jueves, 19 de septiembre de 2013

Curiosidades rumanas

 Estoy tan sumergida en mis rutinas namibias que casi se me ha olvidado ya que estuve a principios de mes a orillas del Mar Negro. Aunque ya le dediqué una entrada en el blog al Casino de Constanza y a mi paseo por Bucarest, me quedaba una cosa pendiente: algunas curiosidades dignas de contar (nos centraremos en las cosas curiosas y/o divertidas y/o interesantes y simplemente ignoraremos las veces que nos timaron).

Una cosa tal vez obvia para muchos es que en Rumanía hubo romanos (Rumanía proviene de Romania, tierra de romanos). Eso implica varias cosas: el idioma proviene del latín y, aunque hablando no había quién los entendiera (al final, un poco), muchas palabras escritas eran muy familiares. También hace que encontrar ruinas romanas en la zona no sea extraño. O estatuas de Rómulo y Remo con la loba. La de la foto es de Constanza, pero vi otra en Bucarest.


Otra cosa que me gustó fue un restaurante, el “Caru’ cu bere”, lleno siempre hasta los topes, tanto de turistas como de locales.

Su carta es chulísima…


… el interior impresionante…


 … y hasta el exterior es curioso.


En ese mismo restaurante, me encontré un curioso letrero en el baño de señoras.


Y, en la cuenta, te explican qué es una buena propina y una propina excelente.


En el parque en el que me perdí estuve paseando la mañana del sábado, me encontré un curioso memorial a Michael Jackson…


 … adornado incluso con grullas de papel.


Y, ardillas. En el parque había ardillas. [Nota: Curiosamente, un año antes, en la misma reunión, me pasó algo parecido: recorriendo un parque en mitad de la ciudad, nos encontramos un grupo de ardillas. El parque era El Retiro y la ciudad Madrid, claro].


También me encontré con jugadores de ajedrez en mitad del parque.


Y cómo no, los libreros se sorprenden de que compres HP en un idioma que no entiendes. Pero eso ya lo conté aquí.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Lunch break


¿Veis esa cosita redonda, plateada y brillante en mitad de la foto? (Hay que agrandar haciendo clic, si no sí que no se ve nada).


 Sí, ésta.


Es el pendiente que perdí el otro día, cuando fui a pasear por el muelle de Swakopmund. No me di cuenta hasta que llegué al hotel, así que ayer, durante la pausa para comer, decidí acercarme de nuevo allí, para intentar recuperarlo, sin muchas esperanzas, la verdad.

Y ahí estaba. Encima del tejado de un recinto que hay casi al final del muelle, antes del restaurante. Al verlo he pensado “Ahí se queda, de ahí no lo puedo coger”. Para inmediatamente pensar “Jolín si es un tejado plano, está lejos del borde, ¡no voy a quedarme sin pendiente!”. Y así arriesgué mi vida (¡¡¡jajaja!!!) atravesando la barandilla de madera y recuperándolo (ligeramente rozado, dañado, pero enterito).

De vuelta al trabajo, con una sonrisa en los labios y el pendiente en el bolsillo, me paré en un banco de madera pintado de rojo y desconchado a comerme un bocadillo, sintiendo rugir el océano justo delante de mí, a escasos metros. Y estando allí se me ocurrió que me daba tiempo de ir hasta la laguna de la desembocadura del río Swakop, donde sé que hay flamencos, a ver si tenía suerte y había algunos cerca.

Y los había.

Cerca, muy cerca. Maravillosamente cerca. Disfrutando también de su lunch, con sus patas esmirriadas, sus rodillas invertidas, sus picos encorvados y sus colores del blanco al rosa, ¡oh esos cuellos rosas! He estados haciéndoles fotos un buen rato (compacta, siempre compacta. La réflex nunca está a mano cuando se la necesita), tapándome con un pañuelo, no por camuflarme, sino por poder mirar a través de la pantalla. Son preciosos, estos lindos flamencos.

Y hoy he vuelto allí. A mediodía he ido directamente con la comida junto a la laguna. Y allí he estado comiendo, contemplando a los flamencos, haciéndoles fotos y cargándome de energía.

Lo dicho. Son preciosos, estos lindos flamencos.









martes, 17 de septiembre de 2013

"Dublineses" de James Joyce

Durante los días que pasé en Dublín a principio de año, visitamos de manera más o menos recurrente varias librerías. Las librerías me encantan y los precios de los libros allí eran más que asequibles. Una combinación perfecta, vamos. No sé cuántas librerías visitamos, probablemente media docena, o incluso más, pero en todas ellas (o en casi todas) había una obra destacada en sus estanterías: “Dubliners” de James Joyce.

En cada librería sentí la tentación de comprar el libro. ¿Qué mejor manera que recordar una ciudad que has visitado que con un libro sobre sus habitantes, escrito además por uno de sus ciudadanos más ilustres? No había leído nada de James Joyce, pero admito que es un autor que siempre me ha dado un poco de vértigo, porque siempre he creído que sería difícil de leer. Y más en inglés. Así al final opté por no comprarlo y me decanté por otros libros, prometiéndome que intentaría conseguir una versión traducida y leerla.

Creo que no había vuelto a pensar en ello hasta hace unas semanas, cuando me puse a ojear una colección de libros que tienen mis padres, estando en su casa y mientras hablaba por teléfono con mi hermana la gafapasta. Es una colección que compraron durante mi adolescencia y de la que entonces leí unos cuantos libros. Y entre esos libros estaba “Dublineses”. Vi el libro, lo cogí, lo ojeé y se lo pedí prestado a mis padres. Como había acabado hace poco de leer otro libro en papel, me puse con él casi de inmediato. Aunque admito que la edición me daba un poco de pereza: la letra es pequeña y un poco borrosa, no demasiado agradable a la vista. Y la verdad es que la traducción no me ha gustado mucho.

“Dublineses” lo forman quince relatos cortos, historias variadas con un común telón de fondo: Dublín. Son historias con protagonistas muy variados: desde niños a adultos y también de longitud variada. Algunos relatos me han gustado mucho, otros bastante, otros poco y otros me han dejado totalmente indiferente. Tal vez el relato más conocido es el último (y más largo) del volumen: “Los muertos”, que me ha sorprendido de una manera muy curiosa, pues el principio no parece indicar, para nada, el tipo de historia que cuenta. Me dejó con la boca abierta. Además, este relato me ha permitido conocer una canción tradicional irlandesa, “The Lass of Aughrim” y descubrir a Ewan McGregor interpretándola en “Nora” (película en la que da vida precisamente a James Joyce y que tengo que ver). También he descubierto que John Houston hizo una película basada en él y que también tengo que ver, claro.

Dos fragmentos del relato:

“De manera que ella tuvo un amor así en su vida: un hombre había muerto por su causa”.

“Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida”.

Uff.

lunes, 16 de septiembre de 2013

En el muelle

Hoy iba a actualizar con el último libro que me he leído, pero la actualidad (mi actualidad, quiero decir) se impone y prefiero escribir sobre el paseíto de esta tarde por el jetty, el muelle de Swakopmund.

Hoy ha sido un día de esos durillos, cansados, extraños. Ya por la mañana, la ciudad ha amanecido cubierta por la niebla (tan odiosa para mí, tan necesaria en tierras desérticas, porque si hay micro-agua, hay micro-elefantes), con lo que todo estaba mojado y he salido del hotel con la desagradable sensación de frío hasta en los huesos. El día ha sido largo y cansado y, de vuelta al hotel, me debatía si encerrarme en la habitación a ver películas deprimentes o sacar fuerzas de flaqueza e ir hasta la piscina a nadar un rato. Lo de la piscina me moló mucho el otro día pero admito que me daba pereza no tanto por los casi 30 minutos a pie de la ida como por los casi 30 minutos a pie a la vuelta, por estas anchas y desiertas avenidas, ya rozando la noche.

Cuando he estado a la altura del muelle, he visto que había bastante gente paseando por él. Nunca había hecho ese paseo, sí que me había acercado a él alguna vez, pero solía tener el acceso cerrado, por el mal tiempo, o simplemente era demasiado de noche o estaba demasiado solitario como para decidirme a pasearme por él. Pero hoy, a pesar de las olas, el viento y la niebla que aún duraba, estaba abierto y parecía que había cierta animación, así que me he dirigido a él.

El muelle de Swakopmund es una construcción de principios del siglo XX, en la época de la colonización alemana. Swakopmund no contaba con un puerto, el más cercano era Walbis Bay, a menos de 40 Km, pero era colonia inglesa. A finales del siglo XIX se construyó uno, con su faro (que veo desde la habitación del hotel), pero la naturaleza pudo con él y el puerto se acabó colmatando, debido a la arena arrastrada por la corriente de Benguela. Y se construyó el muelle. Años después, tras la ocupación sudafricana, Walbis Bay pasó a ser el principal puerto de la zona (y lo sigue siendo), la importancia de Swakopmund decayó y el muelle dejó de usarse como embarcadero. Tras muchos años de degradación, finalmente se restauró y se reinauguró en 2006, siendo ahora fundamentalmente lugar de paseo y zona de pesca con caña (hay un trozo del muelle reservado sólo para eso), además de albergar algún restaurante.

Como decía, me he dirigido a este muelle histórico, y lo he recorrido entre la niebla y el viento, sintiendo el rugiente Atlántico bajo mis pies, casi sintiendo a ratos que el muelle se movía, que estaba en un barco en vez de un muelle. Y he visto la ciudad desde otra perspectiva: el faro y las palmeras, las playas, las casas de aspecto germánico, el edificio en el que estoy trabajando estos días y allí, a lo lejos, el desierto, siempre el desierto. He hecho fotos, muchas fotos (y eso que sólo llevaba la compacta). He sentido el viento en la cara, la niebla en la piel, el sol calentándome apenas el rostro y el océano infinito allí, al final del muelle. He pasado un buen rato en el muelle. He cargado las pilas. He sentido ganas de gritar y saltar de felicidad. Y he perdido un pendiente. Eso lo he visto al volver al hotel, pero tengo una interesante secuencia de auto-fotos en las que se ve el pendiente saliéndose de mi lóbulo de la oreja y luego, simplemente, ya no sale.

Hay momentos sencillos que te cambian el día, que te alegran, que te llenan de ilusión y energía. Mi paseo por el muelle de hoy ha sido uno de esos momentos. Y que vengan muchos más.












domingo, 15 de septiembre de 2013

Harry Potter italiano

Tengo que ponerme al día con mi colección friki de Harry Potter, así que hoy toca la versión italiana del primer libro.

Lo compré en el aeropuerto de Roma, haciendo escala de vuelta de una reunión en Mazara del Vallo, en Sicilia. Recuerdo haber recorrido Mazara con un compañero en busca de una librería infantil, él para comprar un regalo a sus hijos, yo buscando este libro. No encontramos ninguna. Después, cuando se lo comentamos a un colega italiano nos dijo “¿Una librería en Mazara? ¡JAJAJAJAJAJA!”. La portada no la he visto repetida, de momento, en ningún otro idioma.

Harry Potter e la pietra filosofale.


Aeropuerto de Roma, Italia. Diciembre 2010.


sábado, 14 de septiembre de 2013

Rutinas namibias

Llevo aún pocos días en Swakopmund, pero ya tengo instauradas algunas pequeñas rutinas namibias, supongo que resultado (al menos en parte) de que es la tercera vez que estoy aquí en menos de un año.

Mis días namibios son bastante simples. El día empieza de la forma más normal: desayuno en el hotel. Casi todos los camareros ya saben que desayuno té, así que me lo traen ya sin preguntar. También soy rutina para ellos. El hotel en el que estoy, es también una famosa cafetería, así que hay una serie de habituales que ya conozco de anteriores viajes (y otros que han venido mucho antes por aquí que yo, de años antes). Dos señores ya mayores (por lo visto hace años, a uno le acompañaba su esposa), acompañados de un perrito ya bastante viejo, desayunan siempre en una de las mesas de fuera, aunque haga frío como hace ahora. Un cincuentón de pelo largo y coleta llega cada mañana a su mesa reservada, a la que poco después llega también su hijo, igual de alto, más larguirucho y delgado, casi enfermizo. Apenas intercambian palabras sumergidos en sus dispositivos electrónicos con acceso a internet (móviles o tabletas). Una chica morena que llega a tomar su café y siempre habla con los de recepción, como si fuera de la casa (tal vez lo sea).

Tras el desayuno, mi colega española residente aquí pasa casi siempre a recogerme y vamos paseando hasta el trabajo. El día en la oficina es largo: todo el día hablando, explicando en inglés. A media mañana hacemos una pequeña parada: café, té, fruta, galletas, un cigarro con vistas al mar las que fuman (o las que las acompañamos). A mediodía, salimos a comer a alguno de los restaurantes del centro (casi siempre a éste) o comemos allí algún sándwich, fruta o comida preparada que venden en cualquiera de los supermercados de la zona. Tras el trabajo, de regreso al hotel dando un paseo.
En este paseo, o al mediodía, siempre se acerca algún chico para intentar vendernos alguna baratija artesanal (los típicos llaveros hechos con semillas makalami por aquí abundan) sin darse cuenta de que ya nos la ha ofrecido varias veces en los últimos días, bien porque todas las blancas somos iguales, bien por culpa del serio problema de alcoholismo que por aquí impera.

La vida post-trabajo aquí es muy limitada. Cuando acabas de trabajar a las cinco en una ciudad que cierra a esas horas, es difícil hacer algo. Un paseo por el centro o junto al mar, un salto a algún supermercado para comprar algo de cenar o simplemente la habitación del hotel. A las seis, la ciudad cierra, a las siete ha muerto totalmente y ya es noche cerrada. En el hotel, un rato de trabajo, internet, alguna peli, un rato de lectura.

Y dormir.

En Namibia duermo mucho. Aprovecho para dormir y dormir. O al menos para meterme pronto en la cama y descansar.

Hoy se ha roto un poco la rutina. A pesar del fin de semana, la falta de tiempo nos obliga a trabajar incluso los fines de semana durante esta visita. Pero hoy, después del trabajo, la colega española, una colega namibia y yo hemos pasado la tarde en una piscina de este gimnasio que inauguraron hace pocos meses. Cubierta claro, porque aquí aún hace un frío invernal. Nadar, ¡qué gusto! He tenido que venirme a Namibia para recordar lo mucho que me gusta este deporte, lo bien que me sienta y lo maravilloso que es estar en contacto con el agua. Aunque sea en una piscina cubierta. Y tras el baño, un trozo de quiche y un zumo natural.

Mañana es domingo y toca madrugar de nuevo y seguir con la rutina namibia. Y seguiremos con ella unos cuantos días más.

No está mal, esto de las rutinas.

La foto, de esta mañana, de la calle con nombre del río que desemboca en los límites de esta ciudad, del que también ella toma su nombre. Y al fondo, mi lugar de trabajo durante gran parte de este mes.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Bucarest

Una de las pegas de hacer dos viajes muy seguidos es que no te da tiempo de asimilar y disfrutar las emociones de uno cuando ya estás inmerso en el otro. Hoy mismo me he dado cuenta que aún no había descargado las fotos que hice el sábado pasado en Bucarest, donde pasé menos de 24 horas de camino a casa, después de unos días de reunión en Constanza, a orillas del Mar Negro.

Admito que no volví muy entusiasmada de Rumanía. Entre la sensación casi continua de que nos estaban timando, el poco tiempo libre que tuvimos y lo lejos que estábamos del centro de Constanza, los días de la reunión no fueron espectaculares (excepto por el ratito que pasamos junto al Casino, que me entusiasmó). Bucarest fue ligeramente diferente, estábamos cerca del centro y descubrimos una vida nocturna la mar de animada. Al llegar en autobús el viernes por la tarde, me pareció una ciudad inmensa y casi inabarcable en un paseo, así que el sábado, decidí subirme en un bus turístico y recorrer la ciudad como una guiri cualquiera.

El paseo valió la pena. Paré en un parque enorme en el que me perdí un par de veces. Yo sólo quería encontrar el lago. Lo encontré, pero di tantas vueltas que pensé que acabaría perdiendo el avión. Exagero. El paseo fue la mar de agradable (y frustrante, pero sólo hasta que conseguí encontrar el lago).

Mi siguiente parada ya fue el centro, que ya conocía y donde comí en el mismo sitio que cenamos la noche anterior (y sobre el que ya escribiré otro día).Y de vuelta al hotel, con una parada en un pequeño (pero interesante) mercadillo artesanal y en una librería muy bonita en la que me sentí friki total, como ya conté aquí.

Bucarest estuvo bien. Es una ciudad de grandes avenidas, edificios magnánimos (mención especial al Palacio del Parlamento Rumano: para su construcción se derribaron barrios enteros, incluyendo iglesias, sinagogas, monasterios y restos arqueológicos. Una exageración, vaya) y muchos árboles. No está en mi Top Five de ciudades favoritas o de lugares a los que volvería siempre, pero es una ciudad curiosa, interesante y animada. Muy ciudad, muy grande. Me siento muy de pueblo en este tipo de ciudades.














lunes, 9 de septiembre de 2013

Ciao

Pues nada, me voy otra vez.

Apenas he tenido tiempo de deshacer la maleta, lavar la ropa y volverla a hacer.

Ni siquiera he tenido tiempo de descargar las fotos del último viaje.

Y sí, tengo ganas de estar un poco tranquila, quieta, parada, absorbida por la rutina.

Pero de momento, no. De momento me esperan 24 horas de viaje para volver a un destino no por conocido, menos interesante, fascinante y sorprendente: Swakopmund en Namibia.

Me esperan muchos días fuera, mucho trabajo y algo (un poco) de tiempo libre.

África, ¡allá voy!

En la foto, mi carnet de conducir internacional. Me lo hice el otro día. ¡Qué emoción!

domingo, 8 de septiembre de 2013

Frikismo


Creo que mi nivel de frikismo harrypotteriano ha quedado claro con mi colección de Harry Potters internacionales. Es una cosa que siempre he aceptado, sí, me parecía un poco friki, pero me di cuenta de su alto nivel cuando unas amigas me dijeron una vez que no fuera por ahí enseñando esa colección, que ellas me entendían y que eran mis amigas, pero que era muy, muy friki.
Alguna vez me ha dado un poco de vergüenza visitar en un país cuyo idioma no conozco una librería y preguntar por el primer libro de la serie Potter. Siempre he pensado que algún día, algún dependiente me miraría raro y me interrogaría sobre qué diablos hago comprando un libro en un idioma que no entiendo. Previsora ante algo así, tenía incluso una respuesta estudiada “Es para un regalo”.

Tengo casi una decena de HP, la mayoría comprados por mí y sí, a veces me he avergonzado un poco al comprarlo, pero en general me ha parecido que no era algo tan raro. Hasta ayer.

Ayer, en Bucarest, me sentí tan, tan, tan friki que me entraron ganas de salir corriendo. Pasé la mañana paseando con el bus turístico por la ciudad, comí en el centro y por la tarde, antes de volver al hotel para dirigirme ya al aeropuerto, pasé por una librería que había visto por la mañana. No tenía muchas esperanzas de encontrarla abierta, pero sí, estaba abierta. Era una librería preciosa, un edificio antiguo, con suelos y escaleras de madera, con varios pisos. Vi una sección, en la planta baja, dedicada a libros infantiles y rápidamente encontré alguno de Harry Potter, pero no el primero. Así que me dirigí a la caja y le pregunté (en inglés) al empleado. Me preguntó varias veces si lo quería en rumano o en inglés y le insistí que en rumano. Fue al piso inferior a buscarlo y subió ojeándolo.

- Aquí lo tienes. Pero es en rumano. ¿No lo quieres en inglés? (supongo que pensaba que tenía un nivel de inglés Ana Botella y por eso insistía para comprobar que nos entendíamos).
- No, lo quiero en rumano.
- ¿Seguro?
- ¡Sí!
- Es que no lo entiendo.
- Hmmmm.
- ¿Por qué lo quieres en rumano?

Le conté que los coleccionaba en varios idiomas y siguió insistiendo en que no lo entendía. El pobre muchacho no daba crédito. Casi ni quería darme el libro. Se lo pensó mucho, me volvió a mirar y a insistir en que no lo entendía. Yo quería salir corriendo. Tierra trágame. Pero al final se lo pasó al chico de la caja, me cobró y me lo llevé, despidiéndome amablemente de ambos. El chico seguía mirándome con cara de asombro.

Al salir de la librería, quise salir corriendo. Otra vez. Creo que el muchacho aún debe estar flipando y les debe contar a sus amigos la historia de una friki extranjera que compró Harry Potter en rumano.

En mi vida me había sentido tan friki. Pero ya se me ha pasado. Y tengo un HP más para mi colección, ¡¡yujuuuu!!

La foto, de las (maravillosas) escaleras de la librería en cuestión. La cámara de mi móvil está cada vez peor, qué churro de fotos que hace…

jueves, 5 de septiembre de 2013

Por fin


Por fin veo de esta ciudad algo más que el hotel en el que nos alojamos y la sala en la que nos reunimos.

Por fin hemos conseguido acercarnos al centro, ver de manera fugaz su casco antiguo (semi-abandonado, destripado y completamente en obras) y descubrir una ciudad mucho más viva de lo que, a simple vista, parecía.

Por fin he podido sacar la réflex de la maleta y hacer alguna foto. Pocas, pues no quería hacer esperar a mis compañeros de paseo no fotógrafos.

Por fin he visto el casino, junto al mar Negro, que parece ser el símbolo de la ciudad. A pesar de estar abandonado (o precisamente por eso), emana una energía y una magia especial, muy difícil de explicar. Sí, el casino de Constantza tiene una fuera proveniente, supongo, de su pasado de lujo, de hospital, de restaurante. De mil y una historias vividas entre sus paredes, de mil y un momentos históricos contemplados desde su interior.

Podría haber pasado horas fotografiándolo, contemplando sus detalles, viendo como las sombras de la noche empezaban a cubrirlo, pero cuando paseas en compañía, a veces hay que sacrificar momentos.
Mañana, después de la reunión, partiremos hacia Bucarest. Creo que me pierdo todo de esta ciudad, que lo dejo todo por ver. Qué lástima y qué frustración. En teoría, en febrero-marzo tenía que volver a esta ciudad, pero no va a ser así. En fin… Qué breves son los momentos de felicidad.

En la foto, el casino de Constantza (Rumanía), esta misma tarde.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

"Las cosas que no nos dijimos" de Marc Levy

Debería estar ahora mismo currando un poco, pero después de un largo día de reunión, no me apetece demasiado, la verdad. Y como en un rato salgo hacia una cena de grupo (o social dinner como decimos siempre), aprovecho para actualizar con un libro que acabé poco antes de venirme a orillas del Mar Negro.

Éste es un libro prestado. Mi hermana la gafapasta es súper fan de Marc Levy y como yo no me había leído ningún libro suyo, me dejó “Las cosas que no nos dijimos”. “Te encantará”, me dijo ella. Cuando lo empecé, no me gustó nada, pero nada de nada. De verdad, ¿eh? Pero no quería dejarlo y seguí leyéndolo. Luego apareció un poco de historia por en medio (la caída del muro de Berlín), la cosa se animó un poco y al final me enganché. Eso sí, está lleno de topicazos (el mejor amigo gay, la búsqueda del amor de juventud) pero es un libro majo, ameno, entretenido, que se lee rápido y bien. Ah, y cuando mi hermana la gafapasta me dijo que no era un libro de amor, me mintió vilmente. Ya no sé si voy a volver a hacer caso a sus consejos…

El libro cuenta la historia de Julia, una joven neoyorkina que, pocos días antes de su boda, recibe la noticia del fallecimiento de su padre, con el que apenas tenía contacto. Tras suspender la boda, recibe un extraño paquete que le permite reencontrarse con su pasado, reconciliarse con su padre y replantearse su futuro.

El libro está bien, no es para tirar cohetes, pero sí que es entretenido y agradable, sin grandes complicaciones ni cosas profundas. Ideal para el verano.

Pues nada, voy a ver si me pinto la raya del ojo antes de ir a cenar.

martes, 3 de septiembre de 2013

A orillas del Mar Negro

Llevo poco más de dos días a orillas del Mar Negro y la única foto que he hecho es la que ilustra este post: una etiqueta de una botella de agua, curiosa cuanto menos.

Una vez comparé estas reuniones con los dementores: chupan lo mejor de ti y te dejan sin energía. Creo que eso hace que mi capacidad para hacer fotos, mi empatía hacia el mundo que me rodea, estén bajo mínimos.

Son extrañas, estas reuniones. Sobre todo si estás en un país que no conoces, en el que tienes la sensación de que los taxistas te timan y te cuentan mentiras (como que en esta ciudad viven un millón de habitantes, cuando no llegan al medio millón, o que es el segundo puerto europeo más importante, cuando en realidad es el cuarto), aunque te sientes mejor al ver que otros compañeros también son timados (como cuando un taxista le dijo a uno que no le daba un ticket del viaje “porque aquí no se lleva eso”).

Son extrañas, porque vives anécdotas curiosas, como que pidas pan con mermelada y mantequilla para desayunar y, además, te traigan platos y platos de quesos y embutidos variados, frutas y bollería. “El desayuno rumano es muy consistente, no podéis comer sólo eso, ¡¡venga, comed!!”, te dice la señora del hotel, como si fuera tu madre.

Son extrañas porque aunque quieres conocer más del lugar, comer sus platos típicos, la primera noche cenas en un italiano y la segunda en un japonés, porque es todo lo que hay a una distancia razonable de tu hotel, MacDonald’s aparte y tampoco quieres alejarte mucho más, porque te han dicho que “no es muy seguro ir por la calle de noche”.

Son extrañas, porque lo mejor que pasa en ellas es lo que pasa al final del día, cuando acaban: cervezas con los colegas, cenas agradables y charlas entre risas.

Son extrañas porque, aunque estés a miles de quilómetros de tu vida, hay cosas que vuelven una y otra vez, recuerdos que reaparecen aunque no quieras y gente a la que apenas conoces que te pregunta por gente a la que estás intentando olvidar.

Y así, pasas horas y horas encerrado en una sala discutiendo, proponiendo, hablando y opinando sobre temas que, a veces, te vienen grandes y son importantes, pero son también difíciles y complejos y encima en un idioma que no es el tuyo.

Y así, pasan los días, matando mosquitos por la noche en la habitación y vigilando que las bombillas del baño del hotel no se fundan, otra vez. Que ya me duché el primer día a la luz del móvil y no me apetece repetir.

Sed felices.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Dónde quedó septiembre

Hoy, primero de septiembre, parto a un viaje que me llevará durante casi una semana a orillas del Mar Negro, a una ciudad en la que nunca he estado, a un país en el que nunca he estado.

Es el inicio de la temporada otoñal de viajes (si todo va como espero, seis de aquí a final de año). Este primer viaje encadenará con otro más largo y lejano, de vuelta a tierras africanas, en poco más de una semana. Entre uno y otro, voy a estar en casa menos de 48 horas. La realidad es ésta: voy a estar en casa menos de 48 horas en todo el mes de septiembre.

Septiembre es un mes que mola mil. Me encanta septiembre. Aún hace bueno, aún es verano, pero los turistas (y locales) huyen de las playas antes de tiempo, por lo que los días junto al mar (ahora cálido y, en general, sereno) son una auténtica maravilla. Y me los voy a perder, todos y cada uno de los maravillosos días de septiembre. Septiembre empieza, pero también se va. Intentaré vivir los dos viajes con ilusión y alegría, tratando de encontrar ratos libres en los largos días de trabajo (15 en el segundo caso, 15 días de trabajo non-stop, sin ni siquiera fines de semana), disfrutándolos todos y cada uno de ellos. Pero en estas horas previas no puedo evitar pensar en todo lo que me voy a perder, qué será de septiembre, dónde quedarán esos días de septiembre junto al mar (y junto a los míos) que me perderé, si nunca existieron.

Intentaré seguir activa en el blog todo lo que pueda. Espero tener conexión la semana que viene y creo que la tendré las semanas siguientes.

Y ahora a dormir, que la mañana llegará muy pronto. Antes incluso de que salga el sol.

En la foto, billetes curiosos para gastar en tierras lejanas.

viernes, 30 de agosto de 2013

Ciencia ficción versus terror y sustos

Me gusta la literatura de ciencia ficción. Mucho. He leído bastante ciencia ficción, tanto siendo adolescente (fui hiperfan de “La trilogía de los trípodes” de John Christopher que releí hace 5 años) como ya de adulta. HG Wells, Ray Bradbury, Aldous Huxley, George Orwell, Stanislav Lem, Philip K. Dick son autores que he leído (y seguramente varios más que no recuerdo ahora). En cambio, con el cine de ciencia ficción me pasa una cosa: como ya sugerí el otro día, tengo la sensación que en los últimos tiempos, deriva demasiado hacia el cine de terror, o al menos al cine de “sustos”.

Para mí, el terror es una cosa y la ciencia-ficción es otra. Sí, que los extraterrestres invadan la tierra no deja de ser terrorífico, pero eso no implica que una invasión extraterrestre se convierta en una historia de sobresaltos continuos, de agobio, de angustia por cuándo vendrá el siguiente susto. Creo que la ciencia-ficción me resulta mucho más interesante cuando reflexiona, cuando por ejemplo, en el caso concreto de la invasión de extraterrestres, se plantea quiénes son, de dónde vienen, a qué vienen y (sobre todo) cómo diantres podemos librarnos de ellos.

Aquí hay claras diferencias entre cine y literatura: en literatura, el concepto de terror es mucho más relativo. Pueden darte miedo historias de fantasmas o zombies, incluso de extraterrestres, pero nada es comparable con el terror en la pantalla grande. Y más que con el terror, con el miedo, con los sustos.

En los últimos tiempos, el cine (sobre todo Hollywood) convierte en cine de terror cualquier historia de ciencia ficción. Vayamos a cualquier listado de mejores películas de ciencia ficción, por ejemplo éste o éste.

Entre las películas que he visto, hay muchas de ciencia-ficción interesantes (y hasta divertidas, pero nunca terroríficas) de antes del año 2000: “Gattaca”, “Regreso al futuro”, “La guerra de las galaxias”, “Blade Runner”, “ET”, “Terminator”, “Abyss” y “Esfera” (la misma historia contada dos veces), “Contact” y un largo etcétera. Pero las películas más recientes de ciencia-ficción me dan miedo: “Señales del futuro”, “La guerra de los mundos” o “Señales” son ejemplos en los que lo he pasado bastante mal. Vale, en el pasado también había películas de ciencia-ficción terroríficas (“Alien”, que no he visto nunca ni pienso ver o “La invasión de los ladrones de cuerpos” que vi de niña y me aterrorizó) y también hay historias de ciencia ficción recientes que no dan miedo (“Hijos de los hombres”, “Avatar” o “In time”), pero tengo la sensación que hoy en día se asume que cualquier historia no realista, cualquier historia de ciencia ficción se debe convertir en una peli que da miedo. Lo vi claramente después de ver la versión antigua de “La guerra de los mundos” que me pareció amena e interesante, intrigante y con las dosis adecuadas de tensión, en comparación con la versión moderna de Spielberg, de la que sólo recuerdo que pasé “mucho susto”.

Y no hablemos ya de historias de fantasmas o de zombis. Por ejemplo, a mí “Los otros” me encantó como historia, igual que “El orfanato”, pero pasé tanto, tanto miedo con ambas que no las pienso volver a ver. También pasé mucho miedo con “Dragonfly” (sí, soy una miedica) y a las historias de zombies ni me acerco, y eso que me parecen una temática muy interesante. Pienso leerme “Guerra Mundial Z”, pero no veré la película ni de coña.

Resumiendo, me gusta la ciencia-ficción y soy muy miedica. Así que productores de Hollywood, por favor, haced películas de invasiones extraterrestres, de futuros inciertos, de fantasmas o de zombies, pero haced alguna sin sustos innecesarios, que a mí no me aportan nada.

En la foto, una gaviota el otro día en Cudillero, Asturias. No tiene nada que ver con la entrada, pero es una foto que me gusta y el otro día no colgué.

jueves, 29 de agosto de 2013

Anécdotas asturianas

Volver a Asturias ha sido (casi) un regalo inesperado. Pasar una semana entera con mis padres ha sido tan agradable como estresante. Son una pareja de avanzada edad (76 ella, 72 él) que acaban de celebrar 40 años de matrimonio, con todo lo bueno y lo malo que eso significa. Como hija, es terrorífico verlos hacerse mayores, verlos desgastarse, ver sus achaques, ver sus despistes. Pero también es muy gratificante verles reír, sonreír, tener ilusión por ir a sitios, ver cosas y hasta verlos discutir.

Esta semana ha sido muy curiosa: volver a lugares que hace muchos, muchos años que no visitaba, ver a gente que hacía muchos, muchos años que no veía, ver cómo lugares y gentes cambian, envejecen, se reinventan. Recordar también a los que ya se han ido y no están y conocer a nuevas generaciones de la familia. Ha sido un viaje curioso, sí. He conducido mucho, he reído mucho con las historias familiares y de juventud de mi madre y me he peleado un poco con mi padre-MacGyver, guía venido a menos, mucho más despistado de lo que querría admitir.

Un día, paseando hacia la playa de San Lorenzo, en Gijón, me dijo mi madre (repito, ,76 años):

-    Siendo yo pequeña, por aquí una vez mi madre me compró un cubo y una pala para ir a la playa.

-    ¿Cuándo hace de eso?

-    No sé… Treinta, cuarenta años…

-    ¡¡Mamá!!

-    O setenta…

Otro día, decidimos ir hasta la zona de Piedras Blancas-Salinas, porque mi madre recordaba la playa de Salinas como muy bonita. Cuando llegamos a una rotonda que indicaba hacia la derecha Salinas y hacia la izquierda Piedras Blancas, intento confirmar con mi guía-padre nuestro destino final.

-    Entonces ¿dónde queréis ir? ¿Piedras Blancas? ¿Salinas?

-    ¡Piedras Blancas!

-    ¿No queríais ir a la playa?

-    No, vete a Piedras Blancas.

Y, una vez en el pueblo, oigo a mi padre-guía desde el asiento trasero:

-    Ahora tienes que buscar una carretera que nos lleve a Salinas

Me gusta conducir, mucho. No tengo miedo a conducir, he conducido en Grecia, en Croacia, en Irlanda (¡por la izquierda!) y probablemente en otros países que ni recuerdo, pero lo de entrar a una ciudad en la que nunca he conducido, que no visitaba desde hace 12 años y sin saber dónde estaba nuestro destino (casas de familiares) me estresa. Y mucho. El primer día, en la autopista, ya llegando, hago LA pregunta:

-    ¿Voy hacia el centro o por la ronda?

Mi madre, la autóctona del lugar, se encoge de hombros. Mi padre, el guía dice “Por la ronda”. Cuando voy hacia la ronda, oigo una voz desde el asiento de atrás:

-    ¡Te has equivocado! ¡Tenías que ir hacia el centro!

Y ahí empezó el discurso “Yo nunca he tenido un plano de Oviedo y siempre he llegado a los sitios que íbamos. Yo si conduzco, me oriento perfectamente hacia dónde voy, así que eres tú la que tenías que orientarte. Yo… Yo…”.

El segundo día de entrada a Oviedo, entre los dos se confabularon para darme instrucciones claras y precisas de cómo llegar a casa de una amiga de mi madre: “Sal por ahí, ahí a la derecha, luego recto, por ahí sigue hasta el final….”. Todo perfecto, hasta llegar a un punto en el que mi padre-guía dictamina:

-    Bueno, yo sé llegar hasta aquí. A partir de aquí no me acuerdo cómo se llegaba.

Y mi madre responde:

-    Esto me suena, estamos muy cerca, muy cerca… Pero no sé si es por la derecha o por la izquierda, pero estamos muy cerca. Sí, muy cerca.

En estos momentos, doy gracias a la tecnología, a mi Smartphone, a Google maps y al posicionamiento automático de los móviles que nos permitieron llegar en perfectas condiciones, después de algunas peleas, a nuestros destinos.

En la foto, otra anécdota del viaje: una mariposilla, posada en el pantalón de mi padre.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Varias pelis

Hoy toca escribir sobre varias películas que he visto en los últimos tiempos.

Vi por primera vez “Alas de mariposa” de Juanma Bajo Ulloa hace bastantes años y me encantó. Como no la recordaba demasiado, la volví a ver el otro día y me volvió a gustar mucho, tal vez no tanto como la primera vez, pero sí que me impactó como entonces. Es una historia tan fascinante como terrorífica: la obsesión de una madre por dar un hijo varón a su esposo (algo de lo que éste pasa olímpicamente) y como esa obsesión afecta a la primera hija de la pareja y a toda la familia. Dura y terrorífica, sí, pero vale la pena verla, mucho. Ojalá JB Ulloa hiciera más cine.

“La guerra de los mundos” de Byron Haskin es la adaptación de 1953 de la novela de H.G. Wells. Leí la novela hace tiempo y me encantó. También vi la versión de cine de 2005 de Steven Spielberg protagonizada por Tom Cruise y me dio mucho miedo, por eso sentía curiosidad por ver la versión antigua. La historia ya es conocida: extraterrestres llegan a la tierra con fines poco amistosos. Sin embargo, hay muchas diferencias en esta versión respecto al libro y también respecto a la versión de 2005. La principal, para mí, es que ésta es una película de ciencia-ficción, mientras que la de Spielberg me parece un film casi de terror (algún día hablaré sobre esa desviación que hace la ciencia-ficción hacia el terror en los últimos tiempos). Esta versión de 1953 me parece curiosa, con efectos especiales propios de la época, nada espectaculares pero sí dignos. Ah, y su protagonista, Gene Barry, me parece mucho más interesante que Tom Cruise. Y por lo visto apareció en la versión de 2005 (cosas como ésta hacen que adore irremediablemente a Spielberg).


No recuerdo si había visto ya “La chica de rosa” de Howard Deutch. Supongo que sí, porque es una de las comedias románticas más famosas de finales de los 80. Es la historia de una jovencita (Molly Ringwald) que se enamora de un niño bien (Andrew McCarthy), con todos los problemas que eso les conlleva. La típica tontería de finales de los ochenta que hacía las delicias de los adolescentes, así que no hay que esperar mucho más de lo que hay. Me encantó ver a Andrew McCarthy (me encanta) tan jovencito, y también a James Spader y a Jon Cryer (uno de los protagonistas de “Dos hombres y medio”). Entretenida para una tarde tonta.

Cuando volví de Dublín y Belfast, me hice un listado de películas rodadas por esas tierras o sobre la historia de Irlanda y entre ellas estaba “El viento que agita la cebada” de Ken Loach, protagonizada por Cillian Murphy (un tipo que me parece muy, muy turbador, y que me encantó en “In Time”). El otro día la hicieron por la tele, así que aproveché para verla. Es la historia de un joven médico irlandés que decide abandonar su carrera para combatir contra las tropas británicas en los años 20, luchando por la independencia de Irlanda. Me gustan estas historias con trasfondo histórico, en las que ves cómo la Historia afecta las vidas de la gente y cómo la gente interviene en la Historia. Es una historia dura, amarga, pero muy bien contada (ganó la Palma de Oro en Cannes), que muestra lo que la gente es capaz de hacer por sus ideales, por sus derechos y por sus principios, por encima incluso de sus propios sentimientos. Este tipo de historias me parecen muy difíciles, muy dura, pero la verdad es que la película vale la pena.