunas tonterías que me hacen especialmente gracia. Por ejemplo, el canal de televisión de predicadores: durante todo el día (supongo, porque sólo pongo la tele un rato muy de vez en cuando) un tipo delante de una gran audiencia proclama las bondades del Dios Creador y de la religión. Y puedes enviar SMS con la plegaria que quieres que tengan en consideración. Lástima que el canal se vea con mucha niebla desde mi hotel, creo que sería una interesante experiencia escucharlo un poco.
Otra cosa curiosa es un letrero que hay en la pared de uno de los restaurantes del centro, el Kücki’s Pub. Es un restaurante en el que he estado dos veces, tiene buena comida y buen ambiente. Pero en una de sus paredes exteriores hay este letrero:
¿Cerveza caliente, comida horrible, mal servicio. Bienvenidos. Que tengas un buen día”. ¿Es una broma? Tal vez, pero queda muy raro. ¿Una inscripción de un cliente insatisfecho? Lo dudo, no es un pintarrajo espontáneo hecho con nocturnidad y alevosía, sino algo muy bien currado.
Hay otro letrero, en otro restaurante que me encanta. Me encanta el sitio (el Village Café) y me encanta el letrero:
“Abrimos cuando llegamos. Cerramos cuando nos vamos”. Más claro, agua.
Y sigue impresionándome encontrarme a las mujeres himba sentadas en el paseo, con sus ropas y peinados tradicionales, con sus pechos al aire y su piel cubierta de barro, vendiendo abalorios. Aquí, en mitad de la ciudad, crean un contraste tan sorprendente como curioso.
Pero sin duda, lo que más, más curioso me parece, lo que más me sigue llamando la atención, a pesar de las veces que ya he venido aquí, de los días que llevo aquí es ver las dunas del desierto al final de la calle. La foto nunca hace justifica pero es, de verdad, impresionante.
Hay cosas concretas de aquí que me llaman la atención. Bueno, me llaman la atención muchas, muchas cosas, pero hay algunas tonterías que me hacen especialmente gracia. Por ejemplo, el canal de televisión de predicadores: durante todo el día (supongo, porque sólo pongo la tele un rato muy de vez en cuando) un tipo delante de una gran audiencia proclama las bondades del Dios Creador y de la religión. Y puedes enviar SMS con la plegaria que quieres que tengan en consideración. Lástima que el canal se vea con mucha niebla desde mi hotel, creo que sería una interesante experiencia escucharlo un poco.
Otra cosa curiosa es un letrero que hay en la pared de uno de los restaurantes del centro, el Kücki’s Pub. Es un restaurante en el que he estado dos veces, tiene buena comida y buen ambiente. Pero en una de sus paredes exteriores hay este letrero:
¿Cerveza caliente, comida horrible, mal servicio. Bienvenidos. Que tengas un buen día”. ¿Es una broma? Tal vez, pero queda muy raro. ¿Una inscripción de un cliente insatisfecho? Lo dudo, no es un pintarrajo espontáneo hecho con nocturnidad y alevosía, sino algo muy bien currado.
Hay otro letrero, en otro restaurante que me encanta. Me encanta el sitio (el Village Café) y me encanta el letrero:
“Abrimos cuando llegamos. Cerramos cuando nos vamos”. Más claro, agua.
Y sigue impresionándome encontrarme a las mujeres himba sentadas en el paseo, con sus ropas y peinados tradicionales, con sus pechos al aire y su piel cubierta de barro, vendiendo abalorios. Aquí, en mitad de la ciudad, crean un contraste tan sorprendente como curioso.
Pero sin duda, lo que más, más curioso me parece, lo que más me sigue llamando la atención, a pesar de las veces que ya he venido aquí, de los días que llevo aquí es ver las dunas del desierto al final de la calle. La foto nunca hace justifica pero es, de verdad, impresionante.
domingo, 22 de septiembre de 2013
Cine desde Swakopmund
Una de las cosas buenas que tiene el venir a Namibia por trabajo es que, por las tardes-noches, tengo mucho tiempo libre. No suelo salir a cenar por ahí, porque no me gusta ir de restaurantes si voy sola, así que suelo retirarme pronto al hotel (algo inevitable en una ciudad en la que a las 7 ya no hay ni un alma por la calle, además de ser ya noche cerrada). Así que estando aquí suelo aprovechar para dormir mucho, leer mucho y ver muchas series y pelis.
La pega que tuvo este viaje es que volé con una compañía diferente a las anteriores, así que tuve una terrible decepción cuando venía hacia aquí: los asientos no tenía pantallas personalizadas, así que no pude disfrutar de una velada de películas (y/o series y/o música) como había hecho en anteriores ocasiones. Fue frustrante, lo admito. Muy frustrante. No poder disfrutar de un par de pelis en un vuelo de más de diez horas me pareció casi un castigo.
A lo que íbamos. En las casi dos semanas que llevo aquí, he visto unas cuantas pelis. Éstas:
“Brave (Indomable)” de Mark Andrews, Brenda Chapman y Steve Purcell es una película de animación cuya protagonista es una princesa escocesa, pelirroja y rebelde, que quiere decidir su propio destino y no rendirse a lo que en teoría le toca por ser quien es. Hábil con el arco y hermana de unos trillizos terriblemente traviesos, un deseo que le pide a una bruja acaba teniendo un efecto inesperado en su familia, que deberá intentar solucionar. Es una película divertida, entretenida, simpática y que engancha. Me pareció graciosa y visualmente interesante. Y la bando sonora me gustó mucho, mucho: es obra de Patrick Doyle, uno de mis compositores de música de cine favoritos. Tengo que conseguirla.
“Los chicos están bien” de Lisa Cholodenko es una película que hace mucho tiempo que quería ver, pero nunca encontraba el momento. Es la historia de unos hermanos, hijos de una pareja de lesbianas, que se ponen en contacto con el donante de esperma que permitió que fueran engendrados (Mark Ruffalo, un tipo que me parece muy, muy pero que muy interesante). La llegada del padre desconocido a sus vidas provocará una alteración en la hasta entonces familia casi perfecta que ninguno esperaba. Me ha parecido una película genial. Me ha gustado como se centra en las relaciones familiares, sin caer en tópicos absurdos sobre la homosexualidad de las madres protagonistas. Me ha entretenido y me ha divertido, aunque ni el final me ha convencido mucho ni he encontrado un mensaje final en la historia. Pero igual es que no tenía mensaje fina… ¿He dicho ya que Mark Ruffalo me parece muy intersante? Hmmm.
“Resacón 2. ¡Ahora en Tailandia!” de Todd Phillips es la segunda parte de
“Resacón en Las Vegas”. Y poco más puedo decir. Me puse a verla porque necesitaba algo tonto y entretenido mientras tejía (como novedad, en este viaje me he traído agujas y lana, para avanzar en un proyecto que tenía empezado desde antes de verano), porque aunque puedo (más o menos) tejer y ver la tele o películas a la vez, tienen que ser historias muy ligeritas, que no me quiten la concentración en la lana (porque aún soy muy principiante). La peli es la historia de esas de juerga y locura que se espera, nada destacable, aunque creo recordar que me gustó más la primera. Eso sí, Bradley Cooper no es que sea guapo, es mucho más que eso. Qué hombre. Y también me gusta mucho Justin Bartha, aunque casi no sale (y es el personaje masculino más majo porque no se mete en líos).
Admito que era un poco reticente de ver “New York, I love you” de varios directores. No estoy muy por la labor de ver/leer historias de temas amorosos últimamente y me daba un poco de coraje pensar que me encontraría una cosa moña, ñoña y sentimentaloide. Pero no, para nada. Sí, son varias historias de amor en la ciudad de Nueva York, pero son historias muy variadas, de amores muy diferentes, curiosos, sugerentes y hasta extraños. Me ha encantado. Y también me ha encantado que, a pesar de ser episodios independientes dirigidos de manera independiente, los han juntado de manera muy natural, haciendo que las distintas historias fluyan casi lógicamente, sin cortes abruptos entre ellas, sin tener la sensación de que estás viendo varios capítulos aislados pegados con cola entre ellos. Fabulosa. Todos los actores están que se salen, magníficos, incluso en las historias más sencillas. Me han gustado mucho todas, pero tal vez destacaría la última, la de los ancianos. Y entre los actores tengo que destacar a Shia LaBeouf que aunque no sea mi actor favorito de los que salen (me he vuelto a encontrar con Bradley Cooper y Justin Bartha, y hasta está Orlando Bloom), su interpretación me ha dejado pasmada
, con una mirada limpia, clara y triste que dice tanto…
Con “Spanish movie” de Javier Ruiz Caldera me pasó un poco como con “Resacón 2”, quería tejer y necesitaba algo que me acompañara, sin que fuera nada serio. Refrito en clave de humor de algunas películas españolas de éxito de los últimos tiempos. Según la veía pensaba que me sonaba todo mucho, así que creo que ya la había visto, aunque no acabo de recordar cuándo. En fin, nada especial, tonterías entrelazadas, entretenida sin más, pero un complemento perfecto a mis sesiones con dos agujas. Y creo que se han acabado las pelis chorras en este viaje, porque me he quedado sin lana…
La pega que tuvo este viaje es que volé con una compañía diferente a las anteriores, así que tuve una terrible decepción cuando venía hacia aquí: los asientos no tenía pantallas personalizadas, así que no pude disfrutar de una velada de películas (y/o series y/o música) como había hecho en anteriores ocasiones. Fue frustrante, lo admito. Muy frustrante. No poder disfrutar de un par de pelis en un vuelo de más de diez horas me pareció casi un castigo.
A lo que íbamos. En las casi dos semanas que llevo aquí, he visto unas cuantas pelis. Éstas:

“Brave (Indomable)” de Mark Andrews, Brenda Chapman y Steve Purcell es una película de animación cuya protagonista es una princesa escocesa, pelirroja y rebelde, que quiere decidir su propio destino y no rendirse a lo que en teoría le toca por ser quien es. Hábil con el arco y hermana de unos trillizos terriblemente traviesos, un deseo que le pide a una bruja acaba teniendo un efecto inesperado en su familia, que deberá intentar solucionar. Es una película divertida, entretenida, simpática y que engancha. Me pareció graciosa y visualmente interesante. Y la bando sonora me gustó mucho, mucho: es obra de Patrick Doyle, uno de mis compositores de música de cine favoritos. Tengo que conseguirla.
“Los chicos están bien” de Lisa Cholodenko es una película que hace mucho tiempo que quería ver, pero nunca encontraba el momento. Es la historia de unos hermanos, hijos de una pareja de lesbianas, que se ponen en contacto con el donante de esperma que permitió que fueran engendrados (Mark Ruffalo, un tipo que me parece muy, muy pero que muy interesante). La llegada del padre desconocido a sus vidas provocará una alteración en la hasta entonces familia casi perfecta que ninguno esperaba. Me ha parecido una película genial. Me ha gustado como se centra en las relaciones familiares, sin caer en tópicos absurdos sobre la homosexualidad de las madres protagonistas. Me ha entretenido y me ha divertido, aunque ni el final me ha convencido mucho ni he encontrado un mensaje final en la historia. Pero igual es que no tenía mensaje fina… ¿He dicho ya que Mark Ruffalo me parece muy intersante? Hmmm.“Resacón 2. ¡Ahora en Tailandia!” de Todd Phillips es la segunda parte de
“Resacón en Las Vegas”. Y poco más puedo decir. Me puse a verla porque necesitaba algo tonto y entretenido mientras tejía (como novedad, en este viaje me he traído agujas y lana, para avanzar en un proyecto que tenía empezado desde antes de verano), porque aunque puedo (más o menos) tejer y ver la tele o películas a la vez, tienen que ser historias muy ligeritas, que no me quiten la concentración en la lana (porque aún soy muy principiante). La peli es la historia de esas de juerga y locura que se espera, nada destacable, aunque creo recordar que me gustó más la primera. Eso sí, Bradley Cooper no es que sea guapo, es mucho más que eso. Qué hombre. Y también me gusta mucho Justin Bartha, aunque casi no sale (y es el personaje masculino más majo porque no se mete en líos).
Admito que era un poco reticente de ver “New York, I love you” de varios directores. No estoy muy por la labor de ver/leer historias de temas amorosos últimamente y me daba un poco de coraje pensar que me encontraría una cosa moña, ñoña y sentimentaloide. Pero no, para nada. Sí, son varias historias de amor en la ciudad de Nueva York, pero son historias muy variadas, de amores muy diferentes, curiosos, sugerentes y hasta extraños. Me ha encantado. Y también me ha encantado que, a pesar de ser episodios independientes dirigidos de manera independiente, los han juntado de manera muy natural, haciendo que las distintas historias fluyan casi lógicamente, sin cortes abruptos entre ellas, sin tener la sensación de que estás viendo varios capítulos aislados pegados con cola entre ellos. Fabulosa. Todos los actores están que se salen, magníficos, incluso en las historias más sencillas. Me han gustado mucho todas, pero tal vez destacaría la última, la de los ancianos. Y entre los actores tengo que destacar a Shia LaBeouf que aunque no sea mi actor favorito de los que salen (me he vuelto a encontrar con Bradley Cooper y Justin Bartha, y hasta está Orlando Bloom), su interpretación me ha dejado pasmada
, con una mirada limpia, clara y triste que dice tanto…Con “Spanish movie” de Javier Ruiz Caldera me pasó un poco como con “Resacón 2”, quería tejer y necesitaba algo que me acompañara, sin que fuera nada serio. Refrito en clave de humor de algunas películas españolas de éxito de los últimos tiempos. Según la veía pensaba que me sonaba todo mucho, así que creo que ya la había visto, aunque no acabo de recordar cuándo. En fin, nada especial, tonterías entrelazadas, entretenida sin más, pero un complemento perfecto a mis sesiones con dos agujas. Y creo que se han acabado las pelis chorras en este viaje, porque me he quedado sin lana…
viernes, 20 de septiembre de 2013
Ellos. Y yo.
Los veo a menudo, deambulando por las calles más céntricas de la ciudad, descargando sus mochilas llenas de polvo y arena a la puerta de los hoteles o mirando a su alrededor en el comedor del hotel el primer día que bajan a desayunar. Se les identifica fácilmente: son blancos, en general entre 30 y 50 años, van en parejas o en grupos y visten con ropas de safari. Son los turistas.
Antes de venir a Swakopmund la primera vez, leí en algún sitio (o tal vez me contaron) que éste es un importante enclave turístico, así que me imaginaba que habría muchos más turistas pululando por la ciudad de lo que a posteriori vi. Entonces era diciembre, verano aquí y a punto de empezar la temporada alta, pero no vi demasiados. En la siguiente visita, en abril, final del verano aquí tampoco vi muchos. Es ahora, al final de verano en Europa cuando parece que hay más, o tal vez es porque esta vez me fijo más y los observo con detenimiento.
Me gusta verles llegar a sus hoteles cansados de días y días de desierto y/o aventuras, un poco aturdidos. Cogen sus mochilas llenas de polvo y vuelven a la civilización después de días recorriendo carreteras de sal. También los veo partir, cargando en coches y autobuses maletas, entre resignados a abandonar las comodidades de la vida de la ciudad, e ilusionados por descubrir nuevos lugares exóticos allá fuera. Los veo pasear por la tarde por el centro de la ciudad, ya prácticamente muerta a esas horas, buscando algún lugar para tomar algo, una tienda de recuerdos abierta, un lugar donde cenar o algo que según la guía de viajes vale la pena visitar y fotografiar. Y pienso, “¡Ja! Esto no es lo que esperabais, ¿verdad? No es la ciudad maravillosa llena de bares, pubs y locales entretenidos que deseabais encontrar después de días de desierto, no. ¡Se siente!”. Y les miro con cierto aire de superioridad del que se pasea por un lugar en el que sigue siendo extraño, pero no tanto como ellos, del que conoce qué tiendas cierran a las 5 y cuales abren hasta las 6, del que ya hace tiempo que se resignó a tomar algo a media tarde en una terracita, porque aquí a las 7 ya es noche cerrada desde hace rato y hace mucho más que todo el mundo se ha recogido en sus casas, lejos del centro. Los miro y pienso “Ay, pobres, aquí llegan, a la civilización, cansados, agotados, a una ciudad cuyo centro no es más que grandes avenidas vacías, llenas de arena y casitas de aspecto germánico. Bienvenidos a la África para principiantes”. Y sigo mi paseo, o mi camino hacia el súper para comprar la cena o simplemente de vuelta al hotel pensando eso “Ay, pobres…”.
Pero, en realidad, les envidio.
Les envidio. Y mucho. Les envido porque son turistas, porque están de vacaciones, porque están disfrutando del viaje de su vida o tal vez de un viaje más a un país exótico. Les envidio porque conocen de este país mucho más que yo, porque han visto lo que hay más allá de estas anchas avenidas arenosas, más allá de los límites de esta ciudad. Les envidio porque han visitado el desierto, las dunas, tal vez han subido a la Duna 7, la más alta del mundo, han visto animales exóticos, seguramente ya han estado en Etosha o irán pronto; tal vez se han apuntado a hacer sandboard, han conocido ya la colonia de flamencos de Walbis Bay y han hecho alguna excursión para ver ballenas y delfines . Igual han estado en la capital, Windhoek, o en la ciudad del sur, Luderitz y tal vez se han acercado a la ciudad fantasma de Komanskop, en la que la arena ya se está comiendo las casas (allí sí). Igual incluso han sobrevolado el desierto en avioneta, viendo el (supongo que) increíble espectáculo del desierto llegando al Atlántico. Tal vez ya han ido a Cape Cross a ver su colonia de leones marinos y seguramente han visto mujeres himba en sus poblados originales y no sólo al final del paseo, sentadas en el suelo intentando venderte sus pulseras y otros abalorios. Tal vez han dormido alguna noche en el desierto, bajo las estrellas. Y no sólo eso. Probablemente su viaje no se ha limitado a Namibia, seguro que no. Probablemente han estado en otros países cercanos Botwsana, Angola, Zambia, Zimbabue, Sudáfrica. Y han visitado sus campings, sus asombrosos paisajes naturales. Han estado en las cataratas Victoria, incluso se han paseado por Johannesburgo e incluso por lugares increíbles que ni siquiera sé que existen.
Les envidio porque están aquí de paso, porque Swakopmund será un puntito más de su largo viaje, en el que harán las fotos más o menos típicas que se hacen aquí: el faro, el muelle, las casas coloniales alemanas. Porque los hoteles sencillos y austeros que hay por aquí les parecen verdaderos lujos después de dormir días y días en tiendas de campaña. Porque están viendo mucha más Namibia, mucha más África que yo.
Yo también quiero ser turista.
La foto, de la ciudad, hecha el otro día desde el muelle. Jugando a ser turista por un rato.
Antes de venir a Swakopmund la primera vez, leí en algún sitio (o tal vez me contaron) que éste es un importante enclave turístico, así que me imaginaba que habría muchos más turistas pululando por la ciudad de lo que a posteriori vi. Entonces era diciembre, verano aquí y a punto de empezar la temporada alta, pero no vi demasiados. En la siguiente visita, en abril, final del verano aquí tampoco vi muchos. Es ahora, al final de verano en Europa cuando parece que hay más, o tal vez es porque esta vez me fijo más y los observo con detenimiento.
Me gusta verles llegar a sus hoteles cansados de días y días de desierto y/o aventuras, un poco aturdidos. Cogen sus mochilas llenas de polvo y vuelven a la civilización después de días recorriendo carreteras de sal. También los veo partir, cargando en coches y autobuses maletas, entre resignados a abandonar las comodidades de la vida de la ciudad, e ilusionados por descubrir nuevos lugares exóticos allá fuera. Los veo pasear por la tarde por el centro de la ciudad, ya prácticamente muerta a esas horas, buscando algún lugar para tomar algo, una tienda de recuerdos abierta, un lugar donde cenar o algo que según la guía de viajes vale la pena visitar y fotografiar. Y pienso, “¡Ja! Esto no es lo que esperabais, ¿verdad? No es la ciudad maravillosa llena de bares, pubs y locales entretenidos que deseabais encontrar después de días de desierto, no. ¡Se siente!”. Y les miro con cierto aire de superioridad del que se pasea por un lugar en el que sigue siendo extraño, pero no tanto como ellos, del que conoce qué tiendas cierran a las 5 y cuales abren hasta las 6, del que ya hace tiempo que se resignó a tomar algo a media tarde en una terracita, porque aquí a las 7 ya es noche cerrada desde hace rato y hace mucho más que todo el mundo se ha recogido en sus casas, lejos del centro. Los miro y pienso “Ay, pobres, aquí llegan, a la civilización, cansados, agotados, a una ciudad cuyo centro no es más que grandes avenidas vacías, llenas de arena y casitas de aspecto germánico. Bienvenidos a la África para principiantes”. Y sigo mi paseo, o mi camino hacia el súper para comprar la cena o simplemente de vuelta al hotel pensando eso “Ay, pobres…”.
Pero, en realidad, les envidio.
Les envidio. Y mucho. Les envido porque son turistas, porque están de vacaciones, porque están disfrutando del viaje de su vida o tal vez de un viaje más a un país exótico. Les envidio porque conocen de este país mucho más que yo, porque han visto lo que hay más allá de estas anchas avenidas arenosas, más allá de los límites de esta ciudad. Les envidio porque han visitado el desierto, las dunas, tal vez han subido a la Duna 7, la más alta del mundo, han visto animales exóticos, seguramente ya han estado en Etosha o irán pronto; tal vez se han apuntado a hacer sandboard, han conocido ya la colonia de flamencos de Walbis Bay y han hecho alguna excursión para ver ballenas y delfines . Igual han estado en la capital, Windhoek, o en la ciudad del sur, Luderitz y tal vez se han acercado a la ciudad fantasma de Komanskop, en la que la arena ya se está comiendo las casas (allí sí). Igual incluso han sobrevolado el desierto en avioneta, viendo el (supongo que) increíble espectáculo del desierto llegando al Atlántico. Tal vez ya han ido a Cape Cross a ver su colonia de leones marinos y seguramente han visto mujeres himba en sus poblados originales y no sólo al final del paseo, sentadas en el suelo intentando venderte sus pulseras y otros abalorios. Tal vez han dormido alguna noche en el desierto, bajo las estrellas. Y no sólo eso. Probablemente su viaje no se ha limitado a Namibia, seguro que no. Probablemente han estado en otros países cercanos Botwsana, Angola, Zambia, Zimbabue, Sudáfrica. Y han visitado sus campings, sus asombrosos paisajes naturales. Han estado en las cataratas Victoria, incluso se han paseado por Johannesburgo e incluso por lugares increíbles que ni siquiera sé que existen.
Les envidio porque están aquí de paso, porque Swakopmund será un puntito más de su largo viaje, en el que harán las fotos más o menos típicas que se hacen aquí: el faro, el muelle, las casas coloniales alemanas. Porque los hoteles sencillos y austeros que hay por aquí les parecen verdaderos lujos después de dormir días y días en tiendas de campaña. Porque están viendo mucha más Namibia, mucha más África que yo.
Yo también quiero ser turista.
La foto, de la ciudad, hecha el otro día desde el muelle. Jugando a ser turista por un rato.
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