He estado un mes prácticamente sin leer. Cuando estoy en un barco trabajando, no puedo leer. No recuerdo si lo hacía al principio, cuando mis responsabilidades eran menos que las actuales, porque por aquel entonces tampoco tenía mucho tiempo libre a bordo. Supongo que entonces sí que leía. Ahora no, y mira que lo intento.
Hace años coincidí a una chica que me dijo que cuando iba de jefa de campaña, leía muchísimo. Yo le dije que no tenía tiempo para leer, a lo que respondió “¿Y qué haces todo el tiempo en el puente?”.
En el puente en concreto y en el mar en general, un día normal para mí es algo así:
Me levanto entre las seis y media y siete menos cuarto, salgo al pasillo desierto a esas horas y subo al puente sobre las siete. El primer día, el oficial de guardia me dice “Oye, ¡que queda una hora para empezar a trabajar!”. “Lo sé”, suelo contestar yo simplemente. Luego ya se acostumbran a verme aparecer a esas horas. Una vez en puente, enciendo el ordenador (u ordenadores), converso con el oficial y el timonel de guardia, compruebo que estamos ya cerca del punto de muestreo y les pregunto (y observo yo) si hay boyas o barcos en la zona que nos impidan trabajar. Arranco varios programas: uno de navegación en el que compruebo que funciona el GPS (el día antes de empezar, todo funciona; el primer día, no funciona nada; pero al final, todo sale bien, todo), otro de recepción de datos con las características de la red y una hoja de cálculo en la que anoto las posiciones. Luego preparo los papeles que necesitaré para el día: los estadillos de puente en los que iré apuntando (en lápiz, en el mar sólo se usan lápices) cada cinco minutos la situación del barco durante los muestreos, así como la hora, profundidad y características del arte. Si estamos cerca de costa y hay cobertura de Internet, incluso me da tiempo a echar un rápido vistazo al correo del trabajo.
La siguiente media hora la paso fuera del puente: suelo bajar a popa a revisar la red, ver que todo está correcto, comprobar qué sensores quedan por colocar, saludar a marineros y demás miembros de la tripulación que me encuentro e intercambiar impresiones con ellos. A esa hora, el personal científico suele dormir aunque los más madrugadores empiezan a dar señales de vida. A las 7:30 en punto entro en el comedor, a desayunar rápidamente, mientras vigilo si aparece el compañero responsable de los sensores y voy con él a la red a ayudarle a colocarlos (si me deja). Eso sí, los días que empezamos a trabajar antes, me salto el desayuno: los horarios de comidas son muy estrictos a bordo. A las 7:45 vuelvo al puente y aparece el capitán, intercambiamos saludos y nos preparamos para empezar el día.
Entre las 8 y las 17-18 la rutina es muy similar: vamos al punto de muestreo, cuando largamos la red salgo a la cubierta a comprobar que sale de manera adecuada (no se cierra, no se lía) y luego, con los sensores, comprobamos que las puertas no se lían (dos veces nos ha pasado en la última campaña) y que el arte llega al fondo. Antes de que salgan las puertas, le digo al capitán los metros de cable que hay que largar. Apunto la información en los momentos de largado, puertas al agua, firmes e inicio pesca, así como cada cinco minutos durante los 20, 30 ó 60 minutos que dura el muestreo (dependiendo de la profundidad). Pero no sólo es apuntar. Es comprobar que el arte trabaja bien, que sigue sin haber boyas o barcos, que no nos salimos de las zonas que tenemos que muestrear y que la velocidad es la adecuada. Y si algo falla, tomar las decisiones correspondientes: virar antes de hora, dar un muestreo por nulo, repetirlo, escoger un nuevo punto de trabajo. Y, a la vez, ir pensando en los demás muestreos del día: planificando horarios de trabajo y tiempos de navegación. Paramos a comer a las 11 o a las 12, según nos cuadre el trabajo. Cuando acaba cada muestreo, bajo a popa, casco en la cabeza, a ver que todo va bien, comprobar las capturas, hacerles una foto, anotar las características en la pizarra del laboratorio (número de lance, profundidad, sector, estrato y validez) y ver qué tal les va el trabajo de muestreo al resto de personal científico.
Por la tarde, después del último muestreo y mientras mis compañeros siguen procesando las muestras, preparo con el Capitán el trabajo del día siguiente: decidimos los muestreos que haremos, a partir de propuestas mías. Cuando el plan del día siguiente queda decidido, repaso el papeleo de todo el día, informatizo la información, chequeo el correo y el parte del tiempo de los próximos días, que, si es malo, puede modificar los planes. A veces hay muestreos extras: por ejemplo, patines supra y epibentónicos o dragas, que alargan más las horas en el puente. Ceno a las 20 y después de las cena hago alguna llamada, sigo con papeles y planificaciones en el puente o en mi camarote (mi “camerino”) o acabamos algunos muestreos que han quedado pendientes. Si aún hay trabajo de muestreo, bajo a ayudar, aunque en general, este año, casi no ha hecho falta. Cuando por fin doy mi trabajo por listo, paseo por el barco a charlar con el personal científico que ya descansa, juega a cartas, mira la tele o se toma algo. Sobre las 23 o 23:30 me retiro al camarote a dormir.
Entonces podría leer.
Pero no lo hago.
Porque mi cabeza sigue pensando en muestreos, planificaciones, partes del tiempo y posibles problemas con personal y tripulación, además del trabajo de tierra que siempre está ahí. Así que me doy una ducha y me meto en la cama, con música para amortiguar los ruidos del barco y los ruidos de mi cabeza, hasta que noto que mi cerebro desconecta, paro la música y me duermo con ese descanso profundo y sin apenas sueños que suelo tener en los barcos.
Eso es lo que hago, en los barcos. Y por eso no puedo leer. Porque durante el día es imposible. Y por la noche… por la noche lo único que quiero es desconectar el cerebro y descansar. Porque al día siguiente, en menos de 8 horas, todo empieza de nuevo. Y así durante muchos días seguidos, sin descanso, sin fines de semana, sin momentos libres.
Sin libros.
En la foto, pasillos desiertos en la cubierta de camarotes de científicos, en el buque de investigación oceanográfica Cornide de Saavedra, hace ya unos días.
viernes, 5 de julio de 2013
martes, 2 de julio de 2013
A veces
A veces pienso que hubiera preferido que no me contara algunas cosas, que no compartiera conmigo momentos pasados, personales o importantes, que no hubiéramos llegado a ese nivel de confianza. Porque ahora tengo recuerdos que no son míos, tengo imágenes que no me corresponden y que casi (casi) preferiría no conocer. A veces incluso pienso que hubiera sido mejor no haberle conocido, que no se hubiera cruzado en mi camino, que no lo hubiera convertido en alguien imprescindible en mi vida porque al final he tenido que acabar prescindiendo de él. Pero luego me digo a mí misma que no, que tengo que quedarme con lo bueno y trato de pensar en lo bueno. Y recuerdo algunas cosas con una sonrisa, como una noche extraña en un pequeño pueblo costero del norte, un abrazo sincero o unos días recorriendo carreteras desconocidas. Y ya está. No recuerdo nada más. Todo lo demás que recuerdo me hace daño o me pone triste.
En estas cosas absurdas pensaba yo el otro día en la popa de un barco, viendo subir el arte, con viento del norte, mar de fondo de 3 metros y un balanceo impresionante. A veces me pongo a pensar en las cosas más extrañas en los momentos más extraños.
En la foto, vistas del arte experimental desde la popa del barco, en un día en el que obviamente no teníamos olas de 3 metros. Ni balanceo.
En estas cosas absurdas pensaba yo el otro día en la popa de un barco, viendo subir el arte, con viento del norte, mar de fondo de 3 metros y un balanceo impresionante. A veces me pongo a pensar en las cosas más extrañas en los momentos más extraños.
En la foto, vistas del arte experimental desde la popa del barco, en un día en el que obviamente no teníamos olas de 3 metros. Ni balanceo.
domingo, 30 de junio de 2013
Conversaciones y frases
Quince días en el mar dan para mucho. Entre otras cosas, en estos días he sido testigo (y partícipe) de conversaciones curiosas (como discutir en el puente con tres tíos las diferencias entre el fucsia y el rosa chicle) y frases divertidas, extrañas, absurdas o duras que, a modo de resumen, voy a recopilar hoy.
Nada más entrar en el barco:
Yo (a un marinero): "Hola, ¿qué tal te va?".
Marinero: "Hasta ahora bien, pero ya veremos ahora que ha llegado la chica mala". (O sea, yo).
En el puente, me dice un oficial: “Nisi, sabes que te queremos mucho y que cuando te vas te echamos de menos, pero eres la jefa de campaña más dura que ha pasado por aquí”.
Un compañero se presenta a las 11 y pico de la noche en el comedor donde los demás pasamos el rato, con un plato de comida enorme (restos de la cena) y lo mete en el microondas. Una compañera le suelta “¿Te vas a comer eso?”. Y él responde: “No, sólo lo voy a calentar”. Carcajada general.
Me dice un camarero: “Nisi, tú eres guapa, lo que pasa es que no lo sabes”.
Un oficial: “Nisi, tú necesitas encontrar un buen muchacho, que te lo mereces”.
Yo: “Ya, ya, pero no aparece”.
Al día siguiente, me lo encuentro por mi ciudad y se despide de mí diciendo:
“¡Acuérdate de lo que te dije ayer!”.
En una reunión con el personal científico, solté una frase que no me gustó decir, pero que tuve que hacerlo: “No me ha gustado nada, pero nada lo que habéis hecho hoy. Ya os dije el primer día que esto no es una democracia, esto es una dictadura y aquí mando yo. Lo que digo yo, va a misa. Y a quien no le guste, que se vaya a tierra”.
Al final será verdad eso de que soy una jefa dura y chica mala.
En la foto, atardecer en el mar.
lunes, 24 de junio de 2013
Ayer y hoy
sábado, 22 de junio de 2013
Maó
Es una especie de tradición parar allí y, aunque hace dos años tuvimos que hacer también una parada de emergencia en Ciutadella para desembarcar a un tripulante herido, la parada en Maó es la única que solemos hacer y todo un soplo de aire fresco en nuestro día a día marino. Solemos aprovechar esta parada para hacer cambios en el personal científico (gente que sube, gente que baja, aunque este año no ha sido el caso), hacer agua o para llevar/recoger material de la Estación Jaume Ferrer (como hemos hecho este año).
Aunque son pocas horas en puerto, las aprovechamos al máximo y solemos cumplir varias tradiciones no oficiales ni impuestas pero que, inevitablemente seguimos año tras años: un paseo por la ciudad, cena de (casi o) todo el personal científico en el mismo sitio de siempre (y disfrutando como enanos de comidas no habituales a bordo, como la pizza), copas en el Akelarre y, los que aguantan, en algún garito más. Y, al día siguiente, de vuelta al mar y a trabajar como si no hubiéramos estado quemando la noche, a un ritmo un poco más lento que el de costumbre, intentando volver a la rutina marina.
Aparte de estas tradiciones no escritas y grupales, yo tengo algunas tradiciones propias, aunque no sé si llamar tradiciones. Son pequeñas cosas que, si puedo, cumplo año tras año. A veces alguien me acompaña, a veces son solitarias. A veces no son posibles, a veces sí. Este año pensaba que no cumpliría ninguna. Y las cumplí todas.
Una de ellas es comprarme en una tienda determinada una camiseta de Pou Nou, una ropa de marca menorquina que me encanta: ropa de calidad con diseños también de la isla. Cumplido. Me compré ésta:
También me gusta subir por la mañana, antes de salir al mar, a dar una vuelta por el mercado, y comprar un queso como éste:
Y la última es desayunar en una cafetería junto al mercado, con vistas al puerto, leyendo el periódico o charlando si alguien me acompaña. Exactamente así:
Este año la visita al mercado y el desayuno fueron solitarios: todo el mundo dormía la juerga nocturna. Yo, que no puedo quitarme el chip de responsabilidad hasta que el último muestreo no ha acabado, me desperté a las 7 de la mañana, así que aproveché para ir al mercado y desayunar. Una auténtica delicia, aunque el trabajo de todo el día habiendo dormido sólo 4 horas se hizo bastante cuesta arriba.
Ah, casi se me olvidaba. Una cosa importante cuando entras a puerto es que hay que controlar que, a la salida, todo el personal científico está a bordo. Como somos muchos (18) y suponía que la mayoría no se levantaría antes de salir, este año desarrollé un sistema de alta tecnología que me permitía conocer quién estaba a bordo. Éste:
Eso sí, alguno me mandó un whatsapp a las 05:30 de la mañana diciendo “Estoy en el barco, no encuentro boli”.
domingo, 16 de junio de 2013
Con vistas
Zapatas (o bocanegra o moixina o Galeus melastomus) secándose al sol, con vistas a Cabrera.
Saludos desde el mar. Con vistas.
viernes, 14 de junio de 2013
Hacia el mar (2nd round)
Una campaña oceanográfica es como un Gran Hermano,
pero sin Mercedes Milá ni nominaciones (aunque alguna vez me han dado ganas de
nominar a alguno). Para lo bueno y para lo malo, estás encerrado en un espacio
reducido durante muchos días, viendo a la misma gente a la hora del desayuno,
trabajando, a la hora de la comida, trabajando, a la hora de la cena,
trabajando y en el posible ratito de ocio que queda después de todo eso. La
otra diferencia con Gran Hermano es que se trabaja. Y mucho. Es un trabajo
físico, a veces duro, muy diferente a las horas de despacho y ordenador que son
la rutina el resto del año. En los últimos años, me paso la vida subiendo y
bajando escaleras en los barcos, entre cubiertas. Del puente a la zona de
muestreo y a la popa, de la popa y la zona de muestreo al puente y así hasta el
infinito. Pero también he medido muchos peces (y crustáceos y cefalópodos), he
cargado muchas cajas, he picado muchos datos y he triado muchos individuos de
mil y una especies diferentes.
La primera ronda en el mar este año fue muy bien. Me
cargó de energía, la energía que necesitaba para esta segunda ronda, más larga,
más complicada, más dura pero también más emocionante y melancólica. La última
con el abuelo. En unas horas zarparemos hacia el mar en nuestra última (al
menos mi última) campaña con el buque de investigación oceanográfica Cornide deSaavedra. No sé qué nos deparará esta campaña, no tengo ni idea. Sólo espero
que tengamos buen tiempo (ojo, buen tiempo en el mar no significa sol,
significa mar en calma. Me da igual que llueve o truene, pero prefiero el mar
en calma que cualquier otro nivel de la escala Douglas). Sólo espero cumplir con
los objetivos y volver con la satisfacción del trabajo bien hecho. Sólo espero
un ambiente agradable y ser capaz de afrontar los imprevistos o los problemas
que se presenten. Sólo espero que trabajemos duro y riamos felices.
Todo lo demás es insignificante.
jueves, 13 de junio de 2013
Huerto urbano
Es agradable volver a casa después de 9 días fuera y encontrarte tomates verdes, tomates casi maduros y tomates ya maduros, fresas a punto de caramelo, zanahorias que crecen, pimientos saludables, miles de flores y un jardín de ginkgos bajo el que algún día me gustaría, sí, me encantaría, echarme una siesta.
No quiero ni pensar cómo va a variar mi huerto urbano en los 15 días que voy a estar ahora fuera.
No quiero ni pensar cómo va a variar mi huerto urbano en los 15 días que voy a estar ahora fuera.
miércoles, 12 de junio de 2013
martes, 11 de junio de 2013
Pelis
Aprovechando que estoy en tierra, publico una entrada que tenía pendiente en la cabeza, sobre algunas películas que he visto en los últimos tiempos y que aún no había comentado.Vi “La red social” de David Fincher en Namibia, pero en ese momento no me acordé de comentarla. Es la historia de facebook y su creador, Mark Zuckerberg. Me entretuvo mucho y me gustó bastante. Muestra los inicios de la idea y cómo se fue desarrollando y convirtiendo en el éxito que ha acabado siendo, aunque no deja en muy buen lugar a su creador. Sinceramente, no creo que le importe mucho, pero si la historia es tal y como la cuentan en la peli, este muchacho es un poco mala gente, por decirlo de alguna manera.
Hace un par de semanas vi en la tele una película muy recomendable, “El camino” de Emilio Estévez. La pillé ya empezada, lástima. Cuenta la historia de un padre (Martin Sheen) que viaja a Europa a recoger los restos de su hijo muerto cuando hacía el Camino de Santiago y decide continuar él mismo el Camino. Durante el viaje, conoce distintas partes de España y sus habitantes, así como a otros peregrinos con los que acaba haciendo el viaje: una canadiense que quiere dejar de fumar, un irlandés escritor totalmente bloqueado (el actor James Nesbitt, que ya vi en “Bloody Sunday”) y un holandés que quiere perder peso. Me gusto mucho, mucho esta peli. Yo nunca he hecho el Camino de Santiago, aunque tras ver esta peli me apetece mucho, muchísimo. La historia está muy bien, pero además muestra un respeto y de una manera tan natural, sencilla y realista todo lo que (dicen) rodea el camino que te dan eso, ganas de hacerlo.
Y, por último, la semana pasada vi “The lovely bones” de Peter Jackson en mitad del mar. Hace años leí el libro de Alice Sebold en el que se basa (“Desde mi cielo”). No recuerdo mucho del libro, sí que me pareció duro pero bonito, creo que lloré un poco y todo leyéndolo. La peli (también la pillé empezada) me gustó bastante, aunque creo que había un abuso de elementos oníricos, demasiados colores, flores, arbolitos y demás flipadas que no recuerdo tan exagerados en el libro. La protagonista, Saoirse Ronan, está que se sale, como siempre. Me encanta la energía que transmite.
Creo que tenía alguna peli más en el tintero, pero no me acuerdo cual… Es igual. Voy a buscar el cargador de mi mp3, que no lo encuentro…
domingo, 9 de junio de 2013
Pares y enjambres
Sin embargo, algunos días hemos estado en zonas de pesca muy concurridas. Tanto, tanto, que incluso nos impidieron realizar el trabajo planeado.
Sí. Había días en las que muchos barcos nos rodeaban cual abejas en un enjambre, aunque alguna vez logramos hacernos un huequito en mitad de tanto barco.
Aaah, los días de mar…
jueves, 6 de junio de 2013
A bordo
La vida a bordo es bien curiosa. De un día para otro cambias totalmente tus rutinas, tu día a día, tu manera de vivir, tus horarios de comida. De un día para otro tienes que habituarte a un nuevo entorno (más o menos desconocido, más en este caso) y a nueva gente (también más o menos desconocida, también más en ese caso). De un día para otro te das cuenta de que ya te has adaptado a ese entorno, a esa vida, a ese horario: ya te parece normal comer a las once de la mañana, trabajar de ocho a ocho o bajar cinco cubiertas para ver a tus compañeros (y subirlas y bajarlas y volverlas a subir). La vida a bordo es tan curiosa que en pocos días ya sabes quién te cae mejor y a quién te gustaría cruzarte por los pasillos e intercambiar cuatro palabras o simplemente una sonrisa. No nos engañemos, no hablo de interés sentimental, ni de coña. Hablo de cruzarte con colegas que, eso, curran cinco cubiertas por debajo de ti, o con personal de a bordo que apenas conoces pero que son amables contigo. Porque, tampoco nos engañemos, estando fuera de casa se agradecen palabras amables a tu alrededor, una charla desenfadada, cuatro risas o un simple saludo.
La vida a bordo es bien curiosa. De repente agradeces esos pequeños gestos tontos y absurdos: un saludo, una sonrisa, una palabra amable. Son cosas normales, pero en lugar tan pequeño (o no tan pequeño) como éste y con tanta gente más o menos desconocida como ésta, las cosas más absurdas incrustadas en mitad de la rutina, del trabajo diario, se convierten en fabulosas. Como ver unos peces luna nadando junto el barco. O trabajar por primera vez cerca de las Islas Columbretes. O capturar un pez luna e intentar salvarlo, levantando entre dos los casi cuarenta quilos de bicho, aunque te llenes el antebrazo de arañazos provocados por su piel rasposa. O descubrir a media tarde un bote de Nocilla en la cocina y merendar eso, galletas con Nocilla. O estar en el puente a las nueve y pico de la noche, acabando el papeleo del día y que suene en la radio una canción que te encanta y te llena de energía como “Dancing Queen” de Abba. O ver un atardecer de colores cálidos y brillantes que te hacen recordar lo afortunada que eres de estar aquí y ahora.
La vida a bordo es bien curiosa. De repente tienes que juntar ropa sucia de varias compañeras para conseguir llenar una lavadora industrial, alguien pone la secadora a 60º y hay que sacar la ropa corriendo para que no se encoja. Y te echas cuatro risas tontas mientras repartes la ropa interior con tus compañeras de secadora. De repente te encuentras a las diez y pico de la noche, esperando acercarte más a la costa para tener conexión a internet y descargar los datos de capturas que ha hecho el barco compañero de trabajo, para compararlas, para ver qué pasa, para ver si tiene sentido todo esto que estamos haciendo. Y, a pesar del sueño, a pesar del cansancio y de las ganas de poner las piernas en alto y no volver a subir escaleras en al menos 8 horas, te quedas ahí, esperando a tener conexión. Porque la vida a bordo es bien curiosa. Y aunque esos pequeños ratos para charlar, hacer o recibir bromas y alegrarnos del buen tiempo que tenemos (de momento), a pesar de esos ratos que son tan, tan importantes a bordo, a pesar de eso, todo, todo, todo lo marca el trabajo. Pero ese trabajo que te engancha, que te come por dentro y te pide más, más y más, aunque ya sea hora de irse a dormir. Ese trabajo que disfrutas al máximo, porque tampoco es tan frecuente, porque son momentos únicos, porque son oportunidades fabulosas, porque mientras lo vives sabes y sientes que vale la pena el cansancio, el esfuerzo, el estrés y hasta el agobio. Sí, vale la pena, y mucho.
La vida a bordo es bien curiosa. Tanto su parte de trabajo como su parte de no trabajo. Porque aquí todo está mezclado y es difícil separarlo. Por eso es bien curiosa, la vida a bordo.
En la foto, atardecer sobre la costa peninsular, rumbo a Peñíscola, ayer, que no pude actualizar porque no tenía cobertura.
La vida a bordo es bien curiosa. De repente agradeces esos pequeños gestos tontos y absurdos: un saludo, una sonrisa, una palabra amable. Son cosas normales, pero en lugar tan pequeño (o no tan pequeño) como éste y con tanta gente más o menos desconocida como ésta, las cosas más absurdas incrustadas en mitad de la rutina, del trabajo diario, se convierten en fabulosas. Como ver unos peces luna nadando junto el barco. O trabajar por primera vez cerca de las Islas Columbretes. O capturar un pez luna e intentar salvarlo, levantando entre dos los casi cuarenta quilos de bicho, aunque te llenes el antebrazo de arañazos provocados por su piel rasposa. O descubrir a media tarde un bote de Nocilla en la cocina y merendar eso, galletas con Nocilla. O estar en el puente a las nueve y pico de la noche, acabando el papeleo del día y que suene en la radio una canción que te encanta y te llena de energía como “Dancing Queen” de Abba. O ver un atardecer de colores cálidos y brillantes que te hacen recordar lo afortunada que eres de estar aquí y ahora.
La vida a bordo es bien curiosa. De repente tienes que juntar ropa sucia de varias compañeras para conseguir llenar una lavadora industrial, alguien pone la secadora a 60º y hay que sacar la ropa corriendo para que no se encoja. Y te echas cuatro risas tontas mientras repartes la ropa interior con tus compañeras de secadora. De repente te encuentras a las diez y pico de la noche, esperando acercarte más a la costa para tener conexión a internet y descargar los datos de capturas que ha hecho el barco compañero de trabajo, para compararlas, para ver qué pasa, para ver si tiene sentido todo esto que estamos haciendo. Y, a pesar del sueño, a pesar del cansancio y de las ganas de poner las piernas en alto y no volver a subir escaleras en al menos 8 horas, te quedas ahí, esperando a tener conexión. Porque la vida a bordo es bien curiosa. Y aunque esos pequeños ratos para charlar, hacer o recibir bromas y alegrarnos del buen tiempo que tenemos (de momento), a pesar de esos ratos que son tan, tan importantes a bordo, a pesar de eso, todo, todo, todo lo marca el trabajo. Pero ese trabajo que te engancha, que te come por dentro y te pide más, más y más, aunque ya sea hora de irse a dormir. Ese trabajo que disfrutas al máximo, porque tampoco es tan frecuente, porque son momentos únicos, porque son oportunidades fabulosas, porque mientras lo vives sabes y sientes que vale la pena el cansancio, el esfuerzo, el estrés y hasta el agobio. Sí, vale la pena, y mucho.
La vida a bordo es bien curiosa. Tanto su parte de trabajo como su parte de no trabajo. Porque aquí todo está mezclado y es difícil separarlo. Por eso es bien curiosa, la vida a bordo.
En la foto, atardecer sobre la costa peninsular, rumbo a Peñíscola, ayer, que no pude actualizar porque no tenía cobertura.
lunes, 3 de junio de 2013
Desde el mar
Llevamos ya dos días en el mar. Dos días de trabajo intenso. Diez muestreos con arte de arrastre experimental y tres pruebas con dragas de sedimento. Todo está yendo bien, el tiempo nos acompaña y este barco es la leche. Eso sí, tengo agujetas de subir y bajar escaleras. El primer día, en puerto, fue una locura. Ahora ya controlo el barco (más o menos) y sé en qué cubierta está cada cosa. Pero aún así, mi vida se sitúa entre cinco cubiertas por las que subo y bajo miles de veces a lo largo del día. Y eso que aún no he tenido que usar la lavandería ni tengo tiempo para ir al gimnasio, que están en otra cubierta más. Además, tengo el cuerpo lleno de golpes. Soy incapaz de vivir en un barco sin acabar con morados por todas partes: piernas, brazos y sitios que ni veo tienen ya las marcas de este buque. Es así la vida a bordo.
Ayer fue un día muy largo, hoy ha sido algo más corto, porque tenemos que desembarcar al jefe con la zodiac. Cuando esté listo, dejaremos nuestros mares y zarparemos rumbo a Castellón, donde nos esperan mañana por la mañana nuestros colegas. Hacia mares inexplorados por nosotros (al menos por mí). Hacia terra incognita. Hacia mare incognito.
La tranquilidad de hoy se ha visto alterada por una operación de rescate de un barco de pesca de la que hemos sido testigos: el barco ha tenido que ser remolcado por una lancha de salvamento. Y por la cosa más extraña que hemos cogido del fondo del mar en estos dos días: una cartera con toda su documentación, fotos familiares incluidas. El jefe se la lleva a tierra firme, a ver si aparece su dueño.
Es bueno que lo más destacado a contar sean anécdotas absurdas. Firmo aquí y ahora para que el resto de la campaña (y la que vendrá después) vaya como ha ido ésta hasta ahora. Firmo y hasta pago. Voy a publicar esto ya, antes de que nos vayamos a alta mar y nos quedemos sin cobertura.
En la foto, el faro sur de Dragonera y nuestra chimenea, hace tan sólo un rato.
Ayer fue un día muy largo, hoy ha sido algo más corto, porque tenemos que desembarcar al jefe con la zodiac. Cuando esté listo, dejaremos nuestros mares y zarparemos rumbo a Castellón, donde nos esperan mañana por la mañana nuestros colegas. Hacia mares inexplorados por nosotros (al menos por mí). Hacia terra incognita. Hacia mare incognito.
La tranquilidad de hoy se ha visto alterada por una operación de rescate de un barco de pesca de la que hemos sido testigos: el barco ha tenido que ser remolcado por una lancha de salvamento. Y por la cosa más extraña que hemos cogido del fondo del mar en estos dos días: una cartera con toda su documentación, fotos familiares incluidas. El jefe se la lleva a tierra firme, a ver si aparece su dueño.
Es bueno que lo más destacado a contar sean anécdotas absurdas. Firmo aquí y ahora para que el resto de la campaña (y la que vendrá después) vaya como ha ido ésta hasta ahora. Firmo y hasta pago. Voy a publicar esto ya, antes de que nos vayamos a alta mar y nos quedemos sin cobertura.
En la foto, el faro sur de Dragonera y nuestra chimenea, hace tan sólo un rato.
viernes, 31 de mayo de 2013
Hacia el mar (1st round)
Ya conté que mi mes de junio va a ser la mar (esto tiene doble sentido, claro) de entretenido. La aventura comienza mañana, cuando empiece la primera de las dos campañas oceanográficas en las que participaré este mes.
O sea, que me voy a contar peces.
Esta primera es una campaña especial y única: el objetivo es calibrar el barco que se ha utilizado hasta ahora en nuestras campañas por el que le sustituirá el año que viene. Pero vayamos por partes.
En mi trabajo en la pecera, participo en un programa europeo de recopilación de datos paraevaluar analizar el estado de explotación salud de los recursos marinos peces y demás bicherío marino. Entre los trabajos que llevamos a cabo está la realización de campañas científicas para estudiar el estado de nuestros mares de manera independiente de los datos que obtenemos haciendo el seguimiento de la flota comercial. Es decir, que en vez de contar los peces que pescan los pescadores (que también hacemos durante todo el año), contamos nuestros propios peces. (Aquí podéis leer una explicación mejor). Y los contamos cada año, de manera exacta a cómo lo cuentan otros países del Mediterráneo, desde 1994 (como está explicado aquí, aunque en el caso concreto de mis islas, es desde 2001).
Desde 1994, hemos ido a contar peces (yo no, que era aún muy peque y ni sabía que me iba a dedicar a esto) en el abuelo de los buques. Y el abuelo se jubila este año. Así que antes de empezar la que será nuestra última campaña con el abuelo, a mitad de mes, vamos a utilizar a un jovencito para comprobar si nos consigue los peces igual de bien que el abuelo. Así que durante unos días, subiremos a este buque tan bonito, nos desplazaremos hasta la costa peninsular y trabajaremos en paralelo con el abuelo, que está ya trabajando por allí desde hace unas semanas.
Suena bien, ¿eh? Sí, suena genial. Lástima del estrés que me provoca siempre este tipo de cruceros. Aunque, como ya conté el otro día, al final, todo sale bien, aunque no sé cómo, es un misterio. Y si no, leed lo bien que nos fue en el 2011.
Como decía, esta será una campaña única y especial (aunque, en realidad, todas lo son. Siempre): buque nuevo, zona de trabajo nueva (para mí) y trabajo en paralelo con otro barco. Siento mucha curiosidad, mucha, por ir a contar peces a la costa peninsular, yo que soy tan de las islas y los únicos peces que conozco son los nuestros (y los de Argelia, pero esa es otra historia que ya tiene 10 años y que igual algún día debería contar).
Algunos de los links que he puesto enlazan con los blogs que creamos el año pasado y el anterior. Os los recomiendo, sobre todo el de 2011.. Este año no habrá blog. Aunque no soy yo la que lo hago, sí que lo superviso y se necesita mucha energía para hacer algo así de manera complementaria a las más de 12 horas de trabajo diario a bordo. Y este año no tengo energías, como el año pasado tampoco las tuve. Y eso se nota en el blog. El de 2011 me encanta: hay mucha información y muchas fotos. El de 2012 está bien, pero no. Siguiendo esta tendencia decreciente, el de 2013 sería muy flojo. Y me niego. Así que este año no hay divulgación científica. No me gusta no hacerlo, pero necesitaríamos algo nuevo, el blog de campaña ya lo hemos hecho dos veces y, seguramente, no se nos ocurriría nada nuevo que contar. O sí, qué se yo. La cuestión es que este año no lo hacemos. Y punto.
Iré actualizando aquí cuando y como pueda, con la libertad del (semi-)anonimato, pudiendo decir aquello de “hoy hemos comido macarrones y el atardecer ha sido muy bonito” sin miedo a que al jefe no le parezca bien. Y podréis saber en todo momento dónde estoy mirando la situación de los buques en tiempo real.
Ah, y a la vuelta no me digáis eso de “estás muy blanca para haber estado tantos días en el mar”. Voy a volver tan blanca como me voy, que lo sepáis.
Por cierto, el jovencito nos ha salido conservador y en el código de conducta a bordo se prohíbe estrictamente el alcohol (y las drogas). No he leído nada de sexo y rock-and-roll.
Nos vemos en el mar.
En la imagen, la situación actual de los dos buques, el jovencito de camino a las islas y el abuelo trabajando.
O sea, que me voy a contar peces.
Esta primera es una campaña especial y única: el objetivo es calibrar el barco que se ha utilizado hasta ahora en nuestras campañas por el que le sustituirá el año que viene. Pero vayamos por partes.
En mi trabajo en la pecera, participo en un programa europeo de recopilación de datos para
Desde 1994, hemos ido a contar peces (yo no, que era aún muy peque y ni sabía que me iba a dedicar a esto) en el abuelo de los buques. Y el abuelo se jubila este año. Así que antes de empezar la que será nuestra última campaña con el abuelo, a mitad de mes, vamos a utilizar a un jovencito para comprobar si nos consigue los peces igual de bien que el abuelo. Así que durante unos días, subiremos a este buque tan bonito, nos desplazaremos hasta la costa peninsular y trabajaremos en paralelo con el abuelo, que está ya trabajando por allí desde hace unas semanas.
Suena bien, ¿eh? Sí, suena genial. Lástima del estrés que me provoca siempre este tipo de cruceros. Aunque, como ya conté el otro día, al final, todo sale bien, aunque no sé cómo, es un misterio. Y si no, leed lo bien que nos fue en el 2011.
Como decía, esta será una campaña única y especial (aunque, en realidad, todas lo son. Siempre): buque nuevo, zona de trabajo nueva (para mí) y trabajo en paralelo con otro barco. Siento mucha curiosidad, mucha, por ir a contar peces a la costa peninsular, yo que soy tan de las islas y los únicos peces que conozco son los nuestros (y los de Argelia, pero esa es otra historia que ya tiene 10 años y que igual algún día debería contar).
Algunos de los links que he puesto enlazan con los blogs que creamos el año pasado y el anterior. Os los recomiendo, sobre todo el de 2011.. Este año no habrá blog. Aunque no soy yo la que lo hago, sí que lo superviso y se necesita mucha energía para hacer algo así de manera complementaria a las más de 12 horas de trabajo diario a bordo. Y este año no tengo energías, como el año pasado tampoco las tuve. Y eso se nota en el blog. El de 2011 me encanta: hay mucha información y muchas fotos. El de 2012 está bien, pero no. Siguiendo esta tendencia decreciente, el de 2013 sería muy flojo. Y me niego. Así que este año no hay divulgación científica. No me gusta no hacerlo, pero necesitaríamos algo nuevo, el blog de campaña ya lo hemos hecho dos veces y, seguramente, no se nos ocurriría nada nuevo que contar. O sí, qué se yo. La cuestión es que este año no lo hacemos. Y punto.
Iré actualizando aquí cuando y como pueda, con la libertad del (semi-)anonimato, pudiendo decir aquello de “hoy hemos comido macarrones y el atardecer ha sido muy bonito” sin miedo a que al jefe no le parezca bien. Y podréis saber en todo momento dónde estoy mirando la situación de los buques en tiempo real.
Ah, y a la vuelta no me digáis eso de “estás muy blanca para haber estado tantos días en el mar”. Voy a volver tan blanca como me voy, que lo sepáis.
Por cierto, el jovencito nos ha salido conservador y en el código de conducta a bordo se prohíbe estrictamente el alcohol (y las drogas). No he leído nada de sexo y rock-and-roll.
Nos vemos en el mar.
En la imagen, la situación actual de los dos buques, el jovencito de camino a las islas y el abuelo trabajando.
miércoles, 29 de mayo de 2013
Galletas de mantequilla con té matcha
Hace tiempo que había oído hablar del té matcha (té verde molido que se emplea en la ceremonia japonesa del té) y sus aplicaciones en cocina. Así que en mi última visita a mi tienda de té favorita, Tea Ritual, caí en la tentación y compré un paquete.
Como las próximas semanas van a ser bastantes moviditas, decidí empezar a experimentar con él lo más pronto posible, así que me animé a hacer unas galletas de mantequilla que había visto en el blog de Nuria Roca y me puse el otro día, a las diez y pico de la noche, a experimentar. Simplemente cambié la ralladura de limón por media cucharadita de té matcha.
Y me salieron las galletas de la foto, de un bonito color verde y ricas, ¡muy ricas! Saben fundamentalmente a mantequilla, pero tienen un puntito especial queles da el té matcha. Las hice muy pequeñitas, porque no tenía ningún molde y no quería utilizar un vaso y que quedaran enormes. Algunas se me tostaron un poco, pero bueno, como experimento no ha estado mal, pero he aprendido que: puedo echarles un poco más de té matcha (les puse menos de media cucharadita), puedo hacerlas un poco más gruesas y puedo hornearlas un poco menos.
Seguiré experimentando con el té matcha, prometido.
Como las próximas semanas van a ser bastantes moviditas, decidí empezar a experimentar con él lo más pronto posible, así que me animé a hacer unas galletas de mantequilla que había visto en el blog de Nuria Roca y me puse el otro día, a las diez y pico de la noche, a experimentar. Simplemente cambié la ralladura de limón por media cucharadita de té matcha.
Y me salieron las galletas de la foto, de un bonito color verde y ricas, ¡muy ricas! Saben fundamentalmente a mantequilla, pero tienen un puntito especial queles da el té matcha. Las hice muy pequeñitas, porque no tenía ningún molde y no quería utilizar un vaso y que quedaran enormes. Algunas se me tostaron un poco, pero bueno, como experimento no ha estado mal, pero he aprendido que: puedo echarles un poco más de té matcha (les puse menos de media cucharadita), puedo hacerlas un poco más gruesas y puedo hornearlas un poco menos.
Seguiré experimentando con el té matcha, prometido.
martes, 28 de mayo de 2013
“La luz en casa de los demás” de Chiara Gamberale
Compré este libro no recuerdo ni cuándo ni dónde, pero sí que recuerdo que fue porque me llamó la atención el título y la historia: Mandorla (almendra en italiano) es una niña que pierde a su madre, Maria, a los seis años. Maria deja escrita una carta en la que dice que el padre de la pequeña es uno de los varones que habitan el número 315 de Grotta Perfetta en Roma, edificio del que ella era administradora. Los vecinos, ante el shock que podría suponer para una de las familias descubrir quién es el padre de la niña, deciden criarla entre todos, haciendo que la niña viva cada año con una de las cinco familias que habitan el inmueble.
Me pareció una historia original y curiosa, pero debo admitir que me ha decepcionado un poco. La historia está contada con saltos en el tiempo y con varios narradores, cosa que no me suele molestar especialmente, pero en esta ocasión me ha irritado un poco, no sé muy bien por qué. Tal vez sea porque casi desde el principio sabemos que la Mandorla actual está pasando una noche en la cárcel, no sabemos ni por qué motivos ni qué la ha llevado allí. Y los recuerdos de la infancia y adolescencia de la niña con las distintas familias se suceden con las reflexiones de la chica encerrada y con historias anteriores y antiguas de algunos de los habitantes de la casa.
Ya lo he dicho, no me ha entusiasmado demasiado esta historia. Creo que es un poco pretenciosa, intenta recrear la frescura de otro libro que se desarrollaba en una comunidad de vecinos (“La elegancia del erizo” de Muriel Barbery), pero sin llegar a la belleza sutil de aquel. Me ha parecido bastante flojo, no me ha aportado nada especial y encima me pasé la mitad del libro pensando que al final no sabríamos quién era el padre de Mandorla y la otra mitad pensando que seguro que no era ninguno de los que parecía que podrían ser. Y en los últimos capítulos ya casi hasta me daba igual esto, simplemente quería que acabara para poder empezar otro.
En fin, un poco decepcionada, para qué engañarnos. No es horrible, pero no lo volvería a leer. Aunque tiene algunas frases para guardar.
No hay nada más bonito en el mundo que despertarse en una cama en la que nunca habías dormido antes y pensar: en este preciso momento no necesito nada más de la vida.
Acuérdate de que no hay nada absurdo hoy que mañana no te parezca natural haber vivido.
Cuando un adulto está mal, hay que dejarlo en paz. Quien necesita consolarlo es el que asiste a su desesperación, para que ésta termine cuanto antes: pero él sólo necesita sacar todo lo que tiene dentro.
Me pareció una historia original y curiosa, pero debo admitir que me ha decepcionado un poco. La historia está contada con saltos en el tiempo y con varios narradores, cosa que no me suele molestar especialmente, pero en esta ocasión me ha irritado un poco, no sé muy bien por qué. Tal vez sea porque casi desde el principio sabemos que la Mandorla actual está pasando una noche en la cárcel, no sabemos ni por qué motivos ni qué la ha llevado allí. Y los recuerdos de la infancia y adolescencia de la niña con las distintas familias se suceden con las reflexiones de la chica encerrada y con historias anteriores y antiguas de algunos de los habitantes de la casa.
Ya lo he dicho, no me ha entusiasmado demasiado esta historia. Creo que es un poco pretenciosa, intenta recrear la frescura de otro libro que se desarrollaba en una comunidad de vecinos (“La elegancia del erizo” de Muriel Barbery), pero sin llegar a la belleza sutil de aquel. Me ha parecido bastante flojo, no me ha aportado nada especial y encima me pasé la mitad del libro pensando que al final no sabríamos quién era el padre de Mandorla y la otra mitad pensando que seguro que no era ninguno de los que parecía que podrían ser. Y en los últimos capítulos ya casi hasta me daba igual esto, simplemente quería que acabara para poder empezar otro.
En fin, un poco decepcionada, para qué engañarnos. No es horrible, pero no lo volvería a leer. Aunque tiene algunas frases para guardar.
No hay nada más bonito en el mundo que despertarse en una cama en la que nunca habías dormido antes y pensar: en este preciso momento no necesito nada más de la vida.
Acuérdate de que no hay nada absurdo hoy que mañana no te parezca natural haber vivido.
Cuando un adulto está mal, hay que dejarlo en paz. Quien necesita consolarlo es el que asiste a su desesperación, para que ésta termine cuanto antes: pero él sólo necesita sacar todo lo que tiene dentro.
lunes, 27 de mayo de 2013
“The Guard” de John Michael McDonagh
Ya conté por aquí que desde que volví de Dublín y Belfast me apetecer ver películas sobre Irlanda, Irlanda del Norte o rodadas allí. Hablando de este tema con una amiga, me recomendó ver “El irlandés” (“The Guard”); me dijo que era una película muy divertida y que me encantaría. Así que cuando vi que la re-estrenaban en CineCiutat, decidí que tenía que verla.
El protagonista (el actor Brendan Gleeson, el Ojo-Loco Moody de la saga Harry Potter) es un policía de una pequeña localidad de la costa oeste irlandesa, bastante peculiar, solitario y aficionado a las chicas de compañía (no sé si se puede escribir “put.s” en un blog), que se ve obligado a trabajar con un agente del FBI para investigar un asunto internacional de tráfico de drogas. La temática no es demasiado original, pero el desarrollo de la historia es realmente curioso, tanto la relación que se establece entre el policía y el agente como por la presencia de algunos secundarios que pululan por allí: la enferma madre del protagonista, un extraño niño que va siempre con un perro y una bici rosa o un joven aficionado a fotografiar los escenarios de crímenes (o a víctimas). Sin olvidar al grupo de traficantes, a cual más peculiar. Es una película que roza a veces incluso el absurdo, con momentos tan surrealistas que te hacen sonreír, pero con ciertas dosis de violencia que te hacen dudar si estás delante de un drama o de una comedia. A mí, honestamente, no me pareció divertidísima. Para nada. Sí que me pareció curiosa y divertida a ratos, surrealista e hiperrealista según el momento y admito que hubo momentos que me parecía que estaba viendo un western y no una película policíaca. Destila humor negro por los cuatro costados, pero no es divertidísima.
Pues eso, aunque no sea una comedia tronchante sí que me parece una película para ver, entretenida y con un puntito de mala leche muy de agradacer.
El protagonista (el actor Brendan Gleeson, el Ojo-Loco Moody de la saga Harry Potter) es un policía de una pequeña localidad de la costa oeste irlandesa, bastante peculiar, solitario y aficionado a las chicas de compañía (no sé si se puede escribir “put.s” en un blog), que se ve obligado a trabajar con un agente del FBI para investigar un asunto internacional de tráfico de drogas. La temática no es demasiado original, pero el desarrollo de la historia es realmente curioso, tanto la relación que se establece entre el policía y el agente como por la presencia de algunos secundarios que pululan por allí: la enferma madre del protagonista, un extraño niño que va siempre con un perro y una bici rosa o un joven aficionado a fotografiar los escenarios de crímenes (o a víctimas). Sin olvidar al grupo de traficantes, a cual más peculiar. Es una película que roza a veces incluso el absurdo, con momentos tan surrealistas que te hacen sonreír, pero con ciertas dosis de violencia que te hacen dudar si estás delante de un drama o de una comedia. A mí, honestamente, no me pareció divertidísima. Para nada. Sí que me pareció curiosa y divertida a ratos, surrealista e hiperrealista según el momento y admito que hubo momentos que me parecía que estaba viendo un western y no una película policíaca. Destila humor negro por los cuatro costados, pero no es divertidísima.
Pues eso, aunque no sea una comedia tronchante sí que me parece una película para ver, entretenida y con un puntito de mala leche muy de agradacer.
domingo, 26 de mayo de 2013
A currar, que es infinitivo
Éste ha sido mi último fin de semana libre en un mes. Por motivos que no vienen a cuento mañana me cojo libre, pero a partir del martes comienza un periplo de 32 días de trabajo continuo, sin un solo día libre en medio. Eso no sólo significa tener que trabajar los próximos 32 días, significa que tengo que madrugar durante todos y cada uno de esos 32 días, que no voy a poder hacer una siesta como la que he hecho hoy en esos 32 días, que mi ritmo de vida va cambiar significativamente en estos 32 días y que el tiempo para dedicar a las cosas que me gustan va a reducirse mucho durante estos 32 días. Glups.
Mis 32 días de trabajo se presentan así: 4 días en tierra, 9 días en el mar, 4 días en tierra y 15 días en el mar. Glups.
Ante esta situación de trabajo non-stop, he aprovechado al máximo este fin de semana: viernes noche al cine, sábado en el campo de paella con los colegas (con permiso de mi alergia) y domingo en la playa, a pesar del viento y las nubes. Y hoy he disfrutado del primer baño de la temporada: no era mi intención, pero ya que me mojo los pies, me mojo hasta las rodillas y ya que mojo hasta las rodillas, pues me mojo hasta la cintura y ya que me mojo hasta la cintura… pues nada, me tiro de cabeza y hago unos cuantos largos. También tengo que admitir que saber que no voy a tener oportunidad de pisar la playa en un mes me ha ayudado a sumergirme en el agua fresquita (aunque la verdad es que hacía casi más frío fuera que dentro).
Los días (y semanas) previos al trabajo en el mar (y todos los días de trabajo en el mar) son siempre días de peculiar estrés y agobio. Ya lo son cuando preparas una campaña oceanográfica, así que este año son aún más estresantes, porque preparamos dos. Mil y un detalles de los que estar pendientes, mil y un quebraderos de cabezas y mil y una cosas que, si pueden salir mal, saldrán mal. Siempre es igual: material que no llega cuando toca, gente que se da de baja en el último momento, problemas técnicos con los que no contabas,… Y luego, estando a bordo, mil y un problemas que surgen en el día a día: nos quedamos sin agua mineral, gente que no se lleva bien, equipos que se rompen o dejan de funcionar, cansancio acumulado,… Yo cada año me agobio, me estreso y pierdo un poco (bastante) el sueño. Y luego, al final, todo sale bien. Siempre. O casi siempre. Así que este año, ante el doble estrés, he decidido aplicar la teoría del personaje de Geoffrey Rush en “Shakespeare in love”, el empresario teatral Philip Henslowe: al final, todo sale siempre bien, aunque no se sabe cómo, es un misterio.
Ejemplo 1:
Henslowe, es acosado por unas deudas pendientes que pensaba saldar tras el estreno de una obra. Pero los teatros están cerrados por culpa de la peste, lo que enfurece a sus prestamistas:
Fennyman: ¡Todos los teatros están cerrados por la plaga! […] ¿Qué hacemos?
Helslow: Nada. Curiosamente, todo saldrá bien.
Fennyman: ¿Cómo?
Henslowe: No lo sé. Es un misterio.
Y en ese momento, un mensajero anuncia que se vuelven a abrir los teatros.
Ejemplo 2:
El que ha de ser el narrador del estreno de “Romeo y Julieta” no para de tartamudear. El autor de la obra, Will(iam Shakespeare), está obviamente muy nervioso.
Will: Estamos perdidos.
Henslowe: No, todo saldrá bien.
Will: ¿Cómo?
Henslowe: No lo sé. Es un misterio.
Y en el momento del estreno, tras unos segundos de duda, el narrador recita su parte perfectamente.
Ejemplo 3:
Al actor que debe representar a Julieta le ha cambiado la voz y se ha vuelto demasiado grave para poder representar a una joven virginal.
Henslowe: ¿Otro pequeño problema?
Will: ¿Qué hacemos ahora?
Henslowe: El espectáculo debe... ya sabes.
Will: Continuar (*)
Henslowe: Julieta no aparece hasta la página veinte. Todo saldrá bien.
Will: ¿Cómo?
Henslowe: No lo sé. Es un misterio.
Y la amada de Will aparece en el último momento para interpretar el personaje de Julieta.
[Los diálogos son una traducción libre del guión en inglés, que podéis encontrar aquí. (*) El (intraducible) original es un claro guiño a Queen:
Henslowe: The show must… you know.Will: Go on.]
Lo dicho. Se presentan días duros y de estrés. Pero, al final, todo saldrá bien, aunque no sé cómo. Es un misterio.
En la foto, las paellas de ayer. No las hice yo, pero sí que las comí. Deliciosas.
Mis 32 días de trabajo se presentan así: 4 días en tierra, 9 días en el mar, 4 días en tierra y 15 días en el mar. Glups.
Ante esta situación de trabajo non-stop, he aprovechado al máximo este fin de semana: viernes noche al cine, sábado en el campo de paella con los colegas (con permiso de mi alergia) y domingo en la playa, a pesar del viento y las nubes. Y hoy he disfrutado del primer baño de la temporada: no era mi intención, pero ya que me mojo los pies, me mojo hasta las rodillas y ya que mojo hasta las rodillas, pues me mojo hasta la cintura y ya que me mojo hasta la cintura… pues nada, me tiro de cabeza y hago unos cuantos largos. También tengo que admitir que saber que no voy a tener oportunidad de pisar la playa en un mes me ha ayudado a sumergirme en el agua fresquita (aunque la verdad es que hacía casi más frío fuera que dentro).
Los días (y semanas) previos al trabajo en el mar (y todos los días de trabajo en el mar) son siempre días de peculiar estrés y agobio. Ya lo son cuando preparas una campaña oceanográfica, así que este año son aún más estresantes, porque preparamos dos. Mil y un detalles de los que estar pendientes, mil y un quebraderos de cabezas y mil y una cosas que, si pueden salir mal, saldrán mal. Siempre es igual: material que no llega cuando toca, gente que se da de baja en el último momento, problemas técnicos con los que no contabas,… Y luego, estando a bordo, mil y un problemas que surgen en el día a día: nos quedamos sin agua mineral, gente que no se lleva bien, equipos que se rompen o dejan de funcionar, cansancio acumulado,… Yo cada año me agobio, me estreso y pierdo un poco (bastante) el sueño. Y luego, al final, todo sale bien. Siempre. O casi siempre. Así que este año, ante el doble estrés, he decidido aplicar la teoría del personaje de Geoffrey Rush en “Shakespeare in love”, el empresario teatral Philip Henslowe: al final, todo sale siempre bien, aunque no se sabe cómo, es un misterio.
=========================== ALERTA: SPOILERS ===========================
================== Es decir, voy a destripar partes de una película ===================
Ejemplo 1:
Henslowe, es acosado por unas deudas pendientes que pensaba saldar tras el estreno de una obra. Pero los teatros están cerrados por culpa de la peste, lo que enfurece a sus prestamistas:
Fennyman: ¡Todos los teatros están cerrados por la plaga! […] ¿Qué hacemos?
Helslow: Nada. Curiosamente, todo saldrá bien.
Fennyman: ¿Cómo?
Henslowe: No lo sé. Es un misterio.
Y en ese momento, un mensajero anuncia que se vuelven a abrir los teatros.
Ejemplo 2:
El que ha de ser el narrador del estreno de “Romeo y Julieta” no para de tartamudear. El autor de la obra, Will(iam Shakespeare), está obviamente muy nervioso.
Will: Estamos perdidos.
Henslowe: No, todo saldrá bien.
Will: ¿Cómo?
Henslowe: No lo sé. Es un misterio.
Y en el momento del estreno, tras unos segundos de duda, el narrador recita su parte perfectamente.
Ejemplo 3:
Al actor que debe representar a Julieta le ha cambiado la voz y se ha vuelto demasiado grave para poder representar a una joven virginal.
Henslowe: ¿Otro pequeño problema?
Will: ¿Qué hacemos ahora?
Henslowe: El espectáculo debe... ya sabes.
Will: Continuar (*)
Henslowe: Julieta no aparece hasta la página veinte. Todo saldrá bien.
Will: ¿Cómo?
Henslowe: No lo sé. Es un misterio.
Y la amada de Will aparece en el último momento para interpretar el personaje de Julieta.
[Los diálogos son una traducción libre del guión en inglés, que podéis encontrar aquí. (*) El (intraducible) original es un claro guiño a Queen:
Henslowe: The show must… you know.Will: Go on.]
Lo dicho. Se presentan días duros y de estrés. Pero, al final, todo saldrá bien, aunque no sé cómo. Es un misterio.
En la foto, las paellas de ayer. No las hice yo, pero sí que las comí. Deliciosas.
viernes, 24 de mayo de 2013
Cosecha post-Sant Jordi
Ya conté por aquí que este año el día de Sant Jordi me pilló a casi 8000 Km de casa, así que no pude celebrando como suelo hacer, de paseo por el centro de la ciudad y comprando libros. Además, en Swakopmund las librerías (y todas las tiendas) cierran condenadamente pronto, así que me quedé sin cosecha de Sant Jordi. Pero, afortunadamente, unos días después pude pasearme por las dos librerías que tengo localizadas en esa ciudad. Y como resultado, este es la cosecha de (post-)Sant Jordi de este año:
“The Lewis Man” de Peter May. Segunda parte de la trilogía de Lewis. La primera (“La isla de los cazadores de pájaros”) me gustó mucho, muchísimo. Y, aunque no estoy segura que será sencillo de leer en inglés, lo intentaré.
“This is not a flowerpot” de Amy Schoeman. Un libro del que no sabía nada cuando lo compré (ahora tampoco sé mucho más), pero su autora es una inglesa que actualmente vive en Namibia, así que me pareció bonito comprar un libro editado en el país en el que estaba. Al igual que el anterior, forma parte de una trilogía: éste es el primero de una que está aún por acabar.
“It’s time to identify. Selected Animals and Plants of the Namib” de Samuel Ehrenbold y Viktoria Keding. Después de mi excursión por el desierto del Namib, sentí curiosidad por aprender más de los animales que allí se pueden encontrar, así que me pareció buena idea comprar este librito. Es una monada, la verdad: simple y sencillo, pero con descripciones claras de las especies.
“Namibia” de Gerald and marc Hoberman. Un libro de fotografías y algo de texto sobre este país increíble. Lo compré porque no sólo son fotografías y explicaciones de paisajes y ciudades, también de las tribus namibias. Lo he ojeado varias veces y leído algunas partes, pero aún tengo que dedicarle más tiempo. Es precioso.
Además, el día del libro mi hermana la gafapasta (sale mucho ésta últimamente por este blog) me compró "Mala índole. Cuentos aceptados y aceptables" de Javier Marías. Aunque hace mil años que no leo nada de este autor (tengo alguno pendiente en casa), lo que he leído me ha gustado siempre mucho. ¡Gracias, sis!
“The Lewis Man” de Peter May. Segunda parte de la trilogía de Lewis. La primera (“La isla de los cazadores de pájaros”) me gustó mucho, muchísimo. Y, aunque no estoy segura que será sencillo de leer en inglés, lo intentaré.
“This is not a flowerpot” de Amy Schoeman. Un libro del que no sabía nada cuando lo compré (ahora tampoco sé mucho más), pero su autora es una inglesa que actualmente vive en Namibia, así que me pareció bonito comprar un libro editado en el país en el que estaba. Al igual que el anterior, forma parte de una trilogía: éste es el primero de una que está aún por acabar.
“It’s time to identify. Selected Animals and Plants of the Namib” de Samuel Ehrenbold y Viktoria Keding. Después de mi excursión por el desierto del Namib, sentí curiosidad por aprender más de los animales que allí se pueden encontrar, así que me pareció buena idea comprar este librito. Es una monada, la verdad: simple y sencillo, pero con descripciones claras de las especies.
“Namibia” de Gerald and marc Hoberman. Un libro de fotografías y algo de texto sobre este país increíble. Lo compré porque no sólo son fotografías y explicaciones de paisajes y ciudades, también de las tribus namibias. Lo he ojeado varias veces y leído algunas partes, pero aún tengo que dedicarle más tiempo. Es precioso.
Además, el día del libro mi hermana la gafapasta (sale mucho ésta últimamente por este blog) me compró "Mala índole. Cuentos aceptados y aceptables" de Javier Marías. Aunque hace mil años que no leo nada de este autor (tengo alguno pendiente en casa), lo que he leído me ha gustado siempre mucho. ¡Gracias, sis!
jueves, 23 de mayo de 2013
El aeropuerto de Munich
Siento debilidad por el aeropuerto de Munich, no sé muy bien por qué. No conozco Munich ciudad, pero sí puedo decir que su aeropuerto me da muy buen rollo. He estado allí ya varias veces, al menos 5 en el último año y siempre han sido unas escalas muy agradables: no tan cortas como para tener que correr por el aeropuerto, no tan largas como para querer morir.
El aeropuerto de Munich tiene varias cosas que me gustan. Una es una zona de relax en la que hay sillones y asientos para medio recostarte, enchufes por doquier e incluso unas cabinas cerradas con camas. Pero a ésta zona sólo vas cuando tienes conexiones fuera de Europa y sólo la visité una vez. También tiene una tienda en la que encontré un chocolate con sal y caramelo, muy similar al que conté aquí que buscaba, que es absolutamente delicioso. Pero también es sólo accesible para las conexiones intercontinentales. Y estuve en diciembre, así que ya me he quedado sin chocolate. También me gusta que en una de sus tiendas puedes comprar macarons, que ya enseñé aquí y que no, aún no me he puesto de nuevo a intentar cocinarlos.
Del aeropuerto de Munich también me gustan sus amplias cristaleras, sus 15 minutos de wifi gratuito (podrían ser más…) y sus zonas donde tomar café y té de manera gratuita.
Pero lo que más me gusta del aeropuerto de Munich es una tienda de productos de papelería, Fabriano. Es una tienda italiana y, de hecho, en diciembre la descubrí también en el aeropuerto de Roma. Pero la primera que descubrí (en octubre, volviendo de Croacia) fue la de Munich. Y allí vuelvo cada vez que paso por ese aeropuerto.
En Fabriano compré una pluma con la que escribí una carta larga y terrible, una pluma con tres puntas de tres grosores diferentes que uso siempre que puedo. También allí he comprado varios cuadernos de diferentes tamaños, un mini-lápiz, un llavero (que es ahora el llavero de mi coche nuevo) y unos cuantos rollos de washitape. Me encanta esta tienda, es luminosa y alegre. Me encanta entrar y perderme en sus estanterías, ver todas las cosas que tiene: bolígrafos, plumas, lápices, portaminas, cuadernos, tarjetas, bolsos, carteras y mil y una cosa más que van (más o menos) variando cada vez que paso por ahí. Algunas cosas tienen precios prohibitivos, sobre todo las cosas de piel, los bolsos y algunos complementos como pendientes de papel, pero el precio de cuadernos e incluso de plumas, bolígrafos y portaminas es bastante razonable.
Soy muy, muy fan de esta tienda, lo admito. Ya lo sabía, pero lo he confirmado al recopilar algunas de las cosas que he comprado en los últimos tiempos, para hacer la foto. Y ahí están. ¿Soy yo o se aprecia cierta tendencia al rojo?
El aeropuerto de Munich tiene varias cosas que me gustan. Una es una zona de relax en la que hay sillones y asientos para medio recostarte, enchufes por doquier e incluso unas cabinas cerradas con camas. Pero a ésta zona sólo vas cuando tienes conexiones fuera de Europa y sólo la visité una vez. También tiene una tienda en la que encontré un chocolate con sal y caramelo, muy similar al que conté aquí que buscaba, que es absolutamente delicioso. Pero también es sólo accesible para las conexiones intercontinentales. Y estuve en diciembre, así que ya me he quedado sin chocolate. También me gusta que en una de sus tiendas puedes comprar macarons, que ya enseñé aquí y que no, aún no me he puesto de nuevo a intentar cocinarlos.
Del aeropuerto de Munich también me gustan sus amplias cristaleras, sus 15 minutos de wifi gratuito (podrían ser más…) y sus zonas donde tomar café y té de manera gratuita.
Pero lo que más me gusta del aeropuerto de Munich es una tienda de productos de papelería, Fabriano. Es una tienda italiana y, de hecho, en diciembre la descubrí también en el aeropuerto de Roma. Pero la primera que descubrí (en octubre, volviendo de Croacia) fue la de Munich. Y allí vuelvo cada vez que paso por ese aeropuerto.
En Fabriano compré una pluma con la que escribí una carta larga y terrible, una pluma con tres puntas de tres grosores diferentes que uso siempre que puedo. También allí he comprado varios cuadernos de diferentes tamaños, un mini-lápiz, un llavero (que es ahora el llavero de mi coche nuevo) y unos cuantos rollos de washitape. Me encanta esta tienda, es luminosa y alegre. Me encanta entrar y perderme en sus estanterías, ver todas las cosas que tiene: bolígrafos, plumas, lápices, portaminas, cuadernos, tarjetas, bolsos, carteras y mil y una cosa más que van (más o menos) variando cada vez que paso por ahí. Algunas cosas tienen precios prohibitivos, sobre todo las cosas de piel, los bolsos y algunos complementos como pendientes de papel, pero el precio de cuadernos e incluso de plumas, bolígrafos y portaminas es bastante razonable.
Soy muy, muy fan de esta tienda, lo admito. Ya lo sabía, pero lo he confirmado al recopilar algunas de las cosas que he comprado en los últimos tiempos, para hacer la foto. Y ahí están. ¿Soy yo o se aprecia cierta tendencia al rojo?
martes, 21 de mayo de 2013
CocheCapricho
Como ya conté aquí, tengo coche nuevo, CocheCapricho, el coche que
siempre he querido, del color que siempre he querido: un Volkswagen Polo
de color rojo.
Ha sido una evolución casi natural, pasar del Citroën al Volkswagen, algo así:
No, en serio. Me he sentido cómoda en CocheCapricho desde el primer minuto que salí con él del concesionario. Es un coche maravilloso de conducir, lo encuentro muy confortable y, simplemente, me encanta.
Y el color, ¡oh, el color! Rojo. Me encanta el rojo. Me chifla el rojo. Rojo Flash, se llama. Qué más da. Es rojo y me encanta.
El otro día, mirándolo de lejos pensé en lo bonito que era (¡Es taaaaan guapo!) y no me podía creer que fuera mío. Aún no me lo creo mucho.
Ya he superado el terror de conducirlo el primer día; sólo pensaba “por favor, que no pase nada…”. Más que nada, porque me hubiera dado una vergüenza infinita admitir que lo había estrellado el día que lo estrenaba. Ahora sigo sintiendo terror porque le pase algo pero, no nos engañemos, algún día será el día del primer rallajo, del primer golpe, del primer susto. Pero intentaré asumirlo con tranquilidad (¡ja!).
Eso sí, mi tortuguita que estaba en mi viejo ZX también forma parte del Polo. Tampoco hay que ser demasiado radicales con los cambios.
En fin, pues aquí está, CocheCapricho. Se parece mucho (mucho) al de la portada del catálogo del modelo. Pongo esa foto, porque aún no tengo ninguna decente del coche entero.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







